Prieto invita a afrontar el estudio de la Teología desde la humildad, la paciencia y la disponibilidad para escuchar y responder a la llamada de Dios

El arzobispo compostelano de inauguró el curso académico 2026/27 del ITC y del ISCCR en Santiago de Compostela

Francisco Prieto en la inauguración del curso
Francisco Prieto en la inauguración del curso | Archicompostela
09 sep 2026 - 12:08

(Archicompostela).-

El Instituto Teológico Compostelano (ITC) y el Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas (ISCCR) inauguraron oficialmente este pasado martes 8 de septiembre el curso académico 2026/27 en Santiago de Compostela.

La jornada comenzó a las 19:00hs con una Eucaristía en la capilla del Seminario Mayor Interdiocesano Santiago Apóstol y presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández. Concelebraron, entre otros, el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Fernando García Cadiñanos, junto al rector del Seminario, formadores y docentes. La celebración contó también con la participación de autoridades académicas y alumnos de ambas instituciones.

En su homilía, el arzobispo situó el inicio del nuevo curso bajo la celebración de la Natividad de la Virgen María y propuso tres actitudes esenciales para quienes se adentran en el estudio de la Teología: la humildad para acoger, la paciencia para descubrir los caminos de Dios y la disponibilidad para escuchar y responder a su llamada.

La reflexión partió de una cuestión esencial: cómo acercarse, desde la razón y la inteligencia, a Dios, cuyo misterio supera al ser humano. Antes incluso de que el hombre busque comprender a Dios, recordó monseñor Prieto, es Dios quien toma la iniciativa, sale a su encuentro, se revela y entra en la historia humana.

La humildad de Belén: aprender a mirar como Dios mira.

La humildad ante lo pequeño ocupó un lugar destacado en la homilía. El arzobispo invitó a detener la mirada en Belén y Nazaret, lugares aparentemente insignificantes desde los que, sin embargo, Dios quiso hacer surgir lo decisivo de la historia de la salvación.

Para mons. Prieto, esta es también una primera lección para quienes comienzan un curso de estudios teológicos: aprender Teología exige aprender la mirada de Dios, una mirada capaz de descubrir la grandeza escondida en aquello que aparentemente es pequeño o insignificante.

Esa humildad no significa renunciar a la razón. Al contrario, explicó, implica saber que se recibe y se acoge, pero también asumir la tarea de pensar y ejercer la inteligencia que Dios ha dado al ser humano. Se trata de una inteligencia «creativa y humilde de la fe», consciente de que la razón se encuentra ante un misterio que la desborda.

La paciencia de la genealogía: Dios entra en la historia real.

La segunda gran imagen propuesta por el arzobispo fue la genealogía del Evangelio según san Mateo. Frente a la tentación de imaginar una historia ideal o perfecta, la genealogía muestra una historia humana real, con luces y sombras, tropiezos y respuestas a la voluntad de Dios.

La paciencia de esa sucesión de nombres y generaciones permite comprender que los grandes frutos requieren tiempo, paciencia y fidelidad. También el estudio tiene algo de esa paciencia: requiere constancia, trabajo y un camino prolongado hasta que aquello que se aprende llega a convertirse en sabiduría.

La genealogía conduce finalmente hasta José y María y, con ellos, hasta Jesucristo. Para monseñor Prieto, este recorrido recuerda que Dios no salva al margen de la historia, sino entrando verdaderamente en ella: «Jesucristo no aparece al margen de la historia humana».

Desde ahí, planteó que la Teología cristiana no puede reducirse al estudio de una idea abstracta de Dios. Su tarea consiste en pensar la fe desde el acontecimiento de Jesucristo, escuchando tanto la Palabra de Dios como las preguntas, los sufrimientos y los interrogantes de los hombres y mujeres de cada tiempo.

Por eso, el arzobispo destacó que la Teología comienza escuchando y subrayó que esa escucha ha de abrirse a la Escritura, a la tradición y también a la realidad contemporánea.

La inteligencia de la fe, señaló, no puede quedarse en la acumulación de conocimientos. Es posible conocer las Escrituras sin dejarse interpelar por ellas, estudiar Cristología sin que Cristo sea el centro de la vida, estudiar Liturgia sin descubrir el sentido de la adoración o hablar de la Iglesia sin llegar a amarla. El objetivo del estudio, por tanto, es que aquello que se aprende termine convirtiéndose en aquello «desde lo que vivimos».

La disponibilidad de María: escuchar, acoger y hacer vida la Palabra.

La tercera imagen central fue María, presentada como mujer de la escucha y modelo para quienes emprenden el camino de la Teología. En ella, el arzobispo destacó una actitud de disponibilidad ante la iniciativa de Dios: escuchar, acoger, pensar, hacerse preguntas y responder.

María aparece así como referencia para una tarea teológica que no consiste únicamente en adquirir conceptos, sino en permitir que la Palabra transforme la propia existencia. Monseñor Prieto recordó que el Evangelio de Lucas presenta en varias ocasiones a María «rumiando» la Palabra en su corazón: no para esconderla u olvidarla, sino para hacerla suya y convertirla en vida.

Esta actitud de escucha está estrechamente relacionada con la fe y con la inteligencia. La fe, afirmó el arzobispo, «no teme a la inteligencia. Al contrario, la reclama». De este modo, los estudios teológicos están llamados a ser un espacio en el que la razón se ponga al servicio de una fe que busca comprender, sin olvidar nunca que el misterio de Dios supera cualquier formulación humana.

En este sentido, monseñor Prieto definió el ITC y el ISCCR como una verdadera «escuela de inteligencia creyente», llamada a formar no solo personas capaces de conocer y pensar la fe, sino también discípulos.

Con esta invitación a la humildad, la paciencia y la disponibilidad, el arzobispo de Santiago vinculó el comienzo del nuevo curso académico con una tarea que trasciende las aulas: dejar que el estudio de la fe transforme la mirada y la propia vida. La verdadera inteligencia de la fe, concluyó, implica también una conversión de la mirada, para aprender a reconocer la presencia de Dios en la historia y descubrir, como en Belén, Nazaret y María, la grandeza que puede esconderse en lo pequeño, lo sencillo y lo aparentemente inesperado.

De la nostalgia a la experiencia filosófica de la saudade.

Tras la celebración litúrgica, la profesora Dra. Rocío Carolo Tosar fue la encargada de pronunciar la lección inaugural del nuevo curso, en el Aula Magna del ITC. Doctora en Filosofía por la Universidade de Santiago de Compostela, Carolo Tosar desarrolla su actividad profesional en la Consellería de Cultura y colabora desde hace varios cursos en la docencia de distintas asignaturas filosóficas en el ITC. También preside la Fundación Galicia Milenio.

La intervención llevó por título «Saudade de Deus: o sentimento como apertura ao Absoluto», una propuesta de reflexión en torno a uno de los conceptos más característicos de la tradición cultural y filosófica gallega y portuguesa.

La profesora abordó la dificultad de definir la saudade y de diferenciarla de otros sentimientos próximos, como la nostalgia, la morriña o la melancolía. A partir de las aportaciones de distintos pensadores gallegos y portugueses, planteó que la saudade se resiste a quedar encerrada en una definición conceptual única, precisamente porque la experiencia humana y los sentimientos difícilmente pueden ser contenidos por completo en palabras.

La reflexión tomó como referencia principal el pensamiento del filósofo gallego Ramón Piñeiro, presentado como una figura fundamental para elevar la saudade a una dimensión metafísica y convertirla en objeto de reflexión filosófica. Desde esta perspectiva, Carolo Tosar distinguió entre una saudade vinculada a un objeto -como la tierra alejada, un amor perdido o la añoranza de una felicidad futura- y otra de carácter ontológico, nacida de la propia intimidad del ser humano.

La saudade, para la profesora, no sería simplemente un sentimiento psicológico, sino una experiencia interior que permite al individuo tomar conciencia de su propia singularidad y abrirse a la búsqueda del ser. En palabras de Piñeiro, «coñecer é sentirse», una idea que la profesora utilizó para subrayar la dimensión radicalmente interior de esta experiencia.

Una apertura hacia la comunidad y hacia el Absoluto.

La saudade fue presentada durante la lección inaugural como un sentimiento dinámico, capaz de sacar al ser humano de una situación de aislamiento interior y proyectarlo hacia la trascendencia. En esta concepción, el individuo no está llamado a permanecer encerrado en su propia soledad, sino a desarrollar un impulso hacia aquello que la supera.

Esa apertura puede producirse, según la reflexión de Carolo Tosar, en dos direcciones complementarias. Por un lado, hacia el exterior, mediante la relación con los demás, la comunidad, el diálogo y la amistad. En este punto, la profesora recurrió también a aspectos de la trayectoria vital de Ramón Piñeiro para destacar la importancia que tuvieron sus amistades en momentos especialmente difíciles de su vida.

Por otro lado, existe una trascendencia hacia el interior y hacia el Absoluto. La saudade aparece así como una conciencia de la propia limitación que, lejos de paralizar al individuo, lo impulsa a buscar algo que lo trasciende. La profesora relacionó esta apertura con estados como el anhelo, la esperanza y la fe, entendida esta última como una fuerza que permite avanzar hacia el ser a través del misterio.

La saudade de Dios como experiencia de apertura.

En la parte final de su intervención, Carolo Tosar vinculó la reflexión sobre la saudade con la experiencia religiosa. A partir de la interpretación del teólogo Andrés Torres Queiruga, planteó la posibilidad de situar a Dios «en la origen y en el destino último de la saudade», como horizonte de esa búsqueda humana de plenitud.

La saudade, que inicialmente puede aparecer como una experiencia de soledad o ausencia, adquiere de este modo un carácter dinámico y esperanzador: se convierte en un impulso que lleva al ser humano a superar sus límites y a dirigirse hacia lo absoluto. La fe aparece en este recorrido como una forma de avanzar hacia aquello que permanece envuelto en el misterio.

La reflexión concluyó recuperando la idea central que daba título a la lección: la «saudade de Deus» como nombre experiencial de una apertura originaria del ser humano. Una apertura que, en la lectura propuesta desde el pensamiento de Ramón Piñeiro, se desarrolla entre la intimidad y la trascendencia, entre la conciencia de la propia finitud y la búsqueda de aquello que puede conducir hacia la plenitud.

Una llamada a la formación y al diálogo.

En el acto participaron también el director del Instituto Teológico Compostelano, Alfonso Novo Cid-Fuentes; el secretario del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Antonio Gutiérrez González; y el secretario del Instituto Teológico Compostelano, Ricardo Sanjurjo Otero.

Se hizo balance del curso 2025-2026 y se repasaron sus principales actividades académicas, entre ellas las Jornadas de Teología con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea, además de diversos cursos, jornadas y conferencias.

En sus intervenciones se puso de relieve la vocación del Instituto de ofrecer una formación teológica rigurosa y de ser un espacio en el que la fe pueda ser propuesta «con delicadeza y respeto». También se animó a la comunidad educativa a mantener el Evangelio como referencia.

El arzobispo de Santiago clausuró el acto destacando que la Teología está llamada a escuchar las preguntas del ser humano contemporáneo y a favorecer el diálogo entre fe, razón y cultura. Asimismo, animó a profesores y alumnos a afrontar el nuevo curso con rigor, libertad, humildad y pasión por la verdad.

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