Albañil de Nazaret

Sobre la búsqueda de Jesús en la historia

Buscarlo es entender su concepción del reino y su determinación a inaugurarlo de inmediato.

Dónde Vives
Dónde Vives

Para muchos, la búsqueda histórica de Jesús de Nazaret supone una suplantación de la fe por el conocimiento académico. Confieso que no es mi caso. Buscador he sido desde los más tempranos años de mi vida espiritual, y cada hallazgo produce una nueva fascinación ante la que me resulta imposible no confiar más - en frecuencia y en intensidad - en aquel que he llamado amigo y señor.

Quizá todo depende del punto de partida. La cristología y los estudios del Jesús de la historia no son para mí un saciar la curiosidad o un alimentar el intelecto. Ambas cosas efectivamente han sucedido en estos años, pero no son de ninguna manera mi propósito. Lo que me trae a buscarle, indagarle, entenderle en el contínuo descubrimiento de las investigaciones, es cierto sentido de lealtad, de afán de reciprocidad con el que me ha devuelto la autenticidad y quien me recuerda que la libertad es una exigencia irrenunciable.

A ese Jesús hay que permitirle tambien autenticidad, desdibujado como ha sido por dogmas y piedades que lo asemejan a todo lo superficial que el mundo considera santo por inalcanzable. Un Cristo mágico, puritano, varón rodeado de varones, fundador de viejos ritos y viejas castas, que valida y legitima la opulencia, la codicia y la marginación, es una herejía y una falsedad. Un evangelio convertido en teología moral para señalar deudas, exigir sacrificios, negar la gracia o lanzar piedras es una blasfemia y una maldición, algo que no puede hacer ningún bien a nadie, y que por el contrario alimenta la perversión de instituciones como el catolicismo oficial (clericalista y jerárquico) que produce criminales y los exhibe como "representantes de Cristo".

Lealtad y reciprocidad es excavar tras las ruinas de esta religión vencida para encontrar las vivas raices de una buena noticia de marginales liberados, de intocables abrazados, de putas y maricas ocupando los primeros puestos del banquete, de pobres hermanos de los pobres que no necesitan buscar en las tiendas lo que solo puede dar besar los pies de los que sufren. Lealtad y reciprocidad es gritar la falsedad de toda imagen y todo sermón que señala a un Cristo al que ningún fariseo se habría molestado en cuestionar y ningún Pilato habría eliminado porque su pasividad y aceptación de lo injusto no habría amenazado nada.

Si hemos andado los caminos de tantas páginas y tantas investigaciones, que sea para responder a la pregunta fundamental del discipulado, tal como la plantea el cuarto evangelio: "Maestro, ¿dónde vives?", porque sin Galilea y sus subversivos, sin el judaísmo del siglo I y sus prescripciones y sus escribas, sin la ocupación romana y sus aliados saduceos, sin la teologia apocalíptica, sin entender que pastores y recaudadores eran una clase marginal y despreciada, sin las opciones radicales de esenios y fariseos ¿Cómo no falsear a Jesús e inventarnos uno parecido a nuestros prejuicios?.

Si lo hemos visto a la luz de los que con toda determinación le han buscado y le han investigado, que sea para responder a las preguntas fundamentales del encuentro con él tal como nos las propone el segundo evangelio: "¿Qué es esto? ¿Por qué habla así? ¿Quién es éste? ¿Quién decimos nosotros que él es?", porque sin su andar con el Bautista para luego avanzar en otro rumbo, sin su relación con Yhwh - desde su rara y peculiar idea de Yhwh -, sin su concepción del reino y su determinación a inaugurarlo de inmediato, sin su distancia y oposición a todo poder y toda posesión, especialmente las derivadas de una religión asfixiante, dada a la humillación y el desprecio, sin su conflicto con toda autoridad y todo rito, sin la incertidumbre de su desenlace cruel, ¿cómo no perder de vista al albañil de Nazaret, profeta de la alegría y predicador de un dios inmediato e incondicional, curandero sin descanso, maestro de todo lo nuevo que dios quiere hacer para devolvernos al lugar de hijos suyos que nos ha quitado la desigualdad, y la piedad que la santifica? ¿Sin su muerte tan escandalosa y tan marginal a la vez, qué sentido puede tener un anuncio de resurrección, que prometa la eternidad a los bienportados y no garantice a las víctimas que toda herida encuentra su victoria?

Solo me resta invitar, insistir, que vive Jesús, que no hablamos de una perpetuación de su legado. ¿Darían la vida por el legado de un extraño de otra tierra y otro tiempo? Que su vida fue, es y seguirá siendo la plena expresión del Yhwh que nos habita en cada respiración, en cada aliento. Que su sombra no permanece inmovil, que continúa de camino, tras los enfermos y excluídos. Que lo encontraremos cara a cara, no al morir, y no para estar "a solas, mucho mejor" como erróneamente canta cierta espiritualidad protestante, sino aquí, en esta vida nuestra de ahora, le veremos muchas veces cara a cara, le abrazaremos, escucharemos su voz, viva, real, infinita. Sólo se precisa buscar en el lugar correcto. Quizá hace mucho que el vidrio de la custodia se ha partido en dos, como el velo del Templo el día aquel que lo mataron.

No busquen jamás entre los muertos al que está vivo.

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