La posibilidad del paraíso nos fue anunciada antes que la del pecado. Esa no es la Iglesia

Llaman "Cisma" a la denuncia de todo aquello que no es Iglesia

NI en Garizim ni en Jerusalén

Ni las arquidiócesis que maldicen.

Ni las nunciaturas que ocultan información de abuso.
Ni los obispos que protegen pederastas.
Ni los cardenales que niegan derechos.
Ni los monseñores que atacan a los homosexuales de día y de noche juegan en grindr y pierden escandalosamente.
Ni los presbíteros que convierten las comunidades en mafias de su propia debilidad.
Ni esas congregaciones que hace años saben que viven una mentira pero harán todo por ocultarlo por el pánico a que aquello se diga en voz alta.
Ni esos curas obsesionados por ser "papás" de los creyentes para luego hacer lo que ningún padre debería hacer con un hijo suyo.
Ni la gente amén que adula y defiende a todos los anteriores, enferma de clericalismo.
Ni Aciprensa con su director energúmeno y misógino, en cruzada contra los hijos de dios.
Ni Infocatólica con su Juanpablosegundismo castrador y anticristiano.
Ni las redes que se apellidan "Católicas" y que no saben de nada que no sea odio hacia el amor, las mujeres y la vida, y lo disfrazan de apologética.
Ni los inútiles directores de la pastoral X o la pastoral Y que manosean el talento de los laicos.
Ni los adictos al poder que humillan a sus hermanos con el pretexto ese ridículo y estúpido de: "La Iglesia no es una democracia".
Ni aquellos conventos en los que el plato de la superiora es mejor y más grande que el de las novicias.

Nada de eso es la iglesia.

Robaron el nombre, usurparon el lugar, reemplazaron la fe con su palabrería escolástica. Saquearon la historia y la hicieron decir lo que no pasó. Despojaron la palabra de dios de su fuerza de revelación y su poder de revolución, y dejaron la culpa y el arrepentimiento cada 30 segundos. La sospecha de que algo malo hay con los seres humanos. Asaltaron la existencia misma de cada persona del pueblo de dios para poder consentir su avaricia, su intolerancia a su propia fragilidad, su incapacidad para dar fruto.
Le dieron a las estatuas el lugar que debieron ocupar los pobres, y enseñaron a prender velas y rezar para que nada cambiara nunca.

Tenían la semilla del paraíso en sus manos, y sembraron en su lugar temor, adulación, inmadurez y cosecharon un club de fans a imagen y semejanza de su necesidad de ser obedecidos.

Y crearon un edificio de argumentos para que nadie denuncie nunca, para matar a los profetas, y desprovistos de carácter alentaron a las masas a gritar contra las feministas y el orgullo gay, mientras a los que cuestionan hacia dentro les recuerdan que no se debe juzgar a nadie para no ser juzgados. Hipocresía nivel Caifás.

Esa no es la iglesia.
Nunca lo fue.

La iglesia son y han sido siempre los que dan su vida para que ningún excluído se avergüence de existir, y ningún poderoso tenga la conciencia tranquila. Los que al despertar abren los ojos a la posibilidad del paraíso, que nos fue anunciada antes que la posibilidad del pecado, y se atreven a ver lo que hay de bueno, de verdadero, de bello, en donde aquellos solo ven impureza, suciedad y asco. Las que dan vida, con o sin hijos. Los que dan fruto siempre y en todo lugar. Sean estos papas, obispos, ateos, punkeros, monjas o mendigos.

Esa sí es. Y ni siquiera necesita llamarse iglesia, con lo podrido que aquellos ya tienen ese nombre precioso, que llenaba de valentía a los que se sentían llamados a una causa mayor que sus días. Lo importante no es el nombre, ni el apellido, sino que sepamos para siempre que mientras estemos de camino vamos respirando a dios en cada aliento, que mientras que la pasión de Jesús de Nazaret sea inspiración y transpiración de nuestros pasos podemos ser llama que no solo alumbra sino que enciende, que podemos descubrir la irreductible dignidad de todos, y que en ese camino podemos resbalar y hasta caer, y hasta caer hondo, pero lo que no podemos, es llamar al foso catedral.

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