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Argüello confunde la Fundación Pablo VI con el 'think tank' de Vox

"Se hartó de hablar de demo, de auctoritas y de potestas, y en su discurso había una ausencia total de humilitas, indispensable también en el vocabulario de cualquier pastor, no como adorno, sino como convicción"

Luis Argüello, en Valladolid, tras la polémica | EFE

Se las prometía muy felices la Fundación Pablo VI (FPVI) con la puesta de largo de su llamada Escuela de Verano, un intento serio (por fin) de que la Iglesia en España vaya ensanchado la tienda de la reflexión conjunta y dejen de rechinar dentaduras cuando el invitado no es de los que comulgan con ella (ay, los abucheos a sindicalistas delante del Papa en el Movistar Arena).

Estrenaba desenfado la Pablo VI, de la mano de un laico que hace malabares para no asustar a quienes de verdad mandan en ella, los obispos, por más que estos tengan todo el rato en la boca que ha llegado la hora de que los seglares jueguen su papel, y a rebufo de la oleada de simpatía casi generalizada entra la clase política que dejó la visita del Papa a España y sus siete minutos de aplausos en el Congreso, con los Diputados en pie. La mayoría, al menos.

Un tema serio, interesante, oportuno e interpelante

El tema no podía se más serio, interesante, oportuno e interpelante: “El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano”. El lema lo hubiera firmado el mismo León XIV y su mero enunciado ya nos remite a su encíclica Magnifica humanitas, que ha recibido elogiosas críticas por parte de dirigentes políticos de amplio espectro.

Un tema candente, de repercusiones globales cuando asistimos a la agonía de las democracias, y expuesto por un plantel variado y reputado de conferenciantes y expertos. Que hubiese dos ministros de Exteriores, uno en activo, otro siempre atento; uno del PSOE, otro del PP, reforzaba la apuesta por la diversidad de pensamiento para llegar –o al menos ofrecer– pautas, reflexiones, acuerdos para el bien común.

El evento, además, se producía unos días después de que el CEU, en su deriva, inaugurase sus curso de verano con la concesión de la medalla de honor de esa Universidad a un Javier Milei cuya actividad política es uno de los principales agentes patógenos que hoy están socavando las democracias con su apuesta por el populismo libertario que, no hay que olvidarlo (como sí parecen haber hecho los herederos de Herrera Oria) considera la justicia social “una aberración” y “una cuestión de ladrones”.

Todo pintaba de cara para la Fundación Pablo VI, para ofrecer (por fin) su mejor versión: una institución que bebe de la doctrina social que asquea a Milei sin que se inmuten los hijos de don Ángel Ayala y que, tras un conveniente antivirus ideológico que ha rebajado las toxinas, ha hecho suyo aquel “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo…” y se ha propuesto acompañarlos en el camino con la reflexión serena y abierta al encuentro. En ese duelo de think tanks encubierto para hacer ver quién lleva la voz cantante en nombre de la Iglesia en el espacio social, parecía ahora ganar la partida la apuesta sosegada, reflexiva, incluyente del que lleva el nombre de un papa al que Franco impidió visitar España.

Sí, todo iba de cara para esta Escuela de Verano, especialmente mimada en esta edición, hasta que, cuando ya enfilaba su clausura, apareció uno de los patronos de la FPVI y, nada menos, presidente de los obispos españoles y, como suele sucederle, se pasó de frenada, y pudiéndose quedarse simplemente en San Agustín, que siempre es un buen puerto al que acogerse en estos casos, improvisó –el talón de Aquiles de este también abogado al que la política se le escurre a menudo por la comisura de los labios–, añadiendo una innecesaria coletilla a la célebre cita del Estado (en su formulación original eran reinos y se hablaba de justicia, no de ética) y cuándo deviene en cueva de ladrones.

¿Fue un lapsus o creyó que estaba en el ISSEP?

¿Fue un lapsus? ¿Le pudo el escenario o simplemente lo confundió? ¿Creyó que estaba en alguna de esas clases que dio para formar líderes en el ISSEP, el think tank de Vox? ¿Fue consciente del recado que pretendía dejar con ese latiguillo? Si se repasa su intervención, parece indudable de que sí sabía que había quitado la espoleta a su “y a las pruebas me remito”. Aunque le quedaba todavía un recurso, al que se agarra mucho últimamente: los titulares de prensa no hacen justicia a sus intervenciones.

Argüello, en el ISSEP

Lo cierto es que sus tropiezos con la prensa los tiene desde el mismo día que se estrenó ante ella como secretario general, cuando los plumillas aún no habían tenido tiempo para tomarle las medidas al palentino y soltó aquello de que los candidatos al sacerdocio habrían de ser “enteramente varones y, por tanto, heterosexuales”. Pero es que costó que esa misma clase de tropa le arrancase unos días después de su conferencia de clausura en la Pablo VI algo parecido a un lo lamento y volvió a sacar aquello de que el que se pica…

No debiera estar Argüello preocupado por los periodistas. Quizás, un poco más por León XIV, a quien le pisoteó como un jabalí el sembrado que había dejado en Madrid, Cataluña y Canarias. Entre otras cosas, su invitación desde el Palacio Real de Madrid, nada más aterrizar en España, "a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad".

Desafortunada comparación con Cáritas

Hubo otros chascarrillos innecesarios y fuera de lugar, como lo del orgullo y Satán, la rapidez con la que los migrantes conocen los caminos de los derechos o preguntas retóricas que recordaban a la de las copas de vino de Aznar cuando este pretendía denigrar las campañas de la DGT, pero no puede pasarse por alto lo que subyace en un pensamiento cuando, queriendo poner colorado a un Estado, se acaba escupiendo hacia arriba.

Lo hizo como largo preámbulo a lo de las “paguitas”, término del argumentario de la santísima trinidad ultra que inevitablemente tenía que aparecer: “Para comprometer a la sociedad a veces hay que pasar por la prueba de no convertirse el Estado en una Cáritas laica, que da limosnas”.

Argüello, durante su polémica intervención

¿Es esta la idea que tiene el presidente de la CEE de lo que es la Cáritas confesional, la que pone en común lo que viene del común de los fieles que así lo consideren y de quienes no siendo creyentes ven en la institución eclesial a una organización digna de confianza? ¿Es que Argüello, como una parte de la derecha más reaccionaria de España, sigue queriendo una Cáritas que atiende a los pobres de misa de doce, con mano extendida y mirada baja para que no fastidie la hora del vermú? ¿Otro lapsus? ¿Otra tergiversación? ¿Otra metedura de pata?

Antes que él como presidente de la Conferencia Episcopal ya era Cáritas quien, con sus expertos, bregaba para sacar adelante la regularización extraordinaria, trabajando con lo que, eso sí, son los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia

Antes que él como presidente de la Conferencia Episcopal ya era Cáritas quien, con sus expertos, bregaba para sacar adelante la regularización extraordinaria, trabajando con lo que, eso sí, son los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia, la dignidad de la persona, que es lo primero (también de los que ya han nacido) y que no se pierde cuando se cruza una frontera, como bien ha dejado claro el obispo responsable de Cáritas, Jesús Fernández. Y mucho antes de que Argüello llegase a Añastro, Cáritas ya elaboraba los prestigiosos informes FOESSA, esos que tanto irritan a Vox hasta el punto de pretender acabar con las subvenciones públicas que recibe la institución eclesial, a la que acusa de hacer negocio con la migración...

Parecía hablar Argüello desde lo alto de su particular torre de Babel, desde la que a veces no se le entiende y a veces se le entiende sin que lo pretenda, queriendo ignorar que cuando habla despectivamente de las “pagas” da alas a quienes denuncian las que, a través del Estado, reciben mensualmente los sacerdotes.

¿Cómo se pueden ofrecer consejos a los demás sin reparar en estos detalles de bulto? ¿Cómo se pueden exigir a los de enfrente referencias éticas y no hacer “trampas al solitario” cuando la Iglesia en España lleva años incumpliendo lo que firmó en una cueva de ladrones sobre su autofinanciación?

Luis Argüello ofrece explicaciones a la prensa en Valladolid tras la polémica | EFE

Se hartó de hablar de demo, de auctoritas y de potestas, y en su discurso había una ausencia total de humilitas, indispensable también en el vocabulario de cualquier pastor, no como adorno, sino como convicción.

Quiso Argüello justificar “lo que llevo en el corazón”, como señaló al principio de su conferencia, aseverando que “la justicia social es hoy la cuestión antropológica”, es decir, la persona, que, según él, está sometida a un plan de “deconstrucción”, razonamiento que ya le habíamos escuchado a Reig Pla hace años. Salió ahí, claro, la cuestión de género, lo LGTBI “plus plus… para que quepa todo”. Coletilla innecesaria e hiriente. Como si pudiese ignorarse la situación en tantos seminarios y curias diocesanas… Escupiendo para arriba…

Habló de la crisis de natalidad desde un eurocentrismo ignorante de las periferias, pero pasó por alto que no es ese el problema que obliga a los jóvenes africanos (el continente con más jóvenes, donde la edad promedio es de 19 años, según Manos Unidas) a ponerse en manos de mafias para jugarse la vida en una patera o cayuco a cambio de una "paguita" o de engrosar las listas del absentismo laboral, como insinuó, sino las cuevas de ladrones que alimentan, hoy como ayer, las potencias que no acaban de sacar sus manos de sus materias primas.

Pero olvidó (¿o fue otro lapsus?) que en esa misma cuestión antropológica, no toda la doctrina ni palabra de la Iglesia fija sus coordenadas de cintura para abajo. Lo recordó León XIV en abril pasado, en el avión que le traía de su primer viaje a África: “Tendemos a pensar que cuando la Iglesia habla de moralidad, el único tema de moralidad es el sexual. Y en realidad, creo que hay temas mucho mayores y más importantes, como la justicia, la igualdad, la libertad de hombres y mujeres, la libertad de religión, que todos tendrían prioridad antes que ese tema particular”. Sobre casi todo eso pasó de puntillas Argüello. Y sobre algunos, a patadas.

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