Ágora o de lo que no podemos sentirnos orgullosos
Ayer tuve la oportunidad de asistir al estreno de "Agora", la última película de Alejandro Amenábar. No es, ni de lejos, el mejor filme del director, muy lejos de la sorpresa de "Tesis", confirmada (en menor medida, en mi opinión) en "Abre los ojos", del misterio y la poesía de "Los otros" o el polémico aldabonazo a las conciencias de "Mar adentro". Pero Ágora es una película de muy bella factura, con decorados impensables para una película española (recuerdan muchísimo a las películas de romanos de los años cincuenta) y un juego de cámara sublime. Es evidente que Amenábar hace las películas que le da la gana, y que su trabajo le ha costado alcanzar esa independencia. La temática de las mismas es su propia responsabilidad, pero estamos hablando de cine, y el autor debe ser quien elija qué contar, y cómo contarlo.
Recuerdo que durante la polémica surgida tras "Mar adentro", se acusó a Amenábar de haber hecho la película sobre la vida -y la muerte- de Ramón Sampedro, y no sobre otro tetrapléjico que hubiera salido adelante. La respuesta del director me pareció de lo más honesta: cada uno hace la película que le interesa. "Pásenme un guión con esa historia, y si me convence el tema y veo una película en él, la haré. Si no, háganla ustedes". Suena duro, pero es así. Sería tan extraño como si a un servidor -salvando las distancias- le hubieran criticado "Cisma" (Ediciones B) por hablar de Lutero y no hablar de Trento, cuando la historia transcurre entre 1521 y 1523.
No es la mejor película de Aménabar, pero resulta indudable que no se trata de una película contra el Cristianismo. Es una historia que recrea un hecho histórico -con todas las licencias de la ficción, señores, estamos hablando de cine-, del que ningún cristiano debe sentirse orgulloso. Hubiera sido lo mismo si se hiciera un filme -como se ha hecho- sobre los integristas islámicos que volaron las Torres Gemelas. El problema no es la fe, sino el integrismo que lleva a resolver los conflictos a través de la sangre y la espada.
No creo, y la propia Iglesia lo ha reconocido en multitud de ocasiones, que haya que estar orgullosos, como seguidores de Jesús, de las persecuciones llevadas a cabo contra los paganos, de destrucciones como la de Alejandría, de las Cruzadas al grito de "Dios lo quiere" o la quema de personas en las hogueras. Tampoco lo creería si el caso fuera el de un musulmán -la "Guerra Santa", desgraciamente, es un error común entre algunos fanáticos-, un judío, un agnóstico o un ateo. El mal es injustificable, y mucho más si se produce en nombre de Dios.
Esto debería quedar claro. ¿Que luego Amenábar cargue las tintas más en un rincón de la realidad que en otro? Sin duda: como cualquier autor, en su obra deja parte de su ser, de sus ideas y de su trabajo. ¿Que "Ágora" sea una película anticristiana? Rotundamente no. De hecho, algunos de los "buenos" de la historia (Orestes o el obispo de Cirene, por ejemplo) son cristianos, y luchan contra el "malo" (San Cirilo, doctor de la Iglesia). Mirar una historia del siglo IV con los ojos de hoy sería fatal si no intentáramos hacerlo desde unos ojos limpios, sin prejuicios acerca de los seguidores de Jesús ni advertidos contra la obra de un cineasta "ateo" (¿por ende, anticristiano?). Los extremismos, los fanatismos, se han dado en todas las épocas de la Historia humana, en todas las religiones, regímenes políticos y lugares del mundo. En este sentido, "Ágora" es una rotunda llamada en favor de la convivencia. Aunque no sea, ni de lejos, la mejor película de Amenábar.
(Y, por cierto, que el personaje de Hypatia tiene tantos paralelismos con la vida de Jesús que a veces asusta pensar cuántas veces seguimos matando al Nazareno ayer, hoy y siempre. Y sin aprender)
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