Respetar escrupulosamente la legalidad (la Justicia belga y la Iglesia)
Nadie puede obligar a las víctimas a que den sus nombres y apellidos, como si fueran ellas parte del problema o, peor aún, sospechosas. Ojalá, claro está, que todas las víctimas de abusos se animaran a denunciar públicamente a esos criminales (dentro o fuera de la Iglesia), pero estas personas tienen que ser, siempre, el centro de la atención, y no de la polémica. Que se investigue hasta las últimas consecuencias, y que los culpables, sin límites -sean quienes sean, desde Danneels hasta el último monaguillo-, paguen su afrenta una vez que se pruebe su culpabilidad.
Pero que el Estado de Derecho sea exquisito en el cumplimiento de la Ley. Es imprescindible, y más en casos como éste, tener bien claras las medidas y las proporcionalidades. Y tiene toda la pinta que, en este caso, la Justicia belga se ha pasado bastantes pueblos.
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