"La historia de la Humanidad, y de la Iglesia, están llenas de ejemplos de genios con los que jamás te irías a tomar un café" Rupnik, Gabarain, Picasso... ¿se puede separar el arte del horror?

'El grito' de Munch
'El grito' de Munch

"Tal vez la única respuesta sea la de poner, siempre, en el centro, a las víctimas. Y no poner excusas a su sufrimiento, ni al comportamiento de los abusadores, encubridores o 'tolerantes', se llamen Escrivá de Balaguer, Marcial Maciel, Juan Pablo II o Miguel Angel Buonarroti (inciso: ¿han comprobado que casi todos los nombres que nos vienen a la cabeza son de hombres? Algo mal hemos hecho, durante mucho tiempo, los de mi género)"

"Poner rostro, voz, a los sufrientes. Siempre. Y no colocarlos, jamás, en la misma balanza que a los que causaron dolor. Aunque me siga maravillando con El pianista, Hannah y sus hermanas, o me quede callado como un bobo ante El Guitarrista Ciego. Aunque me cueste seguir cantando en misa las canciones de Gabarain. Aunque no pueda evitar mirar a las víctimas en los rostros de los apóstoles de las capillas de Rupnik. Aunque todo parezca una gran contradicción"

Reflexionaba en estos días, acertadamente, nuestro director José Manuel Vidal sobre el último escándalo relacionado con Marko Rupnik, el jesuita autor de algunas de las últimas grandes intervenciones artísticas en templos de todo el mundo. Desde La Almudena al Vaticano, desde la capilla de la Conferencia Episcopal al santuario de Fátima o la cueva de Manresa, hay pocos lugares significados de la Iglesia actual que no tengan el 'toque' de Rupnik. Y sin embargo, tras conocer (solo la punta del iceberg, en un enésimo ejemplo de la falta de transparencia de las instituciones religiosas) sus abusos en varias congregaciones religiosas, "¿qué hacer ante su obra? ¿Se puede separar a la persona de su obra?".

Se preguntaba Vidal, y se contestaba, con razón, que "hay que separar", aunque acto seguido admitía que "no volveré a mirar sus mosaicos de la misma manera". Y es que en esto, como en tantas otras cosas, los 'grises' ganan terreno a medida que las vísceras tratan de calmarse. Por un lado, hay que apuntalar la tolerancia cero ante cualquier tipo de abusos. Que, ojo, antes se negaban, y ahora se minimizan con el mantra de que "no abusó de menores". Por el otro, la historia de la Humanidad, y de la Iglesia, están llenas de ejemplos de genios con los que jamás te irías a tomar un café.

El caso de Cesáreo Gabarain fue paradigmático en los últimos meses. Su 'Pescador de hombres' ya no suena igual. Personalmente, no puedo evitar cambiar mentalmente la letra y pensar en un depredador, en un 'pescador de niños'. Y, sin embargo, su 'En la arena he dejado mi barca, junto a Ti buscaré otro hogar' ha marcado mi itinerario de fe. Lo sigue haciendo.

¿Se puede separar al artista de la persona? Hace pocas semanas, coincidiendo con los actos del 50 aniversario de la muerte de Picasso, surgieron nuevas revelaciones de su maltrato a varias de las mujeres con las que convivió. Un monstruo. Y, a la vez, un genio. ¿Cómo no renegar de su comportamiento? ¿Cómo hacerlo, en cambio, de sus 'Señoritas de Avignon', de su (nuestro) 'Gernika'?  Woody Allen, Polanski... la lista es interminable. A la propia Iglesia le sucede: santa y pecadora, tirana y esclava, autora de los mayores crímenes de la Historia, y también, de algunos de los mayores progresos de la civilización.

Capilla de Rupnik en la CEE

¿Qué hacer, como creyentes, ante esta 'esquizofrenia' moral? Les reconozco que, como nuestro director, no tengo una respuesta definida. Tal vez la única respuesta sea la de poner, siempre, en el centro, a las víctimas. Y no poner excusas a su sufrimiento, ni al comportamiento de los abusadores, encubridores o 'tolerantes', se llamen Escrivá de Balaguer, Marcial Maciel, Juan Pablo II o Miguel Angel Buonarroti (inciso: ¿han comprobado que casi todos los nombres que nos vienen a la cabeza son de hombres? Algo mal hemos hecho, durante mucho tiempo, los de mi género). 

Poner rostro, voz, a los sufrientes. Siempre. Y no colocarlos, jamás, en la misma balanza que a los que causaron dolor. Aunque me siga maravillando con El pianista, Hannah y sus hermanas, o me quede callado como un bobo ante El Guitarrista Ciego. Aunque me cueste seguir cantando en misa las canciones de Gabarain. Aunque no pueda evitar mirar a las víctimas en los rostros de los apóstoles de las capillas de Rupnik. Aunque todo parezca una gran contradicción.

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