Los lunes al sol (V): migrantes, los muertos sin nombre de Occidente El hombre sin rostro

El Mediterráneo se cobra siete muertos más
El Mediterráneo se cobra siete muertos más

Recupero un relato escrito hace mucho, y que por desgracia conserva su vigencia

Este domingo conmemoramos el Día del Migrante y el Refugiado. No los olvidemos, no los dejemos "sin rostro"

Encontraron al hombre sin rostro en avanzado estado de descomposición: los gusanos ya habían comenzado su festín en los intestinos, y las ratas del contenedor de basuras del que el cuerpo hubo de ser rescatado acababan de perder el miedo y campaban a sus anchas por su cuello y pechos. Fue precisamente el mal olor que desprendía el cadáver lo que advirtió a doña Úrsula, la vecina del cuarto D, de que algo extraño ocurría en aquella obra.

Los estudios forenses tampoco contribuyeron a aclarar mucho la situación: se supo que el fallecido era varón, de unos treinta años de edad y raza negra. Entre dos o tres agentes consiguieron localizar las treinta y siete puñaladas que había recibido en todas las partes del cuerpo y que, a su juicio, le habían provocado la muerte por pérdida completa de sangre. Uno de los policías comentó que el cadáver estaba deshinchado, con poco más que huesos y carne. Pero nada se supo de su rostro.

A pesar de las llamadas de los estamentos policiales, nadie acudió siquiera a tratar de reconocer al fallecido. La semana que el hombre sin rostro pasó en el Anatómico Forense sirvió tan sólo para ocupar una fría cámara, envuelto en una funda plateada: el número treinta y tres de la macabra lista.

Pasado este tiempo, el juez decidió archivar el caso. Al fin y al cabo, qué importaba lo ocurrido. No había afectados -con la excepción, naturalmente, de aquel hombre misterioso-, ni familiares, ni respuesta social alguna: aquel tipo -o lo que demonios fuese- ya estaba muerto, y a nadie le importaba un carajo. El mundo iba, de todos modos, a continuar su curso, así que igual daba un viajero más o menos en su interior.

Primeros okupas, primeras pateras
Primeros okupas, primeras pateras



Dos funcionarios vestidos de amarillo subieron un bulto a lo alto de una lancha patrullera de esas que vigilan el Estrecho y, al rayar el amanecer, arrojaron el cuerpo del hombre sin rostro al fondo del mar. La corriente seguramente lo arrastraría océano adentro, pensaron, no exentos de razón.

La semana siguiente transcurrió entre temporal y temporal: parecía que el dios salado quisiera rebelarse ante la proximidad del estío, y diese los últimos coletazos del mal tiempo en forma de oleaje. Los barcos pesqueros apenas pudieron salir a la mar, y pocas pateras se atrevieron a cruzar la frontera marítima entre África y Europa: la patrulla costera atrapó una de ellas, con veintitrés magrebíes dentro, cerca de Ayamonte. Otros cuatro no tuvieron tanta suerte, y la mar devolvió sus cuerpos morados, hinchados de agua y de sal, a la orilla, un par de días después.

Era una mañana soleada de comienzos del verano cuando la Guardia Civil encontró cinco cuerpos tendidos boca abajo en la playa. Al darles la vuelta, se comprobó cómo uno de ellos carecía de rostro, y no presentaba síntomas de asfixia como los restantes. Diversas pruebas confirmaron lo que se temía: aquel cuerpo al menos llevaba tres semanas muerto. Su cuerpo no estaba rígido como el de los otros, ni su piel áspera por la sal y el picor del sol, nada que ver con ellos. Se caía a trozos como un leproso.

Varón, raza negra, unos treinta años. Treinta y siete puñaladas. Esta vez, el juez instructor se tomó el asunto un poco más en serio, y ordenó publicar los datos del fallecido en los medios de comunicación de la localidad. Como si nada. Una señora mayor apareció por el Anatómico Forense porque jamás había contemplado a una persona sin ojos, ni nariz, ni boca, ni ceño que fruncir. Nadie más. Aquel era un pueblo realmente tranquilo. De pescadores, ya se sabe. Nunca pasa nada.

Emigrantes en patera
Emigrantes en patera



El mes transcurrido desde que el hombre sin rostro fue encontrado junto a otros cuatro inmigrantes ilegales había destrozado sobremanera lo que hasta entonces todavía podía ser considerado como un cuerpo. La sombría y gris cámara mortuoria alojaba en su arcón número treinta y tres una masa informe y morena, con un agujero desde la barbilla a las raíces de los cabellos. El cerebro del hombre sin rostro se desparramaba una y otra vez hacia aquel hueco, bajando por el cuello hasta el torso.

Para dejar zanjado el tema de una vez por todas, el juez ordenó la inhumación del cadáver en un nicho del cementerio local, y dejó su custodia en manos de dos policías municipales, los cuales tenían orden de no separarse de la lápida sin nombre siquiera un minuto, y a fe que cumplieron con su trabajo.

Por ello resultó del todo increíble que a la semana siguiente, en pleno mes de septiembre, aquel niño que jugaba distraído a construir castillos de arena en la playa descubriera los restos descompuestos de un ser, "de color marrón", según sus propios testimonios, que yacía de espaldas, semienterrado en la arena. Un grito de terror ahogó los graznidos de las gaviotas en la cala, el rumor de las olas y las risas de los dos bañistas, que habían madrugado para enseñar a su hijo las conchas de mil colores y las caracolas que portaban sonidos maravillosos en sus entrañas, entrañas de las que carecía aquello.

Tez morena. Treinta años. El tiempo había unido las carnes, taponando cualquier resto de las treinta y siete heridas de arma blanca, una a una las habían contado entre dos o tres agentes. Pese a todo, no cabía ninguna duda: aquel era el tipo. Se apreciaba demasiado la falta de cara. ¿Cómo sería aquella nariz? ¿Llorarían aquellos ojos? ¿Habría sido besada alguna vez aquella boca?

"El misterio del hombre sin rostro" fue recogido por todos los diarios, captado por cada una de las cámaras de cada una de las televisiones. Arqueólogos, forenses e investigadores de todos los rincones del planeta se dieron cita en el tranquilo pueblo de pescadores como buitres al olor de la carroña.

Refugiados
Refugiados



Los dos policías encargados de custodiar el cadáver fueron acribillados a preguntas, pero la investigación demostró que el nicho no presentaba signos de haber sido profanado. El juez ordenó la exhumación de los restos del hombre sin rostro, pero éstos no aparecieron por ningún lado, perdido el cuerpo como su cara, en la playa. Inexplicablemente, el cuerpo encontrado por aquel niño no podía ser otro que el que doña Úrsula, la vecina del cuarto D, había descubierto en el contenedor de basuras de la obra de su calle.

Se decretó el secreto sumarial, las autoridades regionales y estatales fueron informadas, pero el escándalo ya estaba servido: los medios hablaron de negligencia policial, de brujería, de ritos satánicos. Incluso un informativo aventuró la posibilidad de una abducción extraterrestre. La verdadera conmoción estalló cuando uno de los dos funcionarios vestidos de amarillo, relató, entre sollozos y en horario de máxima audiencia, cómo su compañero y él habían arrojado el cadáver del hombre sin rostro a las profundidades oceánicas por mandato judicial.

El magistrado fue, por estricto orden de escritura, apartado del caso y de la carrera judicial: se le acusó, entre otras cosas, de complicidad en un asesinato, de racismo, de venta de órganos; saltaron a la luz pública sus relaciones extramaritales, su doble vida. A los dos días se le encontró ahorcado en su despacho. "Lo siento mucho. Lo siento", rezaba una nota pegada a su cuello.

Con el misterio sin posibilidades reales de resolución, la opinión pública se centró en aquel cuerpo sin rostro: el alcalde leyó un bando afirmando que aquel hombre era patrimonio del pueblo; se recogieron cientos de firmas exigiendo un recinto en el que poder contemplar el cadáver; finalmente, al ministerio de turno no le quedó más remedio que aprobar un crédito especial para la construcción de la futura "Fundación ciudadana del hombre sin rostro", centro multicultural dedicado a la promoción de los discapacitados físicos y psíquicos y a la difusión de actividades culturales de todo rango. Entretanto, los ya famosos restos viajaron por toda la geografía del país en una exposición itinerante que fue un éxito apabullante de público y crítica.

En tres meses concluyeron las obras del museo, y fue el propio primer ministro el encargado de su inauguración. El hombre sin rostro estaría ubicado en una urna de cristal blindado que ocuparía el centro del recinto.

El obispo de la zona bendijo las puertas de la fundación, que fueron abiertas al son del himno nacional. La urna se hallaba escondida de las miradas de los pocos afortunados que pudieron conseguir la pertinente invitación para el primer pase de la exposición bajo un manto de fieltro. Antes de descorrerlo, el primer ministro pronunció un sentido discurso acerca de la tradición humanística y abierta a los pueblos de la nación que él tenía el honor de presidir "por la Gracia de Dios", y anunció la entera disposición de su gabinete a profundizar en la promoción y desarrollo de los valores humanos.

Por fin, llegó el tan esperado momento. El primer ministro tomó el manto por uno de sus extremos, y lo descorrió con celeridad, dejando a la vista de todos aquella urna de cristal blindado.

De cristal blindado y vacía. Porque el cuerpo del hombre sin rostro había desaparecido sin dejar rastro. La policía indagó por todas partes, limpió literalmente todos y cada uno de los rincones de la localidad y sus alrededores, pero todo fue en vano: nadie volvió a verlo.

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Durante unos días, todos los medios de comunicación llenaron páginas enteras con la extraña desaparición del hombre sin rostro. La hipótesis de la "abducción parte por parte" volvió a cobrar fuerza en la opinión pública. Poco a poco, la rabiosa actualidad fue diluyendo el interés por la figura sin rostro y, al cabo de un mes, sólo los vecinos de la localidad recordaban con nostalgia aquellos días, en los que su pueblo, ese tranquilo pueblo de pescadores, había sido la admiración de todo el planeta.

Pasadas las Navidades, el cuerpo de bomberos de la localidad recibió una llamada anónima, indicando que se había declarado un fuego en la cala. Atardecía cuando se consiguieron apagar los últimos rescoldos. Un intenso olor a carne quemada recorrió el aire, y el jefe del cuerpo ordenó a sus hombres que se guardase el secreto.

Nadie debía saber jamás que, incrustada en una piedra cercana, había aparecido el rostro de un varón joven, con una sonrisa en los labios, los ojos bien abiertos, y una especie de lágrima rocosa y salada recorriendo lo que se entreveía como una mejilla. Su expresión parecía estar mirando a lo lejos, más allá del mar.

Desde aquel punto, en los días claros, se puede contemplar, de modo difuso, el perfil de las costas africanas. Y se escucha, a lo lejos, el sonido de una risa. Y unos besos que se alejan, y luego regresan, mezclados con el rumor del oleaje de las aguas de la cala, que van y vienen. Que van. Que vienen. Que vuelven.

Primero, Religión Digital

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