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Lo sagrado es la gente

"Jesús no está ahí. Jesús está en medio de los que sufren. Acampando entre nosotros (...) Votes a quien votes, trabajes donde trabajes, seas de esta parroquia o de tal movimiento. Incluso, aunque tengas entre tus manos el poder de bendecir, perdonar, consagrar. En Sol, en Ceuta, en Gaza. Si no lo entiendes, no has entendido nada. Lo sagrado es la gente"

Lo sagrado es la gente

Se nos llena la boca de lo sagrado. La liturgia, el orden, la moral, las normas rígidas supuestamente surgidas del Evangelio. Seguimos una moral de privilegiados, de escribas y fariseos. Hoy, muchos de los que nos decimos católicos, elegiríamos sin duda a Barrabás. Y habrá tiempo, si como parece en pocas fechas tenemos elecciones. Está sucediendo en Latinoamérica, el cambio 'en nombre de Dios'. También en Alemania, por más que el Papa haya dejado claro, en su vuelo de regreso de Francia, que en la extrema derecha no tiene cabida el Evangelio.

"El que ha venido a traer la salvación recibe una condena; el que quiere dar la vida es condenado a muerte", ha dicho León XIV en el Angelus de este domingo. Y es que, lo queramos reconocer o no, somos todos un poco viñadores homicidas.

Hoy, en las calles, en las plazas, en los pisos compartidos donde se hacinan nuestros pobres al borde del camino (los que tienen la 'suerte' de tener un techo en el que cobijarse), está pasando el Evangelio vivo. Algunos, pocos, lo escuchan, y lo ponen en práctica. El resto, parapetados en la seguridad de sus púlpitos, en los palacios de los que nunca, nadie, les desahuciará, leen otro libro. Practican otra religión. La del descarte. La del olvido. La del "esto es verdad, pero también...". La de la anécdota frente a la categoría.

Hay muchos católicos en las marchas por la vivienda en España. Muchos hombres y mujeres de fe, que también son ciudadanos, que hacen tintinear sus llaves, que gritan a los políticos que han tratado de sepultar la ilusión de un pueblo. Los que han salido a las calles sin portar más armas que la palabra, la presencia (y, ¡oh violencia estructural, un cuchillo de cocina!). Hay muchas páginas del Evangelio de Jesús en estos días. En Sol, y en muchas otras ciudades de nuestro país. Habrá pocas homilías hoy dedicadas al asunto. Algún comentarista supuestamente católico hablará del Papa y de Maricarmen, y criticará la utilización política del caso. Nunca denunciará el uso político de la pobreza. Que siempre hacen los privilegiados.

Jesús no está ahí. Jesús está en medio de los que sufren. Acampando entre nosotros. El Dios que se encarnó en los que sufrieron, que hizo sagrada la tierra que pisó, que convirtió en elegidos a todo un pueblo. El Dios que murió para hacer sagrado al pueblo. Porque lo que es sagrado no es el edificio, sino la gente que vive, o que es expulsada de ellos. Hasta que no entendamos esto no sabremos qué significa ser seguidor de Cristo. Votes a quien votes, trabajes donde trabajes, seas de esta parroquia o de tal movimiento. Incluso, aunque tengas entre tus manos el poder de bendecir, perdonar, consagrar. En Sol, en Ceuta, en Gaza. Si no lo entiendes, no has entendido nada. Lo sagrado es la gente.

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