¿Quiso suprimir la religión judía Antíoco IV Epífanes? “Compartir” (99) 3 de mayo de 2015. Preguntas y respuestas

El blog de Antonio Piñero
03 may 2015 - 07:30

Escribe Antonio Piñero

Pregunta:

Tengo una nueva pregunta ¿qué motivó a Antíoco IV Epífanes. ¿Por qué quería suprimir la religion judia como aparece en Flavio Josefo y los libros de los Macabeos?

Respuesta:

Me parece una pregunta interesante y compleja. Como ya he escrito sobre ese tema, me permito transcribirle, desde un PDF, lo escrito por Arminda Lozano y por mí en el primer capítulo del libro, Biblia y Helenismo, Edit. El Almendro, Córdoba 2006, pp. 41-44:

La tradición historiográfica sobre Antíoco IV, este brillante miembro de la

dinastía real seléucida hace de él un loco y un perseguidor sanguinario

de los judíos. Sin embargo, hemos de intentar apartarnos

de este estereotipo propiciado por la parcialidad de las fuentes

sobre algunos hechos concretos de su reinado, para obtener una

visión más ajustada a la realidad histórica. Loco, desde luego, no

era en absoluto.

En cuanto a su persecución del pueblo judío, ciertamente

hay que admitir que éste le causó múltiples problemas y

complicaciones. Y si bien es cierto también que su actitud fue la

de liquidar tales conflictos violentamente, se ha tendido a hacer

de él un acérrimo adversario del judaísmo, cuando, en realidad, no

fueron ideas religiosas, sino sobre todo razones políticas las que

motivaron su manera de actuar.

Antíoco IV había permanecido catorce años en Roma como

rehén tras la paz de Apamea. Admiraba el sistema y la política

romanas a la vez que era un ferviente partidario de las virtudes y

cultura helénicas. No intentó ninguna aventura hacia el Oeste que

le pudiera privar de la voluntad de Roma, sino que se concentró

en el sur y el oriente de su reino intentando consolidar su estructura.

Antíoco pretendía restablecer su Imperio, muy debilitado y

mermado tras la paz de Apamea, cuya integridad estuvo desde los

comienzos seriamente amenazada por fuerzas centrífugas, es decir,

por la variedad de etnias y culturas comprendidas en su seno.

El monarca debió de pensar que una fuerza de cohesión notable

podía ser la unidad de cultura y lengua entre los pueblos de su

reino, y ¿qué mejor que la civilización helénica?22 Para este fin sólo

podía23 apoyarse en los griegos y en los orientales helenizados.

Justamente la necesidad de contar con un principio cohesionador

para los diferentes pueblos de su Imperio explica el giro de su

política religiosa, que consistió en elegir como instrumento concreto

de cohesión el culto al monarca.

Dada la idea unificadora

implícita en él contenida, este culto había alcanzado ya una relevancia

sin precedentes en los reinados anteriores. Probablemente

Antíoco mismo no se creyó dios en realidad, como se recogió en

la propaganda judía24, sino que se presentó a sus súbditos con

esta caracterización. De ahí la utilización desde el principio de su

epíteto cultual Epiphanés y su representación con corona radiada

similar a Helios, el Sol25. Es probable más bien que se hubiera considerado

simplemente el representante de Zeus en su reino. Sea

de ello exactamente como fuere, lo cierto es que estos planes de

cohesión cultural tenían que ser muy mal vistos por gran parte de

la población judía, pues la religión y la cultura estaban en el país

íntimamente unidas.

La situación social en Judea podía favorecer aparentemente los

planes reales. Señalamos más arriba que el continuo proceso de

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NOTAS

22 Tácito (Hist. V 8) afirma que su intención era apartar a los judíos de sus supersticiones

y enseñarles las costumbres griegas.

23 La fragilidad de este inmenso Imperio se puso de manifiesto con la independencia

alcanzada por algunas de las regiones más orientales, como Bactriana, ya

en la primera mitad del s. III.

24 Dn 2,36-39

25 Así es la representación de su efigie en las monedas. La ideología solar, y su

utilización como símbolo de la igualdad entre todos, en este caso, un dios único

para el conjunto de los súbditos del Imperio es un motivo recurrente en el mundo

antiguo.

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helenización efectuado lentamente en las largas décadas de dominio

lágida, había dividido la población de Palestina en dos grandes

bloques. Por un lado, una fuerza “progresista”, abierta a la cultura

griega, compuesta sobre todo por las capas altas de la población,

aunque en el seno de esta clase más alta y prohelena había diversos

bandos.

Económica y socialmente dos familias se repartían

el poder: los Oníadas y los Tobíadas, que tomaban el nombre de

los patriarcas que habían fundado antaño los grupos familiares.

Por otro lado, el pueblo llano y parte de las clases medias, inclinadas

más bien a defender a ultranza las costumbres patrias.

La antigua tradición escatológica y apocalíptica, muy perceptible en

Israel desde inmediatamente después del exilio, se había ido aglutinando

en una especie de movimiento de defensa religiosa, cuyos

epígonos eran los llamados hasidim o “piadosos”. Era éste al principio

un grupo complejo de gentes interesadas en la defensa de la

Ley del que más tarde se desgajarían diversas facciones, como las

de los fariseos o la de los esenios.

A la vez, en lo político había también sus divisiones. Los más

conservadores en materia de religión se inclinaban por dar la espalda

a los Seléucidas y volver al seno del poderío egipcio, dentro

del cual la autonomía religiosa había funcionado sin problemas;

otros, más abiertos a las costumbres griegas, eran adictos de la

causa de los seléucidas, los actuales gobernantes. Este último partido

proseléucida se había formado ya con notable fortaleza en

tiempos de Antíoco III, y naturalmente estaba integrado por aquellos

aristócratas a quienes mejor les iba económicamente con los

nuevos dueños.

El sumo sacerdote de aquel momento, Onías III, no fue receptivo a las exigencias

del enviado personal de Seleuco IV, Heliodoro. Ello determinó

que, para evitar ulteriores problemas, Onías creyera conveniente

entrevistarse con el rey en Antioquía, si bien a su llegada se encontró

ya con su sucesor en el trono, Antíoco IV. Los detalles de esta

negociación se nos escapan. Cierto es que acudió también a la capital

seléucida Josué, hermano de Onías, que había helenizado su

nombre cambiándolo por el de Jasón.

Este detalle es significativo,

pues nos indica que la helenización afectaba ya a la propia familia

de los sumos sacerdotes. ¿Había sido asumida esta helenización a

remolque de otras familias aristocráticas judías –el caso, ya citado,

de los Tobíadas entre otras– o por razones de diferente índole?

Resulta bastante convincente a este respecto la explicación de

E. Will y C. Orrieux26, quienes afirman que el sacerdocio jerusalemita

debía ser proclive a la helenización no sólo por el contacto

con la administración de las monarquías griegas, ptolomea o seléucida,

propiciado por el aspecto político-administrativo de sus

funciones, sino por el mismo ejercicio de su sacerdocio. Para conservar

su autoridad entre las comunidades judías helenizadas de la

Diáspora que ya no hablaban arameo ni leían hebreo27, el Templo

necesitaba contar con personal grecoparlante.

Se supone que el

aprendizaje de esta lengua debía realizarse en alguna escuela de

la misma Jerusalén desde comienzos de época helenística, donde

se formarían sacerdotes y escribas bilingües destinados a mantener

estos contactos con las comunidades exteriores. Por otro lado,

la traducción de la Biblia hebrea al griego (la Carta de Aristeas

supone que los traductores procedían de Jerusalén) requería ya

unos conocimientos no simples de la lengua helénica, además de

la familiaridad con la literatura griega. Por tanto, parece claro que

la clase sacerdotal dirigente debió de ser pionera en la asunción

del helenismo con el objetivo de mantener la cohesión de Israel

en su conjunto. Para el resto de la aristocracia las motivaciones de

carácter económico y social serían, sin embargo, las auténticamente

operativas28.

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NOTAS

26 Cf Will-Orieux, Ioudaïsmos, 115s.

27 Véase a este respecto L.I. Levine, Judaism and Hellenism in Antiquity. Conflict

or Confluence? (Univ. of Washington Press 1998) 76ss, donde establece la relación

entre las distintas lenguas en ámbito judío

28 Ello no implica que tales razones no fueran también consideradas por los

componentes de la familia de los sumos sacerdotes, puesto que compartían intereses

con el resto de la aristocracia.

Saludos cordiales de Antonio Piñero

Universidad Complutense de Madrid

www.antoniopinero.com

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