“Sal de tu tierra”. Estudios sobre el extranjero en el Antiguo Testamento

(23-07-2020.- 1132). Comienzo de un comentario.

Sal de tu tierra Guadalupe Seijas
Escribe Antonio Piñero

En los momentos en los que vivimos, y dentro del ámbito no solo religioso sino también social, considero que el libro publicado por Guadalupe Seijas, de la Universidad Complutense –del que daré la ficha a continuación– es muy oportuno por varias razones: primero, porque trata del problema candente de la emigración; segundo porque intenta iluminar la cuestión desde la perspectiva del Antiguo Testamento, muy inusual en algunos ámbitos (y para algunos, extraño), y tercero porque los autores de las distintas colaboraciones que firman los 10 capítulos/artículos del libro son conocidos y reconocidos en el ámbito de los estudios bíblicos en lengua española.

Ficha bibliográfica: el título es el mismo que el de esta postal. Editorial Verbo Divino (Estella; Navarra; España); junio 2020; ISBN 978-84-9073-585-5; 16x24; 237 pp. Número 76 de los libros publicados bajo los auspicios de “Asociación bíblica española”.

De la primera razón, de su oportunidad poco, o nada, tengo que decir porque es evidente; y argumentar en pro de lo evidente es cansino y en ocasiones, necio. Pero debemos insistir en la idea que la emigración es un problema casi insoluble, por lo que toda consideración que lo ilumine desde diversos ángulos es bienvenida.

De la segunda, el estudio del Antiguo Testamento, tampoco tendría que ponderar nada, porque es claro y rotundo que el canon de libros sagrados del cristianismo primitivo tuvo enseguida dos partes: una estrictamente judía y otra judeocristiana. Desde el punto de vista cristiano y judío, utilizamos el vocablo “testamento” en el sentido de “alianza de Dios con su pueblo”. Para los judíos, la alianza divina era con su pueblo elegido, Israel; para los cristianos, con “su pueblo”, la humanidad entera. Algunas observaciones más al respecto:

El cristianismo primitivo no tenía más “Biblia” que la de Jesús, la Biblia hebrea,  y tardó casi dos siglos en establecer –y de manera oficiosa, nunca oficial (en el catolicismo hasta el concilio de Trento; sí no es un error, en torno al 1560; en el protestantismo, desde la Reforma y en la práctica)– un elenco de libros sagrados propios, que se denominó con el tiempo “Nueva Alianza” = “Nuevo Testamento”.

El joven cristianismo, en realidad un judeocristianismo, nunca estuvo sin una Sagrada Escritura. El nuevo grupo religioso era en sus primeros momentos una mera rama del judaísmo que simplemente aceptaba como mesías a una persona concreta, y sostenía que había resucitado y que vendría pronto a la tierra a cumplir la misión truncada por su muerte. Pero apenas cuestionaba nada más de la teología judía. Por ello aceptó como algo obvio el conjunto de libros que hoy llamamos “Antiguo Testamento” como escritura sagrada. Los judeocristianos más antiguos, que creían en Jesús como el mesías, acabaron sintiéndose el verdadero Israel, el que de verdad comprendía esas Escrituras que profetizan al mesías. Esas Escrituras eran suyas, pues anunciaban lo que había ocurrido con Jesús.

Los cristianos no se interesaron por el Antiguo Testamento como objeto de estudio en sí, es decir, no se preocuparon de investigar cuál era el sentido histórico de los diversos libros, o secciones de ellos, , sino que consideran fundamentalmente a este corpus, como un testimonio de la mesianidad de Jesús, como indiqué. Veían al Antiguo Testamento como una confirmación de la verdad de la figura y misión del Nazoreo siguiendo el esquema de “promesa” (Antiguo Testamento) – “cumplimiento” (vida y hechos de Jesús).

Normalmente, el texto citado del Antiguo Testamento por el cristianismo primitivo no es el hebreo (que más tarde sería considerado intocable por los judíos), sino casi siempre la traducción griega de los “Setenta” (el texto hebreo comenzó a verterse al griego hacia el 270 a. C. y tardó casi dos siglos en concluirse). Tanto el canon (o lista) como el texto del Antiguo Testamento no eran fijos en los primeros tiempos del cristianismo naciente; los primeros cristianos manejan ese texto con libertad –quitan, añaden, cambian—, de modo que podemos decir que había una cierta fluidez en su uso,  es decir, el tenor estrictamente literal no era aún sacrosanto. Se buscaba el sentido del texto sagrado, pero la letra de él podía acomodarse a las circunstancias, por ejemplo de una discusión teológica.

El cristianismo primitivo no se hizo problemas expresamente sobre la extensión del canon veterotestamentario, es decir el número exacto de libros que componían esa lista. Solamente cuando el Nuevo Testamento estaba ya formado en la práctica –poco después del 200 aproximadamente—, empezamos a encontrar algunas consideraciones sobre el valor del Antiguo Testamento. Los cristianos no aceptaron sin más la decisión de los judíos sobre su Biblia (el número de libros que contenía), sino que siguieron otra tradición (¿la del judaísmo de lengua griega, sobre todo alejandrino?) y consideraron canónicos a algunos libros de la traducción al griego de los LXX rechazados como espurios por el judaísmo oficial. Así, Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Ecle­siás­tico, Sabiduría, situación que dura hasta hoy entre los católicos.

Sin embargo, cuando consideramos el libro de Verbo Divino que comentamos, hay que decir que todos sus autores no están estudiando (y presentando los resultados de su estudio) el texto griego, sino el hebreo. Prácticamente todos conocen bien el hebreo bíblico, por lo que los estudios presentados en este libro se basan en ese texto. Hay un capítulo, sin embargo, el número 6, “El extranjero en la pintura bíblica del siglo XIX. Sansón y Dalila de José Echenagusía”, de Carmen Yebra, que evidentemente no tiene por qué basarse en el uso de esa lengua.

Sobre el contenido (índice) de esta obra, no hay más que entrar en la página web de Verbo Divino, donde aparece el índice.

Y antes de considerar otro día los artículos que más me llaman la atención (esto es subjetivo y por tanto, no generalizable) debo señalar que estoy de acuerdo con lo que la editora literaria, Guadalupe Seijas afirma en la “presentación” y se recoge en la contracubierta acerca de que “El pueblo de Israel inició su andadura sabiéndose «el otro» en Egipto, y que la traumática experiencia del exilio en Babilonia fue crucial en la configuración de su identidad”.

“Las aportaciones recogidas en este volumen ofrecen un recorrido sugerente por el Antiguo Testamento, desde el Pentateuco a la literatura sapiencial pasando por los profetas, Rut, Daniel y Tobías. Una aproximación necesariamente plural, puesto que las circunstancias históricas de cada época conformaron diferentes sensibilidades hacia el extranjero”.

Y otro aspecto importante: aunque el libro vaya dirigido al gran público, no especializado, se trata de un trabajo de base seriamente científico: basta ver las notas, la bibliografía utilizada y el elenco de siglas o acrónimos de revistas especializadas de las que se han tomado datos para el estudio. Estudiar la Biblia hebrea requiere una cantidad de conocimientos increíbles para la gente y no solo de lenguas (en plural) del Oriente Medio, sino de su historia y su cultura…, que son casi inabarcables. Tiene mérito quien se dedica a ello.

Pero, insisto, que nadie se asuste por el aparato científico, ya que el libro es perfectamente legible. Me interesa señalar también, con la editora literaria, que este volumen no es una obra de improvisación movida por la oportunidad político-social de la emigración, sino el resultado de un buen monto de trabajo dentro de un Seminario de investigación sobre el Antiguo Testamento en la Asociación Bíblica española durante tres años (del 2016 al 2019).

Y como la consideración de la pluralidad de enfoques está justamente de moda en nuestros días al abordar cualquier cuestión, el que el libro sea una obra de estrecha colaboración  entre profesionales enriquece mucho al lector, porque sus miradas son plurales. Personalmente, aunque haya dedicado mi vida más al estudio del Nuevo Testamento, y me considere en verdad poco competente en el Antiguo, debo aquí confesar que mi respuesta a la típica pregunta: “¿Qué único libro se llevaría –si solo le permitieran llevarse uno– si Usted estuviera confinado en una isla desierta?”, siempre he respondido: La Biblia.

Como dicen los rabinos, y lo he repetido muchas veces, “Setenta caras tiene la ‘Ley’ (de Moisés, sinónimo aquí de Biblia)… y cada uno puede encontrar en ella lo que desea”.

El próximo día comentaré algunos capítulos del libro. Hoy termino con un desiderátum que seguro abrazamos todos de corazón. Afirma la editora literaria la Dra. Seijas que este volumen puede contribuir a desarrollar una mayor sensibilidad hacia los extranjeros y, en consecuencia, a participar en la conformación de una sociedad más justa, solidaria e inclusiva en la que todos los seres humanos tengan cabida y puedan llevar una vida digna.

Yo lo creo. Seguiremos con un breve comentario ulterior.

Saludos cordiales de Antonio Piñero

http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html

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