Tensiones posconciliares en la arquidiócesis de Bogotá
1966, Annus Horribilis
Tensiones posconciliares en la arquidiócesis de Bogotá
El artículo titulado "1966, Annus horribilis", escrito por el sacerdote sulpiciano Alfredo Morin C. ofrece su testimonio autobiográfico sobre la crisis eclesial en Bogotá tras el Concilio Vaticano II. El texto describe la fuerte polarización del clero, las tensiones entre reformas conciliares y sectores integristas, y el impacto institucional de la frágil salud mental del cardenal Luis Concha, que derivó en decisiones erráticas y conflictos de gobierno.
Morin relata su destitución y posterior restitución como rector del Seminario, las acusaciones doctrinales y administrativas en su contra, y las visitas canónicas extraordinarias impulsadas por la oposición interna. Destaca el papel moderador del arzobispo coadjutor Rubén Isaza, así como episodios que ilustran la incomprensión y el miedo frente a la reforma litúrgica y pastoral.
El texto concluye con la renuncia del autor y su salida a Europa, subrayando las consecuencias estructurales del conflicto: debilitamiento de la acción pastoral, ruptura de confianzas y reconfiguración del Seminario. La obra constituye una fuente primaria valiosa para estudiar la recepción del Vaticano II en Colombia, los conflictos de autoridad eclesiástica y las dinámicas de cambio institucional en contextos de transición.
Un agradecimiento especial a Carlos Martínez, sacerdote con hogar de Bogotá y alumno del padre Moran en el seminario arquidiocesano quien gentilmente facilitó y permitió la publicación de este documento histórico en Religión Digital. Carlos Martínez, además, como músico y joven sacerdote compuso y adaptó melodías litúrgicas al castellano. Es muy conocida su versión castellana del canto original italiano "Dell'aurora tu sorgi più bella" de caracter mariano, y que él tituló: "Somos los peregrinos", con un contenido más eclesiológico.
1966. Annus horribilis
Alfredo Morin C., p.s.s.
1966 ha sido el peor año que me ha tocado vivir en Colombia. Era durante la crisis postconciliar. El clero de Bogotá estaba muy polarizado. Los sacerdotes de la Unión parroquial del Sur estaban a favor del concilio. En general, con posibles excepciones, los curas del Norte estaban o tibios o en contra. En la Curia había unos integristas (¿Lefebvristas?) que hacían la vida imposible al arzobispo coadjutor, Monseñor Rubén Isaza. Monseñor Pablo Correa León, obispo de Cúcuta (1959-70), había escrito a Roma para denunciar que el mismo señor Cardenal Luis Concha se había vuelto lefebvrista. El señor Concha, un hombre que se había distinguido toda la vida por su prudencia, inteligencia y sabiduría, sufría entonces de amnesia y de paranoia, lo cual hacía muy difícil trabajar con él.
A principios de enero del año 1966, volví de unas vacaciones en Canadá durante el retiro del clero que se predicaba como de costumbre en el Seminario Mayor del Chicó. Como el señor cardenal acostumbraba dictar una conferencia cada día, cada año yo lo esperaba frente al seminario. Cuando aparecía su carro, yo me precipitaba para abrirle la puerta y ayudarle a bajar y nos saludábamos con muchas muestras de amistad. Este era el ritual desde 1961 hasta 1965. Pero en 1966, grande fue mi sorpresa. El señor cardenal, en vez de saludarme como de costumbre me empujó en una forma despectiva e ingresó al seminario sin saludarme. Monseñor Rubén Isaza, el arzobispo coadjutor, estaba cerca. Yo lo miré con cara interrogativa como preguntándole qué estaba pasando. Mi amigo Rubén se había puesto lívido. Me preguntó: "¿Tú no estás al tanto de lo que está pasando?"
Ante mi respuesta negativa, me dijo: "Tú ya no eres el rector del seminario; estás expulsado de la arquidiócesis. El señor cardenal ha escrito a tu superior provincial para comunicarle su decisión." Esa noticia me sorprendió mucho, porque yo me había despedido del padre Jean-Paul Laurence el día anterior y él con toda evidencia no estaba al tanto de nada. Supe después que la carta del cardenal había sido encontrada en la calle y que había sido remitida al padre provincial varios días después.
Rubén me dijo: "Tenemos que hablar. No aquí. Tampoco en la Curia, pues allí cambiaron las cerraduras y no tengo acceso sino a mi habitación." Esa misma noche nos encontramos en territorio neutral y Rubén me comunicó por qué había sido yo destituido. Era consecuencia de tres acusaciones:
Se me reprochaba una conferencia que dicté en la Curia sobre fe y sacramentos que hubiera resultado con sabor a herejía protestante. Se me reprochaba haber quitado clases a Monseñor José Manuel Díaz, gran amigo del cardenal Concha. Se me reprochaba ser amigo del cardenal Léger, quien en el concilio, con los cardenales Liénard, Frings y otros, integraba el ala avanzada frente a los ultra conservadores de la Curia romana.
Entonces dije a Rubén: "Estoy tranquilo porque tengo respuesta clara para cada una de las acusaciones".
El día siguiente, llamé a la casa del señor cardenal para pedir audiencia. El cardenal me mandó decir que no tenía tiempo para recibirme. Repetí la petición todos los días durante dos semanas siempre para recibir la misma negativa. Entonces mandé una carta al señor cardenal. En ella le decía que me había enterado en la calle de que había sido destituido de la rectoría, expulsado de la arquidiócesis, que había tres acusaciones contra mí y que deseaba dar explicaciones sobre cada una:
En primer lugar, la conferencia de la Curia. Estaba presidida por Monseñor Rubén Isaza que no sólo no le encontró problema doctrinal, sino que me felicitó por ella. Al final de la ponencia, todo el clero se puso de pié y aplaudió largamente. Todo el clero, con excepción de tres sacerdotes que se quedaron sentados. Supongo que son ellos los que me acusaron. Desde aquel tiempo, uno de ellos ha sido asesinado por alguien que lo acusaba de haberle robado. Otro tuvo una crisis de locura en un hotel de Miami donde lanzó una silla al televisor que destruyó. Hubo que ponerle camisa de fuerza. En cuanto al tercero, Su Eminencia me dijo que era "un pobre pendejo". No creo que el testimonio de estos tres señores valga más que el del resto del clero de Bogotá.
Del mismo modo, las clases de Monseñor Díaz. En el seminario se dictan 8 horas de Nuevo Testamento. Monseñor Díaz dictaba 4. Me pidió darle las 8 horas, pero él no quería dictar más de 8 horas a la semana. Forzosamente tuve que pasar sus 4 horas de dogma al P. Léger. Este cambio hecho a petición del mismo Monseñor Díaz se comunicó en la cartelera del corredor de abajo y el cuadro de las asignaturas estuvo a la vista de todos durante todas las vacaciones.
Finalmente, mi amistad con el cardenal Léger. El cardenal Léger es mi obispo. ¿Quién me puede reprochar ser amigo de mi obispo?
Pocas horas después, el chofer del señor cardenal me trajo una breve nota en la cual el señor arzobispo me decía: "Muy querido padre Alfredo: le ruego que siga encargado de la rectoría de mi seminario".
La calma recobrada no duró mucho. Yo seguía visitando al señor cardenal todas las semanas para una conversación de un par de horas, como lo había hecho durante años. Un día me dijo que ante las numerosas quejas que le llegaban contra el seminario, había decidido imponemos una visita canónica extraordinaria. El visitador propuesto por los enemigos del seminario era Mons. Alfredo Rubio Díaz, obispo de Sonsón-Rionegro (1961-1968), que había sido rector del Seminario de Bogotá en el año 1953.
En la conferencia espiritual de la noche anuncié la cosa a los seminaristas. Dije que no se trataba de una visita ordinaria, sino que, a causa de graves acusaciones hechas contra la dirección del seminario, el señor arzobispo, como buen vigilante (epíscopos), había decidido aclarar las cosas. Les pedí que hablaran al visitador con toda libertad, diciendo lo bueno y lo malo, sin ocultar nada, que tenían total inmunidad diplomática, pues nadie sabría nunca quién había dicho qué cosa al visitador. Y me fui a acostar.
El día siguiente, me enteré de que varios seminaristas habían pasado la noche organizando comités de defensa del seminario para vida espiritual, vida comunitaria, vida pastoral y vida académica. El clima, pues, se estaba caldeando.
El primer día de la visita, me paré frente al seminario a esperar al "cura Rubio", como llamaban al visitador sus numerosos amigos en Bogotá. Cuando llegó, lo saludé, pero él no me contestó. Se veía muy agresivo, como un toro de lidia. Era evidente que los enemigos del seminario que lo habían sugerido como visitador, le habían hecho un lavado de cerebro. Tan pronto estuvo instalado en su aposento, se presentaron los seminaristas de la diócesis de Zipaquirá que le dijeron: "Monseñor, le vamos a pedir el favor de no llamamos a nosotros, pues, nuestro obispo, Mons. Jáuregui, nos pidió no decir cosas buenas del seminario. Y como nosotros estamos muy contentos aquí y no tenemos sino cosas buenas para decir, estamos condenados al silencio."
En el almuerzo, el señor Rubio presidió y no conversó con ninguno de los padres en la mesa principal. El día siguiente, empezó el clima a cambiar: de glacial a templado. Conversamos, y el visitador se manifestaba más simpático. El tercer día, Mons. Rubio me dijo: "Aquí estoy perdiendo el tiempo. Todo el mundo está contento y todos me repiten el mismo rollo." El cuarto día dijo en la mesa: "Yo tengo un seminario en mi diócesis que tiene sus problemas. Quizás podrían Uds. ayudarme." Al fin decidió dar por terminada la visita y entregó al señor cardenal un informe totalmente favorable. Esto inauguraba otro período de calma.
Pero aquel año la calma nunca duraba mucho. Los enemigos del seminario se aprovechaban de la salud mental frágil del señor cardenal para azuzarlo contra nosotros. Y los incidentes se iban multiplicando.
Un día, dos seminaristas que habían ido a la casa del cardenal a ayudarle la misa, me llegaron luego a la rectoría alarmados: "Padre, me dijeron, Ud. está en agua hirviendo. El señor cardenal nos dijo que varios de sus sacerdotes habían ido a una reunión de pastoral en Suescún (Boyacá) sin su permiso. Y lo que más le duele es que entre ellos estaba el rector de su seminario". Sin perder tiempo me fui a la casa del cardenal a aclarar las cosas. Lo encontré malhumorado. Me reprochó el haber ido a la reunión de Suescún sin su permiso.Yo le contesté: "Me muero de la pena, Eminencia, pero todos los sacerdotes de Bogotá que fuimos a la reunión de Suescún teníamos permiso suyo". El cardenal me interrumpió: "Yo nunca di este permiso!" "Sí lo dio", insistí yo. "El P. Hernán Jiménez le leyó la lista de los invitados y Ud. la firmó". Entonces el cardenal dijo: "Ahora sí, me acuerdo”
Este grupo de Suescún fue una verdadera bendición. Varios de los miembros nos seguimos reuniendo los viernes, invitados por Joaquín Castro en sus instalaciones de Caritas para compartir amistosamente alrededor de unas salchichas sobre nuestros problemas pastorales. Ahí estaban Mario Revollo, Hernán Jiménez, Ernesto Umaña, Jaime Díaz, Fernando Hurtado, Noel Olaya, Francisco Tamayo, este servidor y otros pocos. Pedro Rubiano pertenecía al círculo de los amigos, pero lo veíamos poco porque ejercía su ministerio en la arquidiócesis de Cali. Cuando el cardenal Concha cerró El Catolicismo y dejó a Mario Revollo en la física calle sin ministerio, nosotros lo rodeamos y le ayudamos a superar su dolorosa prueba. Lo mismo hicimos con Ernesto Umaña cuando entró en crisis y se retiró en un hotel de México antes de casarse. Varios de nosotros hicimos el viaje a México para no dejado solo.
En otra ocasión el cardenal me dijo; "Estoy muy triste. Rubén Isaza que yo quise tanto, Rubén Isaza que me debe su episcopado, me está traicionando". "Imposible!", le repliqué. "Pues sí, insistió el cardenal. "Fíjese que aprovechó mi ausencia en el concilio para autorizar la comunión en la mano. Yo no puedo estar de acuerdo con esto!". Entonces le repliqué: "Eminencia, perdóneme, pero Ud. sí autorizó la comunión en la mano". "¡Que no!" "¡Que sí! Ud. la autorizó aquí en esta misma sala. Tuvimos una reunión en la que participaron Su Eminencia, Mons. Isaza, Mons. De Brigard, Mons. Solano, Ernesto Umaña de Brigard y este servidor. Yo actué de secretario y redacté el acta que Su Eminencia firmó y que debe estar en el archivo." Entonces el cardenal exclamó: "Ahora sí, recuerdo".
Este tipo de problemas se presentaba a cada rato y paralizaba la acción pastoral en la arquidiócesis. Cosa muy seria cuando uno piensa que estábamos preparando el Congreso Eucarístico del '68. A tal punto que un día escribí al cardenal Garrone en la curia romana. Él era muy amigo de los sulpicianos. Le expliqué la situación. Le dije que no había derecho de mantener como arzobispo de Bogotá a una persona de muchos méritos, pero que ahora ya no estaba en condiciones de asumir semejante responsabilidad. Eran millones de cristianos que sufrían las consecuencias.
Entre los ataques contra el seminario, uno me parece particularmente gracioso. Un día se me presenta un alto prelado que me dijo: "Vengo a protestar en nombre del Venerable Capítulo de la Catedral". Contesté yo: "Dígame, Monseñor, en qué he pecado para que me pueda corregir". Agregó el prelado: "Nos hemos enterado de que Ud. ha tenido la osadía de cambiar todo en la capilla del seminario. Ud. ha de saber que esta capilla, en la que nosotros hemos rezado todos los días durante los 7 años de nuestra formación, es un monumento sagrado. No podemos aceptar que un extranjero venga a cambiar todo en este lugar sagrado tan lleno de recuerdos para nosotros". Pregunté yo: "A ver ¿qué es lo que cambié que les choca tanto?" "¡Nos han dicho que todo!" Entonces, dije al prelado:
"Monseñor, estamos a 10 metros de la capilla, vamos y me dice ahí lo que no hubiera debido cambiar". Ingresamos a la capilla y el prelado me preguntó: "¿Qué es lo que ha cambiado?". "¿No me dijo Ud. que yo cambié todo?" contesté yo. El prelado dio la vuelta de la capilla para descubrir qué había cambiado yo, y no encontraba nada. La capilla estaba tal como la había conocido cuando era seminarista. Entonces le pregunté: "¿Ud., Monseñor, obedece al Papa?" "Por supuesto que sí, contestó, "Si el Papa me pide pararme patas arriba, obedezco". "Entonces, le dije, nos vamos a entender". Alguito sí cambié para poder celebrar de cara al pueblo en la línea de la reforma litúrgica. En el altar había una moldurita de mármol de 3 centímetros de alto que estorbaba la celebración cara al pueblo. La hice quitar. Es el único cambio que se hizo". Entonces, pensando en la reforma litúrgica, el prelado me dijo que de pronto se podrían hacer otros cambios menores, y me dejó plata para hacerlos ...
Otro motivo de gran escándalo fue el retiro de los teólogos de IV año. Los que se preparaban para la ordenación presbiteral me dijeron que un retiro de una mera semana les parecía muy poco para prepararse a un momento tan importante de su vida. Deseaban que el retiro fuera de un mes, en un lugar muy tranquilo sin ninguna comodidad, lejos del mundanal ruido. Hablé de la cosa al señor Cardenal que dio la autorización. Se escogió el Desierto de la Candelaria cerca de Villa de Leyva. En aquel tiempo el monasterio de los agustinos descalzos no había sido reconstruido. No había ahí sino ruinas. Los seminaristas me pidieron predicar el retiro. Les dije que como rector del Seminario no podía ausentarme tanto tiempo, que con mucho gusto los acompañaría durante 15 días. Otro padre completaría el mes. Fue una experiencia maravillosa. Por la mañana se proponía el tema del día. Luego cada seminarista se retiraba en el monte con su Biblia. Por la tarde se celebraba la Eucaristía con homilía compartida. Cuando los campesinos de los alrededores se dieron cuenta que se celebraba misa, empezaron a unirse al grupo. Cuando durante la homilía oían los testimonios de estos jóvenes, se emocionaban y vi correr lágrimas.
Ahora bien, como en el Desierto no había agua y había que ir a buscarla bastante lejos, para ahorrar los seminaristas se dejaron crecer la barba. ¿Quién sabe cómo? lo de las barbas se supo en la Curia de Bogotá. Un sacerdote de la Curia hizo el viaje en su pequeña Volkswagen para averiguar si realmente los seminaristas habían dejado de afeitarse. Cuando constató que así era la cosa, se armó el escándalo. Y hubo quien interpretó que en Villa de Leyva no había ningún retiro sino un campamento de guerrilleros guevaristas. Ahí se ve como gente buena interpreta todo al revés cuando está prevenida. Me contaron que el buen sacerdote de la Volkswagen tuvo más tarde un accidente que le dejó una cicatriz en la cara, por lo que tuvo que dejarse crecer la barba... Otro guerrillero!
Conviene recalcar que en Villa de Leyva sí se hizo retiro y muy serio. Probablemente el mejor de toda la historia del Seminario de Bogotá. De este grupo de dizque guerrilleros salieron dos obispos: Fabio Suescún y Fernando Sabogal.
Durante el mes de septiembre, si mal no recuerdo, el señor cardenal me anunció que íbamos a tener otra visita canónica extraordinaria, pues consideraba que la primera no servía. Los enemigos del Seminario seguían acosando. Yo dije al señor cardenal: "Su Eminencia tiene todo derecho de poner todas las visitas que quiera, pero un seminario no puede funcionar normalmente en esta forma. De modo que le doy mi renuncia. Me iré poco antes de que llegue el nuevo visitador.
Cuando mis libros estuvieron empacados y mis maletas listas, me fui a despedir del señor Cardenal. Unos sacerdotes me habían rogado de prestarles un último servicio antes de irme: convencer al señor Cardenal que renunciara. Efectivamente lo intenté, y pensé que lo había logrado. Pero un día el Cardenal pensaba una cosa, y el día siguiente, otra. Cuando le estuve hablando de renuncia, el señor Concha me dijo: "Padre, Ud. tiene toda la razón, pues yo en realidad no tenía vocación para ser obispo. Rubén Isaza, sí. Y se puso a contarme su vida con sus fracasos, con una humildad que me conmovió profundamente. Nos despedimos con un abrazo. Pocos días después tomé el avión para Montreal, camino a París donde iba a ocupar mi puesto de consultor general de la Compañía de San Sulpicio.
Poco tiempo después de llegar a París, los obispos canadienses me nombraron director de la Casa sacerdotal Mons. Laval, mejor conocida como "Le 32, rue de Babylone". Era un hotel para eclesiásticos a cargo de la Fraternité Sacerdotale. Allí llegaron a alojarse en un año hasta cerca de 6.000 cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos de 60 países. Un medio interesantísimo donde uno podía tomar el pulso de la Iglesia universal. Allí viví muy contento trabando amistad con personajes muy importantes como el cardenal François Marty, presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, futuro arzobispo de París, con quien almorzaba cada mes. Mientras estaba allí, me llegó un día un mensaje de la Curia de Bogotá. El administrador apostólico de la Arquidiócesis, Mons. Aníbal Muñoz Duque, me invitaba a regresar a Bogotá para volver a asumir la dirección del Seminario. Inmediatamente pensé que no les iría demasiado bien allá a mis sucesores sulpicianos. Pero como no soy masoquista ni siento una vocación especial al martirio, agradecí la invitación, pero no acepté el cargo, pues, después de lo que había sufrido, no tenía ninguna gana de volver al avispero de 1966.
Parece que mi respuesta al señor Administrador apostólico selló la suerte de San Sulpicio que una década después, en 1980, tendría que dejar la dirección del Seminario de Bogotá. No conozco los detalles, porque cuando vivía en Paris, procuraba olvidarme de Bogotá por motivos evidentes. Pero dos cosas me parecen dignas de recordarse.
Un día pregunté a uno de mis amigos del clero de Bogotá; "¿Por qué Uds. son tan agresivos contra el equipo del Seminario?" Me contestó: "No podemos tolerar la forma como sus hermanos sulpicianos lo tratan a Ud." Esto explica por qué los que más lucharon para sacar a los sulpicianos del Seminario de Bogotá eran unos de mis mejores amigos… Situación verdaderamente paradoxal.
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