Poder, guerra y espectáculo en la Colombia de De la Espriella
La liturgia de los cadáveres
Poder, guerra y espectáculo en la Colombia de De la Espriella
Bogotá/ Las apariciones del presidente Abelardo de la Espriella entre cuerpos de personas abatidas no se limitan a informar resultados operacionales. Leídas desde Michel Foucault, revelan una puesta en escena en la que el cadáver se convierte en prueba de eficacia, advertencia al enemigo, trofeo de soberanía y soporte de una pedagogía política del miedo. El problema democrático no es solo si el Estado puede usar legítimamente la fuerza, sino qué hace después con los cuerpos y qué ciudadanía intenta formar mediante su exhibición.
Una imagen que pretende gobernar
Hay imágenes políticas que informan y otras que pretenden gobernar. Las apariciones públicas del presidente Abelardo de la Espriella entre cadáveres de personas abatidas por la fuerza pública pertenecen a la segunda categoría. Los cuerpos cubiertos y alineados no son un fondo accidental: constituyen el centro simbólico de una escena destinada a mostrar que el Estado recuperó la iniciativa y que el mandatario encarna personalmente esa recuperación.
Las noticias registraron dos episodios sucesivos. En Guaviare, De la Espriella comunicó los resultados de la Operación Azarías mientras caminaba junto a 23 cuerpos atribuidos oficialmente a presuntos integrantes de las disidencias de las FARC. Pocos días después, en Riohacha, La Guajira, presentó los cuerpos de cuatro personas muertas durante una operación policial contra las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. Allí afirmó: “Hoy es un gran día para Colombia” y describió el operativo como “un golpe contundente al narcoterrorismo”. Entre los muertos se encontraba Naín Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, señalado por las autoridades como dirigente de esa organización. Los cuatro cuerpos, cubiertos con lonas blancas, acompañaban materialmente las palabras presidenciales.
La repetición permite descartar la casualidad. El presidente no se limita a informar que una operación produjo determinado resultado: se ubica físicamente junto a los muertos para convertirlos en evidencia visible de mando. La cámara une en un mismo plano al gobernante que habla, a los militares que representan la fuerza institucional y a los cuerpos que certifican la derrota. En esa composición, Vigilar y castigar, de Michel Foucault, ofrece una clave inquietante.
El cuerpo como soporte de la verdad oficial
Foucault explicó que, en las antiguas ejecuciones públicas, el cuerpo del condenado hacía visible una verdad producida por el poder judicial. El proceso había ocurrido lejos de la multitud; el suplicio lo traducía en una escritura corporal que todos podían leer.
“Su cuerpo exhibido, paseado, expuesto, supliciado, debe ser como el soporte público de un procedimiento que había permanecido hasta entonces en la sombra”. — Michel Foucault, Vigilar y castigar, p. 41.
Los cadáveres mostrados por el Gobierno no proceden de una ejecución judicial pública en el sentido histórico estudiado por Foucault. Tampoco basta la semejanza visual para afirmar identidad entre prácticas o regímenes. La relación es analítica y limitada: una operación militar ocurre lejos de la mirada ciudadana y sus circunstancias concretas no pueden ser conocidas directamente por quienes observan el video. La imagen posterior de los cuerpos busca cerrar esa distancia. El cadáver aparece como evidencia inmediata de que el relato oficial es verdadero.
El mensaje deja de ser únicamente “hubo una operación” y pasa a ser “aquí están sus resultados”. Los muertos certifican la eficacia atribuida al gobernante. La persona desaparece detrás de una cifra operacional; su cuerpo se convierte en comprobante de victoria. Si en el antiguo suplicio “el acto de justicia debe llegar a ser legible por todos”, en la escenificación contemporánea lo que se vuelve legible es la capacidad del Ejecutivo para localizar, perseguir y destruir a sus enemigos.
La demostración de soberanía
Para Foucault, el suplicio público no administraba solamente una sanción: representaba la desproporción entre el soberano y quien había desafiado su autoridad.
“La ejecución pública, más que una obra de justicia, [es] una manifestación de fuerza”. — Michel Foucault, Vigilar y castigar, p. 47.
La composición de los videos reproduce una desigualdad absoluta. De un lado aparece el gobernante vivo, erguido, vestido, rodeado por uniformados y dueño de la palabra. Del otro están los cuerpos inmóviles, cubiertos, silenciosos y sin posibilidad de responder. La escena enfrenta a quien puede nombrar con quienes ya solo pueden ser nombrados; al Estado que interpreta con el enemigo reducido a objeto de interpretación.
El mandatario ocupa el centro semántico y los muertos sirven como fundamento material de su discurso. La imagen representa una soberanía que decide, persigue, derrota y después fija públicamente el significado de la muerte. Para los grupos armados, el mensaje es intimidatorio: esto puede ocurrirles a quienes desafíen al Estado. Para la ciudadanía afín, funciona como promesa: el Gobierno actúa, controla y ofrece resultados tangibles. Para el líder, los cuerpos se transforman en capital político.
La liturgia individualista de la victoria
El senador Alex Flórez describió la escena como una “estética del terror” y sostuvo que los cadáveres aparecían como “un trofeo personal”. También cuestionó que los resultados de la fuerza pública se convirtieran en una “liturgia personalista (léase individualista)” mediante la cual el dirigente se apropia de la muerte para construir su propia épica.
La palabra liturgia es precisa porque la escena posee una secuencia ceremonial: cuerpos dispuestos, uniformados alrededor, caminata presidencial, lenguaje de victoria, edición audiovisual y circulación por redes. Cada elemento cumple una función. Los militares representan la capacidad material del Estado; los muertos prueban la derrota del adversario; el presidente interpreta el acontecimiento; la cámara organiza la mirada; el montaje vuelve memorable el gesto.
La plaza pública ya no es física. El cadalso contemporáneo puede ser una pantalla y la multitud puede estar dispersa en millones de teléfonos. La repetición algorítmica prolonga el efecto: compartir, celebrar, indignarse o producir memes son nuevas formas de concurrir al espectáculo. La violencia no necesita ser presenciada en el instante de su ejecución; basta mostrar después su resultado corporal y asociarlo con la voz del soberano.
Viva Cristo Rey y la sacralización de la fuerza
La invocación “Viva Cristo Rey”, pronunciada en este contexto, añade una dimensión religiosa. En sí misma puede expresar una convicción de fe. Sin embargo, al escucharse junto a cuerpos presentados como prueba de victoria, corre el riesgo de unir simbólicamente la acción militar, la voluntad divina y el proyecto presidencial.
La seguridad deja entonces de aparecer únicamente como una política pública sometida al derecho y adopta el lenguaje de una lucha moral absoluta. El adversario no es presentado como persona protegida, aun después de morir, por reglas jurídicas y humanitarias, sino como encarnación del “narcoterrorismo”. Esa reducción hace más fácil celebrar su muerte y utilizar su cuerpo como escenografía. La etiqueta reemplaza la biografía; la categoría devora al individuo.
El expresidente Gustavo Petro respondió que Jesús no caminaría entre las personas muertas, sino que reviviría y construiría un camino de paz. Más allá de la disputa partidista, la réplica señala una contradicción teológica: el cristianismo proclama la dignidad del cuerpo y el deber de reconocer humanidad incluso en el enemigo. Sacralizar una imagen de dominio puede transformar una profesión de fe en legitimación religiosa de la violencia estatal.
El cadáver como trofeo y advertencia
Foucault recordó que el poder punitivo podía continuar actuando después de la muerte.
“Cadáveres quemados, cenizas arrojadas al viento, cuerpos arrastrados sobre zarzos, expuestos al borde de los caminos”. “La justicia persigue al cuerpo más allá de todo sufrimiento posible”. — Michel Foucault, Vigilar y castigar, p. 34.
El muerto ya no siente dolor, pero todavía posee nombre, memoria, vínculos familiares y significado social. Exponerlo, fragmentarlo, negar su sepultura o convertirlo en trofeo permite al poder castigar su recuerdo y prolongar la advertencia. En los videos presidenciales no hay mutilación pública, pero sí una apropiación simbólica: una vez ocurrida la muerte, el cuerpo es incorporado a la comunicación oficial y puesto al servicio de una narrativa de autoridad.
Quienes aparecen muertos ya no pueden contradecir la versión de los hechos. Por eso resulta indispensable conservar expresiones como “presuntos integrantes” o “personas señaladas por las autoridades”, mientras no exista una identificación y determinación individual suficiente. El uso indiscriminado de rótulos como “terroristas neutralizados” borra la diferencia entre información estatal, calificación penal y propaganda.
El antecedente colombiano de los falsos positivos
En Colombia, la conversión del número de muertos en indicador de éxito tiene una resonancia especialmente grave. El antecedente de las ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos mostró las consecuencias de una cultura institucional que premia las bajas y confunde el resultado operacional con la verdad jurídica. Recordarlo no significa afirmar que las operaciones de Guaviare o La Guajira hayan sido ilegales; significa reconocer por qué la rendición de cuentas, la identificación forense y la cautela verbal son indispensables.
Cuando el cadáver se convierte en métrica y escenografía, aumenta el riesgo de que la presión por producir imágenes de victoria desplace preguntas esenciales: quiénes eran las personas muertas, cuál era su función real en la estructura armada, cómo ocurrió cada muerte, si se respetaron los principios de distinción, necesidad, proporcionalidad y precaución, y qué controles independientes revisarán la actuación estatal.
La Defensoría y el límite de la dignidad
La Defensoría del Pueblo cuestionó que los muertos fueran utilizados como escenografía y recordó el deber de tratarlos con dignidad. La intervención no niega el monopolio estatal de la fuerza ni reemplaza las investigaciones competentes; introduce un límite democrático: incluso quien murió combatiendo al Estado conserva una condición humana que impide reducir su cuerpo a utilería política.
La dignidad post mortem protege también a los vivos. Detrás de cada cuerpo hay familias, comunidades y posibles víctimas que necesitan verdad, identificación y duelo. Una democracia no demuestra debilidad cuando cubre, identifica, entrega y sepulta dignamente a un enemigo muerto. Demuestra que su autoridad no depende de imitar la crueldad que dice combatir.
Informar no es necesariamente hacer espectáculo
Juan Camilo Ubaque defendió la divulgación de los resultados de Guaviare. A su juicio, mostrar la capacidad operativa del Estado permite restablecer confianza y “reafirmar el monopolio de la fuerza no es un espectáculo”. Esta posición obliga a separar dos debates que suelen mezclarse: la legalidad de la operación y el uso político de sus muertos.
Una intervención puede ser militarmente necesaria y conforme al Derecho Internacional Humanitario, y aun así su comunicación posterior puede ser degradante. Informar cuántas personas murieron, qué estructura fue afectada, qué material se incautó, qué riesgos existían para la población y qué autoridad verificará los hechos es rendición de cuentas. Hacer caminar al jefe del Estado entre los cuerpos agrega una dramaturgia del vencedor que no es necesaria para probar la operación.
La evidencia pública más confiable no es la imagen impactante por sí sola, sino una cadena verificable: informes operacionales, identificación forense, necropsias, cadena de custodia, control judicial y disciplinario, acceso de organismos humanitarios y explicación transparente de los hechos. El cadáver puede impresionar, pero no sustituye una investigación.
El retorno parcial del castigo espectáculo
“El castigo ha cesado poco a poco de ser teatro”. — Michel Foucault, Vigilar y castigar, p. 11.
Foucault describió el tránsito moderno desde el castigo visible hacia una penalidad más discreta, administrativa y disciplinaria. Las imágenes de De la Espriella parecen invertir parcialmente ese movimiento: el cuerpo muerto vuelve al centro de la comunicación estatal y la violencia recupera una función teatral. No se exhibe la ejecución, pero sí su desenlace material. El cadáver conserva parte del antiguo efecto del suplicio: producir temor, admiración y obediencia.
Jaime Bayly calificó las escenas como “muy grotescas” y “muy chocantes”, y describió la actitud presidencial como “desafiante” e “imperial”. Desde la lectura foucaultiana, lo imperial no es solo una característica psicológica del mandatario. Es una posición escénica: la del soberano vivo que se muestra entre los cuerpos de quienes desafiaron su autoridad.
Pero todo espectáculo punitivo es inestable. Foucault advirtió que la multitud podía compadecerse del condenado y volver moralmente la violencia contra el verdugo. En las redes ocurre algo semejante: una imagen diseñada para demostrar fuerza también puede comunicar crueldad, vanidad, insensibilidad o desprecio por la dignidad humana. El poder organiza la escena, pero nunca controla por completo su recepción.
Cadáveres en las alambradas de los campos nazis
La comparación histórica con los campos nazis exige una cautela explícita. No existe equivalencia entre el Gobierno colombiano, una operación contemporánea contra grupos armados y el sistema concentracionario y genocida del Tercer Reich. Compararlos como regímenes sería histórica y moralmente falso. Lo que sí puede compararse, en un nivel limitado, es una técnica política: hacer visible el cuerpo dominado para gobernar la conducta de quienes lo observan.
Dentro de los campos de concentración, las SS utilizaron ejecuciones públicas, castigos colectivos y exposiciones corporales como pedagogía del terror. Los prisioneros eran obligados a presenciar ahorcamientos en el Appellplatz, la plaza de revista. En otros casos, quienes se acercaban a las cercas o eran presentados como fugitivos podían ser abatidos y sus cuerpos quedaban visibles en las alambradas. La función era ejemplarizante: convertir una muerte singular en advertencia colectiva durante los recuentos y desplazamientos cotidianos.
La alambrada tenía así una doble condición. Era una barrera material -con vigilancia, torres y, en numerosos campos, electrificación- y también una frontera simbólica. El cuerpo atrapado en ella comunicaba que no existía exterior posible. No solo mostraba el fracaso de una fuga: enseñaba que la soberanía de las SS alcanzaba incluso el deseo de escapar.
Los llamados suicidios provocados
La expresión “suicidio provocado” describe situaciones en las que la violencia del campo empujaba al prisionero hacia una muerte presentada como decisión propia. Algunos internos, quebrados por el hambre, la tortura o la desesperación, se arrojaban contra las cercas electrificadas. En otros casos, guardias forzaban o inducían a una persona a cruzar la línea de vigilancia para dispararle y registrar el hecho como intento de fuga. La fórmula burocrática ocultaba el asesinato y convertía a la víctima en responsable aparente de su muerte.
Esta práctica combinaba tres operaciones de poder: matar, falsificar la causa y utilizar el resultado para disciplinar a los sobrevivientes. El cuerpo en la cerca no era una simple consecuencia del sistema, sino una inscripción visible de su regla: cualquiera podía morir y la institución conservaría el derecho de narrar esa muerte.
Mostrar dentro y ocultar fuera
La política nazi no consistió, sin embargo, en exhibir universalmente sus crímenes. Hacia el exterior, el régimen ocultó el exterminio, destruyó documentos, cremó cuerpos y trató de borrar pruebas. Dentro de los campos, en cambio, la muerte podía hacerse visible para aterrorizar a una población cautiva. Esta diferencia de públicos es decisiva: se mostraba a quienes debían obedecer y se ocultaba a quienes podían juzgar.
Al final de la guerra, cuando las fuerzas aliadas encontraron Bergen-Belsen, Nordhausen, Ebensee y otros campos o subcampos, fotografiaron cadáveres acumulados por el asesinato, el hambre, las epidemias y el colapso del sistema. Esas imágenes no fueron organizadas para glorificar al régimen nazi. Invirtieron la función política del cadáver: lo que había sido residuo oculto o advertencia interna se convirtió en prueba histórica y judicial contra los perpetradores.
La diferencia decisiva es quién organiza la mirada
El mismo cuerpo puede funcionar como amenaza, prueba, duelo o acusación según quién controla su visibilidad. Las SS exhibían dentro del campo para aterrorizar y ocultaban fuera para evadir responsabilidad. Los aliados mostraron después los restos para documentar el crimen. En los videos presidenciales de 2026, el Estado organiza la escena, coloca al gobernante junto a los cuerpos y distribuye la imagen desde canales oficiales.
Esto no convierte los episodios en equivalentes, pero permite formular la pregunta foucaultiana adecuada: ¿qué relación de poder se vuelve visible mediante el cuerpo? En el caso colombiano, la fuerza pública domina el territorio material de la operación y el presidente intenta dominar el territorio simbólico de su interpretación. Los muertos dejan de ser únicamente consecuencias trágicas del conflicto y pasan a representar una promesa de gobierno cumplida.
Otros precedentes de soberanía sobre los muertos
Inglaterra entre 1649 y 1661
La ejecución pública de Carlos I en 1649 convirtió el cuerpo del monarca en escenario de la soberanía parlamentaria. Doce años después, la Restauración invirtió el signo: los cadáveres de Oliver Cromwell, John Bradshaw y Henry Ireton fueron desenterrados, colgados y decapitados. La cabeza atribuida a Cromwell permaneció expuesta sobre Westminster Hall. La ejecución póstuma no podía causar sufrimiento; buscaba degradar la memoria, reescribir la victoria y advertir contra la traición.
Colombia entre 2022 y 2025
Antes de las escenas presidenciales, el control de los muertos ya era parte del conflicto. El Ejército denunció en 2022 que comunidades o redes vinculadas a actores armados retiraban cuerpos antes de los actos urgentes de la Fiscalía en Cauca y Catatumbo. En Argelia, Cauca, disidencias y fuerza pública se acusaron mutuamente de abandonar, fotografiar, arrastrar, incinerar o instrumentalizar cadáveres. Durante la crisis del Catatumbo en 2025, la Procuraduría alertó sobre cuerpos sin recoger y Medicina Legal informó la recepción de decenas de restos, mientras las minas y el control armado dificultaban los levantamientos.
Estos episodios muestran que el cuerpo sigue dentro de la relación de fuerzas: puede ser evidencia forense, secreto, amenaza, vínculo familiar, carga logística, acusación propagandística o medio de negociación humanitaria. Recuperarlo, identificarlo y entregarlo no son actos secundarios; forman parte de la disputa por la verdad y por la autoridad legítima.
Una ética democrática de la comunicación militar
El Estado tiene derecho y deber de proteger a la población frente a organizaciones armadas, pero su superioridad democrática debe expresarse también en la manera de comunicar. Una política de información responsable debería separar al mandatario de la escenificación corporal, preservar la identidad de los muertos hasta su verificación, evitar lenguaje celebratorio, explicar los controles aplicables, facilitar el trabajo forense y reconocer que toda muerte exige esclarecimiento.
La fuerza legítima no necesita humillar. El monopolio estatal se fortalece cuando está sujeto a reglas, no cuando adopta una estética de venganza. La autoridad democrática no se mide solamente por la capacidad de abatir a un adversario, sino por la capacidad de limitarse después de vencerlo.
El significado final de la escena
Las alocuciones de De la Espriella simbolizan una soberanía que quiere ser vista. Los cadáveres representan al enemigo vencido; la caminata presidencial, el dominio del gobernante; los militares, la fuerza material del Estado; la cámara, la plaza pública contemporánea; y las redes sociales, la multitud convocada para presenciar el triunfo.
El mensaje más profundo no es únicamente “hemos derrotado a estas personas”, sino “miren lo que puede hacer el poder y reconozcan quién lo encarna”. Por eso los muertos no son marginales: constituyen el argumento principal de la imagen.
La pregunta democrática no consiste solamente en determinar si el Estado puede emplear legítimamente la fuerza. También exige preguntar qué clase de ciudadanía forma mediante sus imágenes. Una ciudadanía capaz de comprender la necesidad y los límites del uso de la fuerza es distinta de una multitud educada para celebrar cadáveres como prueba de buen gobierno.
Foucault permite ver lo que la retórica de seguridad deja fuera del cuadro: cuando el poder exhibe cuerpos muertos, no solo informa sobre el final de sus enemigos. Produce una verdad oficial, una pedagogía del miedo y una épica personal. El peligro comienza cuando el cadáver deja de interpelar nuestra humanidad y se convierte en una pieza normal del lenguaje político.
Artículo elaborado con ayuda de la IA
Referencias
[1] Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2002.
[2] Euronews. “De la Espriella vuelve a mostrar cadáveres tras abatir a 4 miembros de un grupo armado”, 4 de septiembre de 2026. https://es.euronews.com/2026/09/04/espriella-cadaveres-de-presuntos-narcoterroristas-abatidos.
[3] Infobae Colombia. “Analista defendió la operación en Guaviare tras el video de De la Espriella que confirmó los resultados mientras caminaba entre cadáveres: ‘No es un espectáculo’”, 4 de septiembre de 2026. https://www.infobae.com/colombia/2026/09/04/analista-defendio-la-operacion-en-guaviare-tras-el-video-de-de-la-espriella-que-confirmo-los-resultados-mientras-caminaba-entre-cadaveres-no-es-un-espectaculo/.
[4] Publimetro Colombia. “Muy grotesco: Jaime Bayly cuestionó a Abelardo De la Espriella por imágenes junto a cadáveres”, 6 de septiembre de 2026. https://www.publimetro.co/entretenimiento/2026/09/06/muy-grotesco-jaime-bayly-cuestiono-a-abelardo-de-la-espriella-por-imagenes-junto-a-cadaveres/.
[5] La Silla Vacía. “Defensoría cuestiona a De la Espriella por caminar entre cadáveres en Guaviare”, septiembre de 2026. https://www.lasillavacia.com/en-vivo/defensoria-cuestiona-a-de-la-espriella-por-caminar-entre-cadaveres-en-guaviare/.
[6] United States Holocaust Memorial Museum. Enciclopedia y colecciones sobre el sistema de campos, Bergen-Belsen, Mittelbau-Dora, Nordhausen y Ebensee. https://encyclopedia.ushmm.org/.
[7] Auschwitz-Birkenau State Museum. Materiales históricos sobre la estructura del campo, castigos, ejecuciones, cercas y personal de las SS. https://www.auschwitz.org/en/history/.
[8] UK Parliament. Materiales sobre Carlos I, su sentencia de muerte y las ceremonias de apertura parlamentaria. https://www.parliament.uk/about/living-heritage/building/palace/big-ben/enquiries/charles-i-death-warrant/.
[9] Fitzgibbons, Jonathan. Cromwell's Head. Kew: The National Archives, 2008.
[10] Noticias RCN, El Tiempo, Procuraduría General de la Nación e Instituto Nacional de Medicina Legal. Informes citados sobre disputas, recuperación e identificación de cadáveres en Cauca y Catatumbo, 2022-2025.
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