Luis Gabriel Romero Franco y una Iglesia que escucha

Entrevista de Carlos Martínez sobre memorias del seminario de Bogotá y de la renovación pastoral posconciliar

La historia del seminario, las búsquedas pastorales anteriores al Concilio y la formación de un clero arraigado en su diócesis atraviesan esta conversación con monseñor Luis Gabriel Romero Franco. Desde sus recuerdos de estudiante hasta su experiencia en Facatativá, el entrevistado vuelve sobre los cambios de la Iglesia después del concilio y sobre la necesidad de escuchar a las personas. Las referencias al presente corresponden a agosto 16 de 2011.

Gabriel Romero Franco obispo emérito de Facatativá
Gabriel Romero Franco obispo emérito de Facatativá

Una historia por escribir

Luis Gabriel Romero. Les comentaba que hablé con el rector del seminario el miércoles de la semana pasada y le propuse que reconstruyéramos la historia del seminario. Le dije: «Puedo ayudar desde el año cincuenta». Es una buena parte que no se ha escrito. Le pareció muy interesante. Como no soy historiador, le comenté que debíamos buscar a una persona que nos ayudara. El año entrante llega un sacerdote especializado en historia. Entonces [expresión poco clara] con él, hacer un esquema para un trabajo científico. Me interesaría que fuera un trabajo científico, no simplemente anécdotas. Como hay muchachos que deben hacer sus tesis, se podría formar un grupo para trabajar algunos temas. Le pareció excelente la idea. Vamos a ver cómo la concretamos.

Interlocutor. Ojalá, porque en la Academia de Historia existen libros de monseñor Restrepo Posada, pero muy antiguos. En la segunda mitad del siglo XX creo que no hay nada escrito.

Interlocutor. Todo lo de la reacción alrededor del Concilio es importante, tanto en la arquidiócesis como en el seminario: las ideas que se movieron y toda la problemática. Al abrirse las ventanas con el Concilio se generaron dificultades que se vivieron fuertemente en Bogotá. Eso es un poco lo que queremos: la revolución de octubre que vino a parar acá, Camilo Torres y todo eso.

Para comenzar y ubicarnos, ¿en qué año se ordenó, quiénes fueron sus compañeros y los superiores del seminario en ese momento?

Luis Gabriel Romero. Me ordené en 1958. Estuve siempre en dos cursos.

¿Cómo así?

Luis Gabriel Romero. Entré al Seminario Menor en el año cincuenta y no sabía latín. Era un problema serio, porque todos los muchachos sabían muchísimo. Ese año me dio latín el padre Rojitas y me adelantó lo más que pudo. Cuando pasé al Mayor tenía la dificultad de que todavía conocía muy poco el latín y los libros estaban en latín. El de filosofía era para mí tremendo, desagradable. Imagínense en una celda con el libro y un diccionario al lado, traduciendo para aprender.

Fue imposible seguir con mis compañeros. Tuve menos materias para ir haciendo la filosofía. Primero estuve en el curso con Fernando Rueda, Fabio Pinzón y Víctor López. Tendríamos que revisar quiénes más eran, pero era ese curso. En segundo hice otras materias; en tercero, otras, y me tocó hacer un cuarto curso para nivelar. Como ya había hecho varias materias, en cuarto hice unas de teología. Seguí en parte con el curso de Víctor y Fernando y en parte con los compañeros con quienes me ordené. Me parece que éramos dieciséis, creo. Estaban Jorge Ariza, Miguel H. Leal, «el señor de la piedra»; estaba Mejía, Ricardo Mejía.

Interlocutor. ¿Ahí estaba también Sáenz? El señor Sáenz.

Luis Gabriel Romero. Creo que no, porque a él sí lo conocimos; era el curso anterior.

Interlocutor. El que seguía, me parece. El señor Sáenz y la hermana, Pepita. Pero la idea que tengo es que Ricardo Mejía se ordenó con Alfonso Sarmiento. Se ordenaban en Roma.

Interlocutor. Se ordenaban en Bogotá antes de irse.

Interlocutor. Creo que él no era de su curso.

Luis Gabriel Romero. Él no se ordenó con mi curso. De mi curso también eran Enrique Sarmiento y Tamayo. Ellos se fueron al terminar filosofía y se ordenaron en Roma; los ordenó allá el cardenal Luque. Alfonso Sarmiento sí se ordenó antes, con Mejía, y se fue.

Interlocutor. ¿Umaña era de ese curso o después?

Luis Gabriel Romero. Después. También estaban Miranda, Santiago, Germán Morales, [nombre poco claro], Jorge Quimbayo [apellido de audición incierta], Quiñones, el maestro, Cheche y Salgado.

Interlocutor. ¿Quién más? Era [apodo poco claro]. ¿Quién era?

Luis Gabriel Romero. Salgado. Creo que le decían [apodo poco claro]. El papá tenía la funeraria y llegaba el carro de la funeraria a la visita. Esos fueron mis compañeros; eran bastantes.

monseñor Gabriel Romero concelebra la eucaristía en la capilla del seminario de Bogotá
monseñor Gabriel Romero concelebra la eucaristía en la capilla del seminario de Bogotá

Las búsquedas pastorales antes del Concilio

En los últimos años de teología o cuando se ordenó, ¿qué inquietudes pastorales había en el ambiente del seminario y cuáles tenía usted?

Luis Gabriel Romero. Formamos un grupo que se llamó Grupo de Sociología. Estuvieron Camilo Torres, Guillermo Agudelo y Fernando Rueda.

Interlocutor. Me imagino que Pérez también estaba.

Luis Gabriel Romero. También. Creo que éramos cerca de diez. Nos lo dirigía Miguel Triana. Sería interesante que ustedes…

Interlocutor. Ya.

Luis Gabriel Romero. Miguel Triana lo orientaba. Acababa de llegar de Europa y de Estados Unidos. Comenzamos a estudiar cosas muy interesantes, enfocadas por el lado de la sociología. Analizábamos libros que se estaban publicando, lo último en Francia y Bélgica: del canónigo Houtart [nombre de audición incierta], de Lebret y de otros pastoralistas belgas.

Recuerdo un libro sobre la parroquia, interesantísimo; lo tengo. Una vez me puse a analizarlo y muchas cosas de las que hoy se habla sobre la parroquia están en ese libro. Aprendimos a hacer encuestas y ciertos estudios de la realidad. Eso me dio instrumentos que me han acompañado toda la vida. Mis conocimientos de sociología me sirvieron mucho en Facatativá para charlas con los muchachos. Miraba esos libros y decía: «¡Son actuales! Tienen cosas que sirven hoy y de las que muchos seminaristas no tienen idea». Todo ese movimiento de estudios sociales de Europa lo vivimos en el seminario con el grupo.

También estaba en Europa el movimiento de catequesis. Vimos revistas y hubo un esfuerzo interesante, tal vez del padre Cancelado, por tomar el Astete y hacerlo más cercano en muchas cosas, con explicaciones y textos bíblicos. Nos enseñó pedagogía, que también es algo de lo que a veces los sacerdotes de hoy no tienen conocimientos.

Otra actividad pastoral importante eran ciertas parroquias. Fómeque, por ejemplo: hay que ver el trabajo de monseñor Gutiérrez. Nosotros como seminaristas hacíamos algo que hoy no se hace como…

Interlocutor. Buenas tardes. ¿Cómo te va? Estás igualito. ¿Cómo estás, Juan? ¿Qué hay de todo? ¿Por qué ha estado tan fregado [nombre poco claro]?

Interlocutor. Ha estado malísimo.

Interlocutor. ¿Sigue en la clínica? No le he dicho a mi hijo; quería preguntarle primero a usted.

Interlocutor. Está malísimo, pero en este momento está un poco mejor. Siéntate.

Interlocutor. Esta noche voy a llamar. Mi hijo Juan Carlos es anestesiólogo ahí, en la nueva.

Interlocutor. Que le eche una pasadita de vez en cuando no está mal. ¿Quieren Coca-Cola?

Interlocutor. Gracias; prefiero agua. Lleva mucho tiempo.

Interlocutor. Están de acuerdo en que lo manden a casa, así sea con hospitalización en casa. [Nombre poco claro] llega cada vez que está con él, vuelta nada. Por lo que me cuentan; no he ido mucho, porque siento que se agita cuando estoy con él. Todavía no tiene ningún control. Apenas empieza a mover los pies; las manos están un poco mejor.

Interlocutor. ¿Tuvo alguna trombosis?

Interlocutor. Por tantos días de cuidados intensivos, entubado. No le responde nada; no tiene control de esfínteres. Ayer le quitaron las sondas que tenía para la orina y las materias fecales. Todavía respira por [término médico poco claro]. No le han cerrado la gastro…, no sé qué cosa.

Interlocutor. No es colostomía, sino gastro…, para alimentarlo.

Interlocutor. Ah, para alimentarlo. Hace tiempo no iba.

Juan, estábamos hablando de las parroquias que, en el momento de su ordenación, eran un poco los modelos. ¿Qué otras había?

Luis Gabriel Romero. Me preguntaron qué movimientos pastorales había en mi época. Comenté lo del grupo de sociología, con Camilo Torres, y que había parroquias importantes, como Fómeque. Por el lado catequístico estaba la de monseñor Abdón López en Gachetá, con una organización envidiable.

Interlocutor. Yo no había oído.

Luis Gabriel Romero. Vino también Sutatenza. Fueron actividades interesantes. Y la Unión Parroquial del Sur, que fue clave en Bogotá. Vean cómo se sentían esos fenómenos de renovación de la Iglesia sin que uno fuera muy consciente. Yo no lo era, aunque estuve metido en algunas cosas. Tal vez en el seminario hizo falta que nos hicieran ver con más claridad lo que acontecía.

En lo litúrgico se hablaba, pero de cosas de mucho detalle: si el roquete era con arandelas o sin ellas. En ese movimiento estaba monseñor Romero, que luego fue vicario y párroco donde nació Candelo.

Interlocutor. ¿En Cáqueza?

Luis Gabriel Romero. En Cáqueza.

Interlocutor. [Nombre poco claro] José Romero, con el que me tocó a mí.

Luis Gabriel Romero. Era el personaje importante en ese movimiento, el que sabía de esas cosas. Había mucha rúbrica, pero era importante y se hablaba de lo que sabía y decía.

En el grupo de sociología, Miguel Triana nos llevaba personajes. Uno fue monseñor Raúl Zambrano Camader, cuando llegó de Estados Unidos. En ese momento estábamos trabajando casework y group work. Fue a hablarnos de economía y de lo que sabía. Era un personaje muy preparado; era sacerdote.

Esas cosas se fueron acabando. Cuando trabajé en Chapinero o en Las Nieves, ¿qué le decía a uno el párroco? Algunos de ustedes se acuerdan: «Tiene tantas misas, tiene que acolitar, servir de diácono en una, de subdiácono en otra».

Interlocutor. Hacer entierros.

Luis Gabriel Romero. Hacer entierros, confesar. Confesaba a las siete, a mediodía, por la tarde. La catequesis de primera comunión, una catequesis absurda; ciertos grupos y visitar colegios para ver cómo se estaba dando la enseñanza religiosa, pequeñas actividades de algunos grupos. En Chapinero las cosas eran más de avanzada, porque monseñor Ortega había pertenecido a la Unión Parroquial del Sur. Eso era ya en el año sesenta y uno.

¿Aló? ¿Con quién? Hola, ¿cómo te va? Mejor pasa mañana. El jueves, a las diez y media u once. Gonzalo [fragmento poco claro].

Monseñor Ortega era mucho más lanzado. En la parte litúrgica prácticamente doblábamos la misa: mientras el sacerdote leía la epístola, la leíamos en español.

Interlocutor. ¿Así empezaban las lecciones?

Luis Gabriel Romero. Lo hacíamos todos los domingos. También el evangelio, todas las partes de la misa, y cantábamos con el pueblo.

¿En español?

Luis Gabriel Romero. Sí.

Interlocutor. Mientras el celebrante leía en latín, el otro leía el texto en voz alta en español.

Luis Gabriel Romero. Claro.

Para ubicarnos, ¿cuando se ordenó, su primer cargo fue Las Nieves?

Luis Gabriel Romero. No, San Benito.

¿Quién fue su párroco en Las Nieves?

Luis Gabriel Romero. Tío Sansón, José Carmen Rodríguez.

Interlocutor. Uno grandote.

Luis Gabriel Romero. Murió en mis manos.

¿Y eso?

Luis Gabriel Romero. Se enfermó de la próstata. Lo vio el doctor Latif, un médico excelente, y lo operó. No sé qué pasó: siguió con dolores espantosos y hubo que volverlo a operar. En la segunda operación me dijo que tenía que acompañarlo. Fui a la sala de cirugía y estuve a su lado todo el tiempo, porque fue con raquídea. Siguió mal y murió.

¿Alguna infección?

Luis Gabriel Romero. No supe bien qué sería. En todo caso, murió.

Iniciativas que nacían desde abajo

Ha dicho dos cosas que quisiera profundizar. Había inquietud por la sociología, interés por la Unión Parroquial del Sur, Fómeque, la organización catequística: iniciativa y búsqueda. ¿Eso se ha perdido o va por otro lado?

Luis Gabriel Romero. El mundo cambió. En Facatativá tenemos, o existe, un proyecto pastoral que no es solo de Faca: hay veinticuatro diócesis con él. Allá yo lideraba esa actividad. En aquella época nunca sentimos —por lo menos no me di cuenta y no puedo juzgar— que el arzobispo estuviera liderando una actividad pastoral, o los superiores del seminario lo de la sociología y el movimiento litúrgico. Puede que no me haya dado cuenta.

Interlocutor. Lo que cuenta nació de ustedes, no de arriba.

Luis Gabriel Romero. De nosotros. Comenzamos a invitar a alumnos de Medellín, Pereira, Tunja, del mismo curso, a reunirnos en vacaciones. Nos íbamos a Fómeque: quince o veinte seminaristas. Monseñor Gutiérrez nos daba su tiempo, visitábamos lo que hacía y nos entusiasmábamos. Íbamos a Sutatenza y lo mismo. Eso era más de nosotros que del seminario.

Interlocutor. La Unión Parroquial del Sur también surgió de los propios curas.

Luis Gabriel Romero. También íbamos a la Unión Parroquial del Sur, donde Joaco; al Restrepo, con Umaña y todos ellos, para informarnos. No recuerdo que el seminario liderara eso, que Ferreira o [nombres poco claros] lo hicieran. El Viejo Cruz de pronto nos apoyaba; era abierto.

Esa experiencia en Chapinero, ¿era bien vista por sus superiores? ¿No se sabía? ¿Sus colegas la miraban como rara?

Luis Gabriel Romero. Nunca hubo una crítica ni tampoco que nos admiraran. Tal vez dirían cosas de Ortega, pero no alcancé a percibir una reacción externa.

¿De qué año hablamos?

Luis Gabriel Romero. Del sesenta y dos.

Interlocutor. Mucho antes del Concilio. ¿Ya estábamos con Concha?

Luis Gabriel Romero. Sí, porque él me sacó de…

Interlocutor. Cuando comienza el Concilio, durante su realización. En el sesenta y dos ya habían llegado los sulpicianos. Es otro punto que tocamos.

San Benito y el escultismo

Estuvo un año en San Benito. ¿Qué visión tiene de ese momento, de lo que fue la Apostólica, sacerdotalmente?

Luis Gabriel Romero. Para mí fue increíble. Cuando me ordené, mi ilusión era que me mandaran a Fómeque o Gachetá, a un sitio donde la pastoral fuera distinta. No me mandaron. Llegó enero y no me habían destinado a ninguna parte. A mediados de mes me nombraron para San Benito.

Hubo cambio de rector: hicieron obispo a Gabriel Calderón y creo que Juan XXIII lo consagró. Tenía que salir y nombraron a Pepe Pérez. La manera como me acogió me llenó. A Carlos Salas y a mí, recién ordenados, nos dijo: «Siéntanse como en su casa. Vamos a trabajar lo mejor que podamos, vamos a hacer grandes cosas». Nos dio un dinamismo muy bueno, particularmente a Carlos y a mí.

El equipo quedó con otras personas acostumbradas a monseñor Calderón. Estaba Alfonso Garavito. Para él, San Benito era como una corbata: le importaba irse a esa parte del frente, a las veredas.

Interlocutor. ¿Iba mucho al [preventorio, palabra de audición incierta]?

Luis Gabriel Romero. No, a la vereda del otro lado de la laguna.

Interlocutor. ¿Icachín?

Luis Gabriel Romero. También iba a Icachín [pasaje poco claro]. Le importaba más eso. Estaba el profesor Arbeláez, el Sol de Arbeláez, queridísimo, pero sui generis.

Interlocutor. El Loco Arbeláez.

Luis Gabriel Romero. Hacer equipo con él no era tan… No estaba formado para trabajar en equipo. Estaba el profesor Perea, muy amigo de Ernesto.

Interlocutor. ¿Ya estaba Ñor Acosta?

Luis Gabriel Romero. José Ignacio Acosta, que me miraba con los brazos cruzados, muy querido. Yo ponía disciplina. El otro era Latorre.

Interlocutor. En mi tiempo no había tantos en San Benito: José Gabriel Calderón, Alfonso Henao, Hernando Barón, Andrés Vargas; creo que el padre José Ignacio Acosta.

Interlocutor. ¿Pero el de Gómez? ¿Gómez Vargas?

Luis Gabriel Romero. Eso te comento anímicamente. Me pusieron a enseñar matemáticas.

¿A usted?

Luis Gabriel Romero. Me gustan, pero nunca había recibido pedagogía para matemáticas ni formación como profesor de esa materia. Me tocó estudiarlas. Menos mal que mi hermano estudiaba ingeniería y me apoyó. En pedagogía me apoyé en Perea: me dio ideas para no avanzar tanto, sino dejar principios y algunas cosas. Me sirvió mucho.

Era también capellán del [preventorio, palabra de audición incierta], pero era un trabajo de profesor. Había cercanía con los muchachos, jugando fútbol, siendo amigos; en la parte formativa no, porque uno no daba la lectura espiritual ni se metía con la confesión. La charla la daba Pepe Pérez. Éramos profesores, siempre animados y sostenidos por él.

Interlocutor. Tengo el recuerdo de algo importante, por lo menos para nuestro grupo: desde el punto de vista suyo, el impulso de lo que tratamos de hacer con los scouts.

Luis Gabriel Romero. Iba para allá. Con Carlos Salas se nos ocurrió organizarlos, con el apoyo de Pepe. Fue una gran novedad en San Benito. Recibimos el apoyo del padre Gómez.

¿Del padre Luis Gómez?

Luis Gabriel Romero. Claro, porque él había sido [cargo poco claro] de los scouts. Nos dio las carpas. Comenzamos una formación interesante a través del escultismo: en valores, disciplina y un gran amor que los muchachos le cogieron a la tropa. Después la tuvimos en el preseminario y, cuando volví, en el sesenta y pico, insistí en los scouts. Fue renovador para el seminario. Hay unos recuerdos como no te imaginas.

Interlocutor. ¿Estuviste con Castro?

Interlocutor. No, se fue después. Yo estuve el primer año. ¿Cómo se llamaba el dirigente scout que nos ayudó? Isaza, Jaime.

Luis Gabriel Romero. Jaime Isaza, amigo mío; y Alfonso, el papá, presidente de los scouts, también amigo mío.

Interlocutor. Y tu hermano.

Luis Gabriel Romero. Uno de mis hermanos, Álvaro. Hicimos excursiones buenísimas. Un día, en España, me hospedé en casa de Castro, casado con una española. Llamó a sus dos hijos: «Él es de quien tanto les he hablado, el que está en las fotos. Tráiganmelas». Comenzó a mostrarlas. Yo decía: «Miren lo que le sirvió a Jaime Castro y lo que les está transmitiendo a los hijos».

Ahora, con los problemas de pedofilia, uno dice: «Qué bendición de Dios que ninguno de estos muchachos pueda acusarlo a uno de eso».

Interlocutor. Siempre he dicho que en el seminario jamás [fragmento poco claro]. Qué [expresión poco clara] tan sano, tan agradable. Pero sobre ese tema, no en ese año sino después, sí hubo reacciones sotto voce de fastidio por determinados sacerdotes y muchachos. No puedo decir que haya pasado nada, pero se decía: «Con ese [palabra poco clara] no hago excursiones».

Luis Gabriel Romero. No me di cuenta.

Interlocutor. Saber, saber, no. No en ese año, sino en los dos siguientes.

¿Una duda?

Interlocutor. Sí, una sensación incómoda. Había cosas de las que decíamos: «Por ahí no».

¿Usted ya no estaba ahí?

Interlocutor. Estaba en el Menor. Con monseñor estuve en segundo de bachillerato; en tercero la Apostólica se fue al preseminario y vino el Menor.

¿Los comentarios eran en el Menor?

Interlocutor. En el Menor.

Jóvenes y participación

Mi inquietud no es solo sobre los seminarios, sino sobre la pastoral juvenil. En nuestra época estaban la JOC, la JEC y sacerdotes dedicados a formar grupos de acción católica especializada. El escultismo fue importante como actividad pastoral. No sé si hoy lo es. ¿Qué pasa?

Luis Gabriel Romero. No te sabría decir nada del seminario [nombre poco claro], pero sí tengo contacto con personas que trabajan fuertemente en el escultismo.

Interlocutor. Yo las perdí. ¿Hoy existe la inquietud de hacer un trabajo específico con los jóvenes?

Luis Gabriel Romero. Lo que uno ve en Bogotá son grupos juveniles. Es distinto a lo que se hacía. Te doy un ejemplo; creo que en esa época lo hacíamos mejor. En Las Nieves me hice amigo de muchos muchachos: Margarita Vasco, que todavía vive, un Cajicá [apellido de audición incierta] y varias personas. Algunos pertenecían a grupos de los jesuitas, grupos marianos.

En Las Nieves aprovechamos lo que habían aprendido con los jesuitas, pero creamos algo distinto. Formamos un grupo interesantísimo, con varios universitarios. Hicimos trabajo político: había mucha influencia marxista en la Nacional y era importante que varios fueran candidatos a los consejos universitarios y ojalá llegaran a presidirlos.

Nos reuníamos en mi pieza, en Las Nieves, y analizábamos cómo tomar esos puestos, qué campañas hacer. Aprendían a echar discursos, a hacer pancartas, una serie de cosas. Se lanzaron y todos fueron elegidos. Uno veía la influencia política por el lado de la fe. Era apasionante; gocé con esos muchachos. Luego me llevé el grupo a Chapinero. Cuando me fui a Europa se lo dejé a Raúl Méndez. Me escribía y contaba cómo seguía; lo manejó bastante tiempo. Hoy no he visto eso. Se trabaja con jóvenes, pero no sé.

Formar un clero para Facatativá

¿Cómo funcionó la formación en su seminario de Faca, de cara a los seminaristas y a la pastoral?

Luis Gabriel Romero. Tuve varios objetivos. Primero, tener un clero propio, porque cuando llegué no lo tenía. Alcancé a ordenar a cuarenta y cuatro sacerdotes, que para una diócesis pequeña no está tan mal. Quería un clero con identidad diocesana. Luego creé el seminario.

¿Por qué dice «propio»? ¿Los que recibió eran…?

Luis Gabriel Romero. Exreligiosos y de otras diócesis. Estaban como paracaidistas, como decíamos. No era un clero que dijera: «Esta es mi diócesis y la quiero». Mi primer objetivo fue formar una [palabra poco clara] fuerte para tener ese clero. Con vistas a la pastoral dije: «Necesito mi seminario, porque no todo lo que aprenden en Bogotá sirve para Faca. Necesito una formación propia para la diócesis».

Lo fundamos. Los muchachos estudiaban en Bogotá y venían a Facatativá. Después abrimos el propedéutico, porque no nos fue bien con el de Bogotá: eran cincuenta, yo mandaba seis; se desubicaban y no se logró algo conjunto. Formé el propedéutico y los mismos padres me pidieron que hiciera filosofía. La hicimos. Siempre pensé: «Necesito que no sean menos que los de Bogotá. Ojalá sean mejores». Tenía que meterles la conciencia de diócesis: «Ustedes pertenecen a una diócesis importante».

Organicé la filosofía de tal manera que salieran con título de filósofos. Me asocié con la Universidad Luis Amigó [denominación de audición incierta] y pudimos hacerlo.

Interlocutor. [Pasaje poco claro.] En el Seminario Mayor no lo hacen porque dicen: «Les damos título y luego se van; les sale la formación muy barata». Esa opinión existe.

Luis Gabriel Romero. Nos organizamos para que estudiaran y obtuvieran títulos, y los han obtenido. Al menos llegan a Bogotá a estudiar teología ya con un título.

¿El actual obispo de Faca es de los cuarenta y cuatro?

Luis Gabriel Romero. No, pero trabajó conmigo. En ese seminario hemos luchado muchísimo por darles iniciativa pastoral y meterlos en ese campo, incluso sacándolos fuera. La misión que hicieron en diciembre se alcanzó a hacer estando yo: los mandamos al [lugar poco claro]. Les tocó meterse con los guerrilleros, ver esos ambientes. Tratar de foguearlos para que sepan muchas cosas. En la diócesis se hizo mucho esfuerzo por eso.

Los del año pastoral, los del último año de filosofía, viven en parroquia. Tienen pocas clases, hacen su trabajo de investigación y están en una parroquia con pastoral organizada: Madrid, donde hay un trabajo parroquial sólido. Están muy metidos. Ahora me pidieron que vaya a darles unas conferencias; voy a ir. Siempre moviéndonos para que sean arrechos pastoralmente.

Sigue muy vinculado con la Iglesia.

Luis Gabriel Romero. De lejitos, porque no quiero hacerle sombra al obispo. Voy porque él sabe. El propio obispo me pidió los retiros para los muchachos, pero no pude porque no voy a estar. Creo que se ha dado cuenta de que no me le meto en nada ni estoy [expresión poco clara].

Comparado con lo que ha logrado, sí hay liderazgo pastoral ahora, que no había en su tiempo en el Mayor.

Luis Gabriel Romero. Sí, un cambio grande. También entre los padres, que trabajan fuertemente.

Interlocutor. Habla del seminario de Faca, de lo que conoce.

Luis Gabriel Romero. De aquí no me meto.

monseñor Gabriel Romero con el cardenal Muñoz Duque y el equipo de formadores del seminario Mayor de Bogotá
monseñor Gabriel Romero con el cardenal Muñoz Duque y el equipo de formadores del seminario Mayor de Bogotá

Renovación diocesana y evangelización

Mencionó un plan pastoral y veinticuatro diócesis. ¿Qué tipo de diócesis son? ¿Es una especie de movimiento o grupo? ¿Qué diferencias tiene con otros?

Luis Gabriel Romero. Están Barranquilla, Cúcuta, Bucaramanga, Tunja y las diócesis colaterales. Nació con el Movimiento por un Mundo Mejor, que también era de mi época en el seminario.

Interlocutor. El padre Lombardi.

Luis Gabriel Romero. Nos llevaron a alguien de Mundo Mejor e hicimos ejercitaciones. Sí había ciertas cosas pastorales; no se puede decir que no. También llevaron un obispo español a darnos una charla, pero eran cosas esporádicas.

Los de Mundo Mejor hicieron en Roma un proyecto pastoral llamado NIP, Nueva Imagen de Parroquia. Comenzó a trabajarse en Colombia: primero en San Gil y también en Facatativá, antes de que llegara yo. Cuando llegué no entendía: «¿Nueva imagen de parroquia? No: nueva imagen de diócesis. Hay que buscar la diócesis y que uno timonee un cambio». Que no lo estén cambiando a uno desde las parroquias, sino que uno lo lidere.

Hicimos reuniones y se cambió el proyecto. Ahora se llama Proyecto de Renovación Diocesana y Evangelización. Es diocesano. Se hace un análisis de la realidad, con metodología prospectiva; luego, cuál es el ideal de Dios, qué quiero, y cómo ir acercando la realidad al ideal a través de etapas concretas.

Por ejemplo, lo primero que comenzamos fue sensibilizar a la fraternidad. Quería que los sacerdotes fueran fraternos y el pueblo también. Trabajamos varios años con ese valor. Se sectoriza y organiza la comunidad católica; en los sectores se van teniendo catequistas y otras personas que ayudan. Es muy bonito.

Interlocutor. Eso es lo que está empezando aquí [referencia poco clara].

Luis Gabriel Romero. Exactamente, pero venía de hace rato.

Interlocutor. En Bogotá no había eso.

Luis Gabriel Romero. Bogotá tenía un problema: al cardenal Muñoz no le cabía en la cabeza hacer un plan pastoral para toda Bogotá, porque decía que era muy heterogénea. Había que dar líneas y aplicarlas en las vicarías según su realidad. Pero ninguna hacía un proyecto, un verdadero plan técnico con evaluaciones y controles para ver los logros. No existía.

Después hicieron un plan que comenzó el cardenal Revollo, un estudio de la realidad [palabra poco clara], pero creo que el plan no funcionó, para decir verdad. Ahora [fragmento poco claro] él conoce el nombre. El seminario de Faca y el de Barranquilla los organizamos bastante.

Interlocutor. Me voy para atrás. Hace un rato pensé que se iba para su casa. Al principio alguien nombró una frase…

Interlocutor. Les puedo ofrecer un café, porque [fragmento poco claro].

La década de los sesenta y la experiencia en Francia

Nadie desconoce que los sesenta fueron particularmente movidos en Bogotá: murió el cardenal Luque, llegaron el cardenal Concha y los sulpicianos, vino el Concilio. ¿Cuál es su visión de esa década? Para ubicarlo históricamente: estuvo en San Benito, en Las Nieves y Chapinero, y después se fue a estudiar.

Luis Gabriel Romero. Ahí viene mi desconexión con la arquidiócesis: estuve desde el sesenta y tres hasta el sesenta y siete, hasta finales del sesenta y seis. Solo recibía recortes que mi mamá me mandaba con su criterio: recortaba periódicos y me enviaba cosas. Ese momento no lo viví.

¿Dónde estaba y qué fue a estudiar?

Luis Gabriel Romero. En Francia, griego y latín. Iba a estudiar sociología y no me dejaron. Después iba a estudiar derecho y el cardenal Concha me dijo: «El papa Juan XXIII ha pedido que en los seminarios haya una persona que sepa griego y latín. Se va a Francia a estudiarlos».

Interlocutor. Terminaron mandándolo a que se nivelara en latín.

Luis Gabriel Romero. Exacto.

Interlocutor. De añadidura, griego.

Luis Gabriel Romero. Allá tuve oportunidad de ver muchas cosas lindas.

Le tocó vivir el comienzo del Concilio. Debió ser interesante.

Luis Gabriel Romero. Claro. Conocí y fui amigo de De Lubac, de Henri Denis, otro teólogo del Concilio. Con ellos aprendí cosas.

¿Congar también?

Luis Gabriel Romero. También.

La llegada de los sulpicianos

Cuando regresa, ¿encuentra otra arquidiócesis?

Luis Gabriel Romero. Antes de salir ya había acontecido lo primero: la llegada de los sulpicianos. Yo estaba en San Benito. Estábamos en el año [fecha de audición incierta], cuando de pronto llegó un arquitecto llamado Liñarolo, con volquetas y todo, a hacer obra. Con Pepe Pérez no teníamos idea de lo que pasaba. A Pepe le chocó, con razón: «Vamos a pasar el Seminario Menor a San Benito». Comenzó la obra y nosotros nos íbamos.

Resolvieron abrir el preseminario y nombraron a Pepe Pérez. Me imagino que convenció a los obispos para llevarnos también a Carlos Salas y a mí. Nos fuimos a la Cien y el Menor se fue para San Benito.

¿Las volquetas y la obra eran para la Escuela Militar?

Luis Gabriel Romero. Para ampliar San Benito: todos esos edificios blancos.

¿Se vinieron acá mientras ampliaban allá?

Luis Gabriel Romero. No: el Menor para allá; el preseminario pasó a la Cien.

¿En qué mes comenzaría la obra?

Interlocutor. Septiembre u octubre, casi al final. Sentíamos las sierras cortando árboles como si nos cortaran por aquí. Salíamos a pasear y mirar [pasaje poco claro]. Fue como en septiembre; mi primer entierro [expresión poco clara].

Luis Gabriel Romero. En ese momento el Menor se va para allá, se abre el preseminario, monseñor Bermúdez se retira del Mayor y vienen los sulpicianos. Debieron llegar en el sesenta, ¿no?

Interlocutor. Llegaron en el sesenta y uno. Comenzaron en el sesenta y uno.

Interlocutor. El primer año del preseminario íbamos a bañarnos al Mayor. Creo que todavía estaba monseñor Bermúdez. No, en el sesenta no estaban, sino en el sesenta y uno. El preseminario no tenía agua, igual que nos pasó con el Menor del ochenta y dos. Había un pozo y sacaba agua llena de hierro; no siempre funcionaba. Nos tocaba ir a bañarnos al Mayor.

Luis Gabriel Romero. Eso fue lo primero. Vino el cambio de los sulpicianos y nos sacaron a Pepe Pérez y al equipo. La razón habría que probarla; esto es para estudiar. Creo que una razón, al menos en buena parte, es que Pepe Pérez y nosotros, sus escuderos, no dejamos que monseñor Calderón se metiera en el preseminario. Monseñor Calderón ya era obispo, aquí en Bogotá.

Cuando el padre José Carmen murió en mis brazos me dijo: «Ay, Gabrielito, me dijeron que eras rebelde. Nunca te he visto rebelde». «¿Quiénes le dijeron?». «No preguntes».

Interlocutor. Calderón hacía por lo menos dos años que había salido de rector de San Benito. Cuando ustedes estaban en el preseminario sí hizo avances para mantener las riendas. ¿Quiénes los reemplazaron?

Luis Gabriel Romero. Joaco y Mario Vera. A mi manera de ver se tiraron la obra que pensábamos hacer, porque le cambiaron la orientación. Con Pepe queríamos un colegio magnífico en Bogotá, que se sintiera por la parte intelectual, por todo: un colegio diocesano de primera. Joaco no tuvo esa orientación.

¿Cómo vio el cambio en el Mayor?

Luis Gabriel Romero. Lo recibí con mucho dolor. El seminario tenía tanta tradición que no entendía que trajeran unos canadienses a dirigirnos. Sabiendo ahora que Morin y los sulpicianos hicieron una obra muy buena, creo que fue providencial. Viéndolo en otra perspectiva, fue providencial que estuvieran: le dieron un vuelco al seminario, lo abrieron, cambiaron muchas cosas. Era muy cerrado.

El regreso y las tensiones de Bogotá

Se va a Francia durante el Concilio y vuelve. ¿Qué encuentra?

Luis Gabriel Romero. Una arquidiócesis con grandes dificultades. Concha estaba muy viejito y habían nombrado a monseñor Isaza. El clero estaba dividido: unos a favor de Concha y otros de Isaza. Había muchas tensiones, el problema de [palabra poco clara]. Me aconsejaron: «Usted que viene, no mire ni haga nada, no se meta». Llegué y me refugié en el seminario.

El cardenal me había mandado a prepararme para ser rector del Menor. Me hizo ir a Inglaterra y Suiza a mirar colegios e institutos educativos. Al llegar me nombró vicerrector, porque estaba el padre Gómez. Él también murió en mis manos y después me nombraron rector. Estaba lejos de los problemas, focalizado en el seminario. Vino entonces el cambio de arzobispo, o el nombramiento del administrador apostólico, monseñor Muñoz.

¿Cuál fue su equipo como rector del Menor?

Luis Gabriel Romero. Fabio Suescún, René García, René Arango, Álvaro Téllez, José Ignacio Acosta, Bernardo Llano. No recuerdo si Garavito todavía estaba o no.

Interlocutor. Garavito y Latorre ya habían salido. ¿El padre Chávez salió entonces?

Luis Gabriel Romero. Salió en ese momento.

Interlocutor. ¿Y Rojas?

Luis Gabriel Romero. Pasó al preseminario. Tal vez fue después como rector del Menor, del Menor de San Benito.

Interlocutor. A Rojas lo trajeron al preseminario después de Joaco.

Luis Gabriel Romero. A ver quién más estaba. Salas ya no estaba. René, Fabio, José Ignacio. Creo que todavía estaba el Sol de Arbeláez.

Interlocutor. Cuando salió de la Apostólica nunca volvió al Menor. Cuando se fue la Apostólica y llegó el Menor, el único que quedó fue José Ignacio Acosta.

Luis Gabriel Romero. Álvaro Téllez llegó con el Menor; no estuvo en la Apostólica. Estuvo conmigo, lo mismo que Lamilla.

Interlocutor. Ese no me alcanzó a tocar.

Luis Gabriel Romero. Ese era el equipo, con Lamilla.

Interlocutor. Otros del Menor de San Benito, de mi época, eran Bernardo Acosta, Enrique Sarmiento, Álvaro Téllez y Pacho Escobar.

Luis Gabriel Romero. Conmigo no.

Interlocutor. Chávez, Rojas, Messier [apellido de audición incierta], Acosta… Perdón, Rueda, Fernando.

Luis Gabriel Romero. Conmigo no; hablo solo de cuando estuve. Joaco fue nombrado obispo auxiliar muy pronto con monseñor Aníbal; entonces nombraron a Rojas. Allá estaba Candelo. En Bogotá también habían hecho crecer los cursos: ya no era solo primero, sino que llegaban a tercero. Era casi otro Menor.

Nosotros mismos le propusimos a monseñor Aníbal: «¿Qué sacamos con estas dos instituciones de orientaciones tan distintas? Nosotros nos vamos a una parroquia». Al segundo año se lo propusimos: había muy pocos seminaristas en San Benito, unos noventa, después de haber tenido casi cuatrocientos. Con la ampliación tan grande, estaba desocupado. Dijimos: «Nos vamos y usted unifique». Lo unificó y vendieron eso, lastimosamente.

¿Cómo visualizó el conflicto entre Concha e Isaza y qué efectos tuvo en la arquidiócesis?

Luis Gabriel Romero. Fue muy profundo. Creo que me nombraron canciller, en el año sesenta y nueve, porque era ajeno a la problemática: no había estado con ningún grupo. Para mí fue un cambio fuerte: me había formado para el seminario y me mandaron a la cancillería. No tenía absolutamente idea de eso; me tocó comenzar a aprender.

El cardenal Muñoz había comenzado desde antes una labor grande de encuentros con los sacerdotes para limar asperezas, ir creando [palabra poco clara], porque todo estaba muy roto. Por eso quiero escribir la historia: sé dónde hay papeles interesantes en la curia, porque ordené el archivo.

Interlocutor. Tiene la fuente.

Luis Gabriel Romero. Por ejemplo, la carta que monseñor Bermúdez le mandó al cardenal Concha cuando le avisaron que lo quitaban. ¡La belleza de la carta!

¿A dónde se fue Bermúdez al salir del Mayor? ¿Qué actividad tuvo?

Luis Gabriel Romero. Creo que de canónigo.

Una formación más abierta

Al comienzo le dolió el cambio de los sulpicianos por la tradición del seminario y su equipo; después dice que fue providencial por los efectos positivos. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Dónde percibe el resultado?

Luis Gabriel Romero. Lo encuentro, por ejemplo, por Fabio Suescún, que fue de mi equipo. Me hablaba mucho del padre Morin, y René también. Todos hablaban mucho de él. Me impresionó cómo adquirieron realce los estudios bíblicos.

Interlocutor. Así fue. Lo que soy casi se lo debo a él.

Luis Gabriel Romero. Por lo que me contaban, notaba que eran mucho más libres que en el seminario que viví. También se esforzaban en formar comunidades. Era una novedad frente a nuestro tiempo, cuando no podíamos hablar sino en los recreos. Nuestro seminario era un colegio. Por esas cosas noté un cambio.

En pastoral también estuvieron metidos en varias cosas.

Interlocutor. Morin estuvo mucho en la Unión Parroquial del Sur [referencia de audición incierta].

Luis Gabriel Romero. En cambio, monseñor Bermúdez no. Veo cambios interesantes. Después también veo chambonadas, pero ¿quién no las hace? Todos. Por ejemplo, a ver, el museo [pasaje poco claro sobre Morin y el padre Botero].

Un hombre importante para los seminarios fue Rodrigo Adán.

¿Ah, sí?

Luis Gabriel Romero. Le gusta escribir. Tomó el Concilio e hizo la estructuración del seminario; se ha seguido en toda Colombia y todavía existe la obra. Creo que vale la pena revisarla. Rodrigo Adán Gómez.

¿Qué líneas o cosas hay en ese sentido?

Interlocutor. El punto es que, unos más y otros menos, estuvimos vinculados al seminario, pero en el sesenta y seis o sesenta y siete dejamos de tener contacto, de saber qué pasaba dentro. Ustedes tal vez tenían amigos; en mi caso, salir fue un corte: casi ni lo dejaban entrar a uno.

Interlocutor. Botero era muy encerrado.

Interlocutor. Dejé de tener contacto.

Interlocutor. ¿No te dejaban entrar o no te gustaba tener contacto?

Interlocutor. No me dejaron entrar. Traté de buscarlo porque estaban mis compañeros, pero no podía. El reemplazo del padre Morin fue el padre Arango; no sé cuánto duró [fragmento poco claro]. Nuestro curso salió en dos grupos: unos a una experiencia intermedia en una casa, y otros que no quisimos medias tintas. Yo tenía toda la intención de regresar; busqué.

¿Te cerraron las puertas?

Interlocutor. Me las cerraron. Dije: «Así, no», y arranqué por otro lado.

Las salidas y la crisis del clero

¿Cuál fue para usted el momento de la crisis más grande de la arquidiócesis? ¿Después de la salida de Isaza y de Concha? ¿Cuándo fue esa salida casi masiva de sacerdotes?

Interlocutor. Por el sesenta y tres o sesenta y cuatro. De los primeros que recuerdo fueron Pepe Pérez, Umaña y Acosta, las vacas sagradas. Después seguimos nosotros, Luis López…

Interlocutor. ¿Quién más?

Interlocutor. Yo.

Interlocutor. Alrededor del sesenta y ocho o sesenta y nueve también salió un grupo grande: Pacho Escobar, Luis Correa, René García, el psicólogo Álvaro Téllez, Gaitán.

Interlocutor. Sesenta y ocho, sesenta y nueve, setenta. Jaime Sánchez.

Luis Gabriel Romero. De eso estuve más cerca: mi primera actividad como canciller fue recibirles la parroquia a René y a Luis. ¡Casi me linchan! Por poco me matan. La gente [fragmento poco claro].

¿Ustedes les pidieron la parroquia o ellos renunciaron? ¿La entregaron o se la pidieron?

Luis Gabriel Romero. Creo que el cardenal se la pidió, pero Luis se portó muy bien conmigo, que era tan amigo: impidió que me mataran.

Interlocutor. Estuve bastante cerca en el setenta. Duré dos años trabajando en la parroquia de Luis: iba dos veces por semana, de seis a diez de la noche, con mi hermana, Elvira, María Eugenia, Mora, Max.

Interlocutor. El punto de quiebre estuvo en las elecciones del setenta, el problema entre Rojas Pinilla y Pastrana. Hubo un reflujo y estaba el liderazgo de Zavala. Todo el trabajo que hacíamos lo capitalizó para sus fines políticos. Se tiró el [nombre poco claro del movimiento]. Cuando vimos eso dijimos: «Por ahí no es. Estamos en un trabajo social y de mucho cambio».

¿En ese «nosotros» incluye a Luis Correa?

Interlocutor. Estábamos trabajando con ellos, pero los que dijimos que no íbamos por ahí fuimos Elvira, María Eugenia y yo; Max a medias, otras personas y muchos equipos universitarios. Luis y René siguieron en ese movimiento, que era mucho más grande. Las elecciones fueron el 19 de abril; cuando me casé, el 3 de octubre, Luis ya estaba por fuera de la parroquia. En ese lapso, el mes y medio siguiente a las elecciones, dijimos: «Por aquí no le jalamos», y nos retiramos. Tenía el plan y una casa buscada para irme a vivir al barrio con María Eugenia.

Luis Gabriel Romero. Creo que Luis… Se dejaron [fragmento poco claro]. Llámese Zavala, llámese René. Creo que René era más inteligente que Luis y se fue más por lo ideológico. Un primo de René está casado con una hermana mía.

Interlocutor. ¿Hermana tuya?

Luis Gabriel Romero. Sí, Lucía. Lizarralde [apellido de audición incierta], Gonzalo.

Interlocutor. Tiene su parecido a los García.

Luis Gabriel Romero. Ayer estuvo aquí comiendo, antes de irse para Canadá; es investigador allá, como arquitecto.

Interlocutor. Esa sacudida fue en todos los ámbitos, en lo social. La década es importantísima; lo de Camilo Torres. Y en el mundo: el hipismo, mayo del sesenta y ocho, el Concilio. Todo cambió.

Inmediatamente después del Concilio, ¿qué efectos hubo entre el clero de la arquidiócesis? ¿Cómo se recibió? ¿Hubo miedo?

Luis Gabriel Romero. No alcanzo a darme cuenta, como digo, sino por lo que me mandaban. Existió el grupo de Golconda y había sacerdotes de la arquidiócesis. Entre los de avanzada estaban Umaña, varios de la Unión Parroquial del Sur, Pepe Pérez, párroco de La Balvanera, Sarmiento, Mosco. Se pusieron clergyman y fue un escándalo. Creo que hubo una tendencia interesante que tal vez no supieron manejar. No sé: es fácil mirar después o criticar. Sí creo que de pronto hizo falta…

Interlocutor. Uno que tuvo buen liderazgo fue el señor que fue arzobispo.

Interlocutor. ¿Isaza?

Luis Gabriel Romero. Sí, mucho liderazgo.

¿Dentro de un sector?

Luis Gabriel Romero. Dentro de ese sector. El sector de la curia no lo podía ver.

¿Quiénes lideraban el sector de la curia?

Luis Gabriel Romero. Carlos Vargas, por lo menos era a quien más nombraban; también Luis Carlos Ferreira.

Interlocutor. Mirándolo hacia atrás, un problema grave que impidió resolver mejor las cosas fue la edad del cardenal Concha. Tener de arzobispo de Bogotá a una persona prácticamente… Había sido un obispo estrella en Manizales; qué pesado que llegara aquí ya muy… Y viene toda la historia de Laureano Gómez y monseñor Perdomo.

monseñor Gabriel Romero obispo emérito de Facatativá
monseñor Gabriel Romero obispo emérito de Facatativá

Los caminos pastorales del episcopado

¿Qué efectos tiene hoy esa historia, por ejemplo, en la Conferencia Episcopal? ¿Cuáles son los temores? Usted ha dicho que el mundo cambió totalmente. ¿Cómo se ve el papel y el futuro de la Iglesia en Colombia?

Luis Gabriel Romero. Es otro trabajo en el que se ha empeñado [nombre poco claro]. Con la Conferencia se ha hecho una especie de proyecto. Hubo un análisis interesante de la realidad sociopolítica, eclesial y demás. Se trabajó en enero; en las conferencias episcopales de febrero y julio siguieron, pero ya no fui. No sé a qué llegaron: en febrero había entregado la diócesis y fui a descansar. En julio ya uno se siente medio [expresión poco clara].

¿Los eméritos pueden entrar?

Luis Gabriel Romero. Sí, pero no va nadie; un rato y nada más. No sé en qué quedó el estudio, pero lo están haciendo.

Por curiosidad científica: tradicionalmente, por muchos años, ¿el vicepresidente ha sido arzobispo?

Luis Gabriel Romero. No necesariamente. El presidente puede ser arzobispo.

Legalmente sé que sí, pero en la práctica.

Luis Gabriel Romero. Aquí somos muy papistas y siempre nos gustan los arzobispos. Pero siquiera pusieron un obispo [palabra de audición incierta].

¿Ese nombramiento tiene algún significado?

Luis Gabriel Romero. Fabio tiene un liderazgo.

¿Un liderazgo especial en la Conferencia?

Luis Gabriel Romero. Sí, porque maneja otro grupo de obispos en un trabajo pastoral fuerte, los que siguen el SINE. El episcopado está siguiendo prácticamente dos corrientes: el SINE, un proyecto de nueva evangelización, y nosotros, el Proyecto Diocesano de Renovación y Evangelización. Somos los más fuertes; creo que entre los dos hay por lo menos cincuenta y cinco diócesis. Otros, como Cartagena, siguen una programación estratégica. Lo más fuerte son el SINE y el otro.

¿Qué diferencias fundamentales hay entre las dos líneas?

Luis Gabriel Romero. Para mí, el SINE no abarca toda la pastoral: es como un movimiento evangelizador interesante, pero le hace falta abarcar más el proyecto y mirar más la realidad. Me parece. Es interesante.

En la práctica, cuando cambian a un obispo de una diócesis con el proyecto Y, ¿hay dificultades?

Luis Gabriel Romero. Las ha habido. Un caso concreto: [nombre poco claro], Málaga, que estaba con el proyecto de renovación y el obispo anterior siguió el SINE. Una parte del clero no está satisfecha y le ha pedido al nuevo obispo que vuelvan al proyecto de renovación. Quién sabe qué terminará.

Interlocutor. Complicado. Cada cual ya se ha lavado el cerebro…

Luis Gabriel Romero. Uno puede ingeniárselas para mezclar las cosas; tiene que tener ingenio.

Preocupaciones ante un mundo distinto

Desde su experiencia, ¿qué críticas profundas o cambios de fondo se están produciendo o deberían producirse en la vida de la Iglesia? Pienso, por ejemplo, en una reunión de Equipos de Nuestra Señora a la que asistí ayer: se hablaba del matrimonio y del cambio de su concepto práctico, vital, respecto a hace cincuenta o sesenta años. El matrimonio como fuente de santidad no se veía igual. ¿Qué elementos de ese estilo señalaría?

Luis Gabriel Romero. Me preocupan muchísimas cosas. Una es la tendencia de muchos grupos hacia la derecha. Me preocupa enormemente. Espíritu Santo, ojalá eso no vaya a producir quién sabe qué, Dios quiera que no. Son grupos fuertes. El Opus Dei, por ejemplo: no le quito la cantidad de valores que tiene, pero sí una tendencia a la derecha, incluso buscando poder a través de sus laicos. Eso es grave. Otros, como los Legionarios de Cristo…

Interlocutor. Los Caballeros de la Virgen.

Luis Gabriel Romero. Es curioso: tienen mucha gente, muchos los siguen, y de los sectores ricos. Me preocupa porque es volver al pasado, con su [fragmento poco claro] y su visión del mundo.

¿Dónde ubica a los Focolares y a Comunión y Liberación?

Luis Gabriel Romero. Los Focolares no están alineados así por la derecha, creo. Comunión y Liberación no lo conozco.

Interlocutor. Ayer leí un artículo cuyo tema era cuál de los dos, Comunión y Liberación o Focolares, tenía más poder en la curia. Daba ejemplos de nombramientos y hacía un balance de cuál iba ganando en el Vaticano.

Luis Gabriel Romero. En la curia vaticana están metidos los del Opus, los legionarios, todos estos. Dos ceremonieros del papa son del Opus.

Interlocutor. Juan Pablo II les dio mucho vuelo.

Luis Gabriel Romero. Les dio con fuerza. Esas son preocupaciones. Otra es qué va a hacer nuestra Iglesia, en Europa y próximamente en Colombia y América, con este mundo distinto: hogares con un hijo y medio en promedio. ¿De dónde saldrán las vocaciones? ¿Cómo será el futuro? Las comunidades religiosas se están acabando; las femeninas venden casas, en Alemania venden iglesias. ¿A dónde vamos?

Interlocutor. Leí un artículo sobre Argentina; no sé si exagero, pero, si no estoy equivocado, hoy el setenta y uno por ciento de los niños nacidos allá son de parejas no casadas. Nosotros vamos para allá.

Luis Gabriel Romero. En Facatativá la mayoría de las uniones no son matrimoniales, ni en el campo ni en el ambiente urbano.

Interlocutor. No han tenido tradición de matrimonio.

Luis Gabriel Romero. Porque no la han tenido, pero aquí, en el sector urbano…

Interlocutor. Se junta con la realidad de hoy. Recuerdo la misión del sesenta y cinco en Las Colinas.

Interlocutor. ¿Con Garavito?

Interlocutor. Garavito era párroco; la misión la hicimos con Pepal [nombre de audición incierta]. Cuando se supo que llegábamos los del seminario, ciertas personas de la parroquia preguntaban: «¿Cuándo son los matrimonios?». La gente del barrio no nos recibía. Después supimos que no querían que les habláramos del matrimonio; las mujeres, principalmente, no lo aceptaban.

Interlocutor. Es distinto, Juan. En unos sectores siempre se ha sabido que no existe tradición: «No está en nuestra cultura casarnos». Sí creo que hay una reacción: «Mejor, vayamos a vivir». Pero hoy, en nuestros grupos sociales, donde sí había tradición —bien o mal hecho, preparado o no—, también hay reacción contra formalizar. Mi hija se casó hace dos años, se separó y no se había querido casar por lo católico. Me decía: «Bien lo hice: qué tal casada por lo católico y ahora separada». Parece mejor así.

Luis Gabriel Romero. En mi familia está Gonzalo, del que les hablé, casado por lo civil en Canadá. ¿Ponerle matrimonio católico? Dejemos ver qué pasa.

Interlocutor. Mi hija se casó por lo civil hace quince días. Tengo de todo.

Luis Gabriel Romero. Una sobrina mía fue madre soltera cuando estudiaba en La Sabana. No se casó con ese señor, sino con otro muy querido. Manejan a la hija: quiere a su padrastro y a su otro papá, está aquí y allá; está feliz porque el papá, con su nueva esposa, va a tener un hijo y ella, un hermanito. Está contenta. Ahora, ¿quién se confiesa? Muy pocos. Me preocupa lo que pasa. ¿Cómo tendrá que enfocarlo la Iglesia?

Derechos conciencia y acompañamiento

¿Qué opina de la discusión en que la Iglesia aparece en el sector más conservador respecto al matrimonio gay y la adopción por esas parejas?

Luis Gabriel Romero. Me gustaría que no se llamara matrimonio, pero el Estado tiene que legislar y darles derechos. No hay vuelta de hoja: también tienen derechos. Lo de los hijos es complicado; hay que abrir mucho la cabeza. Piensa en dos lesbianas: una tiene un hijo y la otra lo quiere adoptar. Es un caso concreto. ¿Cómo es su vida, independientemente de ese tema? Uno quisiera que no, pero ante el Estado, un Estado laico…

Pienso, por ejemplo, en recoger cinco millones de firmas para [expresión poco clara sobre el aborto]. Eso es echarse más problemas encima.

Interlocutor. Ese era mi punto. La pregunta es: claro, pongan aborto hasta los seis meses; eso no sirve, uno va a ir en contra. Lo que preocupa es que los sectores de derecha hacen aparecer siempre a la Iglesia en actitud de «no», cuando debería hablar y promover. Con motivo de los cinco millones de firmas, sale el secretario, Córdoba: «Para que vean que hay mucha gente que no va por el aborto». Si hay tanta gente, ¿para qué las firmas? Pues no lo hagan: esos cinco millones no lo harán, ¿para qué pelean?

Luis Gabriel Romero. Soy asesor moral en Compensar, una EPS. Allá tienen que hacer abortos porque no es confesional, y vasectomías. Me di cuenta y voy a hablar con la dirección sobre la objeción de conciencia; lo van a hacer: que se respete a quienes no quieran hacerlo por su conciencia. Busco ese logro y me parece bien. Pero si no hacen abortos, cierran la EPS. Uno vive angustiado, viendo qué puede hacer.

El otro día vinieron un papá y una mamá: «Monseñor, mi hija es lesbiana; hemos actuado así, pero tenemos estos problemas. ¿Qué más podemos hacer?». La mamá decía: «Ya me está metiendo a la amiga y se queda con ella». ¿Qué puede decir uno? Son problemas que analiza con la persona, pero ¿cómo le dice «haga esto» o «haga aquello»? Vienen a verlo a uno y les da luces, nada más.

Interlocutor. La conclusión es que la conciencia es la que manda en definitiva. Es complicado, pero tiene que ir tranquila. Nosotros tuvimos un caso; afortunadamente no llegamos al punto crítico. La esposa de mi hijo —casados por lo civil— quedó embarazada del segundo hijo, que buscaban hacía cuatro años. Tuvieron una niña y a los dos años empezaron a tratar; por circunstancias de salud no se había dado. Iba a cumplir dos meses cuando tuvo un problema de tensión.

Interlocutor. El médico que la recibió dijo «preeclampsia», y su actitud fue: «Esto es aborto, interrupción del embarazo, pero haremos lo posible para que no». Al día siguiente, por la tarde o la noche, otro médico dijo: «Un momento: tenemos que hacer estudios que tardan tres días. Antes no podemos decir nada». Fue la actitud y la situación de ellos dos y de nosotros ante la presión. Fue tremenda esa situación vital.

Luis Gabriel Romero. Son problemas muy complejos. La Iglesia tiene que ser fiel a sus principios, pero también tener un sentido pastoral.

Interlocutor. Misericordioso. Cómo se manejan los principios en situaciones complicadas. Hay que analizar algo: es brusco, pero mejor pensarlo. ¿Los principios se derivan de un conocimiento real de la situación o interviene algún desconocimiento? También depende de la fe: si es tan fuerte que me lleva a tomar una opción radical. Generalmente no es tan fuerte.

Escuchar para transmitir la fe

Ese es otro capítulo: ¿cómo transmitir la fe, sobre todo a los jóvenes, en este mundo relativista?

Luis Gabriel Romero. [Expresión poco clara.] No sé. Creo que tiene que ser una actitud de la Iglesia, de los sacerdotes: hoy tenemos que ser muy dialogantes. Todo el tiempo que uno se siente a escuchar, a dar una luz… Y meternos con la gente, como decía Jesús. Tenemos que romper el esquema de que solo hacemos rituales y escuchar a la gente. Cuando uno se abre a los jóvenes, cuando los escucha y atiende, son tan buenos; entienden muchas cosas.

¿Siente que el sacerdote de hoy, en Bogotá, Faca, aquí en nuestra zona, se forma en esa línea?

Luis Gabriel Romero. Falta mucho, pero mucho. Tendemos rapidísimo a quedarnos en la sacramentalización. Es una tendencia fuerte. Criticamos a los diáconos casados porque se ponen dalmática y gozan con eso, en lugar de prestar otros servicios: si no están boleando estola y dalmática, no se sienten diáconos.

Nosotros también: si no estamos en lo ritual, que es parte nuestra, parece que no nos sentimos sacerdotes. Todavía pesa y rápidamente cogemos por ahí, como lo más fácil.

Interlocutor. El despacho y la ritualidad. Monseñor, muy amable. Lo dejamos. Fue muy interesante.

Luis Gabriel Romero. Una serie de locuras.

Interlocutor. Y una voz de aliento para que haga eso que dice de sentarse a escribir. Se lo está organizando; sigue ahí en la [palabra poco clara].

Fuente: entrevista grabada a monseñor Luis Gabriel Romero Franco el 16 de agosto de 2011. Edición en preguntas y respuestas con corrección de transcripción, puntuación y ortografía y supresión de muletillas. Se conserva el contenido de las intervenciones; «Interlocutor» identifica las voces de los demás participantes sin atribuirles una identidad no comprobada. Los corchetes señalan pasajes o nombres que no pudieron establecerse con seguridad. Las opiniones, referencias al presente y cifras corresponden al momento de la conversación.

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