Sandro Mazzola y el Padre Pío

Encuentro de un futbolista histórico del Inter y de la selección italiana con Padre Pío

A propósito de la fiesta litúrgica de san Pío de Pietrelcina del 23 de septiembre y de la muerte de Sandro Mazzola ocurrida el 19 de septiembre 2026

El histórico número diez del Inter recordó el encuentro que alivió una culpa de infancia, dio serenidad a su fe y cambió su manera de entender a los compañeros, los rivales y el sentido del fútbol 

Sandro Mazzola jugó en el Inter de Milán recordado como el Gran Inter durante los años 60

"El fútbol conserva su verdad cuando permite sacar a la luz lo que una persona lleva dentro"

"La culpa perdió su poder cuando alguien supo escuchar el duelo que estaba escondido dentro de ella"

Padre Pio nel 65 mi predisse lo Scudetto dell'Inter
Padre Pio nel 65 mi predisse lo Scudetto dell'Inter

Bogotá/ Cuatro días después de la muerte de Sandro Mazzola, ocurrida el 19 de septiembre de 2026, sus recuerdos sobre el Padre Pío adquieren el tono sereno de una despedida. El futbolista que pasó toda su carrera profesional en el Inter de Milán no habla en la entrevista como una estrella que enumera títulos. Habla como el niño que perdió demasiado pronto a su padre, como el joven que cargó durante años con una promesa angustiosa y como el adulto que aprendió a detenerse antes de juzgar o reaccionar. 

La conversación, difundida por Padre Pio TV, recorre un único encuentro personal con el capuchino de San Giovanni Rotondo. Sin embargo, ese episodio se prolongó en la vida de Mazzola mediante la oración, el examen de conciencia y una transformación gradual de su conducta dentro del campo. El valor del testimonio reside precisamente ahí. No describe una conversión espectacular ni un milagro deportivo. Cuenta cómo una experiencia religiosa comenzó a ordenar por dentro la ambición de un campeón. 

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El hijo de Valentino 

Mazzola había oído hablar del Padre Pío mucho antes de verlo. Tras la muerte de su padre, Valentino Mazzola, capitán del Grande Torino y víctima de la tragedia aérea de Superga en 1949, Sandro vivió con su madre, su abuela y una tía. Su madre trabajaba y, al caer la noche, la abuela llenaba la casa con relatos sobre el fraile, sus dones y los prodigios que se le atribuían. La figura del Padre Pío entró así en la imaginación del niño por la voz familiar que intentaba protegerlo en medio del duelo. 

La sombra de Valentino acompañó a Sandro durante toda su formación. El padre había sido el símbolo de un equipo legendario y había muerto con treinta años. El hijo heredó el apellido, el talento y una pregunta difícil: cómo realizar el mismo sueño sin repetir el mismo destino. Años después, Mazzola construiría una trayectoria propia, con cuatro campeonatos italianos, dos Copas de Europa, dos Copas Intercontinentales y la Eurocopa de 1968. Pero en el origen de esa carrera seguía estando el deseo de parecerse al padre ausente. 

tragedia aérea del gran Torino
tragedia aérea del gran Torino

La visita a San Giovanni Rotondo 

Cuando el Inter viajó al sur de Italia para disputar un partido en Foggia, el equipo pasó por San Giovanni Rotondo. Los frailes recibieron con entusiasmo a los jugadores. Mazzola recuerda la escena con humor: al enterarse de quiénes eran, el Padre Pío bromeó diciendo que los futbolistas habían ido a verlo porque querían ganar. La frase desactivaba cualquier intento de convertir al santo en un amuleto para el resultado del día siguiente. 

Mazzola, sin embargo, buscaba algo más íntimo. Le confió a un fraile que deseaba confesarse porque llevaba consigo un pecado que, según decía, su sacerdote habitual no podía absolver. El fraile organizó el encuentro para las seis de la mañana. Mazzola y el capitán Armando Picchi cambiaron de habitación para poder levantarse sin despertar a sus compañeros ni llamar la atención del entrenador. 

El trayecto hacia la iglesia lo sorprendió. A las cinco de la mañana vio una multitud que subía cantando. No había conocido una manera semejante de acudir a misa. La fe aparecía ante él como un movimiento colectivo y alegre, muy distinto de la obligación privada que había asociado a su sentimiento de culpa.

Valentino Mazzola y su hijo Sandro
Valentino Mazzola y su hijo Sandro

La promesa del niño 

Durante la confesión, Mazzola reveló el origen de su temor. De niño, después de comulgar, había pedido a Jesús que lo convirtiera en futbolista como su padre. Había añadido que, si era necesario, también aceptaba morir a los treinta años como él. Su sacerdote consideró sacrílega aquella petición y el muchacho entendió que ya no podía confesarse ni recibir la comunión. 

El Padre Pío reaccionó de una manera que Mazzola jamás olvidó. Se rio, le impuso como penitencia cinco padrenuestros y cinco glorias, y lo envió de regreso a casa. Para el joven, aquella respuesta tuvo un efecto liberador: pudo volver a comulgar. Más que minimizar su fe, el fraile parecía haber reconocido en esas palabras la mezcla de amor, orfandad y fantasía propia de un niño herido. 

La escena permite comprender por qué el encuentro sobrevivió tanto tiempo en su memoria. Mazzola no recibió una fórmula para ganar partidos ni una predicción sobre su carrera. Recibió permiso para dejar de temerle a una oración pronunciada en la infancia. El alivio espiritual no vino de borrar el vínculo con su padre, sino de separar el amor filial de la idea de que debía compartir su muerte. 

 

Valentino Mazzola y sus hijos
Valentino Mazzola y sus hijos

La pregunta de Armando Picchi 

Picchi acudió con otra herida. Su hermano mayor había partido a la campaña de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial y nunca había regresado. La familia no tenía un cuerpo, certeza de muerte ni noticia de un posible cautiverio. Quería saber si el Padre Pío podía decirle qué había sucedido. 

Mazzola nunca conoció la respuesta. Su capitán no quiso contarle lo conversado y salió afectado, desconcertado y molesto. El testimonio se detiene allí. Esa reserva es importante: la entrevista no convierte el dolor de Picchi en una historia de consuelo fácil. Deja intacto el silencio de quien buscó una certeza que quizá no pudo recibir. 

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Una conversación que continuó 

Mazzola aseguró que aquel fue su único encuentro físico con el Padre Pío. Aun así, siguió hablándole durante años. Cuando un niño de la familia enfermaba, el equipo atravesaba una mala racha o su propio cuerpo no respondía, se arrodillaba antes de dormir y le contaba lo que le ocurría. No afirmó escuchar respuestas ni percibir apariciones. Describió un efecto más sobrio: después de orar se sentía menos nervioso, más tranquilo y capaz de afrontar la situación. 

Su relación con la fe tampoco aparece idealizada. Reconoce que no siempre fue constante en la asistencia a misa. En cambio, incorporó una pregunta a las decisiones ordinarias. Antes de actuar, incluso cuando debía reprender a uno de sus nietos, miraba hacia arriba y se preguntaba si aquello era justo. La fe se convirtió en una pausa moral, en un instante para revisar el impulso antes de transformarlo en palabra o acción. 

Lo que más lo había impresionado en San Giovanni Rotondo eran los ojos de la gente. Centenares de personas miraban al fraile como si él conociera la dificultad particular de cada una. Mazzola no pretendía explicar el fenómeno. Solo recordaba que, al salir, los rostros parecían distintos. Su observación conserva el lenguaje de un testigo, no el de quien intenta demostrar una tesis. 

Benito Lorenzi fue un segundo padre para Sandro y Ferruccio Mazzola
Benito Lorenzi fue un segundo padre para Sandro y Ferruccio Mazzola

Otra manera de competir 

El cambio más verificable apareció en su manera de jugar. Antes del encuentro, un error despertaba en él una rabia inmediata y la obsesión por repetir la acción. Con el tiempo cambió su relación con los adversarios y con los compañeros. Aprendió a defender a los suyos, a contener la reacción y a reconocer que el rival no era un enemigo. 

El recuerdo de Tarcisio Burgnich, defensor fuerte de la Grande Inter, introduce una nota cómica. Cuando un contrario golpeaba demasiado a Mazzola, Burgnich se acercaba para advertirle que no volviera a tocarlo. El delgado número diez obtenía así unos minutos de libertad. La anécdota revela la dureza del fútbol de la época, pero también la red de cuidado que existía dentro del equipo. 

La enseñanza que Mazzola dirige a los futbolistas actuales nace de esa experiencia. Les pide recordar por qué comenzaron a jugar. En el origen no estaba el salario, sino la posibilidad de expresarse, de disfrutar del balón y de entrar en relación con compañeros y adversarios. El dinero llega después y en distinta medida, según el talento y la carrera de cada uno. Cuando se convierte en la razón principal, desplaza aquello que daba sentido al juego. 

títulos de Sandro Mazzola
títulos de Sandro Mazzola

La fe frente al negocio del fútbol 

El entrevistador le pregunta cómo desintoxicar al fútbol de la sed de ganancias y de la ambición desmedida. Mazzola no responsabiliza primero a los jugadores ni propone una campaña moralizante. Señala a quienes enseñan. Un entrenador de niños no debería formar únicamente para vencer. Debería ayudar a jugar, divertirse y expresar con el cuerpo lo que un muchacho tal vez no consigue decir en la escuela o en su propia casa. 

Esa respuesta contiene la parte más actual de la entrevista. El fútbol puede ser una escuela de solidaridad y amistad si la competencia mantiene límites humanos. Mazzola recuerda que, en partidos importantes disputados en el extranjero, había momentos de confusión o tensión en los que bastaba tender la mano al adversario para volver a empezar. El gesto no anulaba el deseo de ganar. Impedía que ese deseo destruyera el reconocimiento del otro. 

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El legado de una pausa 

La grandeza deportiva de Sandro Mazzola está registrada en las estadísticas, los trofeos y la memoria del Inter. Esta entrevista muestra una dimensión menos visible. Detrás del campeón permanecía el niño de Superga, todavía necesitado de reconciliar su vocación con el miedo a repetir la muerte del padre. 

El Padre Pío no le prometió victorias. Le devolvió la comunión, desactivó una culpa y le dejó una forma de detenerse ante la propia conciencia. Mazzola llevó esa pausa al dormitorio, a la familia y al terreno de juego. Allí donde antes respondía con rabia, empezó a preguntarse por la justicia de sus actos. En una industria deportiva que suele medirlo todo en dinero, rendimiento y títulos, su recuerdo conserva una lección sencilla: el fútbol pierde su alma cuando olvida a la persona que toca el balón y a la persona que intenta quitárselo. 

N.B.: Este artículo fue elaborado con la ayuda de la IA

Mazzola-homenaje
Mazzola-homenaje

Fuentes 

Padre Pio TV. Sandro Mazzola Padre Pio ha cambiato la mia vita 

FC Internazionale Milano. Ciao Sandro an eternal Inter icon 

Vaticano. Padre Pio da Pietrelcina 1887 1968 

Nota editorial: las palabras de la entrevista fueron traducidas y organizadas en forma de artículo. Los recuerdos y valoraciones personales se atribuyen a Sandro Mazzola. 

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