La decisión de ser santos
A propósito de la solemnidad de todos los santos
La santidad es una decisión, así como la felicidad o el amor. No es un privilegio. Es un trabajo diligente y alegre sostenido por la gracia especialmente la gracia sacramental
Hacerse santo implica voluntad, oración, esfuerzo, resiliencia y confianza en la gracia
Anécdotas en las vidas de los santos muestran el trabajo que les costó la santidad
La santidad es una decisión, así como la felicidad o el amor. No es un privilegio. Es un trabajo diligente y alegre sostenido por la gracia especialmente la gracia sacramental.
Un confesor me ayudó a tomar conciencia esto, al decirme en mi confesión: "uno se va dando cuenta que va mejorando". De modo que hacerse santo implica voluntad, oración, esfuerzo, resiliencia y confianza en la gracia.
De acuerdo con lo anterior, cada santo era consciente del progreso en su santificación: los mártires sintieron miedo y dolor. Los pastores se aplicaron juiciosamente al cuidado de sus comunidades. Los misioneros confiaron más allá de la incertidumbre, la incomprensión y la soledad. Las vírgenes dominaron los apetitos naturales viendo sus cuerpos envejecer. Los esposos soportaron con paciencia los defectos de su pareja que se hicieron más visibles con el paso de los años. Los niños y adolescentes cuidaron su corazón de malas intenciones a pesar del llamado sutil de sus amigos a la comodidad mundana.
Ejemplos de esto los tenemos en las vidas de los santos
Conviene detenernos en esa palabra: decisión. Decidirse por la santidad es responder a Alguien que nos ha amado primero. Dios no espera al final de una escalera de perfecciones para concedernos su amistad. Su gracia nos busca, despierta nuestra libertad y sostiene la respuesta. San Agustín lo expresó en una oración que desarma la autosuficiencia: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40). Quería ser transformado, pero sabía que también necesitaba recibir de Dios la fuerza para querer y perseverar.[6]
La observación de mi confesor encuentra aquí su hondura. Una persona puede reconocer que ahora pide perdón con mayor prontitud, escucha mejor o domina una respuesta hiriente que antes habría pronunciado sin reparo. Hay cambios reales que merecen gratitud. Pero la conciencia del progreso adopta formas diferentes y no permite afirmar que todos los santos percibieran siempre con claridad cuánto avanzaban. A veces crecieron en fidelidad mientras experimentaban sequedad, desconcierto o una conciencia más dolorosa de sus limitaciones. Reconocer frutos y confiar en Dios pueden convivir con la incertidumbre sobre uno mismo.
San Pablo ofrece una expresión sobria de esta conciencia: «No es que ya lo haya conseguido» (Flp 3,12). Sigue corriendo porque ha sido alcanzado por Cristo. La madurez espiritual permite agradecer lo recibido sin declararse llegado. Incluso puede llevarnos a advertir faltas que antes pasaban inadvertidas: la búsqueda de reconocimiento escondida en una buena obra, la impaciencia disfrazada de sinceridad o el deseo de tener razón cuando creíamos defender exclusivamente la verdad.[12]
Santa Teresa del Niño Jesús dejó un testimonio particularmente cercano a esa experiencia. En el Manuscrito C escribe: «Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad». Reconoce que antes la comprendía de manera imperfecta. Cuenta después que una religiosa le resultaba difícil por sus modales, sus palabras y su carácter. Teresa decidió rezar por ella, prestarle servicios y cuidar la manera de responderle. La hermana terminó convencida de que le era especialmente simpática y le preguntó por qué le sonreía tanto.[4]
La anécdota descubre un trabajo interior que la convivencia suele ocultar. Teresa conocía su antipatía y escogía cómo tratar a aquella persona. El sentimiento no desaparecía por una orden; el trato podía hacerse más caritativo mediante decisiones reiteradas. Quien ha compartido durante años una casa, una comunidad o un lugar de trabajo entiende la dificultad de ese aprendizaje. Hay victorias de la gracia que consisten en escuchar hasta el final, reconocer una cualidad ajena o dejar de convertir cada defecto del otro en tema de conversación.
El martirio muestra hasta dónde puede llegar esa libertad sostenida por el amor. En Auschwitz, san Maximiliano María Kolbe se ofreció para ocupar el lugar de Franciszek Gajowniczek, un padre de familia condenado a morir de hambre. Juan Pablo II recordó en su canonización que, con aquel ofrecimiento, Kolbe había defendido la vida de un hermano y dado testimonio de Cristo. El hombre por quien se entregó estaba presente en la celebración, el 10 de octubre de 1982.[5]
No necesitamos imaginar que el santo hubiera dejado de percibir el horror de aquel campo. Su gesto adquiere toda su fuerza al considerar lo que estaba entregando: su vida corporal, con su necesidad de alimento, su vulnerabilidad y su deseo de seguir viviendo. En Getsemaní, Jesús había dicho: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38). La angustia puede estar presente en una entrega fiel. La fortaleza cristiana permite atravesar el temor por un bien amado; no exige una insensibilidad que el propio Evangelio desmiente.[12]
También los pastores se santifican en una entrega que altera sus preferencias. Agustín habría deseado una vida de estudio y oración, pero recibió la responsabilidad de servir a la Iglesia de Hipona. Su vocación intelectual tuvo que abrir espacio a las necesidades de una comunidad concreta. Francisco evocó esa transformación al presentar su vida como una búsqueda de Dios que desemboca en la solicitud pastoral. El encuentro con Cristo lo había puesto en camino hacia los demás.[6]
Una de sus máximas permite comprender la humildad de ese servicio: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano» (Sermón 340, 1). El pastor permanece entre quienes necesitan la misericordia que él anuncia. Su progreso se reconoce cuando escucha con mayor atención, acepta ser corregido y ejerce la autoridad para el bien de las personas. La santidad pastoral reclama preparación, oración y cuidado efectivo de la comunidad; el cargo recibido no sustituye ese trabajo.[6]
La vida de san Francisco Javier ilumina otro aspecto del mismo camino: la perseverancia cuando los resultados no obedecen a nuestros planes. Sus viajes hacia Asia exigieron largas travesías, adaptación y aprendizaje. En Japón encontró dificultades de lengua, oposición y condiciones muy duras. Más tarde quiso entrar en China, pero murió en la isla de Sancián sin haber realizado aquel proyecto. La misión estuvo acompañada por la oración y por la atención a enfermos, pobres y niños.[7]
En él podemos contemplar una esperanza capaz de trabajar sin disponer del desenlace. A veces identificamos la bendición de Dios con la eficacia visible de nuestros proyectos y nos desconcertamos cuando una puerta permanece cerrada. El misionero nos enseña a entregar los frutos sin abandonar la responsabilidad. Lo mismo necesita quien educa a un hijo, acompaña a una comunidad o sostiene una obra cuyos resultados tardan en aparecer. La fidelidad tiene un valor que no siempre cabe en el balance inmediato de los éxitos.
Santa Teresa de Calcuta experimentó una dificultad todavía más íntima. La biografía preparada por la Santa Sede para su beatificación describe una prolongada oscuridad interior que acompañó buena parte de su servicio. La mujer que ayudaba a otros a percibir el amor de Dios sufría una dolorosa sensación de ausencia. Siguió orando y sirviendo. Su jornada encontraba alimento en la Eucaristía y se prolongaba en la atención a quienes estaban abandonados.[8]
Su experiencia nos ayuda a comprender que el progreso espiritual no siempre produce una sensación creciente de bienestar. La alegría cristiana puede convivir con lágrimas y cansancio. Al hablar de la felicidad como decisión, conviene reconocer también sus dimensiones afectivas y las circunstancias que no dependen de nosotros: nadie puede ordenarse sentir alegría a toda hora. La decisión de amar se renueva dentro de esa humanidad concreta. A veces alcanza una hondura mayor precisamente cuando faltan el entusiasmo y la satisfacción que antes facilitaban el servicio.
La virginidad consagrada ofrece asimismo un aprendizaje que compromete a toda la persona. La afectividad, el cuerpo y el deseo necesitan integrarse en una forma de amar libremente asumida. El paso de los años vuelve a plantear esa entrega con preguntas nuevas: la soledad, la pérdida de fuerzas, la necesidad de recibir cuidados. El valor de la consagración permanece cuando la juventud ha pasado, porque descansa en la fidelidad a una relación y en la disponibilidad para amar.
Santa Teresa de Jesús muestra cuánto puede madurar una vocación ya comenzada. En 1554, cuando tenía treinta y nueve años y llevaba una larga vida religiosa, la contemplación de una imagen de Cristo muy herido la conmovió profundamente. Su relato permite reconocer resistencias y conversiones dentro de la propia vocación. Los años transcurridos en el convento no habían vuelto innecesaria una decisión más honda. Después vendrían la reforma del Carmelo y el trabajo paciente de las fundaciones.[9]
Su conocida expresión «determinada determinación» (Camino de perfección, 21, 2) nombra la disposición a perseverar en la oración. Esa firmeza desemboca en una exigencia concreta: «obras quiere el Señor» (Moradas, V, 3, 11). Teresa aplica el criterio al cuidado de una enferma: la ayuda que podemos prestarle importa más que conservar a toda costa un gusto devoto. La oración transforma cuando ensancha nuestra capacidad de atender al otro. Su autenticidad se vuelve reconocible en la vida compartida.[9]
En el matrimonio, esa vida compartida ocupa días enteros y años sucesivos. Los santos Luis Martin y Celia Guérin trabajaban, educaban y rezaban en familia. Tuvieron nueve hijos y sufrieron la muerte prematura de cuatro. Celia desarrolló su actividad de fabricante de encajes; Luis fue relojero. Ayudaron a personas necesitadas y dieron a sus hijas una educación cristiana. La enfermedad de Celia y su muerte dejaron a Luis la tarea de continuar el cuidado de la familia, con ayuda de sus parientes.[10]
Su historia devuelve la santidad conyugal a la realidad del hogar: decisiones económicas, duelo, cansancio, educación y apoyo mutuo. Amar a una persona durante años exige aprender a conocerla de nuevo y revisar también los defectos propios. La paciencia del esposo y de la esposa incluye hablar con verdad, pedir perdón y cambiar conductas que hacen sufrir. La disposición a soportar las limitaciones ajenas debe acompañarse del esfuerzo por aliviar sus cargas. La caridad compromete a ambos y pide cuidar la dignidad de cada uno.
Los niños y adolescentes pueden recorrer ese camino con una seriedad que los adultos a veces subestimamos. San Juan Bosco cuenta que Domingo Savio deseaba hacerse santo, pero necesitó orientación para comprender cómo. Don Bosco le prohibió penitencias que podían perjudicar su salud y lo condujo hacia la obediencia y la fidelidad en su vida ordinaria. En su conversación con Camilo Gavio, Savio resumió el espíritu del Oratorio: «aquí hacemos consistir la santidad en estar muy alegres».[11]
La misma conversación unía esa alegría con el cuidado de la vida de gracia, los deberes y la oración. La amistad de Savio ofrecía compañía y estímulo a otro muchacho. Ahí reconocemos una posibilidad muy actual: estudiar con honradez, acoger al compañero aislado, negarse a participar en una humillación y pedir ayuda cuando una presión resulta difícil de manejar. La educación cristiana debe ayudar a los jóvenes a descubrir esas decisiones posibles y acompañarlos con paciencia, respetando el crecimiento de su libertad.
Estos ejemplos permiten entender mejor el ejercicio heroico de las virtudes. La fe sostiene la relación con Dios; la esperanza ayuda a perseverar; la caridad orienta la entrega. La prudencia busca el bien posible en cada circunstancia; la justicia reconoce lo que debemos a los demás; la fortaleza permite sostenerlo en la dificultad y la templanza educa nuestros deseos. Su crecimiento requiere actos concretos, corrección y perseverancia. Cuando la caridad madura, la persona llega a una disponibilidad que supera el cálculo de la propia conveniencia.
El Catecismo lo expresa con sobriedad: «No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (2015). Ese combate abarca la resistencia al egoísmo y la formación paciente de hábitos buenos. Es heroico entregar la vida por otro; también puede serlo mantener durante años una fidelidad costosa, ejercida con libertad y amor. La heroicidad no se mide por la espectacularidad de una acción ni por la cantidad de sufrimiento acumulado, sino por la hondura de la respuesta al bien en las condiciones reales de una vida.[2]
Conviene distinguir, además, la unidad de la santidad y las diversas formas de reconocerla. Gaudete et exsultate recuerda que los procesos de beatificación y canonización consideran el ejercicio heroico de las virtudes, el martirio y el ofrecimiento de la vida (5). Los santos no recorrieron una biografía uniforme ni fueron reconocidos todos por una misma vía. Sus vidas manifiestan, de formas diferentes, la unión con Cristo y la entrega de sí mismos. La misma exhortación sitúa el crecimiento cotidiano en los «pequeños gestos» (16).[3]
Volvemos así al confesionario donde comenzó esta reflexión. La pregunta por el progreso puede hacerse concreta: ¿reconozco antes el daño que hago?, ¿escucho con mayor respeto?, ¿he reparado alguna injusticia?, ¿encuentro tiempo para quien me necesita?, ¿vuelvo a la oración aun cuando me cuesta? El examen de conciencia permite agradecer, pedir perdón y escoger un paso posible. La confesión abre de nuevo a la misericordia; la Eucaristía fortalece la comunión con Cristo y nos compromete con aquellos a quienes él ama.
El regreso a los mismos pecados puede desalentarnos, pero también puede enseñarnos a aceptar ayuda, conocer mejor nuestras ocasiones de caída y abandonar las excusas. Perseverar incluye aprender de los tropiezos. Una voluntad humilde permite que la gracia la eduque y que otras personas la acompañen. La santidad se va haciendo en esa historia concreta, donde hay avances reconocibles y etapas cuyo fruto solo podremos comprender después.
Por eso las palabras de aquel confesor conservan para mí su fuerza: uno se va dando cuenta de que va mejorando. Puede advertirlo en una reconciliación antes impensable, en una paciencia que empieza a echar raíces o en el bien que consigue hacer sin reclamar reconocimiento. Entonces nace una gratitud serena. La decisión de ser santos se renueva hoy al recibir la gracia, responder a ella y amar a la persona que tenemos delante. Dios continúa trabajando en nosotros, y nosotros podemos consentir, con diligencia y alegría, en su obra.
Notas y fuentes
Las citas bíblicas corresponden a la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Los números entre corchetes remiten a las siguientes fuentes.
[1] Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium (21 de noviembre de 1964), 40–42. Texto en línea
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 1996–2001 y 2013–2016; especialmente 2015. Texto en línea
[3] Francisco. Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19 de marzo de 2018), 5, 14–16, 22 y 49–56. Texto en línea
[4] Santa Teresa del Niño Jesús. Historia de un alma, Manuscrito C (1897), apartados sobre la prueba de la fe y la caridad. Texto en la Biblioteca del Dicasterio para el Clero. Texto en línea
[5] Juan Pablo II. Homilía en la canonización de san Maximiliano María Kolbe (10 de octubre de 1982), 2–4. Texto italiano. Texto en línea
[6] San Agustín. Confesiones, X, 29, 40; Sermón 340, 1. Véanse también León XIV, homilía en Annaba (14 de abril de 2026); Fundación Vaticana Joseph Ratzinger, entrevista al padre Saavedra sobre el máster en san Agustín; y Francisco, homilía de apertura del capítulo general de la Orden de San Agustín (28 de agosto de 2013). Texto 1 · Texto 2 · Texto 3
[7] Francisco. Audiencia general sobre san Francisco Javier (17 de mayo de 2023). Texto en línea
[8] Santa Sede. Madre Teresa de Calcuta (1910–1997), biografía para su beatificación (19 de octubre de 2003). Texto en línea
[9] Santa Teresa de Jesús. Libro de la vida, 9, 1–3; Camino de perfección, 21, 2; Moradas, V, 3, 11. Referencias y contexto verificados en Benedicto XVI, audiencia general del 2 de febrero de 2011, y Francisco, videomensaje al congreso Mujer excepcional del 15 de abril de 2021. Texto 1 · Texto 2
[10] Santa Sede. Luis Martin (1823–1894) y Celia Guérin (1831–1877), biografía para su beatificación (19 de octubre de 2008). Texto en línea
[11] San Juan Bosco. Vida del joven Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, cuarta edición (1878), capítulos XV y XVIII. Texto reproducido por el Boletín Salesiano OnLine. Texto en línea
[12] Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Textos citados: Flp 2,12–13; 3,12–14; Jn 15,5; Mt 26,38. Texto 1 · Texto 2 · Texto 3