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Evolución del cristianismo-38

El Blog de Francisco Margallo
27 jun 2013 - 17:31

J. Ortega y Gasset

Capítulo III

De un cristianismo mítico a otro racional

El mundo de los símbolos y mitos

Evolución del pensamiento cristiano. Diversas etapas

(Cont., viene del día 19)

Tercera etapa

Equilibrio entre fe y razón

Santo Tomás (S.XIII)

Dos siglos después de San Anselmo, la Edad media en su mediodía, entra en escena Santo Tomás, nacido en Aquino en 1225 ó 1226. Tanto para el cristiano como para la teología, la razón humana que cultivaban desde antiguo los griegos, entre los que sobresale Aristóteles, comienza a tener un valor propio e independiente de la fe.

"Ya no se trata de que la inteligencia iluminada por Dios reobra sobre la palabra divina para aclararla, como en San Anselmo. Ahora ya es la inteligencia un orden separado y por sí radicalmente distinto de la fe". Existe la fe ciega y la razón evidente. Santo tomás fija las fronteras entre una y otra: dentro de la Realidad absoluta que es Dios, se acota un espacio en el que el hombre razona por sí mismo.

Lo que Ortega considera como un estatuto que se le reconoce al hombre, con el que éste toma conciencia de su poder y derechos, así como el deber de afirmar sus cualidades naturales, particularmente, el de la razón.

El Aquínate relativiza el pasado cristiano, reduciendo al mínimo el territorio exclusivo de la fe y ampliando al máximo el papel de la ciencia en la teología.

Ahora bien, la diferencia entre fe y razón queda compensada por el rango de las verdades que nos llegan sólo mediante la revelación. Por eso podemos hablar hoy de equilibrio entre fe y razón, entre lo natural y lo sobrenatural. A un cristiano de los primeros siglos medievales este equilibrio y el reconocimiento de la razón humana como poder exento le parecería paganismo.

La misma Iglesia instalada en la teología tomista desde hace siglos, no ha percibido bien lo que significó Santo Tomás en su época ni las contiendas que originó en su seno. Fue un gran humanista y defensor de los derechos del racionalismo, haciendo a Dios algo interior al mundo de algún modo. Excepto algunos atributos divinos, todo lo demás que constituye a Dios es asequible a la razón.

En cierto modo, Dios deja de ser exuperantissimus y viene a ser, como el Dios de Aristóteles, un ingrediente del cosmos. La razón, dote o atributo natural del hombre, tiene un radio de acción: donde ella llega, esto es, todo aquello que por ella pueda entender el hombre está en el radio de su naturaleza humana en la que entra Dios con su razón ilimitada.

El entusiasmo racionalista de Tomás, comenta Ortega, le llevó a pensar a Dios como el ser razonable por excelencia. Dios es ante todo intelecto, razón -en suma, es lógica. Esta lógica, inteligencia y razón divinas son infinitas, mientras que la lógica, la inteligencia y la razón humanas son limitadas. Pero todas tienen una textura común. La razón humana tiene una parte común con el ser racional divino, que en esa parte es inteligible por el hombre.

De ahí que el hombre por sí mismo, sin auxilio divino pueda descubrir a Dios. De modo que, si nos retrotraemos al cristianismo de los primeros siglos de la Edad Media, vemos que la vida ha cambiado mucho. Dios, ciertamente, no ha empequeñecido, pero el hombre ha engrosado, ya no desespera de sí mismo, sino que confía en su razón natural. Y con el hombre equipado de razón, el mundo recupera su derecho a ser atendido por él, según el decreto divino de la creación.

Desde entonces los cristianos no se ocupan ya sólo de la teología. La filosofía se ocupa también de las cosas y se hace cosmología. Casi todo el saber de los griegos sobre el mundo es recuperado por los clérigos cristianos. Las facultades de Filosofía comienzan a ponerse en primer término y asombrar a las de Teología (Ibid., 130-131).

--Ver Francisco G-Margallo, Teología de J. Ortega y Gasset

Evolución del cristianismo

Madrid 2012

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