Virtudes públicas en Ortega (curso)

El Blog de Francisco Margallo
11 jun 2010 - 09:50

J. Ortega y Gasset

Capítulo Cuarto

El Socialismo

(Cont.)

Socialismo y democracia

La democracia precisa del socialismo, dirá Ortega al hablar de la socialización de la escuela, porque socializar al hombre es hacer de él un trabajador en la magnífica tarea humana. Si la sociedad es cooperación, los miembros de la sociedad tienen que ser antes que nada trabajadores. (Socialización de la escuela I, 517-521).

En esta tesis laten la doctrina de su maestro Natorp y de Rosa Luxemburgo. La influencia del primero está referida a lo que dice sobre la socialización del individuo, que hemos visto en el capítulo anterior. La convicción de la dirigente socialista era esta: No hay democracia sin socialismo, no hay socialismo sin democracia. Sobre esta tesis ha dicho Ernst Bloch: Esa es la fórmula de un efecto recíproco, llamado a decidir el futuro. El socialismo es para él la herencia de las utopías sociales de la liberación económica y del final de la miseria.

Entre nuestros políticos actuales, el que fuera diputado de Izquierda Unida, Pablo Castellanos, ha hablado también de la necesidad de socializar la política. Esto le parece el proyecto más atrayente frente a la privatización que los profesionales del puesto público quieren ir consagrando y llamando sarcásticamente "una democracia representativa" (El País 4-X-1981).

También la teología posconciliar ha hablado sobre el tema y dice que en las instituciones representativas hay siempre sumisión a una imagen visible y esto es idolatría. Esta idolatría política y la alienación brotan cuando el poder de los representantes sobrepasa el de los representados y cuando el pueblo se inclina ante su gobierno.

Esta degeneración política se evitaría si las instituciones democráticas se abrieran más a los ciudadanos y les ofrecieran cauces de participación en ellas. En este sentido los políticos han forzado poco la imaginacion, cuando ellos deberían educar paulatinamente la responsabilidad de los ciudadanos en los asuntos públicos de modo que la política deje de ser cosa de una minoría. Una vez más el magisterio de Ortega es muy valioso al tratar de despertar una actitud vigilante en el ciudadano sobre lo que acontece en la vida pública.

A pesar de todo hemos de decir que la función de los políticos es positiva y que no hay que achacarles a ellos todos los males que pueda padecer la sociedad. Entre otras cosas porque todos estamos implicados de alguna manera en el mal social. Es preciso escuchar una ves más a Ortega cuando dice: "No vivimos mal porque ejecutamos una mala política, sino al contrario, nuestra irrisoria política es consecuencia de nuestra anemia vital" (El gobierno que se ha ido X, 346; Ideas 381).

Por lo que no es importante castigar los abusos de los gobernantes, sino sustituir los usos de los gobernados. Porque los mismos defectos que atribuimos a los funcionarios de la vieja política los encontramos en la conducta de los ciudadanos. Y la misma incompetencia de los parlamentarios, su arbitrariedad y caciquismo se dan en el ingeniero, el industrial, el agricultor, el catedrático etc. En España, con ser detestables los viejos políticos, son aún peores los viejos españoles, esa masa inerte y maldiciente sin ímpetu ni interna disciplina.

Por consiguiente, la curación de España es faena mucho más grave, mucho más honda de lo que suele pensarse. Tiene que atacar estratos del cuerpo nacional mucho más profundos que la política, la cual no representa sino la periferia o el cutis de la sociadad (Sobre la vieja política XI, 30-31)

** PD. Hoy se celebra el primer centenario de la entrada del partido socialista en el Congreso de los Diputados, con su fundador Pablo Iglesias a quien dedicaremos un artículo próximamente.

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Para cambiar el mundo desde la política

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