La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y deforme, ¡tan disparatada!
sobre el campanario.
Antonio Machado
Capítulo XIII
Los arzobispos no se quieren desarzobispar
(Cont., viene del día 4)
La antigua liturgia de papas y obispos canonizados les aplicaba los textos que en la carta a los Hebreos se refieren a los pontífices levíticos, los que ya en la Iglesia cristiana no pueden existir, porque Cristo no deja lugar para ellos.
Esto nos indica de un modo sugestivo que en la Iglesia se había ido produciendo una clericalización que no se corresponde con las fuentes cristianas.
Con un lenguaje popular, podríamos explicar el punto de vista de la carta a la Hebreos en esta síntesis: en el Antiguo Testamento los pontífices eran pontífices; pero al ser puros hombres mortales y pecadores, su sacerdocio no resolvia nada, era radicalmente insuficiente. Jesús realiza un sacedocio suficiente y, por tanto, único y definitivo: "donde el perdón es un hecho, se acabaron las ofrendas por el pecado" (Hebr., 10, 18).
En la Iglesia puede haber obispos y presbíteros, pero son "ministros", no "pontífices". Son, digamos así, "monaguillos" del sacerdote único, al servicio de la comunidad.
Pero ocurrió que a través de los siglos, los ministros de la Iglesia quisieron darse importancia, ser sacerdotes y "pontífices" y no modestos "monaguillos", y por ese camino tienden a restaurar un "sacerdocio humano" carente de eficacia, dejando en la sombra el sacerdocio único, perennemente actual y presente de Jesús.
Con eso, de alguna manera, se restaura una disposición anterior que había sido derogada "por ser ineficaz e inútil, pues si la Ley no consiguió transformar nada". (Hebr., 7, 19).
Acaben, pues, de darse importancia clerical los "sacerdotes". Dejen ya de decir: nosotros somos los elegidos y vosotros seglares los del montón; nosotros los constituidos en poder y dignidad y vosotros los indigentes, que tenéis que arrodillaros delante de nosotros, porque de nosotros depende vuestra salvación.
Estoy caricaturizando un poco, pero para poner de relieve deformaciones de la conciencia cristiana que han tenido y tienen todavía un peso no leve.
La carta a los Hebreos nos dice que ya sólo Jesús es "sacerdote". Y, en otro sentido, la primera carta de Pedro dice que todos los fieles forman un "sacerdocio santo" y son un "sacerdocio real"(1 Pedro, 2, 5,9), idea que el Apocalipsis 1,6; 5, 10; 20, 6). La liturgia y sacrificios que responden a tal sacerdocio son la fe, expresada en la alabanza (Filipenses, 2, 17; Hebr., 13, 15), y el amor fraterno, demostrado haciendo el bien (Filip.,4, 18; Hebr.,13, 16), en particular anunciando la buena noticia (Rom., 12, 1).
Culto a Dios es la existencia entera (Rom., 12, 1). Entre estos dos "sacerdocios", el oficio de los obispos y presbíteros es "ministerio", "servicio" a la comunidad de fe y de caridad.
Por tanto, no se trata de postular una Iglesia sin Papa, sin obispos y presbíteros o diáconos (los cardenales no hacen falta, pero se les podría dejar por aquello de que son "rojos"), pero sí una Iglesia sin papalismos, episcopalismos y prebisterianismos. Los diáconos nunca pudieron subirse a mayores. Ahora se trataría de redescubrirlos como auténticos "ministros" (servidores) de la comunidad.
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JM. Díez-Alegría, Rebajas teológicas de otoño
Ed Desclée de Brouwer 1980
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