La cigüeña sobre el campanario

El Blog de Francisco Margallo
03 jul 2017 - 23:42

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La blanca cigüeña,

como un garabato,

tranquila y deforme, ¡tan disparatada!

sobre el campanario.

Antonio Machado

¡Yo creo en la esperanza...!

El credo que ha dado sentido a mi vida

4. El Cristo de mi fe

II. Descubrimiento de la Religión Verdadera

1. Crisis de conciencia

Mi texto era el siguiente:

Tradicionalmente se ha visto, con razón, que el fundamento evangélico del voto de pobreza en aquellas palabras de Cristo: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto posees y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y vuelto acá, sígueme" (Mat. 19, 21)

Hoy el mayor problema quiza que tiene planteado la Iglesia Católica es el de su ausencia de las masas populares, particularmente de las trabajadoras. De esto se ha hecho eco la suprema jerarquía de la misma Iglesia. De una manera no poco extensa estas masas populares ven a la Iglesia como algo ajeno, perteneciente al mundo burgués, que ellas consideran, no sin grandes fundamentos como un mundo extraño y enfrente.

Se trata de volver a ganar para Cristo este mundo popular, que es en particular modo el mundo de los que están trabajados y cargados, a los que se dirige la invitación del Corazón de Cristo.

En el presente orden de Providencia la Teología de la Redención está articulada con una Teología de Encarnación. Cristo para redimirnos se encarnó en la Humanidad. Sin encarnación no hay redención. Lo mismo ocurre en la vida de la Iglesia en el apostolado.

Pero sucede que, particularmente entre nosotros, la Iglesia, que en estos últimos años ha multiplicado notablemente sus obras de apostolado entre las clases humildes, obras encaminadas a desarrollar la obras de la Redención, apenas ha conseguido en cambio, realizaciones de encarnación en sus mismas clases humildes.

Una parrroquia de suburbios, una escuela profesional, una obra de asistencia en los barrios obreros, resultan con frecuencia, si no me equivoco, un mundo distinto al mundo obrero, establecidas para el bien de ese mundo obrero; los hombres del suburbio ven entre ellos esas obras católicas, algo proveniente de otra esfera social que viene a trabajar para ellos.

Los sujetos que realizan esas obras (sacerdotes, médicos, profesores etc.) no son colateralmente vecinos, consortes, participantes desde dentro de una misma suerte. Son hombres de otro mundo, de otra clase, de otra cívitas, que vienen a socorrer, aunque sea acampando para ello permanentemente entre los protegiods. No quiero decir que todas nuestras realizaciones se mantengan en este tipo. Pero sí creo que, hoy por hoy, la tónica entre nosotros es así.

El comunismo, en cambio, trabaja constitutivamente con un sistema de células que realiza plenariamente el sistema de encarnación. El comunismo se presenta radical y universalmente como un movimiento de los obreros, de las masas populares, y para ellas. El comunismo no tiene, evidentemente un apoyo en las clases burguesas. Frente a ellas, sale el mundo obrero y vive en él. Mejor dicho, es creado originariamente por intelectuales, propagandistas, etc., encarnados en el mundo obrero y viviendo en él.

Mientras el duelo entre catolicismo y comunismo esté planteado con estos supuestos sociológicos, el catolicismo no podrá reportar el triunfo de una manera sustantiva. Esto lo hace patente en particular la experiencia de la Iglesia española de los últimos veinte años. Realizaciones como la J.O.C., que ha conseguido avances decisivos en orden a la redención católica del mundo obrero, han sido posibles porque han conseguido resolver plenamente el problema de la encarnación.

Estando nuestra masa popular todavia mucho menos descristianizada que la de otros países, no hemos logrado nosotros realizaciones eficientes, porque estamos muy atrasados en la solución del problema de la encarnación. Dede este punto de vista, sería difícil eludir la calificación de predominantemente burguesa respecto a la Iglesia española.....

Ver: José Mª Díez-Alegría, ¡Yo creo en la esperanza!

El credo que ha dado sentido a mi vida.

Ed Desclée de Brouwer 1972

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