El evangelio en el mundo
Boualem tiene veintitrés años. Nacido en Argelia de padres argelinos. Su familia emigró a Francia cuando tenía un año. No habla árabe, Argelia para él es un país extranjero. Un día sucumbe a la tentación de las drogas duras. Encerrado en prisión y condenado, la máquina administrativa se pone en marcha. Su expediente es presentado a la Comisión de expulsión, que decide su expatriación a Argelia.
Boualem me suplica que intervenga. Esta decisión entraña el alejamiento de su familia, que está profundamente herida por esta medida. Su porvenir queda comprometido. ¿Qué le va a ocurrir en aquel país que no conoce y cuya lengua no habla?.
Boualem no es el único que vive este drama.
Pablo es párroco de una pequeña parroquia obrera de tres mil habitantes. Más del 30 por 100 de la población activa está en paro. Cuatrocientas personas reciben una vez a la semana una ayuda popular en el ayuntamiento. Con su corazón de pastor, este sacerdote vive el drama de su gente. Toma para sí lo que Dios dijo a Moisés: "He visto la miseria de este pueblo". Pablo no tiene la solución, pero es solidario.
Una cadena de llamantes
Muchos de nuestros hermanos los hombres, creyentes o no, realizan en su vida el papel de Juan Bautista para con sus discípulos. Nos indican un camino. Su manera de vivir, sus opciones nos interrogan, a veces sin que lo sepan siquiera. Por lo que son y por lo que hacen, tenemos deseos de de saber más de ellos. Aceptamos ponernos en camino y hacer otras opciones.
Habiendo sido llamado, uno se transforma en llamante. El mejor llamante es el que vive su condición de llamado. La Iglesia entera es a la vez llamada y llamante. Si no hay bastantes llamados, es porque la Iglesia no es bastante llamante.
Un día, refiere el obispo Gaillot, en el transcurso de una visita pastoral en un sector rural, me reúno en una sala municilal con los que desean hablar conmigo. Un obispo africano de paso expresó el deseo de acompañarme. Durante la conversación una mujer interviene: "Yo constato que la religión se pierde en nuestros pueblos. Un día, se lo digo a usted, vendrán los africanos a evangelizarnos". El obispo africano levanta la cabeza y declara con una punta de humor: "Lo que acaba de decir, señora, ya ha ocurrido hoy. Yo estoy aquí para esto". Risas en el auditorio. El evangelio no espera. Es para nosotros ahora. (Ver J. Gaillot, Fe sin fronteras, Edic.Paulinas 1989).