La teología de J. Ortega y Gasset

El Blog de Francisco Margallo
20 ago 2015 - 22:08

Capítulo Quinto

Ideas y creencias en la Europa moderna

Siglos XVIII-XX

(Cont., viene del día 13)

El ateísmo de los primeros cristianos como ejemplo

Los primeros cristianos fueron acusados en el imperio romano como ateos y revolucionarios, porque no se sometían a una visión divina del mundo lleno de dioses y señores a que alude Pablo en 1 Cor 8, 5. Profesaban un "ateísmo cósmico", propiciando de esta manera el tránsito de un mundo divinizado a un mundo hominizado contenido en el proyecto de Jesús.

Por este motivo la primitiva cristiandad fue perseguida como impía y enemiga del estado tanto por el poder romano como por los filósofos paganos. De ahí el empeño que los apologetas pusieron en quitar fuerza a esas acusaciones, llegando incluso a proponer la religión cristiana como sostén del estado.

De modo que ya antes de Constantino se elabora una teología política cristiano imperialista: la teología imperial de Eusebio de Cesarea. Con ella se aseguraba la autoridad del césar cristiano y la unidad espiritual del imperio, convirtiéndose así el cristianismo en la religión única del único estado romano .

Un poco más tarde, en el siglo IV, con el emperador Constantino el cristianismo dejó de ser visto como una amenaza y se convirtió en la religión del estado. A partir de ahí se desarrolló durante siglos una mentalidad, una teología y espiritualidad en la Iglesia que ha perdurado hasta las puertas del Vaticano II.

La lectura de la Biblia deja de hacerse en sentido profético, es decir, inconformista con el orden establecido, y poco a poco se va convirtiendo en la mejor garantía de la legitimidad y estabilidad del Estado. La fe, cuya fuerza utópica tiene capacidad para poner en crisis el statu quo, se traslada al otro mundo y se convierte en uno de sus mejores aliados .

De esta manera la función de la trascendencia toma mucha importancia en la espiritualidad de la Iglesia y el reino de Dios y su justicia ya no hay que buscarlos en este mundo, sino más allá de él, en la otra vida. Es posible que en el uso inconsciente de esa función la Iglesia no sepa o no quiera darse cuenta de lo que está legitimando políticamente.

De aquí deriva para los teologos Metz, Moltmann y Cox la necesidad de una teología política fundamental, que haga tomar conciencia crítica a la Iglesia del uso político que está haciendo y del que se están aprovechando fuerzas extrañas o enemigas del evangelio .

En efecto, la Iglesia en cuanto fenómeno histórico tiene siempre una función política, aun antes de haber tomado una postura sobre determinados hechos. De ahí que sea necesario hacer una hermenéutica crítica de la Iglesia, práctica y política, para evitar que se la identifique con ciertas ideologías y degenere en religión política. Por eso, el centro neurálgico de la nueva teología debe ser, según Moltmann, el recuerdo del Crucificado, no la política. Veamos en síntesis su razonamiento:

-La crucifixión de Jesucristo Hijo de Dios es el punto claramente político de la historia de Jesús, por eso la gloria de Dios brilla sólo en la mirada del crucificado y nunca brillará en las cumbres políticas ni en las coronas de los poderosos. Si él es el único justo que encarna la justicia de Dios, automáticamente las autoridades políticas pierden para el creyente toda justificación religiosa.

-El hecho de la crucifixión de Cristo coloca a la Iglesia en una postura crítica frente al mundo político y al creyente en una actitud igualmente crítica frente a la realidad político-social de la Iglesia. De modo que la teología política de la cruz no puede ser tomada en sentido clerical .

-El crucificado es la única imagen verdadera de Dios, por tanto, la fe en él ha de llevar al abandono de toda imagen terrena que pretenda divinizarse. Desde que Cristo fué sacrificado en nombre de una autoridad religioso política que se fundaba en Dios, el creyente no puede justificar como divina ninguna autoridad. "El poder político sólo se justifica desde abajo".

-Desde la fe cristiana no se puede justificar lo establecido, al contrario, ella mueve a criticar las limitaciones y la gestión del estado. Un ejemplo elocuente lo ofrece la iglesia antigua que suprimió el culto al emperador y señaló los límites de su poder. Los cristianos y las iglesias deben continuar esta línea de desacralización, relativización y democratización de la política.

-Consecuentemente, el solo hecho de que la nueva teología política coloque en el centro de sus reflexiones el conflicto de Jesús con las autoridades políticas de su época, demuestra que ella no tiene nada que ver con la teología política como metafísica del estado. Por el contrario, sólo se pregunta cómo aquel conflicto puede convertirse en contenido de la vida cristiana y eclesiástica en relación con la vida pública, a la vez que se convierte en fuerza crítica de liberación frente a toda idolatría política paternalista y alienadora .

Moltmann desarrolla ampliamente esta tesis en su obra El Dios Crucificado: si no se percibe el dolor del mundo, la esperanza cristiana no puede hacerse realista y liberadora. Por eso, llama al descubrimiento de todos los crucificados de hoy, los pobres y abandonados del mundo, y a tomar parte en un compromiso social y político que los libere. De manera que la teología política no es sólo oposición crítica, sino que basada en la tradición bíblica, considera que la iglesia tiene siempre algo que hacer, dentro de un estado, con los que no cuentan para el Estado.

El Dios cristiano ha tomado partido por los pobres, es el refugio y defensor de los oprimidos y desesperanzados (Lc

1, 46 54), aunque este no significa que se les prometa la riqueza en el cielo a los que no tienen nada en el mundo, sino que el Reino de Dios viene a los pobres y la justicia de Dios es su justicia. Con el Crucificado comenzó un mesianismo de los oprimidos, en que estos más que objeto de beneficiencia de los ricos son el sujeto de su juicio y de su salvación o condenación.

Sin embargo, la nueva teología política europea no pretende convertir la fe cristiana en política, porque si se convierte la religión en política, asegura Moltmann, la política acabará siendo nuestra religión. En definitiva, divinizar la política es una superstición.

Ver: Francisco G-Margallo: Teología de J. Ortega y Gasset. Evolución del cristianismo, Madrid 2012

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