Profecías de Happiness

Tal como el ángel había anunciado y quedó contado en su lugar, la niña Happiness (que quiere decir “Felicidad”), llamada también por los cristianos “el Niño Jesús”, nació en una patera, en medio del mar, cerca de una islita volcánica llamada Alborán, entre Almería y África, en tiempo del gran emperador sin nombre y sin entrañas.

Por entonces, tres sabios o sabias de oriente y occidente se presentaron en New York City y se dirigieron al palacio principal del emperador sin entrañas, situado en el centro de la Wall Street, entre Broadway y el East River, en el bajo Manhattan. Entraron juntos en el palacio y dijo la primera: “Soy hombre y mujer, indígena y negra, blanco y mestizo. Soy de todas las religiones y de ninguna religión. Vengo de las tierras afro-indio-americanas del Norte, del Centro y del Sur, de la tierra de los mapuches, del Chocó y de Haití, y de la frontera de Río Grande entre la miseria y la muerte o viceversa. Allí apareció una estrella y, siguiéndola, he llegado hasta aquí. ¿Dónde está, pues, Happiness, la hija de la Ternura, la que ha de traer Bienaventuranza a nuestras pobres gentes y a todas las criaturas sufrientes de nuestras tierras? He visto su signo y he venido a adorarla, y a presentarle nuestras quejas y sueños. Porque está escrito: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. Porque has quebrantado la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro. La bota del guerrero que pisoteaba la tierra, el manto empapado de sangre, serán quemados, devorados por el fuego. Porque una niña nos ha nacido, una hija se nos ha dado. Dilatará su soberanía en medio de una paz sin límites, sobre el derecho y la justicia desde ahora y para siempre (Isaías 9,1-6)”.

El emperador sin entrañas se asustó y, cuando iba a tomar la palabra, el segundo de los sabios dijo: “Soy hombre y mujer, europeo y asiático, judío y palestino. Soy cristiano y musulmán, hindú y budista, confuciano y taoísta. Doy culto a Dios más allá de los nombres, busco la liberación más allá de las verdades. Vengo de Gaza, de Calcuta y de Birmania, y de las montañas del Afganistán. Allí apareció una estrella y, siguiéndola, he llegado hasta aquí. ¿Dónde está, pues, Happiness, la hija de la Compasión, la que ha de traer la Paz y la Justicia a nuestras pobres gentes, a nuestros pobres pueblos? He visto su signo y he venido a adorarla, a presentarle nuestros llantos y deseos. Porque está escrito: “Ella será juez de las naciones, árbitro de pueblos numerosos. Convertirán sus espadas en arados, sus lanzas en podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Isaías 2,4). Y también: “Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos; una muchacha pequeña los pastorea” (Isaías 11,6)”.

El emperador sin entrañas se asustó otra vez y, cuando iba a intervenir, la tercera sabia dijo: “Yo también soy hombre y mujer, soy árabe y bereber, bambara y suajili, tutsi y hutu, kwangali y zulú, tuareg y masai. Vengo de la cuna de la primera humanidad, de una miserable tierra llena de riquezas, de una tierra parturienta. Vengo del Sahara y de Sudán, de Somalia y de Gambia, de Mali y del Chad, y de las minas del Congo llenas de muerte. Allí apareció una estrella y, siguiéndola, he llegado hasta aquí. ¿Dónde está, pues, Happiness, la hija del Consuelo, que había de traer el agua y el pan para todas nuestros pobres, pobres, pobres pueblos? He visto su signo y he venido a adorarla, a presentarle nuestras penas y danzas. Porque está escrito: Se alegrarán el desierto y el yermo, la estepa se regocijará y florecerá; florecerá como el narciso, se regocijará y dará gritos de alegría. Fortaleced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: ‘Ánimo, no temáis’. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa; el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial (Isaías 35,1-7)”.

El emperador sin entrañas se echó a temblar y se quedó sin palabras. Pero pronto se repuso, e inmediatamente se puso en contacto con sus principales consultores, agentes y brokers a lo largo y ancho del planeta y les dijo: “El imperio está en peligro, hemos de tomar medidas, no hay tiempo que perder. Happiness amenaza el orden y la estabilidad del mercado. ¿Qué es, quien es Happiness? ¿Es alguna empresa pirata? ¿O algún movimiento terrorista? Controladlo y, si es posible, eliminadlo”. Todos los consultores, agentes y brokers apagaron sus pantallas y corrieron a investigar.

Todos salvo uno que, con semblante pensativo y triste, dijo al emperador: “¡Happiness, ah, Happiness…! Es una niña, pero tiene detrás una muchedumbre imposible de contar. Nació hace solamente dos semanas en una patera, una de esas barcas de poco calado, utilizadas por inmigrantes africanos para atravesar el Estrecho de Gibraltar, burlar fronteras y entrar ilegalmente en España, en el mercado, en el mundo legal. Happiness es solo una niña, pero todas las gentes la desean, toda África la seguirá, y toda Europa del Este, y toda Asia, y toda América latino-indio-africana. Serán más numerosos que las arenas de todas las playas juntas, que las estrellas de todas las galaxias juntas. Ningún poder los podrá detener, porque han muerto muchas veces y ya no temen la muerte, porque Happiness es más fuerte que la muerte, porque Dios está con ellos. Ya lo dijeron las viejas profecías…”. Y calló con semblante pensativo y triste.

Pero el emperador no había oído nada. Había vuelto a los sabios/sabias y les estaba despachando: “Id al mar de Alborán, entre África y España, y allí encontraréis a Happiness. Adoradla allí. Yo también la quiero adorar. Yo también busco la mejor solución para este mundo de mercado convulso. Y creédmelo: no hay solución sin bancos y fronteras”. Las sabias no se lo creyeron. Y siguieron por el mundo en pos de la estrella, preguntando por Happiness y pregonando profecías.

En cuanto al emperador, ordenó a sus satélites que pusieran a salvo a Happiness en el mejor hospicio de Almería (España), que a ella y a sus padres les dieran generosamente papeles, ciudadanía, un trabajo y una pensión, y que todos los medios de comunicación lo airearan como prueba de la bondad del sistema o al menos de su buena voluntad.

Que a todos los demás compañeros de patera, incluidos niños y mujeres embarazadas, los detuvieran, encarcelaran y expulsaran a sus países de origen o a donde fuere, pero que eso no se había de saber. Y así se cumplió la profecía: Se oyen gritos en Ramá, lamentos y llanto amargo: es la Tierra que llora por sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. Pero así dice Dios: “Deja ya de gemir, no sigas llorando, porque tus afanes serán recompensados, oráculo del Señor. Tu futuro está lleno de esperanza, oráculo del Señor, tus hijos vuelven a su tierra” (Jeremías 31,15-17).

Eso no ha sucedido, pero tiene que suceder. Mientras tanto, la Niña Happiness o el Niño Jesús tienen voto de seguir naciendo en un pesebre o en una patera, hasta que un día el emperador se ponga triste y pensativo, le empiecen a doler las entrañas, se le abran los ojos y vea que solo con todos podrá ser feliz. Entonces se cumplirá lo que está escrito: Dichosos los humildes, porque ellos heredarán la tierra (Mateo 5,5).

José Arregi

Para orar

Todo estaba pendiente de tu boca.
Igual que si los hombres, de golpe, se sintieran
con la vida en las manos, detenida,
como un reloj callado y a la espera.
Como si Dios tuviera que esperar un permiso…
Tu palabra sería la segunda palabra
y ella recrearía el mundo estropeado
como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente.
Tú pondrías en marcha, otra vez, la ternura.
Orilla virginal de la palabra, niña del sí preñada con el Verbo,
sin la más leve sombra de no, toda en el Día.
Dios encontraba en ti, desde el primer albor de los latidos,
la respuesta cabal a su pregunta
sobre la Nada en flor…
Tú lo hacías dichoso desde el Tiempo.
Tu corazón se habría como una playa humilde, sin diques fabricados,
y en la arena sumisa de tu carne el mar de Dios entraba enteramente.
Niña del sí, perfecto en la alabanza como una palma de Cadés invicta;
jugoso en la alegría, como la vid primera;
pequeño como el viento de un párpado caído, y poderoso
como el clamor del Génesis.
Niña del sí desnudo, como un tallo en lirio
bajo el filo implacable de la Gloria…
Cuanto más cerca de la Luz vivías,
más en la noche de la Fe topabas, a oscuras, con la Luz,
y más hondas raíces te arrancaba tu sí, ¡niña del sí más lleno!
Tú diste más que nadie, cuando más recibías, infinita de seno y esperanza.
¡Tú creíste por todos los que creen y aceptaste por todos…!
Creías con los ojos y con las manos mismas, y hasta a golpes de aliento
tropezaba tu fe con la Presencia en carne cotidiana
Tú aceptabas a Dios en su miseria, conocida al detalle, día a día:
en las especies torpes del vagido
y en las especies del sudor cansado
y en el peso vencido de la muerte…
¡Rehén de la victoria de la Gracia, fianza de la tierra contra el Cielo,
gavilla de cordera y en cinta!
Porque has dicho que sí,
Dios empieza otra vez, con tu permiso, niña del sí, María.
Las alas de Gabriel abren el arco por donde pasa entera la Gloria de Yahvé.
El arca de tu seno, de madera de cedros incorrupta, viene con el Ungido.
La primavera acecha detrás de Nazaret, regada por el llanto,
y sobre las banderas blancas de los almendros
el trino de tu voz rompe en el júbilo, humildemente solo.

(Pedro Casaldáliga)
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