Interrogantes sobre la Inteligencia Artificial

NOTA: El texto que sigue, en una versión algo más breve, fue escrito en noviembre de 2025 a petición de AGENDA LATINOAMERICANA, cuya edición de 2027 acaba de publicarse. Entretanto, la IA ha seguido su vertiginoso ritmo de desarrollo hasta el borde del abismo. Los agentes políticos –todos lo somos– han tomado por fin conciencia global. Falta aún que tomemos las medidas globales, imperiosas, para evitar el cataclismo.

1. La IA: ¿un avance sin fin?

Las primeras neuronas artificiales se crearon en la década de 1940 y el término “inteligencia artificial” se acuñó en 1956, pero nadie imaginaba entonces que en 70 años pudiéramos llegar al punto en que nos hallamos.

En 1995 se afirmaba que ningún ordenador podría nunca superar al mejor ajedrecista del mundo, porque en el ajedrez no solo son fundamentales la memoria y el cálculo cuantitativo sino también la intuición general anticipadora y creativa que un ordenador nunca podrá poseer. Pero en febrero de 1996, la máquina Deep Blue, capaz de pronosticar 100 millones de jugadas por segundo, derrotó al campeón Garry Kaspárov. El maestro, herido, le retó de nuevo, y esta vez ganó. Y declaró orgulloso: “Ninguna máquina será capaz de ganarme en el próximo milenio”. Bastó aplicar una ligera mejora en su programa para que, en mayo de 1997, el ordenador desbaratara definitivamente la afirmación del genio ruso.

Eso no es nada. A día de hoy, el ordenador más potente está muy lejos sin duda de imitar y superar la capacidad de un niño de cuatro años para sentir, entender, aprender, imaginar, decidir, hablar, reír, llorar… Muy lejos incluso de imitar y superar la inteligencia general –relacionalidad, emotividad, creatividad…– de un perro o de un delfín, de un mamífero cualquiera. No obstante, la IA no ha hecho más que empezar. ¿Hacia dónde avanzará?

2. A un ritmo que estremece

La era de los cazadores-recolectores duró 290.000 años, antes de dar paso lentamente a la agricultura-ganadería en una transición de miles años. La agricultura tardó solo 12.000 años en inventar la máquina de vapor, que dio paso a una rápida industrialización. Y en apenas 250 años, ya va por su cuarta revolución. Se puede decir que estamos en una era postindustrial, la de la información. La economía, la información, la historia, la vida de las madres y padres jóvenes y la de sus hijos, incluso la de los abuelos: todo se acelera. La competitividad es la naturaleza de este sistema; la aceleración, el requisito; la codicia, el motor. Y la asfixia general es el resultado.

El desarrollo de la IA es el espejo más claro de este engranaje estremecedor de codicia, competición y aceleración generalizada que nos arrastran. Hace dos meses, Amazon anunciaba sus excelentes resultados económicos y, al mismo tiempo, su proyecto de suprimir 30.000 puestos de trabajo e invertir ingentes sumas en IA. Es la lógica y la práctica de todas las compañías, para beneficio de unas élites y desgracia de mayorías crecientes. ¿No luchan ya por la conquista del poder planetario para el bien de unos pocos? ¿No está siendo la humanidad entera víctima de su propia maquinaria inhumana?

3. La mente o la conciencia: emergente, irreductible, indeterminable (libre?)

La reacción de una planta a su entorno múltiple y cambiante es compleja. Mucho más lo es la de un perro en presencia de otro. Inmensamente más compleja aún la de una persona humana ante una agresión o una declaración de amor, en la infinita red de sus relaciones. Lo cierto es que toda vivencia y reacción humana –gratitud o ira, ternura o violencia, risa o llanto– viene siempre dictada por el órgano central de información del ser humano, es decir, el cerebro, el sistema particular más complejo de cuantos se conocen en el universo. Sobre el cerebro ejercen influencia toda clase de factores físicos, sociales, culturales del entorno, pero es el cerebro el que en último término procesa toda información e interacción. Así, es el cerebro el que genera y elabora todas las experiencias humanas físicas, psíquicas y espirituales. Y lo mismo vale para casi todos los demás animales: están dotados de un cerebro y éste los rige en todas sus experiencias, en formas y grados diversos de complejidad.

Del órgano cerebral emergen las sensaciones y los recuerdos, los sentimientos y las ideas, la imaginación y la voluntad, la contención y el impulso, la confianza y el miedo, la inquietud y la paz, la fe y la incredulidad… del ser humano. Claro que lo que emerge del cerebro es siempre algo nuevo, dotado de propiedades enteramente nuevas, respecto de aquello de lo que está compuesto. Así sucede en todos los órdenes de la realidad. El átomo se compone de partículas, pero obedece a leyes propias. La molécula proviene de la unión de átomos, pero posee propiedades muy distintas a las del átomo. La célula viviente está hecha de moléculas; el órgano, de células; y el organismo, de órganos coordinados; no obstante, en cada caso aquello que emerge es cualitativamente diferente respecto de aquello de lo que emerge. ¡Misteriosa y poderosa materia-matriz, animada por la capacidad de relación y de novedad irreductible, por la posibilidad infinita, la creatividad sagrada, Dios!

Y, sin embargo, la novedad irreductible depende siempre de los elementos de los que emerge. El psiquismo y la mente son irreductibles al mero cerebro –a la base física, química o biológica–, pero no subsisten por sí mismos, sino gracias al sustrato químico, biológico, orgánico, social del que emanan, y en último término gracias al cerebro. La mente y la “conciencia” humanas no son reductibles al cerebro, pero dependen de él y, por lo tanto, de todos los procesos bioquímicos y electrofisiológicos producidos por las células neuronales y sus conexiones. En consecuencia, la mente y la “conciencia” están determinadas por las leyes (siempre abiertas) que regulan la física, la química y la biología, por una serie de “instrucciones” o “algoritmos” lógico-matemáticos. Las llamadas “virtudes teologales” (fe, esperanza, amor) no son dones otorgados e infundidos por la voluntad y la libre decisión de una divinidad extrínseca, sino fruto maravilloso del cerebro, emergencia de la tierra y de las relaciones y de las decisiones de cuanto es, manifestación inacabada de las infinitas potencialidades que alberga la materia-matriz universal. Con todo, nada está de antemano enteramente determinado. Nunca se puede decir qué nuevas propiedades (o qué “libre decisión”) emergerán al final de una red universal de relaciones y de un proceso cerebral infinitamente complejo. En resumen, la conciencia humana (y animal en general) emerge del cerebro, pero es a la vez irreductible a él, y sus “decisiones” son indeterminable de antemano, aunque en el momento en que tales decisiones se produzcan habrán estado enteramente condicionadas y determinadas por infinitos factores imprevisibles.

4. ¿Podrá en una red informática emerger la mente, el sentimiento, la conciencia?

Apliquemos todo esto a la IA. Las preguntas más inquietantes son inevitables: ¿qué pasará si, algún día, las biociencias y las neurociencias llegaran a conocer muchos algoritmos aún secretos de la vida y de la mente, del miedo y de la confianza, del amor y del odio? Las grandes compañías de la IA compiten frenéticamente en la carrera (¡ciega!) del conocimiento y de la tecnología, del dominio y del negocio. ¿Quién podrá pararlas? ¿No llegarán algún día –quizá no tan pronto como algunos pretenden, pero mucho más rápido de lo que debería ser– a fabricar máquinas-cerebro de “materia” viviente capaces de sentir, ser conscientes, pensar, decidir? Quiénes se ocupan desenfrenadamente en desarrollarlas ¿saben ellos mismos de qué serán o no serán capaces tales máquinas-cerebro? Dejándoles las puertas abiertas o entregándoles las llaves para que puedan tomar cualquier decisión –para lo mejor y lo peor–, ¿no incitarán a la santa materia-matriz a convertir su energía de comunión y de vida en poder exterminador? La decisión está tal vez, ojalá esté, todavía en nuestras manos.

GLOSA (añadida el 20 – 09 – 2026):

En una larga y abierta evolución de miles de millones de años de la vida en la Tierra, hace unos 300.000 años surgió la especie humana Sapiens con su portentosa, inestable, paradójica constitución: dotada de asombrosas capacidades, pero incapaz de gestionarlas. Nacido de la Tierra, podía llegar a hacer de ella un paraíso o un infierno. Pero no pudo o no supo escoger libremente solo el camino que le condujera al bien propio y común, que es el mismo bien, escogerlo libremente, es decir, por amor y por gusto, y por lo tanto, libre e inevitablemente que es como decir también

Una mañana descubrió el árbol del conocimiento del bien y del mal, cargado de frutos atractivos. Y se sintió irresistiblemente impulsado a conquistarlo: “Quiero apoderarme de él –se dijo–, ser el dueño del bien y del mal, saber y poderlo todo. Quiero ser un Dios omnipotente, omnisciente, dueño soberano de la tierra de abajo y de las estrellas del cielo”.

Así hemos llegado –hace solo 4 años, en 2022– a tener en nuestras manos el instrumento más formidable de saber y de poder jamás imaginado: la Inteligencia Artificial Generativa. No sabemos con certeza en qué punto concreto de logros y de riesgos nos hallamos, por la inquietante falta de transparencia de las contadísimas super-empresas implicadas. Pero es indiscutible que hoy nos encontramos en la mayor paradoja civilizacional de nuestra especie en toda su historia: nunca hemos poseído tanto conocimiento ni cargado con tanta incertidumbre; nunca hemos tenido tanto poder ni sufrido tanta inseguridad; nunca hemos progresado tanto ni sabido menos hacia dónde y para qué.

Hemos llegado a la gran encrucijada, la gran pregunta, la gran decisión: ¿Nuestra especie querrá y podrá ser realmente Homo Sapiens y no Homo Demens, Predator y Exterminator como de hecho está siendo desmedidamente? ¿Comprenderá por fin que no es humano ni merece la pena ningún desarrollo tecnológico que no sirva para que todos vivamos mejor, a saber, seamos más felices siendo mejores? ¿Se percatará de que la ley de la competición universal que se ha apoderado del mundo entero nos condena a la asfixia de las personas, de las familias, de los pueblos, a la eliminación de los más débiles primero y a la extinción universal por último? ¿Nos decidiremos a abrazar en todos los campos la ley más profunda, sabia y libre: la ley de la fraternidad-sororidad de todos los seres?,

Entonces, despojados de la ambición de saber y de poder –del dios apetecido– seremos sabios y prójimos, cultivaremos en la Tierra un paraíso de bienaventuranza y compasión, encarnaremos a Dios, como Jesús.

José Arregi

Aizarna, 20 de septiembre de 2026

www.josearregi.com

También te puede interesar

Lo último

stats