La fiesta de la Purificación o de la Candelaria
Luz silenciosa
La fiesta de la Purificación o de la Candelaria
La fiesta de la Purificación, o de la Candelaria, está íntimamente vinculada a la luz. No a la luz natural, sino a esa otra luz sobrenatural, inscrita en el orden de la Gracia, que no solo ilumina desde dentro, sino que verdaderamente alumbra. Es una celebración que conecta con múltiples tradiciones espirituales, pues el ser humano, como el girasol, ha vivido siempre orientado hacia la luz, buscándola incansablemente. La luz que le ofrece seguridad; la noche, en cambio, siempre engendra incertidumbre.
En esta festividad rememoramos —y actualizamos constantemente la riqueza de su mensaje— la presentación de Jesús en el templo para cumplir la Ley judía. José y María cumplen porque viven insertos en una comunidad religiosa que se rige por determinados preceptos. Son discretos y no desean señalarse, pues encarnan ya el sentido profundo de estar en el mundo sin ser del mundo. Su modo de habitar la realidad, su desde dónde, se sitúa en un lugar radicalmente distinto.
Jesús se presenta en el templo como una luz silenciosa y sencilla, a la que aún no le ha llegado el momento de manifestar el fulgor asombroso que brota de la coherencia sencilla y auténtica de la vida. Es llevado por sus padres como ofrenda, porque saben que nada les pertenece: todo es don y a todo don le corresponde la entrega, el servicio.
todo es don y a todo don le corresponde la entrega, el servicio
Será el anciano Simeón quien desvele la identidad del niño. Con frecuencia son otros quienes reconocen aquello que aún permanece velado para uno mismo. A veces estamos tan cerca de nosotros que nos resulta imposible vernos; o quizá esta sea la forma de preservar la necesidad que tenemos de los demás para llegar a ser quienes somos. En cualquier caso, Simeón sabe que Jesús ha venido al mundo para ser la «luz que alumbre a las naciones»: una luz que disipa la ignorancia, que revela la presencia de Dios y que se convierte en esperanza frente a las sombras que inundan el mundo, fruto de las proyecciones del ego humano colectivo que tanto dolor generan siempre y, sobre todo, en los más inocentes.
La Candelaria, fiesta de la luz encendida en la candela, en la vela que sostenemos, nos invita a tomar conciencia de nuestras propias sombras. Solo cuando esto acontece puede comenzar la verdadera purificación del corazón. El hecho de que nadie pueda encender su propia luz —esa vela que, en cierto sentido, cada uno es— nos recuerda que el fuego y la luz deben llegarnos desde fuera, que han de sernos dados por Aquel que es la Luz misma, Fuego amoroso que alienta y colma la vida: Abba.
Pero en el relato, junto a Simeón, aparece también la profetisa Ana, quien, mediante ayunos y oraciones, no se apartaba del templo, aguardando a Aquel que habría de redimir a Israel, y que supo reconocer en el niño Jesús. Ambos son testimonio y testigos, y representan la sabiduría atesorada por la vejez, la paciencia que exige toda espera y la capacidad de reconocer, en lo pequeño y sencillo, la grandeza de la vida.
Esta fiesta de la luz está llena de destellos que nos invitan a renovarnos, a interrogarnos sobre las luces que buscamos para alumbrarnos
Esta fiesta de la luz está llena de destellos que nos invitan a renovarnos, a interrogarnos sobre las luces que buscamos para alumbrarnos. Porque alumbrar no es solo iluminar: es también la posibilidad de advertir el Camino que se nos ofrece graciosamente y, por tanto, de orientarnos. Y, en otro sentido aún más hondo, alumbrar es dar a luz, ofrecer un rumbo nuevo que despierte esa vida profunda, a menudo aletargada, que reclama nuestra atención.
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