Byung Chul Han: Dios no ha muerto

El filósofo y teólogo surcoreano establece con Simone Weil y con su obra un diálogo en profundidad e iluminador de la oscuridad del presente

Byung-Chul Han
Byung-Chul Han | EFE

En una carta dirigida al padre dominico Joseph Perrin, la filósofa francesa Simone Weil expresaba lo doloroso que le resultaba imaginar “que los pensamientos que han descendido sobre mí están condenados a muerte por el contagio de mi insuficiencia y de mi miseria”. El gradual reconocimiento de su obra y el impacto que produjo en el mundo intelectual tras su fallecimiento a los 34 años desmintió pronto su temor. Albert Camus la definió como el “único espíritu libre de nuestro tiempo”, una persona con una gran sed de verdad acompañada de una gran inteligencia y honestidad. 

El filósofo y teólogo surcoreano Byung Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2025, considera a Weil “la figura intelectual más brillante del siglo XX”, y en su último libro Sobre Dios. Pensando con Simone Weil (traducción de Lara Cortés, Paidós, Barcelona, 2025) establece con ella y con su obra un diálogo en profundidad e iluminador de la oscuridad del presente no desde una lectura escolar, sino desde una hermenéutica creativa. No es un diálogo intemporal y aséptico, sino que interpela a la sociedad actual caracterizada, según Chul Han, por un régimen dictatorial neoliberal que explota nuestra libertad y en el que los seres humanos se han convertido en esclavos de su propia creación, por un mundo que se ha tornado un “ruidoso mercado”, por las redes sociales que difunden agresividad y odio, por una democracia que, sin ética, carece de contenido y por la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres. 

Simone Weil
Simone Weil

El filósofo de origen coreano reconoce sentir una “amistad profunda del alma” con Simone Weil, la filósofa, mística e intelectual compasiva con las personas y los colectivos más vulnerables, y navega por su pensamiento para mostrar que, más allá de la inmanencia de la producción, del consumo, de los big data y de la insaciable necesidad de información, existe una trascendencia capaz de ofrecernos la plenitud del ser y de liberarnos de una vida de mera supervivencia y carente de sentido. 

El diálogo gira en torno a siete palabras fundamentales tomadas de las experiencias y del pensamiento de la filósofa francesa: atención, descreación, vacío, belleza, dolor, silencio e inactividad. En él participan también cualificados interlocutores de ayer y de hoy: de Sócrates Platón y Kant a Agamben, Foucault y Steiner, pasando por Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Kafka, Lévinas, Adorno, Benjamin, Sartre, Jünger, Merleau-Ponty, Cézanne, Canetti, que abren nuevos horizontes a los pensares, decires y sentires de Chul Han y Weil. 

Lo primero que constata es la crisis de la religión y del espíritu debida a causas estructurales, no puramente coyunturales, entre las que cita la pérdida del silencio, el declive de la atención

Lo primero que constata es la crisis de la religión y del espíritu debida a causas estructurales, no puramente coyunturales, entre las que cita la pérdida del silencio, el declive de la atención y el ruido atronador de la comunicación. Pero, a pesar de la crisis, “no es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”, afirma llevando la contrario a Nietzsche, que un siglo y medio antes había anunciado la muerte de Dios. ¿Dónde se rebela Dios ahora? En la respuesta a esta pregunta se manifiesta la originalidad de la filosofía de Weil y Chul Han. 

Dios no se revela a través de los atributos de la vieja teodicea: omnipotencia, omnisciencia, omniprensecia, providencia e incluso violencia. Todo lo contrario: esos atributos constituyen el falseamiento de la revelación divina. ¿Dónde se revela, entonces? Responde Chul Han: 

- en el vacío y la desnudez, siguiendo a los místicos, especialmente a Maister Eckhart y San Juan de la Cruz; 

- en la belleza que la filósofa francesa, citando a Platón, considera una experiencia de Dios y a Dios como “la experiencia pura” y Kant entiende como un sentimiento de sí;

- en la contemplación estética tanto de la naturaleza como de una estatua griega, que “constituye por sí sola una prueba de Dios”; 

-en el dolor, que es la matrona de lo nuevo; 

- en la negatividad como camino de ascenso a Dios;

- en la atención sin distracción;

en la atención profunda, que Simone Weil llama “la palanca del alma”, en la que tiene su origen toda capacidad creadora del ser humano; 

- en el silencio de Dios, que es más poderoso que cualquier palabra. 

Simone Weil
Simone Weil

La revelación de Dios en el silencio me recuerda la siguiente escena del Primer libro de los Reyes de la Biblia judía. Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Allí entró en una cueva, donde pasó la noche. “Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé”, le dijo a Yahvé. “Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas, pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva”, Y en la brisa suave sí se encontraba Yahvé (Primer libro de los Reyes, 19, 8-13).  

Tras citar este texto, Chul Han reconoce que nadie como Nietzsche ha descrito el silencio divino de una manera más precisa y hermosa.   

Frente al ruidoso mercado en el que se ha convertido el mundo y a la forma de mercancía en la que se ha convertido la vida, Simone Weil sentencia: “No hay dicha comparable al silencio interior”. “Ni siquiera el latido de nuestro corazón rompe el silencio divino”, comenta Chul Han.

¿Libro apologético? No. Estamos ante una excelente lección de filosofía de la religión de dos de los pensadores más creativos e influyentes de nuestro tiempo. 

El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han
El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han | EFE

Hay con todo, una objeción que planteo a Chul Han: en su “pensar con Simone Weil” no logra articular adecuadamente la mística y el silencio de Dios en Weil con su compromiso político y social con los desheredados de la tierra y su compasión con las víctimas trabajando en una fábrica donde entró en contacto con la infelicidad de la clase trabajadora, experimentó el infortunio ajeno y vivió en su propia carne sus sufrimientos. "Cuando entré en la fábrica –afirma en A la espera de Dios–, la desgracia de los demás penetró en mi carne y en mi alma". Esta experiencia dejó una marca que duró toda su vida hasta mantener una identificación con la clase trabajadora oprimida y con la humanidad sufriente. 

Creo que Simone Weil y Byung Chul Han darían por buena la definición de Dios de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”.

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