Tiempos de espiritualidades
Hacia una espiritualidad ecofeminista
Tiempos de espiritualidades
Agradezco la generosa acogida por parte de Religión Digital de mi artículo sobre ¿Hay lugar para la espiritualidad en tiempos de la Inteligencia artificial y de la tecnocracia?, publicado el 12 de julio, y a las lectoras y los lectores los comentarios que me han hecho llegar. Todos ellos han enriquecido el texto y me permitido caer en la cuenta de la necesidad de seguir reflexionando y profundizando sobre el secuestro al que está siendo sometida la espiritualidad por los diferentes sistemas de dominación, incluido el religioso y, más en concreto, el sistema eclesiástico jerárquico-piramidal y clerical, que ha sofocado la espiritualidad jesuánica en aras del mantenimiento del poder patriarcal.
Han sido la teología de la liberación y la teología feminista las que me han llevado derechamente al redescubrimiento de la espiritualidad y a la nueva orientación liberadora y feminista de la misma.
El artículo terminaba con la pregunta ¿Qué espiritualidad para el siglo XXI?, anunciando la respuesta en un nuevo artículo que es el que ahora voy a desarrollar. Me centraré en una de las dimensiones a mi juicio más importantes, creativas y más necesarias de la espiritualidad: la feminista. Se trata de una dimensión necesaria a abordar y cultivar precisamente en un momento en el que avanzan, tanto en la sociedad como en las religiones, las prácticas patriarcales y las tendencias antifeministas, que son el resultado de la alianza entre el neoliberalismo y el patriarcado, como certeramente han demostrado Ana de Miguel en Neoliberalismo sexual (Cátedra) e Irene Otero Pérez en Postfeminismo: alianza entre neoliberalismo y patriarcado (de próxima publicación).
La perspectiva de género debe jugar un papel fundamental en el nuevo paradigma de inter-espiritualidad que desarrollo en mi libro Hacia una espiritualidad liberadora (Herder, Barcelona, 20204). El resultado es una espiritualidad feminista, que empieza por cuestionar las formas clásicas –mayoritariamente masculinas y autoritarias- de representación de lo Divino y las concepciones morales del eterno femenino y del culto a la dama blanca, que “son una proyección de la élite de los hombres y clérigos cultos occidentales”, como afirma Elisabeth Schüssler Fiorenza.
Tales concepciones exigían -y todavía exigen en no pocos espacios religiosos- a las mujeres una vida espiritual de renuncia, resignación, sometimiento al varón, silencio, evasión, recato, invisibilidad, enemistad con la vida, desprecio del propio cuerpo y negación del placer.
En la nueva espiritualidad las mujeres se redescubren como sujetos, viven la experiencia religiosa desde su propia subjetividad y no aceptan mediaciones clerico-patriarcales o jerárquico-institucionales que, en el fondo, pretenden negar o, al menos, controlar su subjetividad. No se reconocen en las tradicionales divisiones entre sagrado y profano, espiritual y material, natural y sobrenatural, cuerpo y alma, trascendencia e inmanencia, etc.
El lugar de la nueva espiritualidad es el mundo sin fronteras, la naturaleza toda donde se deja sentir el misterio, la vida como don y tarea, la realidad sin compartimentos estancos y, en feliz expresión de Elisabeth Schüssler Fiorenza, “las plazas públicas de la aldea global”, donde son enviadas “las creadas de la Divina Sabiduría”.
Su espacio son todos aquellos lugares en los que se desarrolla la existencia humana: la profesión, la actividad política, la comunicación, la vía pública, el ágora, la vida cotidiana, etc. Eso no significa que se proponga neo-sacralizar el mundo. Todo lo contrario: respeta su plena autonomía y le reconoce como el verdadero escenario donde se juega el destino humano. Su presencia en el mundo se orienta a transmitir el dinamismo liberador de la E(e)spíritu.
No es una espiritualidad intimista y privatizante, sino sapiencial, política y activa, que levanta la voz y lucha en favor de las personas indefensas y de la naturaleza expoliada. En ese sentido es rebelde e inconformista con el sistema excluyente, todopoderoso y opresor. Se caracteriza por una profunda inspiración ético-práxica. Se guía por los imperativos de la fraternidad-sororidad, la justicia-liberación y el respeto a la dialéctica igualdad-diferencia. Una espiritualidad sin ética es vacía; una ética sin espiritualidad es ciega.
La nueva espiritualidad se expresa a través del lenguaje de los símbolos, del cuerpo, de los sentimientos, de las pasiones, de la experiencia, sin por ello eliminar la razón, pero sin que esta domine sobre otras dimensiones del ser humano. Parte de la vida en toda su riqueza y complejidad, con sus contradicciones y problemas, sus aspiraciones y frustraciones, sus alegrías y tristezas, sus avances y retrocesos, sus búsquedas y sus fracasos.
Es una espiritualidad ecológica, que no utiliza la naturaleza como objeto de dominio, sino, haciendo mía la idea de Raimon Panikkar, como espacio de encuentro: una espiritualidad interreligiosa donde convergen las experiencias místicas y contemplativas más auténticas, no mediadas por los intereses de poder de cada religión, sino animadas por el encuentro humano-divino no venal, sino pleno de gratuidad.
La nueva espiritualidad feminista, ética y sapiencial, ecológica e interreligiosa, va a las fuentes de la experiencia religiosa y de la experiencia humana, constituye el mejor correctivo a la cada vez más extendida mercantilización de la religión por parte del sistema, a su manipulación por parte del Imperio, a su uniformización por parte de los fundamentalismos, a su espiritualización por parte de los funcionarios de lo sagrado, a su patriarcalización por parte de las masculinidades sagradas.
La espiritualidad ecofeminista incluye en su horizonte la naturaleza. Tras siglos de desencuentro entre Gaia y Dios, Rosemary Radford Ruether muestra que Gaia, la diosa griega de la Tierra, símbolo del planeta concebido como un ser vivo, no es antagónica de la deidad monoteísta de las tradiciones bíblicas. Para ello hace un análisis dialéctico de las fuentes históricas y religiosas de la cultura occidental donde encuentra tanto las ideas y las prácticas del dominio del varón y de Dios sobre la Tierra como elementos importantes para una nueva actitud eco-fraterno-sororal ante la vida, la naturaleza, Dios y los seres humanos.
El propósito del ecofeminismo es recuperar la Tierra, el restablecimiento de una relación sana y armónica entre hombres y mujeres, los seres humanos y la Tierra, la eliminación de las clases sociales y de las fronteras entre las naciones. Esta recuperación solo será posible si reconocemos y modificamos la manera en la que la cultura occidental, apoyada en parte en el cristianismo, ha justificado la dominación de la naturaleza por los seres humanos, especialmente por quienes detentan coaligadamente el poder político, económico y cultural. Ello requiere “transformar nuestras mentes y la forma en que establecemos las relaciones entre el hombre y la mujer, los humanos y la Tierra y Dios y la Tierra”, afirma Radford Ruether.
Es necesario escuchar las dos voces: a) la de Dios para proteger a las personas y los colectivos más vulnerables: clases sociales explotadas y naciones oprimidas, y limitar el poder de los fuertes; b) la de Gaia, que habla desde el corazón íntimo de la materia y no se traduce en leyes o en puro conocimiento intelectual, sino en el cuidado de la Tierra.
Con-spirando. Revista Latinoamericana de Ecofeminismo, Espiritualidad y Teología, fundada en Chile en 1992, propone una espiritualidad ecofeminista holística cuyos análisis se centran en los antecedentes de las situaciones culturales y sociales que han propiciado no solo relaciones destructivas entre hombres y mujeres, entre dirigentes y grupos humanos oprimidos, sino también la destrucción de la comunidad biótica, de la que los seres humanos somos parte interdependiente.
En América Latina, la espiritualidad ecofeminista holística se nutre de la cosmología antigua de las culturas de los pueblos originarios de donde surgen las prácticas de sanación y formas sapienciales y espirituales ajenas a las religiones monoteístas de carácter patriarcal. Esta cosmología se basaba en la dualidad de los opuestos complementarios. Los aspectos religiosos y sociales estaban estrechamente entretejidos: la religión, la filosofía, las artes, la agricultura, etc.
La espiritualidad ecofeminista holística critica el sistema patriarcal jerarquizado y excluyente sin el cual el capitalismo no podría existir, cuestiona la antropología y la cosmología que consideran a los seres humanos dueños y señores de la creación, y deconstruye la imagen de Dios-Creador que habría dado al varón la orden de dominar la Tierra y que estaría legitimando el derecho a abusar de ella en su propio beneficio apelando a una orden divina. Reclama, a su vez, un cambio en la imagen del ser humano y de Dios en el Cosmos.
Junto a una espiritualidad ecofeminista creo necesario elaborar un diálogo entre espiritualidades. Hay que hablar de espiritualidades en plural como un fenómeno real a constatar, un derecho a reconocer, un valor a promover y una riqueza a cultivar. Esto contrasta con la tendencia a uniformar y jerarquizar las espiritualidades desde planteamientos hegemónicos, en el caso de Occidente, desde la hegemonía de la espiritualidad cristiana.
Tal tendencia uniformadora y jerarquizada lleva a juzgar a las otras espiritualidades desde criterios cristianos, minusvalorarlas e incluso anatematizarlas. Peor aún, conduce a la “guerra de espiritualidades”, que con frecuencia sirve de fundamento a las guerras de religiones y al choque de civilizaciones, tan frecuentes en la historia de la humanidad hasta nuestros días.
Es necesario desactivar el falso fundamento de la “guerra de espiritualidades”, todavía hoy vigente en determinados entornos geopolíticos, culturales y religiosos, y poner las bases para pasar de la espiritualidad única al pluriverso espiritual, de la actitud anti a la inter-espiritualidad, del anatema al diálogo y del enfrentamiento al encuentro. El resultado es un nuevo paradigma de espiritualidad en un mundo global caracterizado por la pluriversidad.
Y todo ello no desde la neutralidad política, sino en el horizonte de la liberación de las personas más vulnerables, de las clases sociales explotadas, de las mujeres sometidas a múltiples discriminaciones por razones de género, etnia, cultural, religión, clase social, hasta el feminicidio, de los pueblos originarios, de las comunidades negras, de la naturaleza depredada por mor del modelo de desarrollo científico técnico androcéntrico de la Modernidad, de las culturas, sabidurías y espiritualidades despreciadas y negadas hasta llegar al epistemicidio, y de las identidades afectivo-sexuales no reconocidas.
Mi propuesta de espiritualidades en diálogo constituye una respuesta argumentada y una alternativa a los fundamentalismos y exclusivismos que pretenden imponer la uniformidad en todos los ámbitos de la existencia humana. Con esta propuesta dese contribuir modestamente al nacimiento de un tiempo nuevo: el “tiempo de inter-espiritualidades”.
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