"Esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto" "La pandemia está siendo un ejemplo de esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto"

Vida
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"Todos deseamos un cuerpo sano. Incluso cuando hablamos de "mente sana"... La salud biológica es lo que realmente nos importa y nos preocupa. La deseamos y la adoramos"

"La pandemia del covid-19 está siendo un ejemplo de esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto y fundamento de nuestra vida. Para conseguirla estamos dispuestos a todo"

"El deseo de mantener la salud sin dejar de ser ricos, nos ha llevado a una especie de esquizofrenia colectiva: ahora todo cerrado para salvar la vida; ahora todo abierto para salvar la economía…"

"Sin miedo a la muerte, a la enfermedad, a la finitud… dejaríamos fluir todas las oportunidades de la vida"

"Aceptar la fragilidad, al modo de Jesús, nos conduce a vivir conforme a lo que somos, sin la angustia que nos produce el miedo a perder lo que tenemos, ni la ansiedad de vivir pendientes de nuestras propias conquistas y privilegios"

Todos deseamos un cuerpo sano. Incluso cuando hablamos de “mente sana” entendemos por ésta un cerebro sin lesiones, o una mente sin perturbaciones. La salud biológica es lo que realmente nos importa y nos preocupa. La deseamos y la adoramos. Si la tenemos nos aferramos a ella como si fuera absoluta y definitiva. Solo ella es garantía de verdadera felicidad. Por el contrario, si se tambalea y la perdemos lo consideramos un fracaso, una desgracia. Nos aterra imaginar la infelicidad y la de quienes la tendrán que “soportarla” con nosotros.

La pandemia del covid-19 está siendo un ejemplo de esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto y fundamento de nuestra vida. Para conseguirla estamos dispuestos a todo: nos confinamos, nos distanciamos, nos desafectamos de los seres queridos, les dejamos morir solos, nos vacunamos… esos sí, primero los ricos.

Sanos y privilegiados

Ocurre con la salud como con el dinero. Ambos van de la mano cuando de bienestar y felicidad se trata. Tampoco la pandemia ha conseguido desplazar la economía del interés de todos. Por conseguir “estabilidad económica” (comprar y tirar) también estamos dispuestos a todo: violentar a los demás o amenazar la vida misma con un consumo tan irracional como irresponsable. Consumimos sanidad sin límites.

No podemos imaginar los millones de toneladas de basura que al final de esta pandemia, entre guantes, mascarillas y EPIS, tendremos que extraer de los mares y quitárnoslas de encima derivándolos a alguno de esos gigantescos vertederos instalados en el Tercer Mundo, lejos de nosotros, como ya está ocurriendo con millones de toneladas de basura tecnológica. Quizá sea pronto para calibrar las consecuencias pero ya existen voces que alertan: "Con una vida útil de 450 años, estos equipos son una verdadera bomba de tiempo ecológica”. (Eric Pauget).

Una vez más los privilegiados intentamos salvarnos solos, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, haciendo caso omiso a las voces expertas que alertan de los peligros que encierra la distribución desigual de vacunas entre países ricos y pobres. Esta estrategia no cierra la puerta a la propagación del virus sino que le pondrá fácil seguir mutando, lo que, antes o después, volverá a constituir un grave peligro de salud pública, a nivel global. Además, pone de manifiesto la inhumanidad del sistema socio-económico-sanitario y las desigualdades que genera, sin importarle a nadie. Esta es la normalidad anterior a la pandemia y a la que vamos a volver, sin desobediencia civil, sin reproches, ni nada que aprender.

Próxima a nosotros ha surgido la polémica de numerosos casos de vacunaciones irregulares en los diversos ámbitos de la sociedad. Personalmente me inquietan los casos referidos a algunos obispos: al pillaje y a los privilegios para conseguir la salud ya estábamos acostumbrados, son una más de las manifestaciones de la búsqueda irracional de la propia salud (a costa de lo que sea y al precio que sea). Lo de estos jerarcas religiosos es bastante más triste. Comprendo perfectamente que muchos ciudadanos se hayan escandalizado, también numerosos creyentes: si es su salud corporal la que tanto les preocupa y desean conservar, antes deberían despojarse del “pectoral” que les identifica con la cruz de Cristo.

No es este un tema baladí, ni se trata de una anécdota. Cuando leemos en el Nuevo Testamento: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz (Filipenses 2, 6-11); no podemos menos que desear profundamente que lleguen tiempos nuevos donde los creyentes y sus representantes se distingan de los demás solo y exclusivamente por el servicio y la gratuidad. Las vacunaciones irregulares de algunos clérigos son sencillamente una oportunidad perdida que entristece a quienes, en el pueblo de Dios, deseamos, necesitamos y esperamos otra cosa.

El deseo de mantener la salud sin dejar de ser ricos, nos ha llevado a una especie de esquizofrenia colectiva: ahora todo cerrado para salvar la vida; ahora todo abierto para salvar la economía… Occidente ha decidido convivir con el virus para salvar la economía. Un plan perfecto. Si no viéramos crecer cada día las colas del paro y del hambre en nuestras ciudades y nuestros barrios; y si en la lista de muertos no empezasen a figurar algunos de nuestros seres amados de verdad. No podemos obviar que, entre los efectos de la pandemia para la salud aparezca la ansiedad, en niveles alarmantes. Ansiedad acentuada precisamente por el miedo a la muerte, a las dificultades laborales y económicas que conllevan las restricciones de movilidad y de reunión.

Nacer de nuevo

Esta breve expresión que se atribuye a Jesús en su diálogo con Nicodemo (un importante fariseo miembro del Sanedrín), podría ser una estupenda síntesis para la espiritualidad cristana. Una regla de vida que podemos recuperar para salir de esta y de otras pandemias con un poco de esperanza: nacer de nuevo tiene mucho que ver con ir dejando atrás el homo sapiens (fruto de la evolución biológica) y avanzar hacia la plenitud (felicidad, salvación, liberación), deseando más la salud integral y espiritual de la humanidad. Regla de vida que necesariamente ha de incluir el deseo de buscar y hallar la salvación juntos. “Necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta” (FT 137).

Qué distinto podría ser todo si en lugar de buscar la seguridad y la felicidad “aferrándonos” a la salud biológica y al dinero nos dispusiésemos interior y exteriormente a aceptar la existencia en su vulnerabilidad y caminar hacia una convivencia sin desigualdades. La falta de oportunidades a las que se ven sometidos millones de seres humanos, pueblos y continentes es un auténtico despropósito que, tarde o temprano, pondrá en peligro todos y cada uno de los proyectos -particulares y privados- en los que solo unos pocos nos sentimos a salvo. La verdadera felicidad tiene que ver más con la generosidad y la gratitud, que con la salud corporal, la ambición y el consumo.

Los creyentes tenemos en Jesús una referencia inigualable: cada día de su existencia en esta tierra lo dedicó a sanar las dolencias de sus contemporáneos más próximos y su proyecto personal tenía como finalidad liberar a su pueblo de la opresión, aunque le fuera la vida en ello. Mantuvo su integridad más profunda liberándose de todo, sin aferrarse a nada, ni a su integridad física ni a su obra. Finalmente dejó en manos de unos pocos discípulos (a los que todavía quedaba un largo camino para entender y aceptar la cruz), toda su obra, su espíritu y su persona.

"Quien se empeñe en salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mí causa la conservará". Mateo 16, 24-25

Esta otra afirmación de Jesús solo puede entenderse y poner en práctica perdiendo el miedo a la enfermedad y la muerte. Tienen razón los que afirman que el miedo a la muerte es la esclavitud más difícil de romper. Sin miedo a la muerte, a la enfermedad, a la finitud… dejaríamos fluir todas las oportunidades de la vida. Confundiendo nuestros egos y apegos –siempre pasajeros-, consumiremos y perderemos nuestros días buscando cada cual la salvación, al margen del bien común y de la fraternidad.

Aceptar la vulnerabilidad, en su extremo más radical (la muerte biológica, propia y ajena), es uno de los grandes desafíos para cada persona en particular y para la humanidad en su conjunto. Ni Dios mismo puede hacer que dejemos de seguir siendo criaturas vulnerables, ni puede tampoco hacer que desaparezcan nuestros límites biológicos. Pretender ganar la vida por ese camino es un disatino monumental.

Aceptar la fragilidad, sin miedos ni falsas seguridades nos ofrece la oportunidad de acoger cada segundo de nuestros días, como un regalo y nos brinda la oportunidad de relacionarnos con las cosas con libertad y gratuidad, sabiendo que ninguna de estas “cosas” (incluido nuestro cuerpo, las personas y la naturaleza misma) nos pertenecen absolutamente y que todas ellas dejaran de ser, como dejaremos nosotros mismos de existir, aquí y ahora, antes o después.

Al fin y al cabo, como afirma Mario Benedetti, “la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”. Crecer, madurar, proyectar y ejercer como seres ¡vivos!, dejando huella con nuestro ser personal solo es posible si al mismo tiempo nos vamos capacitando para pasar el relevo y dejarnos caer en tierra fértil como el grano de trigo (Juan 12, 20-33) que dará paso a una nueva y rejuvenecida cosecha. Perder de vista este horizonte es olvidar lo que realmente somos.

La alternativa cristiana es todo un espectáculo de sabiduría y de humanidad que seduce por su sencillez y su potencialidad. Por eso cuesta tanto de entender y vivir a quienes tenemos como fundamento de nuestra existencia la apariencia física y el precio de las cosas. Aceptar la fragilidad, al modo de Jesús, nos conduce a vivir conforme a lo que somos, sin la angustia que nos produce el miedo a perder lo que tenemos, ni la ansiedad de vivir pendientes de nuestras propias conquistas y privilegios.

Este modo espiritual de relacionarnos con la realidad, será un camino seguro para crear y gestionar los bienes comunes (los que no pertenecen a nadie porque nos pertenecen a todos): la tierra, el pan, el techo y el trabajo. La espiritualidad cristiana abre la puerta a la esperanza de una Fraternidad Universal porque apuesta por la libertad y orienta nuestros deseos y afectos, no hacia lo particular y pasajero sino hacia lo esencial, es decir: lo que nos une profundamente como seres humanos que habitan en la misma casa común. Apostemos por ello.

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