Abusar del simbolo no ayuda a conocer su significado
Juego de cruces
Abusar del simbolo no ayuda a conocer su significado
La Cruz, ha sido protagonista de numerosos actos durante el viaje de León XIV a nuestro país. Unas de enormes dimensiones y relevancia y otras bastante más sencillas. Aunque la Cruz de Cristo es una sola y su sentido universal gira en torno al amor de Dios a la humanidad en Cristo, pareciera que cualquiera quisiera tener la suya.
Al finalizar el año santo de la Redención (22 abril 1984) el Papa Juan Pablo II tuvo una interesante idea: entregar a los jóvenes la gran cruz que presidía la ceremonia en la basílica de San Pedro. Desde entonces, hace ya más de 40 años, esta misma cruz se ha convertido en el símbolo de la Jornada Mundial de la Juventud y recorre el mundo acompañando a los jóvenes. Quizá sin pretenderlo con esta decisión el Papa estaba evitando gastos, rivalidades y contradicciones: una sola cruz para todos, y siempre, sencilla, solidaria y caminando. Todo lo contrario de lo que ha ocurrido con el Juego de Cruces llevado a cabo durante el viaje de León XIV a nuestro país. Construirla como mero objeto ornamental y con escasa austeridad no parece lo más adecuado para convertirla en referencia fundamental de la fe y la vida de los creyentes.
UNA GRAN CRUZ EN LA PLAZA DE LIMA
La gran cruz instalada en la Plaza de Lima frente al Estadio Bernabeu, presidió la vigilia celebrada el 6 de junio en el paseo de la Castellana. Oración, música y testimonios frente al Papa fueron el menú de un espectáculo juvenil sin precedentes, con más de medio millón de espectadores, jóvenes en su mayoría.
El Papa en su sitio y a su estilo se dirigió a los jóvenes y les dijo: “habéis de ser luz y sal para el mundo”. Les recordó que tienen la capacidad de transformar la sociedad desde el amor y el servicio a los demás: “Podéis cambiar la historia, hacedlo con el amor”.
Los jóvenes españoles se enfrentan a empleos inestables (la tasa de paro juvenil es en España de las más altas de Europa), salarios mínimos, el negocio y los precios de la vivienda sin freno, lo que hace casi imposible su autonomía para iniciar relaciones estables, formar una familia y desarrollar su propio proyecto de vida personal y espiritual. Pero la vigilia iba de otra cosa: oración, ser santos, ver rezar al Papa, representar a todos los jóvenes españoles… son algunas de las valoraciones del acto más sobresalientes. La vida aparcada, la conciencia crítica y la denuncia profética a penas se dejaron ver.
Lo cierto es que, pasada la euforia, si algunos lo intentan lo van a tener muy difícil: antes habrán de hacer suyo el mundo el real, hacer cola en el paro o emigrar en busca de un empleo digno y un salario justo, quedarse en casa sin paga para el fin de semana y dejar de soñar con el iPhone de última generación. Rezar está muy bien por supuesto, juntos y con música mejor, pero la vida es otra cosa y la fe también: tendrán que aprender a lloran con los que lloran por la guerra y por las desigualdades (dentro y fuera de nuestro país). Alzar la mirada para descubrir al crucificado que llora: Jesús, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz!… te sitiarán y te acosarán por todas partes. Y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra. Jesús lloraba aquí por su pueblo y por todas las guerras. (Lucas 19, 41-14)
Una cruz presidía el acto. Espléndida, en silencio, esperando ser instalada definitivamente en la plaza, por decisión del político de turno (hasta que llegue otro, de signo contrario, que decida desinstalarla porque la plaza es de todos, de todas las religiones y también de los que no creen). Sin olvidar que la guerra de los crucifijos anda todavía con los últimos coletazos, alguno de ellos en la misma diócesis de Madrid. Y sin olvidar, tampoco, que este país camina, como ha de ser, hacia una laicidad respetada y respetuosa con todas las creencias religiosas. Sencilla y llanamente, la gran cruz de la Plaza de Lima (25 metros de altura, 13 de brazada, setenta toneladas…) tenía poco que ver con la cruz del joven campesino de Nazaret, al que crucificaron no por rezar mucho y aplaudir al sumo sacerdote, sino por vivir entre los pobres y dar la cara por ellos, hasta que le arrebataron la vida para silenciar su mensaje.
OTRA CRUZ EN LA TORRE MÁS ALTA
“La cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona” son palabras del Papa a los pies de la Torre de Jesucristo donde fue entronizada ante miles de jóvenes reunidos en Barcelona, esta otra cruz.Ante ella, generaciones enteras volvieron su mirada a Cristo, encontrando en su amor la fuerza para seguir adelante… son palabras de los promotores del acto. La buena voluntad se supone, pero generalmente no es suficiente: ¿tiene esta cruz algo que ver con la Cruz de Jesús, el Cristo?
De acero inoxidable, vidrio y cerámica blanca; tridimensional de 29 metros… Está llamada a ser el punto más alto y el icono de la Catedral de Gaudí y de la Ciudad Condal. De los 374 millones que se estima costará la obra de la Sagrada Familia, casi 150 se los llevará la Torre de Jesucristo y de ellos quien sabe lo que costará la grandiosa cruz.
El título de “arquitecto de Dios” aplicado a Gaudí, el nombre de la “Torre de Jesucristo” y finalmente la cruz tridimensional, por muy sagrados y rimbombantes que puedan sonar, desde el punto de vista del evangelio y de las prioridades que deberían tener los presupuestos, públicos y privados, nada parece tener coherencia ni coincidencia alguna con el madero en el que crucificaron a Jesús. No me cabe duda alguna de que ni la basílica, ni la torre, ni la cruz, serían una de las moradas de Dios donde su Hijo se acercaría a reclinar su cabeza (Mateo 8,20), alguno de los días de mayor agotamiento en su caminar incansable por las aldeas periféricas de Jerusalén.
Dos visitas papales suma ya la Sagrada Familia de Gaudí de Barcelona; y supongo que no se descarta una tercera para cuando finalicen definitivamente las obras de la Catedral del siglo XXI. Son tantos los países, especialmente en el tercer mundo que ni lo han visto ni lo verán jamás que habría que plantearse si esas son las prioridades que la Iglesia postconciliar y sinodal ha de tener a la hora de salir del Vaticano y visitar “apostólicamente” (es decir al modo de los apóstoles de Jesús) para llevar el Evangelio a todos los pueblos de la tierra y a las periferias existenciales de la humanidad. Si de alabar fue el singular respeto que manifestó el Papa con la realidad nacional de Catalunya (utilizó con frecuencia el catalán, visitó la emblemática Montserrat y el barrio del Raval…) conviene tener en cuenta que eso mismo lo sienten y lo desean todos los pueblos, que Dios ¡habla todas las lenguas! y que no hace distinciones.
La Sagrada Familia es un espacio más propio de cualquier turista interesado en la arquitectura, el arte y lo espectacular, que de cualquier creyente cristiano. Un día visité la Sagrada Familia, no pude superar mi curiosidad. Encontré en el grandioso templo un pequeño rincón con un cartel que decía “solo para rezar”: entré, permanecí unos segundos, me di media vuelta y salí con la consiguiente reprimenda del guardián. Me escusé y le dije: venía a rezar, pero aquí no pude; no veo a Dios por ninguna parte. Me miró, se silenció y continue mi visita admirando la obra de Gaudí. Eso es efectivamente innegable: única, maravillosa y magnifica. Al arquitecto modernista le admiré siempre, más desde que conocí la enfermedad crónica infantil que le mantuvo aislado, como persona con discapacidad en la casa de campo de su familia. La discapacidad le llevó a penetrar en la naturaleza y hacer de esta su inspiración más singular.
De nuevo un contraste, tan real como imposible de equilibrar: el Papa se traslada desde la cumbre de la ostentación y la vanagloria a la precariedad y el sufrimiento de la marginalidad (esa otra arquitectura bastante más acorde con el evangelio), a la Iglesia de san Agustín en el céntrico barrio del Raval de Barcelona. Allí lo dijo, y efectivamente era verdad: "Aquí me siento en casa" y no solo porque la parroquia está bajo el patrocinio de san Agustín su referente vocacional y bastión espiritual; sino porque no existe mejor hábitat para un cristiano que vivir entre “las gentes con rentas bajas y la población más vulnerable”.
Atrás quedó la Cruz, la Torre y el Templo, de nuevo a los caminos de Galilea y Cafarnaúm, los que recorren cada día los voluntarios de Cáritas para paliar las consecuencias de la trata de personas, y las gentes (Fundación Amaranta) que cada día a la luchan contra las adicciones. Allí recobró sentido la finalidad apostólica de este viaje, allí sus tímidos aplausos suenan a agradecimiento y esperanza. "Es una alegría encontrarme esta tarde con todos vosotros que, de diferentes maneras, estáis concretamente vinculados a la asistencia, acompañamiento y promoción de quienes más lo necesitan, sobre todo en los tiempos que estamos viviendo, en los que parece haberse perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano". Bueno será que no lo olvidemos y que las “cruces” literalmente no contradigan estas palabras.
LA CRUZ EN EL MUELLE DE ARGUINEGUIN
Quizá sea esta la única cruz del trio de cruces que recogemos en este artículo la única directamente relacionada con la Cruz de Jesús.
Francisco se quedó a las puertas de visitar esta tierra, la enfermedad se lo llevó antes. León XIV ha tenido de gracia de hacerlo y ser el primer Papa en hacerlo. Allí lanzó al agua una corona de flores, en memoria de los fallecidos y pronunció su discurso. Sin duda escuchado con mayor atención que sus oyentes en el Congreso, con menos aplausos y entre lágrimas: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera», dijo aquí entre muchas otras cosas en defensa de los migrantes.
Una cruz sin adornos, junto al mar donde miles de migrantes pobres y maltratados pierden la vida, casi a diario. Así, como la describía el famoso fragmento de León Felipe:
Hazme una cruz sencilla, carpintero,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos.
Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.
Sencilla, sencilla…,
hazme una cruz sencilla, carpintero.
La Cruz, construida con restos de madera de algún cayuco o patera, quedará instalada de forma permanente en el muelle de Arguineguín (Gran Canaria) en memoria de las víctimas que nuestro sistema de economía global, “crucifica”, hiriendo profundamente sus almas y arrancándoles la vida en su huida del hambre y de la violencia, en busca de una vida mejor. Los datos señalan que, en cuanto a los fallecidos en el mar, la ruta Canaria es “la más peligrosa del mundo” (según la Organización Internacional de las Migraciones 1.172 migrantes murieron en ella en 2025 y hasta junio del 2026 serían 115 entre muertos y desaparecidos).
Los dos tablones de patera que conforman esta cruz, se asemejan mucho a los posibles tablones que cargaría Cristo en su “viacrucis” hacia el calvario. La historia insiste: poderosos magnates y sus instituciones oprimen a los pueblos, se enriquecen con sus expolios, financian a los iscariotes de turno, provocan conflictos, hambre y miseria, violencia y destrucción… y mueren miles de inocentes, y se asesina a los profetas; los que pueden migran buscando paz y vida digna.
Esta cruz en el puerto de Arguineguín, ni siquiera necesitaba la bendición Papal, estaba sobradamente bendecida por la vida de los supervivientes; por los miles de hacinados en la isla sin libertad ni papeles; y por el mismo Dios crucificado en ellos. Miles las cruces que podrían construirse con los tablones de las pateras que alcanzan las costas canarias.
Esta cruz apunta hacia la esperanza: la indignidad y la inhumanidad sin límites que ponen de manifiesto las políticas migratorias del Europa y el mundo entero (que algunos pretenden “endurecer”) quedará en evidencia en cada mirada que se dirija a ella buscando justicia y solidaridad.
La cruz, que permanecerá en el muelle tras la visita de León XVI, será el símbolo de una llamada permanente a evitar tanta muerte en el Mediterráneo y responder al drama de los migrantes en nuestro país con políticas sociales solidarias y más humanitarias.
Bien nos vendría a los cristianos identificarnos, en cada oportunidad con los crucificados y avanzar en la transformación evangélica de la Iglesia, en cada acontecimiento y en cada oportunidad que nos brinde la realidad. La utilización de la cruz es una de ellas. Bien nos vendría, también, quitarnos de encima cualquier cruz/joya con finalidad ornamental y sustituirla por otras más sencillas. El valor (económico) de los símbolos es muy importante para no despojarlo de su verdadero simbolismo. Pongamos como ejemplo el “pectoral” del obispo Pedro Casaldáliga, una sencilla cruz de madera que simbolizaba su vida pobre, humilde y cercana a los campesinos e indígenas de la Amazonía.
Sin desmerecer a quienes trabajaron con cariño y honestamente por el éxito del viaje de León XIV a España; sin desilusionar a los jóvenes que se han podido emocionar por tener cerca al Papa, el significado histórico y espiritual de la cruz y su utilización en actos públicos, merece una valoración pastoral profunda acorde con el Evangelio y la aconfesionalidad del Estado y la sinodalidad de la Iglesia.
Finalizando esta reflexión acaban de suceder nuevos episodios migratorios, en Ceuta y Melilla, alzar la mirada hacia la cruz nos recordará, una vez más, que el joven campesino de Nazaret hijo de migrantes perseguidos y amenazados de muerte, un día espetó con amargura: es a los que, con “corazón de piedra” desprecian la vida de los pobres y desarrollan políticas vergonzantes, a quienes habría que arrojar al mar: “cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor sería que se les colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se hundiesen en lo profundo del mar. (Mateo 18,6). Estos jóvenes migrantes necesitan justicia, derechos y compasión, las demás prioridades seran profundamente inhumanas.
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