León XIV viaja abrazado a la fragilidad

Enrique Garriguez con León XIV en el Vaticano
Enrique Garriguez con León XIV en el Vaticano | Picasa

León XIV viaja, abrazado a la Fragilidad

“Recientemente he experimentado en primera persona

las limitaciones que impone la enfermedad y he recibido cuidados

por los que estoy profundamente agradecido” (León XIV)

Con estas palabras se ha presentado el Papa en su primer viaje después de ser afectado por un cáncer. Pronunciadas en su primer discurso en la Plaza de la Independencia en Montevideo (6 noviembre 2026). En ellas reconoce su fragilidad y su dependencia del cuidado de los demás, que agradece.

En varias ocasiones me referí a la enfermedad y la discapacidad del Papa Francisco, para subrayar que, en fragilidad corporal se puede seguir en pie, cada cual allí donde y cuando le alcanza de manera significativa y limitante. Continuar el pontificado, en fragilidad y viajando con la camilla a cuestas (Juan 5, 8), puede ser, no obstante, una nueva oportunidad para toda la comunidad eclesial, animada ahora por un pontífice con mayores posibilidades de interiorización, y por consiguiente de humanidad profunda.

Francisco llegó al pontificado con mayor edad, tocado por la enfermedad finalizó su ministerio sobre una silla de ruedas. León, su sucesor llegó, bastante más joven, con más vitalidad y con aparente mejor salud corporal.La enfermedad no se programa llega donde a quién y cuando llega, el que la recibe se verá obligado a convivir con ella, no hay otra salida, aunque en las sociedades avanzadas le tememos más que en otras latitudes del Planeta. Nuestra prepotencia se resiste y trata de ocultarla, a pesar de la situación de privilegio en la disponibilidad y el consumo de los recursos sanitarios. La enfermedad se ha instalado de nuevo en el Vaticano. La Iglesia cuenta así con un testimonio universal más eficaz para la evangelización de los más vulnerables, de los pobres y los excluidos. Las víctimas del hambre y de las guerras temen más a nuestra ambición y nuestra indiferencia que a la enfermedad y a la misma muerte.

De corazón y fraternamente deseamos para el Papa, que encuentre fuerzas para enfrentarse a su cáncer de pulmón y sus limitaciones. A Dios Padre de todos, le pedimos por y para León: que sepa cobijarse en Él y encuentre la serenidad y la paz interior. Que sepa, en cualquier circunstancia, sacar lo mejor de sí mismo y ponerlo al servicio del reinado de Dios y su justicia, en la Iglesia y en la sociedad.

Hijo de un Doctor en fragilidad.

La conexión espiritual del Papa con san Agustín puede ayudarnos a reflexionar sobre algunas cuestiones que nos sugiere la enfermedad del creyente Prevost en estos tiempos de incertidumbre generalizada y de sinodalidad en la Iglesia: Soy agustino, un hijo de san Agustín así se presentó desde el balcón de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el día que le conocimos como Papa (8 de mayo de 2025), en su primera aparición pública ante el mundo.

San Agustín, pionero de la mística en el occidente cristiano, recorrió su itinerario espiritual, personal y comunitario, abrazado a la fragilidad corporal. Supongo que León conoce bien a su gran patrocinador espiritual. Sabe que fue uno de los grandes enfermos de la historia de la Iglesia. Uno de esos que se hicieron amigos de Dios, precisamente porque no temieron a la enfermedad y aprendieron a trascender sus límites biológicos. Agustín, convivió con ella pacíficamente, se mantuvo en pie y continuó su andadura existencial buscando a Dios hasta que, aunque tarde, le encontró: “¡Tarde te amé! Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti”. (Agustín de Hipona, Las Confesiones). Nada nos impide afirmar que quizá la enfermedad fue una de esas visitas en las que Agustín encontró y afianzó su deseo y su ansia de Paz, en Dios. Indaguemos en su testimonio.

Encontramos esta otra afirmación en su obra filosófico-teológica: “Para encontrarse con Dios hay que buscar en el interior del alma”. No se trata de una afirmación fácil, ni siquiera de una expresión mística más o menos idealizada y convencional. Es, efectivamente, en lo profundo del ser, más allá de toda apariencia externa, donde se vislumbra un pequeño destello de los que aquí, en esta vida contingente, podemos experimentar de Dios. Esta misma expresión la encontramos también en los escritos de otros buscadores de Dios, grandes enfermos, como Agustín de Hipona: Francisco de Asís (s. XII-XIII), Teresa de Ávila (s. XVI), Ignacio de Loyola (s. XVI)… todos ellos coinciden en la experiencia espiritual y mística: coinciden en el punto de partida y en el lenguaje (en lo profundo de uno mismo), coinciden en los efectos de este hallazgo (intensificar la relación con Dios y la transformación de sus vidas)… y coinciden también en que todos ellos son personas tocadas gravemente por la enfermedad grave. Me gusta subrayar esta última coincidencia, entre otras razones porque fácilmente queda marginada de las biografías y comentarios sobre estos testigos de la espiritualidad cristiana, vivida en fragilidad corporal: todos ellos se transformaron profundamente como personas y como creyentes, en alumnos aventajados de la universidad de la enfermedad.

Agustín de Hipona, al que conocemos como uno de los Padres y Doctores de la Iglesia más significativos del cristianismo, vivió episodios muy importantes de vulnerabilidad física. Cabe destacar, entre ellos, una insuficiencia respiratoria (asma crónica o bronquitis grave), acentuada por falta de diagnóstico claro y la carencia de fármacos necesarios. La afección fue tan importante que le obligó a abandonar su prestigiosa cátedra de retórica. En este tiempo experimentó también importantes episodios de debilidad mental y emocional. Situación que él mismo agravaba, después de su conversión, con una forma de religiosidad excesivamente austera, con ayunos y vigilias prolongadas. Sin duda la enfermedad está directamente relacionada con su conversión y con su bautismo.

El Papa León tiene en san Agustín un experto en el encuentro con Dios y un referente humano y espiritual que, habitado por la enfermedad, se transformó en mejor persona y más cristiano. Su debilidad corporal, de salud quebrantada como el mismo dice, influyó en su doctrina y en su espiritualidad. La fragilidad corporal hizo de puente entre Dios (teología) y el hombre (antropología).

Agustín se retiró a una finca en el campo (Casiciaco), a las afueras de Milán. Siete meses de convalecencia física, de introspección, en contacto con la naturaleza… empezó su recorrido espiritual: la meditación de las Escrituras y los salmos, largas conversaciones filosóficas… irán serenando su interior y conduciéndole a profundizar en el sentido de las cosas. Convalecencia, retiro, quietud… impuestas por la enfermedad, dieron paso a un nuevo hombre. Cuando aún no tenía superado el duelo por la pérdida de vitalidad y fuerzas físicas, tuvo que enfrentarse a la muerte de su madre santa Mónica (a. 387) y la de su hijo adolescente Adeodato (a. 388). Envuelto en esa trilogía estremecedora Dios, enfermedad y muerte (que tanto nos cuesta entender y aceptar a los humanos), Agustín se encontró con el que es médico humilde de nuestras almas  y se puso en sus manos. (Christus medicus) es una de las metáforas más repetidas en su teología para explicar que Dios mismo es nuestra Salud y nuestra Salvación.  No hay que hacer demasiado esfuerzo para entrever en muchas de sus afirmaciones que habla de sí mismo y del proceso de su conversión. Cito solo un par de ellas como ejemplo: «Entendamos que Dios es un médico, y que el sufrimiento es una medicina para la salvación, no un castigo para la condenación» (Comentario a los Salmos); «La humildad es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles» (Sermón).

Estoy convencido que el Papa León también podrá salir de este episodio de enfermedad hecho medio doctor. La enfermedad crónica, el cáncer y la discapacidad no son en modo alguno un castigo, son lo que son, una enfermedad, una limitación propia de la contingencia humana; pero al mismo tiempo ofrece la posibilidad de valorar la existencia desde otra mirada. Sin duda la fragilidad corporal será para el Papa León una inoportuna oportunidad para que el ejercicio de su ministerio universal sea más humilde, más humano y humanizador.

¡Bienvenido a nuestra casa!

Hace más de cuarenta años, el Juan Pablo II afirmaba en su Carta Apostólica Salvifici Doloris (1984), que el sufrimiento y la enfermedad generan una estrecha comunión y un vínculo especial entre las personas que la experimentan en su propio cuerpo: “Los hombres que sufren se asemejan entre sí debido a la analogía de la situación, a la prueba del destino o a la necesidad de comprensión y de ayuda, pero sobre todo por la persistente pregunta sobre el sentido de este sufrimiento” (SD 5).

Bienvenido León a nuestra particular existencia en fragilidad, a nuestra mirada de fe sobre la enfermedad. Te acogemos fraternalmente con esa mirada que nos lleva a desvincular la vulnerabilidad humana del pecado y a dejar de considerar nuestra existencia como una desgracia, necesitada de lamentos, compasión y lástima. La enfermedad que vivimos, algunos desde el primer instante de nuestra existencia, nos humaniza y contribuye la construcción de un mundo mejor y más solidario. Esa mirada que quizá tendrás que ir haciendo tuya. En el Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2026 insistías en la necesidad de que no falte nunca en el estilo de vida cristiana la dimensión fraterna, samaritana, incluyente, valiente, comprometida y solidaria con los enfermos… pero echamos en falta la constatación de que también nosotros somos sujetos activos en la acción samaritana de la Iglesia. También las personas con enfermedad y con discapacidad somos “ciudadanos” de nuestros hermanos y de la vida toda. Además, los sanos, los profesionales y las familias que nos cuidan y apoyan están igualmente necesitados de relaciones fraternas y solidarias. Ahí aparece nuestra capacidad humana de entrega y generosidad, capacidad que no solo no desaparece con la enfermedad o con una discapacidad, sino que se fortalece y multiplica. 

Apenas unos meses de la fragilidad, vivida en primera persona, han incorporado a la identidad del Papa y a sus palabras la conciencia de pertenencia a la gran familia de las personas con discapacidad, la sensibilidad hacia sus necesidades más básicas y convertirse en mensajero de sus reivindicaciones más importantes: “Esta experiencia de enfermedad, me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener un diagnóstico oportuno o recibir los tratamientos que necesitan. “Procurar que la atención sanitaria esté al alcance de cada persona, independientemente de sus recursos, es una responsabilidad que interpela a toda sociedad. Quien atraviesa cualquiera de estas situaciones no deja por ello de ser miembro pleno de la sociedad ni pierde nada del valor de su vida”. Quienes llevamos, la vida entera, deseando que la Iglesia se hiciera eco de nuestras reivindicaciones, agradecemos hoy estas palabras que inundan ahora tu corazón y salen de tu boca con autoridad y pasión (Papa león, Montevideo 6 noviembre).

Bienvenido León a nuestro club. Las personas con discapacidad somos uno de los colectivos más vulnerables del mundo de hoy en día. En la Iglesia “estamos en la misma barca, en medio de un mar agitado que puede asustarnos; pero en esta barca a algunos les resulta más difícil navegar, entre ellos a las personas con discapacidades graves”. Esto decía tu predecesor y amigo Francisco (Mensaje con ocasión del Día Internacional de las Personas con Discapacidad, 3 de diciembre de 2020). Poco después él mismo se incorporó a nuestro grupo, la minoría más numerosa del mundo (mil millones de personas, según la OMS, 2017). Ahora te has incorporado tú. ¡Bienvenido. Que Dios bendiga cada paso que des a partir de ahora abrazado a la enfermedad!.

Tendremos tiempo de compartir contigo, este tiempo de implementación del Sínodo de la sinodalidad, nuestras propuestas, las que ya están recogidas en el Documento Final y las que irán surgiendo de nuestra participación en las diversas Asambleas a las que tú mismo nos convocas y que nos conducirán hasta la Asamblea eclesial de junio de 2027.

Para concluir, volvamos a San Agustín que valiéndose de la parábola (analogía) del mar, las tormentas y los barcos para describir la existencia humana en este mundo, habla también de la nave de nuestro cuerpo, maltrecha y averiada. En esa nave seguimos en pie, navegando hacia Aquel que es el puerto seguro donde sanar las heridas propias y ajenas, hasta que nuestro corazón inquieto descanse en Él.

jose maría marin sevilla

sacerdote y teólogo

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