No existen árboles prohibidos
La austeridad y el ayuno que resuenan entre las prácticas cuaresmales, bien podrían dirigir la mirada hacia la desnudez corporal con la se inició la aventura de existir. Una tierra virgen y espléndida, hoy envenenada y violentada por el sistema inhumano neoliberal, bien merece un ayuno planetario y un uso más austero de sus recursos.
No sé qué extraña atracción suscita en mí la narración del Paraíso Perdido (Génesis 2, 7-9; 3,1-7). Ya dediqué uno de mis artículos a esta simbología bíblica (La astucia de un reptil) sobre el origen de la vida. En aquella ocasión para hablar del Primer Anuncio. Como dije entonces se trata de una narración magistral para expresar algo que con palabras “razonables” no alcanzamos a explicar. En esta ocasión me detendré en ella, para seguir indagando en algunas de sus afirmaciones sobre la desnudez de cuerpo y de conocimiento con la que se presenta a los primeros seres humanos sobre la tierra. Será interesante, también, retomar y actualizar algunas de nuestras interpretaciones.
Desnudos y sin “vergüenza”
Infundió, en su nariz, su aliento y el hombre se convirtió en ser vivo
Adán y Eva, como referentes símbolos universales del origen de la existencia humana, aparecen en el relato bíblico compartiendo la desnudez física con el resto de seres vivientes, en una naturaleza recién estrenada. Desnudos les creó Dios y desnudos andaban por el jardín del Edén, sin avergonzarse de sus cuerpos, limpios, intactos… dispuestos para iniciar su aventura evolutiva en la inmensa diversidad de la vida y la belleza.
Nuestros cuerpos desnudos, tantas veces denostados por la teología y la pastoral tradicional son, según el relato del Génesis, lo que Dios creó y lo que la humanidad asumió en sus orígenes sin dificultad alguna. No trato con esto de defender el nudismo, ni tampoco todo lo contrario. Me interesa, poner de relieve el despropósito que supone el haber sustituido las hojas de higuera con las que Adan y Eva se cubrieron, por el consumo irracional de “trapitos” con los que hemos llegado a nuestros días, que más tiene que ver con la insatisfacción que con la necesidad. Es increíble la cantidad de tejidos que hemos ido añadiendo a nuestros cuerpos, unos por pudor o vergüenza adquirida (cuando no impuesta); y otros únicamente por vanidad y ostentación. Todo ello sin rubor alguno. Quizá nos convenga desandar el camino y trasladar la “vergüenza a mostrarnos desnudos” a “sonrojarnos profundamente” por consumir en exceso, sabiendo que además de irracional, acentúa las desigualdades sociales y contaminan brutalmente el Planeta. La ropa, los complementos de temporada, las tendencias y la moda son causa directa de la explotación de miles de niños y niñas que las producen en condiciones de esclavitud.
Organismos internacionales y ONGs muestran datos estremecedores. Veamos solo unos ejemplos: para vestir a cada uno de los españoles se necesitan cerca de 700.000 litros de agua, el 20% de las aguas residuales contaminantes proceden del sector textil. Laexplotación infantil constituye uno de los más flagrantes atentados contra los Derechos Humanos y se da en un porcentaje inadmisible en la industria textil. Oír el grito de los que sufren es una condición sin la que nadie puede identificarse verdaderamente con Jesús. En este sentido nos vendrá bien escuchar el testimonio de la joven Narseen Sheikh, superviviente del trabajo infantil, que nos cuenta lo que vivió en primera persona, junto a decenas de niñas cuando solo tenía10 años: “Me sangraban los dedos, pero me obligaban a seguir trabajando y un turno agotador de 12 ó 15 horas diarias, por menos de dos dólares”. (Podéis ampliar la información en Planeta Futuro, el País, la otra cara de la industria textil).
La austeridad y el ayuno que resuenan entre las prácticas cuaresmales, bien podrían dirigir la mirada hacia la desnudez corporal con la se inició la aventura de existir. Una tierra virgen y espléndida, hoy envenenada y violentada por el sistema inhumano neoliberal, bien merece un ayuno planetario y un uso más austero de sus recursos. Al contrario que Adan y Eva deberíamos sentir “vergüenza” no de nuestra desnudez sino por la deshumanización que conlleva el consumo irresponsable de prendas sintéticas, de algodón o de seda, altamente contaminantes y profundamente injustas.
Estamos a tiempo, estoy convencido. La capacidad humana para corregir errores y conquistar una vida mejor y más digna es sorprendente. A pesar de lo señalado anteriormente y de los datos, quiero revindicar también los valores, la misión y el trabajo de las diversas organizaciones que tratan de frenar el consumo de ropa. Entre ellas, algunos proyectos de Cáritas (tiendas de segunda mano y Espacios con Corazón) donde se recuperan prendas usadas y se ponen a disposición de los consumidores. Espacios donde se organizan conferencias y talleres para sensibilizar a la ciudadanía, educar en el consumo responsable y el trabajo digno. También aquí los datos que se manejan en las agencias y las organizaciones del sector comienzan a ser significativos, especialmente porque van en aumento y aunque lentamente avanzan. Algunos países lo están haciendo realmente bien: Alemania recolecta para su reutilización y reciclaje alrededor del 75% de sus residuos textiles; en Suecia más del 95%. En España andamos muy por debajo: únicamente el 12%.
Dos son los elementos que a nivel social y cultural pueden abrir un futuro de esperanza: establecer sistemas avanzados para la gestión de los residuos y la concienciación ciudadana, y también la espiritualidad si miramos al evangelio, nos ayudará a interiorizar, discernir y actuar en consecuencia. “Estuve desnudo y me vestiste” (Mateo 25, 36) es un desafío solidario que pasa hoy por desnudarse de vestiduras innecesarias para “revertirse de Cristo” (Romanos 13, 14) y trabajar generosamente por la justicia y la regeneración del Planeta.
Desnudos de conocimiento y libertad
No comáis, ni lo toquéis, de lo contrario moriréis
Impresiona el relato bíblico mítico de la Creación en el libro del Génesis, por la vehemencia con la que expone algunas convicciones de la época; pero impresiona más la interpretación literal, de algunas de sus afirmaciones, por aquellos que (ayer y hoy) se atribuyen a sí mismos el poder y la autoridad para gestionar la libertad de los demás. Es de agradecer que en esta narración las supuestas prohibiciones y amenazas no salen de la boca de Dios, se encuentran en el diálogo que establecen la mujer y el diablo: Dios nos ha “prohibido” dice la mujer, Dios os está engañando dice el reptil. Así se narra la prohibición original de no comer del árbol de la Vida, el que dará el conocimiento del bien y del mal.
Lo primero que deberíamos tener en cuenta es que no existen árboles prohibidos por Dios. Esto responde más al empeño de aquellos que, siendo semejantes a los demás, en la medida que tienen dinero (y armas) se consideran todopoderosos, imponen, oprimen, silencian y mienten para mantener su poder. La descripción del Árbol de la Vida plantado en el centro del Paraiso es extraordinaria: bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia. ¿Qué sentido tiene que, a quienes acaba de crear a su imagen y semejanza, les prohíba ahora buscar y alcanzar el conocimiento y la sabiduría para discernir entre el bien y el mal? Dios no puede arrancar su relación con el hombre desnudándole por dentro de la posibilidad de ser, lo que realmente está llamado a llegar a ser: ¡libre y bienaventurado!, sería tanto como arrebatarles el deseo de llegar a lo más alto y conquistar, algún día, la vida plena. Quizá solo estamos ante otra “astucia” del mítico reptil: Dios os quiere “desnudos de conocimiento”, sometidos, inferiores.
Una lectura histórica, evolutiva y dinámica de la Sagrada Escritura desde el Evangelio de Jesús, nos ayuda a encontrar luz y liberación donde abunda la oscuridad y la represión. Intercambiar prohibiciones y amenazas, castigos y sacrificios… por bendiciones, generosidad y misericordia … será una “sabia” y saludable decisión. El Libro de los Proverbios, por ejemplo, recoge algunas afirmaciones que nos permiten ir dejando atrás la vieja rivalidad entre el Creador y su criatura. Dios nos quiere libres, sabios, generosos, a semejanza suya: “Dichoso el hombre que alcanza sabiduría (sensatez), el hombre que adquiere inteligencia (entendimiento, conocimiento) la sabiduría es árbol de vida para los que la agarran; son dichosos los que la retienen” (Proverbios 3, 13 ss). Excepto la opresión del hermano, la violencia y la guerra, sobran todas las prohibiciones y amenazas vengan de donde vengan.
No moriréis, seréis como Dios
¡Hermosa y bendita historia de la Salvación! Lo que parecía una “diablura” ha resultado ser la bienaventuranza más ardiente del Evangelio de Jesús: no moriremos para siempre. Lo que empezó como prohibición y amenaza de muerte, aparece ahora como la verdadera voluntad del Creador.
El Verbo de Dios encarnado, Jesús es el Hijo, el Predilecto, por el que fueron hechas todas las cosas, es también el verdadero Árbol de la Vida. Alimentadas en Él y habitadas por su Espíritu, la Iglesia y la humanidad, crecen construyendo el Reino de Dios, hasta que en sus ramas “se posen todas las aves de la tierra” (Mateo 13, 31-32) y, bajo su sombra reposen todos los cansados y agobiados de la historia (Mateo 11, 28-30).
No se trata de intentar nosotros ser como Dios, se trata de descubrir por la fe que Jesús, siendo Dios, se despojó de su divinidad. Se hizo carne y vivió en este mundo como uno más entre los hijos de Adán y Eva. Tanto se acercó a los que “que comieron del árbol prohibido” que pasó sin serlo como pecador entre los pecadores (II Corintios, 5, 21). Se trata de escucharle a él, seguirle a él, en la vida, en la muerte y más allá de todos nuestros límites y limitaciones. Jesús nos quiere y anima a ser perfectos como el Padre es perfecto (Mateo 5, 48), amantes de la vida y de todas las vidas, como Él mismo nos ama. Su Espíritu irá cubriendo nuestra desnudez, y revistiéndonos de Cristo. No se trata de buscar vestimentas externas, el verdadero sentido de nuestra existencia se juega dentro, desde lo profundo de nuestro ser: en el conocimiento de Dios que nos ha revelado Cristo y en amar como él nos ama nosotros, y a cada una de sus criaturas.
El Árbol de la Vida en su simbolismo salvífico, nos remite a nuestro interior. Es ahí donde ha sido plantado por Dios mismo. El Espíritu del Resucitado, que habita en nuestros corazones, nos conducirá hacia el conocimiento de la verdad y colmará nuestro anhelo la vida plena. Una verdad que no es una idea, ni una imposición, sino historia de encuentro, de victoria y de salvación. Hacia el conocimiento de esa verdad y hacia esa vida en plenitud esta encaminada la humanidad, en cada momento, generación tras generación.
Concluyo citando la oración, en la que Jesús expresó al Padre para mostrar el deseo más profundo que anidaba en su corazón de dios-y-hombre-con-nosotros y que la existencia humana hacia la fraternidad universal:
Que todos sean uno,
como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti.
Les he dado la gloria que tú me diste,
para que sean perfectos en unidad,
para que el mundo conozca que tú me enviaste,
y que los has amado a ellos
como a mí me has amado.
(Juan 17, 21-23).
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“La guerra otra vez! Dios quiere la paz”. León XIV, febrero 2026
Sirvan la oración de Jesús y las palabras del Papa León para cuestionar a todos aquellos que, siendo cristianos y católicos, justifican de alguna forma el bombardeo de Irán, el genocidio de Gaza o alguna de las múltiples guerras que azotan a la humanidad, violentan el Derecho Internacional y asesinan a las hijas e hijos de Dios, en cada uno de los territorios y países donde explotan sus misiles.