España sin complejos

“La Nación Española es la reunión de todos los Españoles de ambos Hemisferios” (Constitución de Cádiz de 1812).


Es hora de que los españoles escuchemos lo que no queremos oír. Por carácter y herencia, los españoles solemos estar siempre a la gresca. Nuestra patria es aparentemente pobre en recursos y miserable en memoria.

Los españoles poseemos un temperamento difícil y malgastamos por ello energías a raudales. Pocos españoles han pisado América y menos aún han abierto los libros de Historia. Sin embargo, todos sabemos que no somos el culo del mundo, sabemos que somos el mejor lugar para divertirse y comer fenomenal. Y así nos ven.

La nula influencia en la política internacional que tiene el Estado español es resultado de complejos históricos, malos gobiernos, mezquindades y mucha ignorancia que se dan en los españoles.

Contrariamente a este hecho, los españoles nos enorgullecemos de nuestros éxitos deportivos en el exterior. Es en los deportes donde mejor puede observarse ese carácter expansivo, ambicioso, y competitivo hasta el fanatismo. Cuando salimos de España enseguida comparamos, y valoramos lo que tenemos y hemos conseguido. Pero no nos conformamos, queremos ganar como Nadal.

Y no sólo en los deportes. En el ámbito empresarial los españoles acumulan éxitos sobresalientes. No hay más que viajar un poco fuera y no es difícil que podamos cruzarnos con marcas de ropa, equipaciones deportivas, bancos, energías y telecomunicaciones que tienen un origen español.

Me atrevería a decir que este carácter ambicioso y expansivo, del que hay presencia constante en nuestra historia, no es más que el resultado de las miserables condiciones que para el éxito se dan en España.

Aquí el que vale tiene que superarse más que en ningún otro sitio.

Para tener éxito en España hay que burlar a innumerables idiotas (políticos, pícaros, ideólogos y periodistas (nuevo clero), envidiosos, ignorantes y sinvergüenzas), y lo que es peor, hay que ir contracorriente de cierta cultura que premia a los mediocres, en vez de premiar a los mejores, bajo la excusa del igualitarismo, que es la igualdad de los necios o la venganza de los envidiosos.

El que sobrevive a estas dificultades está preparado en el exterior para triunfar. Recuerdo cuando viví en Centroeuropa, que su sistema universitario quizás fuera mejor que el nuestro con una envidiable presencia de la empresa en la universidad. Pero una cosa nos hacía diferentes. Es difícil saber improvisar, tener creatividad, soportar la presión y a la vez organizarse como lo hace un español. Somos muy completos y somos también muy competitivos.

Después de guerrear casi ochocientos años con el Islam y no pocas veces entre nosotros, los españoles, gracias a la ambiciosa e inteligente política exterior de Fernando (modelo de rey para Maquiavelo) y de Isabel (la expansiva y evangelizadora reina castellana), emprenden un proyecto aún hoy inacabado, que no es el del imperio, sino el de la HISPANIDAD. Como bien dice un dicho criollo: “España está donde se encuentre un español. Y de América nunca se marchó”.

Mientras los romanos romanizaban, los españoles hispanizaban.

Cualquiera que haya viajado a Hispanoamérica, conozca a ecuatoguineanos, saharauis y filipinos sabrá reconocer algo familiar nuestro en ellos. Estas naciones aún nos guardan simpatía, y eso no suele pasar cuando los colonizadores fueron británicos, franceses, alemanes, holandeses, belgas o estadounidenses.

Gracias a un plan de conquista llevado a cabo por los mejores soldados de su época, y a una administración y evangelización sesudamente pensadas y diseñadas por burócratas eficaces (judíos conversos y vizcaínos) y por teólogos escolásticos (dominicos, franciscanos, jesuitas y agustinos) los españoles integrábamos a los pueblos conquistados (no tuvimos nunca colonias sino provincias), nos mezclábamos (bastaba para ello estar bautizados), explorábamos (pocos saben que un español fue el primer europeo en descubrir las fuentes del Nilo), urbanizábamos y creábamos universidades (la primera en América en 1538, y en Asia en 1611).

Explotábamos los recursos de las nuevas provincias, pero sólo una quinta parte retornaba a España (el quinto real). Recopilábamos las lenguas nativas y elaborábamos sus gramáticas, para que las aprendieran los misioneros. Y así han pervivido. Los indios gozaron del común estatus de súbditos del Rey y, en multitud de casos fueron tutelados por la Corona o la Iglesia frente a los abusos de los encomenderos y el tráfico de esclavos (reducciones jesuíticas), hasta tal punto que cuando llegaron las guerras de Emancipación americana (mal llamadas de Independencia), los nativos apoyaron en su mayoría a las tropas realistas frente a los descendientes de esos primeros encomenderos, la élite criolla que también era anticatólica por masona y anglófila.

No hay un fenómeno similar a la Hispanidad con su grado de integración y asimilación cultural semejante en la Historia de la Humanidad, salvando el de la antigua Roma, de quien Hispania fue la provincia más aventajada porque visigodos e hispanorromanos eran los godos y no itálicos más romanizados del Imperio. España ha sido la primera gran empresa global de la Historia.

El Estado español es uno de los más antiguos de Europa (el primer parlamento occidental se da en las Cortes de León en 1188) sin embargo, la Nación española es joven (1812). Es desde 1812, cuando hay que casar el Estado-Nación españoles. Aún hoy, este matrimonio está por madurar, aunque hoy vuelve a despertar gracias a las humillaciones que el golpe de Estado en Cataluña nos ha hecho sufrir. El sentido de pertenencia a una Nación es tan fuerte y real como el que se siente con la familia o tu equipo de fútbol. Es algo natural y humano, temperamental, y temperamento nos sobra.

Antes de este Estado-Nación existían las Españas, una confederación de Reinos peninsulares y extra-peninsulares que compartían una misma Corona y una unidad religiosa. No los unía la Nación, sino un mismo Rey y una misma Fe. Fue la invasión francesa la que despertó la conciencia de soberanía nacional, y la Constitución de Cádiz la instituye, entrando la Nación española en la Historia.

Decía Ortega y Gasset que Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla. Hoy podemos decir que España hizo a Europa, a través del Camino de Santiago, frenando a árabes, bereberes y turcos y fortaleciendo el legado de Carlomagno en el Sacro Imperio antes del nacimiento de la Europa de las Naciones, y Europa deshace a España. En el continente interesa una España débil y servil. El equilibrio es cosa de dos, Francia y Alemania, no de tres o de cuatro, y menos de 28. Y este equilibrio hoy está en crisis porque Europa internacionalmente es débil.

Cuando tras la guerra de los treinta años (1648) se desvanece el proyecto español para Europa (el Sacro Imperio), España, como dice Julián Marías, decide desengañada y arruinada, cerrarse a Europa. Hasta 1898 vive para defender las provincias americanas de los ingleses y para batirse tras la invasión francesa en sus luchas internas, reformistas contra reaccionarios, absolutistas contra constitucionalistas, carlistas contra liberales, republicanos contra monárquicos. Pero siempre, las provincias de Cuba y Filipinas, generaron dinamismo, comercio y numerosas riquezas. Y siempre tuvimos la mirada allá. Los deliciosos cantos de habaneras aún nos recuerdan esa reciente experiencia. Luego se produjo la emigración del siglo XIX y XX a América. Cientos de miles de españoles se han asentado y prosperado en América.

Y esa es la clave para que España prospere. Poner la mirada de nuevo en América y allá donde se estuvo. Europa hacia América a través nuestro, nosotros hacia América para acceder a sus recursos contribuyendo a su desarrollo, porque ese es nuestro MODO HISPÁNICO DE PROCEDER. Si se habla con un ecuatoguineano, te podrá decir que básicamente las carreteras, escuelas y hospitales que su rico país tiene fueron los que construyeron los españoles.
Más decisiva será a la larga la doble nacionalidad iberoamericana que la ciudadanía europea.

Somos un país que depende enormemente del petróleo y otras energías. Nuestro coste de vida energético es comparativamente mucho más caro que el de otros países de la Unión Europea. Además, contamos con minoritarias resistencias de ese influyente por movilizado clero ecologista que impiden que desarrollemos nuestra riqueza minera y nuclear. Es indispensable para aligerar la costosa factura energética de los españoles, competir y ganar donde se encuentran los recursos. No en Arabia Saudí, Irán, Libia o Argelia, peones inestables del conflicto árabe-israelí o sunní-chií, sino en Guinea Ecuatorial, Venezuela, Ecuador, Argentina, Méjico o Colombia.

Sólo una cosa debe ser atendida por el Estado español, defender los intereses de los españoles allá donde se encuentren, y si es en Hispanoamérica –incluyendo los USA hispanos-, Guinea Ecuatorial, Sahara Occidental, Filipinas, con más razón. Recursos baratos, a cambio de lo que siempre ha sido el modo hispánico de proceder: la INTEGRACIÓN (doble nacionalidad, educación en España, intercambio de conocimientos y tecnología, construcción de infraestructuras, libre comercio y libre circulación de personas y capitales).

Es hora de establecer la UNIÓN IBEROAMERICANA DE NACIONES, como defiende Marcelino Lastra.

Millones de nuevos españoles provienen de allá, y son el puente necesario para compartir la misma suerte entre la Nueva y Vieja España. Nos necesitamos y somos mejor opción que estadounidenses, chinos u otros, porque allí donde vamos, los españoles dejamos.

Y es ese precisamente el temor de las mayores potencias, pero la única alternativa al fracaso de la Europa de los equilibrios, donde no cabe expandirse más que Alemania o Francia. Por cierto, ambas se sostienen gracias a los acuerdos aduaneros preferenciales con sus antiguas colonias y ello a costa de sus proveedores y socios europeos. Marruecos y Argelia compiten mejor con nuestra agricultura.
Los españoles no podemos ir de más europeístas que nadie, porque en la UE cada uno va a lo suyo. Nadie va a comprar nuestros productos, si los pueden importar más baratos de Marruecos, Argelia o China. Competimos en calidad, pero no en precios. El empobrecimiento de la clase media europea descarta la calidad a la hora de consumir. Y se nos avecina una gran crisis por el exceso de oferta a nivel mundial. Las rentas europeas se han empobrecido. Quien ahorra o reduce su dependencia energética y de materias primas, sencillamente se hace grande. Alemania está presa del gas ruso, Francia de su ineficiente economía y Estado. Es la hora de España que debe emprender reformas radicales que deben tocar su Constitución.

O los españoles nos guiamos por nuestra ambición “deportiva”, o consumiremos nuestras energías en nuestra auto-destrucción. A España como decía Ortega y Gasset le falta EMPRESA. Y esta está en el exterior.

Si España deja de ser una potencia mediana para convertirse en una potencia a respetar, el dogmático equilibrio que rige en Europa en épocas de paz, sencillamente se irá al traste. Y con ello, décadas de fragmentación de nuestro sistema político y económico que nos han convertido en el mejor geriátrico y disco-pub europeo. El resultado más ingrato y más realista de nuestra adhesión a la UE. No podemos depender del turismo.
Necesitamos expandirnos. Necesitamos integrar. Es nuestro modo de ser. España debe dejar de ser una tierra en la que ganarse la vida sea un valle de lágrimas, y para eso, hay que abaratar las energías de las que no disponemos, y encauzar las que nos sobran.

O ambicionamos o desaparecemos en cuarenta años...o menos.
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