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"Llevemos la profecía del Evangelio en nuestra carne, con nuestras opciones antes que con las palabras"
Con algo de adelanto sobre el horario previsto, y un potente sol que, por momentos, dificultaba al Papa leer su homilía, arrancó la misa en la Piazza Unità d'Italia, en el centro de Trieste. Ante varios miles de personas, Francisco reflexionó sobre el "escándalo" de la pasión y muerte de Jesús como un acicate para que los cristianos apuesten por el "escándalo de la fe".
"Una fe que despierta las conciencias de su letargo, que pone el dedo en las llagas de la sociedad, que plantea interrogantes sobre el futuro del hombre y de la historia; es una fe inquieta, que ayuda a superar la mediocridad y la pereza del corazón, que se convierte en espina clavada en la carne de una sociedad a menudo anestesiada y aturdida por el consumismo", clamó en su homilía.
"Es, sobre todo, una fe que disipa los cálculos del egoísmo humano, que denuncia el mal, que señala con el dedo la injusticia, que perturba las tramas de quienes, a la sombra del poder, juegan con la piel de los débiles", añadió Bergoglio, quien invitó a "despertar la esperanza de los corazones afligidos y sostener las fatigas del camino".
Jesús, como piedra de escándalo, ayer y hoy. "Preguntémonos: ¿cuál es el obstáculo que nos impide creer en Jesús?", recalcó el Papa, quien reivindicó "una una fe basada en un Dios humano, que se abaja hasta la humanidad, que se preocupa por ella, que se conmueve por nuestras heridas, que toma sobre sí nuestro cansancio, que se parte como pan por nosotros".
"Un Dios fuerte y poderoso, que está de mi parte y me satisface en todo es atractivo; un Dios débil, que muere en la cruz por amor y además me pide que supere todo egoísmo y ofrezca mi vida por la salvación del mundo, es un Dios incómodo", que permite que, hoy, lancemos "nuestra mirada sobre los desafíos que nos interpelan, sobre las muchas cuestiones sociales y políticas que también se debaten en esta Semana Social, sobre la vida concreta de nuestro pueblo y sus luchas".
"Podemos decir que hoy necesitamos precisamente esto: el escándalo de la fe. No de una religiosidad encerrada en sí misma, que levanta la mirada al cielo sin preocuparse de lo que ocurre en la tierra y celebra liturgias en el templo olvidándose del polvo que corre por nuestras calles", subrayó el Pontífice.
"Necesitamos el escándalo de la fe, una fe enraizada en el Dios que se hizo hombre y, por tanto, una fe humana, una fe de carne, que entra en la historia, que acaricia la vida de las personas, que cura los corazones rotos, que se convierte en levadura de esperanza y semilla de un mundo nuevo", insistió el Papa.
"No lo olvidemos: Dios se esconde en los rincones oscuros de la vida y de nuestras ciudades, su presencia se revela precisamente en los rostros ahuecados por el sufrimiento y donde parece triunfar la degradación", recalcó el Pontífice, insistiendo en la necesidad de ser "presencia amiga precisamente en la carne herida de los últimos, los olvidados y los descartados".
¿Por qué no nos escandalizamos del mal rampante, de la vida humillada, de los problemas del trabajo, del sufrimiento de los emigrantes? ¿Por qué permanecemos apáticos e indiferentes ante las injusticias del mundo? ¿Por qué no nos tomamos a pecho la situación de los presos, que incluso desde esta ciudad de Trieste se eleva como un grito de angustia?
"Y nosotros, que a veces nos escandalizamos innecesariamente de tantas pequeñeces, haríamos bien en preguntarnos: ¿por qué no nos escandalizamos del mal rampante, de la vida humillada, de los problemas del trabajo, del sufrimiento de los emigrantes? ¿Por qué permanecemos apáticos e indiferentes ante las injusticias del mundo? ¿Por qué no nos tomamos a pecho la situación de los presos, que incluso desde esta ciudad de Trieste se eleva como un grito de angustia?", clamó el Papa.
"Desde esta ciudad de Trieste -finalizó-, que mira a Europa, encrucijada de pueblos y culturas, tierra de frontera, alimentemos el sueño de una nueva civilización fundada en la paz y la fraternidad; no nos escandalicemos de Jesús sino, al contrario, indignémonos ante todas aquellas situaciones en las que la vida es brutalizada, herida y asesinada; llevemos la profecía del Evangelio en nuestra carne, con nuestras opciones antes que con las palabras". "La coherencia...." recalcó.
"Y a esta Iglesia de Trieste quisiera decirle: ¡adelante! Sigan comprometiéndose en primera línea a difundir el Evangelio de la esperanza, especialmente a los que llegan de la ruta de los Balcanes y a todos los que, en el cuerpo o en el espíritu, necesitan aliento y consuelo. Comprometámonos juntos: que redescubriendo nuestro amor al Padre vivamos como hermanos y hermanas", concluyó
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