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aun en la ciega noche del cuerpo y del alma, que no perdiera la calma, que no perdiera la paz, para contagiar tu alegría en mi pequeña y vana vida.
Aunque el Sol oscureciese y no hubiera luna,
aún cuando de mi vida desaparecieses,
por más que el desierto me consumiera,
aun si la vida me desahuciara
y me cayera del precipicio,
en ti creería.
Si bien la tempestad me arrojara al mar,
aun cuando el escorpión me dañara,
Tú siempre estás a mi lado.
Y tú me dirías,
aun en la ciega noche del cuerpo y del alma,
que no perdiera la calma,
que no perdiera la paz,
para contagiar tu alegría
en mi pequeña y vana vida.
Si acaso todo desapareciera
y el mal saliera a mi presencia
con toda su fuerza,
no permitas, Señor, que me desanime.
Tú no lo hiciste al pie de la cruz,
y yo, en la piedra que me has dado en mi vida,
sea brillo como el Sol,
que sin buscarlo, por eso mismo lo sea,
y sepa enternecerme y tener caridad.
Saber dar alegría y esperanza donde no la hay,
donde está enterrada,
entre las grandes piedras de este mundo,
que son losas amargas para romperlas.
Aprender a ser menor
y confiar tantas veces en ti,
sabiendo que yo soy tu hijo
y que el Padre siempre ama al hijo.
Confiar en ti como las infinitas estrellas
que me has puesto para mirarte todos los días
y creer en ti:
ir del Evangelio a la vida,
y de la vida al Evangelio.
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