Ser hermano es estar dispuesto a quitar el cerrojo de la puerta de tu corazón y no mirar a nadie por encima del hombro.
❤️ CHARLAS CON SAN FRANCISCO DE ASÍS (V): SER FRATERNIDAD PARA TODOS, PARA TODOS
Ser hermano es estar dispuesto a quitar el cerrojo de la puerta de tu corazón y no mirar a nadie por encima del hombro.
¡Hola, hermanos!
En nuestra última charla, Francisco me recordó que debo ocuparme de mi metro cuadrado en lugar de agobiarme con los problemas del mundo entero. Pero claro, eso a veces es un arma de doble filo. Es muy fácil quedarse cómodo en el grupo de confianza, con los tuyos, con los que piensan igual y te entienden a la primera.
Hoy le he sacado el tema de salir de la zona de confort y de qué significa eso de ser "hermanos de todos" cuando hay gente que nos cae rematadamente mal o que vive a cien kilómetros de nuestra forma de ver la vida.
Un abrazo enorme y ¡Paz y Bien!
(Estamos sentados junto al camino que baja del monte, compartiendo la sombra de un olmo. Francisco está entretenido arrancando unas briznas de hierba seca y las coloca alineadas sobre su rodilla).
Alfonso: Oye, Francisco... el otro día pensaba en lo cómodo que se está en nuestra fraternidad de la Orden Seglar. Nos conocemos todos, nos echamos una mano, rezamos juntos y compartimos un café. Pero luego miras a la calle, a los que te cruzas cada día, a los que te montan un pollo en la administración, al vecino que vota lo contrario que tú, o a esa gente que vive en mundos tan distintos que no compartes ni un solo tema de conversación... y te das cuenta de que lo de llamar "hermano" a todo quisqui se queda en teoría. ¿Cómo se pasa de la teoría a la práctica sin postureo?
Hermano Francisco: (Deja caer la hierba al suelo, se gira y me mira con una chispa de picardía en los ojos). ¡Ah, amigo Alfonso! ¿Te pensabas que la fraternidad era un club privado de amigos que se llevan bien por casualidad? ¡Menudo chiste! Los amigos se eligen solos, pero a los hermanos te los regala Dios... ¡y muchas veces menuda colección nos manda para ponernos a prueba!
Alfonso: Ya, pero reconócelo, Francisco. Hay gente con la que es imposible. Te entran ganas de cruzar la acera para no verlos. ¿Cómo puedes sentirte hermano de alguien que te ignora, te desprecia o te hace la vida imposible?
Hermano Francisco: (Se cruza de brazos y se pone serio). Mira, Alfonso, cuando yo empecé a vivir esto, lo más duro de tragar fue el día que me encontré cara a cara con un leproso. El olor tiraba para atrás, el cuerpo se me revolvía y el instinto me pedía salir corriendo. ¿Sábés lo que hice? Me acerqué, le di un abrazo y sentí que aquello que me daba asco era mi propia carne. La fraternidad no nace porque el otro te caiga simpático o piense como tú; nace cuando entiendes que llevamos la misma sangre y que compartimos el mismo Padre. Si solo quieres a los que te bailan el agua, eso no tiene ningún mérito. Eso lo hace cualquiera.
Alfonso: Sí, suena muy bonito en los libros franciscanos, pero en el día a día de una ciudad moderna, con tanta gente yendo a lo suyo, ¿cómo se aplica eso? ¿Nos ponemos a dar abrazos por la calle?
Hermano Francisco: (Se ríe a carcajadas). ¡Dios me libre, Alfonso, no vayas dando abrazos por la fuerza a la gente en el metro que vas a acabar en comisaría! Ser fraternidad para todos no va de gestos teatrales, va de la mirada. Es empezar por no descartar a nadie en tu cabeza. El que te cruzas por la calle, el que te atiende en la ventanilla con mala cara, el que piensa diferente, el que está solo en un banco o el que mete la pata hasta el fondo... todos llevan dentro una chispa de Dios. Ser hermano es estar dispuesto a quitar el cerrojo de la puerta de tu corazón y no mirar a nadie por encima del hombro.
Alfonso: Reconozco que a mí me cuesta muchísimo no meter a la gente en cajones: los buenos, los malos, los pesados, los de mi cuerda...
Hermano Francisco: ¡Pues aligerar esos cajones se ha dicho! Jesucristo nunca le preguntó a nadie de qué partido era, cuánto dinero tenía o qué pensaba antes de tenderle la mano. Él era hermano de todos, sin letra pequeña. Si quieres seguir sus pasos, tienes que aprender a mirar a los ojos a la gente sin etiquetas. Cuando dejas de ver "enemigos" o "desconocidos" y empiezas a ver a alguien que sufre, que busca, que tiene miedo o que simplemente necesita una sonrisa, se te cae el escudo protector.
Alfonso: O sea, que el "para todos, para todos" no excluye a nadie... ni al más pesado del barrio.
Hermano Francisco: (Se levanta despacio, sacude el polvo de sus sandalias y me da una palmada cariñosa en la nuca). ¡Exacto, hermano! No hay letra pequeña en el Evangelio. Para todos significa para todos: sin excepciones, sin aduanas y sin mirar el carné. Venga, vamos a dar la vuelta, que se hace tarde, y a ver si hoy saludas con una sonrisa de verdad al primer vecino que te encuentres, sea quien sea. ¡Paz y Bien!
Paz y Bien
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