💙 Las miradas de San Francisco de Asís, a la madre Santa María!
Dejarnos acoger por la Madre y escuchar su consuelo de siempre: «No tengas miedo».
De Francisco al Evangelio, del Evangelio a la Madre!
Doy gracias a la Madre Santa María por haberme inspirado estas miradas: de Francisco a ella, y de la Madre a Francisco.
Yo, indigno seguidor y aprendiz cada día de franciscano seglar, dedico estas miradas de San Francisco a mi fraternidad de la OFS de San Pedro Extramuros de Pamplona.
Introducción: Aprender a mirar de nuevo
Frente al ruido, las prisas y las falsas armaduras del siglo XXI, las miradas de San Francisco a la Madre —Santa María, madre de Dios, madre de Francisco y madre de todos, de todos— nos invitan a adentrarnos en su alma para descubrir cómo respiraba con ella y cómo vivía por ella cada día.
No pretenden ser un tratado académico, sino un camino espiritual de treinta etapas para detener la marcha, apagar las pantallas y redescubrir lo esencial: la gracia de dejarnos acoger por la Madre y escuchar su consuelo de siempre: «No tengas miedo».
De Francisco al Evangelio, del Evangelio a la Madre.
Capítulo 1: Los ojos de Pica y la primera imagen
Subtítulo: Cuando el mundo te exige rendir al máximo, recuerda el regazo que te aceptó sin condiciones.
Vives rodeado de ruido. Desde que te levantas, el mundo te grita que vales lo que produces, que hay que facturar, destacar, tener el mejor puesto, llevar la vida perfecta que se supone que debes mostrar en las redes. En casa de Francisco pasaba lo mismo, solo que en vez de pantallas y algoritmos había monedas contadas, telas caras y la prisa constante del padre por escalar socialmente. Para el viejo Pietro di Bernardone, un hombre medía su valor por el tamaño de su caja fuerte.
Pero estaba la madre. Doña Pica. Mientras el padre sembraba la casa de exigencias y plazos, Pica guardaba otro silencio. Al caer la noche, cuando la tienda cerraba y el ego del mundo apagaba sus luces, Pica se sentaba con el crío y sacaba una tablilla de madera oscura y gastada. Una imagen tosca de una madre pobre con su hijo en brazos. Le cogía las manos a Francisco y se las pasaba por la madera. «No tengas miedo», le decía.
Ahí está la chispa de la mística franciscana. Dios no empieza en los grandes tratados teológicos ni en los altares de mármol de los intocables. Dios arranca en la mirada de una madre que te acoge antes de que tú demuestres nada. Francisco aprendió de crío que lo sagrado no tiene la cara dura de un juez que te castiga ni el ceño fruncido de quien te exige rendimiento, sino la paciencia mansa de un regazo donde caben los rotos, los torpes y los que no tienen dónde caerse muertos.
Para llevar a la vida hoy:
- ¿A qué exigencia de rendimiento, consumo o aprobación estás atando tu valor como persona cada día?
- En medio de esta prisa digital y este afán por destacar, ¿cuándo fue la última vez que te detuviste ante algo que no te pida competir ni demostrar nada?
- ¿Es posible vivir el Evangelio hoy? Sí, cuando te atreves a desmontar la mentira de que vales solo por lo que produces, y te dejas mirar por Dios con la misma ternura con la que Pica miraba al pequeño Francisco.
Oración:
Madre buena, líbranos de la dictadura del rendimiento y de la prisa.
Enséñanos a acoger nuestro propio barro con la misma paz
con la que Pica sostuvo al pequeño Francisco.
Amén.