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Niño de Dios, te doy lo que no tienes: mi nada, para recibir de Ti lo que me falta: Tu Todo.
Niño nuestro, de todos,
nacido en el pesebre de asfalto
de nuestras frías ciudades de hierro.
Allí donde el hombre viejo se duele,
donde el alma se pierde en el humo
y la vida se nos queda sin vivir...
Ahí estás Tú, Salvador, siendo nadie.
Nos gritas, hermano, con voz de silencio,
que esta vida —la tuya, la mía— merece el riesgo.
¡Prohibido caer en la tristeza!
Tanto te ama el Niño, tanto te necesita,
que quiere tus manos para seguir siendo humano,
tus ojos para contar la vida,
tu barro para amasar la Verdad.
Testigo eres, aunque te falten las palabras.
Niño de Dios,
te presto mi voz, que está partida;
te doy mi garganta, que ya está rota.
Sé que las quieres así, llagadas,
para que mi paso tenga un sentido
y seamos, contigo, un "nosotros" de esperanza.
Niño de Dios,
te doy lo que no tienes: mi nada,
para recibir de Ti lo que me falta: Tu Todo.
Niño que lloras nuestro llanto,
Milagro de carne y de grito,
Niño que abrazas sin decir nada.
¡Qué locura de Dios, este misterio!
Atreverse a enviarte así:
sin casa, desvalido, tirado en el suelo...
siendo el único Rey que no tiene palacio.
Niño, entra en mi casa,
—la puerta está abierta, no hay cerrojos—.
Enséñame a ser Nazaret en la calle,
hogar de paso, mesa compartida.
Vuelve a nosotros, Niño,
y quédate, de veras,
en el centro de nuestra lucha y nuestro abrazo.
¡Niño de todos, de todos!
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