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Señor, Sáname lo que me inquieta!
Señor,
Sáname lo que me inquieta:
la hermana vista que me nubla el corazón,
el hermano oído que no escucha lo que debe
y el ego que me destruye cuando lo escucho.
Conoces mis limitaciones, mis heridas,
los traumas y complejos de mi vida.
Sáname todo mi ser, todo.
Tú haces maravillas cada día cuando nos dejamos hacer;
a las hermanas aves las alimentas cada mañana
y quieres que el hombre sea feliz y sano,
como es tu voluntad.
Esto te lo ruego aquí y ahora:
sáname ya, con tu Espíritu Santo.
Con esa confianza, te entrego mi historia:
el daño que me hicieron y el bien que no hice.
Sáname para amar con la libertad de tus apóstoles,
porque con la ayuda de mi madre Santa María,
a nada te puedes negar.
Tú, Señor de la Vida, lo puedes todo:
Haz que bese a mi leproso interior,
que abrace mi sombra, como hizo Francisco,
para que mis latidos rimen con tus pensamientos.
Señor, te entrego mis harapos:
mis afectos y mis pensamientos.
Haz que no alargue las cruces con mis sombras,
y hazme como la hermana piedra, que no quiere ser diamante,
sino solo un grito de tierra en Tu presencia.
Yo, siervo inútil —y feliz de serlo—,
hazme apenas un humilde pincel
en el lienzo siempre inacabado de tu creación de misericordia.
Padre,
Quiero vivir de tu Providencia:
que la humildad sea mi vestido,
la sencillez mi alimento
y la coherencia mi único camino,
lejos de todo lo que no sea tu ternura.
Haz que haga lo que me pides cada día:
Humildad.
Sencillez.
Coherencia.
Amén.
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