❤️ San Francisco amó a pesar de todo para ser de todos. Meditación de la Vida que Despierta

El que ha visto la sonrisa de Dios en el que muere cada día, ha visto a Dios. Ha visto a Dios, que muere cada día.

Que no me engañe, Señor.

Que mire de frente lo que prometí y no cumplí,

lo que amé y dejé perder,

y ese perdón gratuito que recibí cuando merecía el juicio.

❤️    San Francisco amó a pesar de todo para ser de todos.  Meditación de la Vida que Despierta
❤️ San Francisco amó a pesar de todo para ser de todos. Meditación de la Vida que Despierta | Alfonso Olaz

Meditación de la Vida que Despierta

El que poco ama, no ama.

El que no conoce el amor muere un poco más cada día.

El que ha visto la sonrisa de Dios

en el que muere cada día, ha visto a Dios.

Ha visto a Dios, que muere cada día.

El que ha visto a Dios en el hermano,

se ha visto a sí mismo.

En el hermano hombre está Él mismo,

 aún cuando no es amado;

y cuando es amado por el hombre,

las estrellas bellas y luminosas, el sol y la luna,

nos muestran un poco más el rostro de Dios.

Dios ya se piensa mucho en dar todo su amor

a cualquier hijo que no acepte su sonrisa

y solo la entrega

cuando el hermano se deja amar para ser amor,

no pasajero,

sino subversivo del evangelio,

de la santa obediencia de su amor.

Señor, dame tu luz, toda tu luz; abrasa mi corazón de tu amor

para hacer tu voluntad.

Señor,

antes de abrir los labios para decir "nada",

enséñame a leer, despacio, el libro de mi propia vida.

Que no me engañe, Señor.

Que mire de frente lo que prometí y no cumplí,

lo que amé y dejé perder,

y ese perdón gratuito que recibí cuando merecía el juicio.

Me avergüenzo, Padre,

al contar los abrazos que me dieron

y comparar la cuenta con los pocos que yo entregué.

¿Con qué derecho juzgo, si me falta el Amor? 

Nos hemos vuelto expertos en la inercia,

esclavos del ego y sus columpios

que no llevan a ningún sitio.

Pero si nos atreviéramos a amar, así, como Tú amas...

¡Ah, qué estruendo haría el hielo al romperse! 

Nuestros ríos interiores, hoy mudos y estancados,

volverían a cantar.

La sangre recuperaría su fuego, 

el hermano Sol nos reconocería como parientes

y la lucha —esa lucha santa por el Reino—

se pondría de nuestra parte.

¡Oh, buen Señor!

Danos la gracia de nacer de nuevo.

 No queremos ser charcos de agua muerta,

sino ríos de luz que nadie pueda detener.

Nuestra misión es clara, aunque duela:

Morir para vivir.

Gastarnos la vida dándola al que no la tiene, 

y encender al que ya la tiene para que no se la guarde.

Solo así, gastados y entregados,

seremos dignos de que Tú nos escribas,

con tu letra de Padre,

en el Libro del AMOR.

Del evangelio a la vida, de la vida al evangelio.

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