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(AE)
Como el tiempo de los meses estivales se da a las reflexiones sobre el turismo, los viajes y el encuentro con otras culturas, quisiera compartir hoy con Uds. algunos pensamientos que me han surgido al hilo de unos días en los que he tenido que acompañar a un grupo de personas europeas tanto a lugares turísticos como a sitios más bien recónditos y escondidos de lo que son los circuitos comerciales. Obviamente, estos comentarios se pueden aplicar tanto a África como a otras latitudes, pero me han salido aquí, en medio de este África y casi a salto de mata.
Dicen por aquí que la persona blanca es la que siempre está perdida y por eso pregunta las direcciones a todo aquel a quien encuentra en el camino. Quizás sea esta la razón por la cual los turistas modernos, o muchos de ellos, se vienen magníficamente preparados con gordas guías de viaje que indican el mejor y más económico hotel, la ruta mejor para visitar monumentos o incluso el código de conducta en las diferentes culturas que se van a visitar. Lo que he visto estos días que he acompañado a este grupo confirma el dicho aquél que dice que cuando alguien señala a la luna, siempre hay quien se queda mirando a la punta del dedo. Pues sí, he podido ver montones de turistas que, obsesionados por hacer la mejor foto, con la mejor resolución y utilizando la más fantástica cámara, no disfrutan el momento que viven... la preocupación por dejar constancia del viaje “para la posteridad” (no sé si la posteridad será unos tres o cuatros vistazos repartidos en 10 años) no les deja ser conscientes de la maravilla delante de la cual están. La más maravillosa cascada o paisaje se reducen a un par de clics y “a otra cosa”... al próximo punto de la guía, sea monumento, animal salvaje o paisaje, como si fuera una fastidiosa diligencia que se ha despachado.
Por otro lado, me ha llamado la atención ver personas tan ocupadas leyendo todos los detalles de su guía de viaje que apenas se han dado cuenta del paisaje que les rodeaba, de los animales que se encontraban en el camino o de los cambios de panorama... han perdido multitud de detalles simplemente porque en vez de prepararse y leer algo antes del viaje, lo quieren hacer ahora y lógicamente no se puede tener todo al mismo tiempo. Otros, incomprensiblemente para mí, mientras iban por un paisaje realmente sobrecogedor intentaban matar el tiempo haciendo un sudoku y yo me preguntaba si era necesario gastarse tanto dinero para hacer un viaje de 8.000 Km y terminar haciendo el sudoku en el asiento del autobús. El mismo ejercicio mental lo podría haber hecho en su casa, en su sofá preferido y vistiendo unas chanclas y unas bermudas... y ahorrándose un dineral. Una vez más, recordé la famosa frase de El Gallo, “Ozú, hay gente pa’ tó”... qué verdad tan grande en tan pocas palabras.
Luego está el turista cateto que hay en todos lados, desde el que pone su nombre en el monumento de marras o al que se le ve de lejos que no se termina de enterar de qué va la cosa. Concretamente, al que me refiero yo ahora mismo rondaba casi los cincuenta, y no se le ocurrió otra cosa que ir detrás de un marabú (un gran pájaro africano) durante varios minutos cámara en mano grabando cómo el pacífico animalito aceleraba, comenzaba a ponerse nervioso y finalmente levantaba el vuelo después de una persecución de cientos de metros bastante penosa por lo menos para los que hacíamos de espectadores (y yo no era el único que sentía vergüenza ajena, se lo aseguro). Si alguien hubiera ido detrás de él con otra cámara grabando la escena, seguro que nuestro personaje se habría muerto de vergüenza, pero, claro, no cayó esa breva y el señor se salió con la suya sin darse cuenta del ridículo que hacía... espero que enseñe tan gallarda película múltiples veces a futuras generaciones y les deje un legado único de tan infantil estupidez.
Dice una canción sudanesa que el viajar abre los ojos... espero que sea así para todos y cada uno de los que se vayan de vacaciones este verano y de manera muy especial, para los que se aventuren a descubrir África. Pero, en todo, hay que aplicar un poquito de sentido común, disfrutar el momento (aunque no se haga la maldita foto), respetar la cultura, intentar comprender la mentalidad local y, sobre todo, saber estar. Los mansos marabús y otros animales salvajes se lo agradecerán.
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