TEO-LOGÍA, TEO-LOCURA Celso Alcaina: "De los 1.300 millones de católicos, son pocos los que siguen a los teólogos"

Multiplicación de los panes
Multiplicación de los panes

"Los dioses, creados por los humanos bajo la presión de sus limitaciones y su finitud, nos acompañan, también en nuestros delirios"

"Locura es desalojar a los dioses de su Olimpo para instalarlos en el cielo, lejos de los humanos. Tal lejanía suscita otras muchas locuras teo-lógicas"

"Que, una vez concluido el costoso trámite de canonización, el cielo certifique a los curiales de Roma, con un milagro sanitario, que algún determinado difunto, en vida famoso o rico, está en ese cielo"

La anécdota me llegó hace algún tiempo. Verídica a más no poder. Sucedió, dicen, en el Psiquiátrico, antes Manicomio, de Conxo, ahora barrio de Santiago de Compostela.

Los dos internos se encontraban, un lunes, después de haber disfrutado del permiso de fin de semana en sus casas. Se desahogaban contándose mutuamente las aventuras en sus respectivos pueblos. Manoel apenas tenía algo que referir. Pero Xoan estaba excitado y ansioso de compartir una excepcional experiencia.

XOAN.- Mira, Manolo, es la primera vez que me sucede y he salido victorioso. Ayer, domingo, paseaba yo por la carretera que conduce a Vilanova cuando se me aparece un tipo tan alto como mi casa de Pradolongo. Se me acercó, sacó una enorme espada que escondía bajo su capa y, de un certero tajo en el cuello, me cortó la cabeza que rodó hasta la vía del tren. Ni corto ni perezoso, corrí tras ella y pude recuperarla. A continuación, con mi cabeza bajo el brazo, fui a la farmacia, compré esparadrapo, la uní a mi tronco, y aquí me tienes.

MANOEL.- Es maravilloso, Xoan, y quisiera creerte, pero hay algo que no encaja. Y es que en domingo la farmacia está cerrada.

Cerca de los dos internos, el capellán, Don Antón, escuchó el diálogo y no pudo contenerse.

DON ANTÓN.- Sois unos descreídos. Ni farmacia ni ciencia. Fue San Blas, abogoso de males de garganta. Ha sido un verdadero milagro.

David con la cabeza de Goliat
David con la cabeza de Goliat

El admirado polifacético José Luis Sampedro, en su novela “La sonrisa etrusca”, pone en boca de su protagonista esta frase: “Mire, doctor, esta discusión no tiene sentido, porque la Psicología no existe. Es como la Teología, esa contradicción en términos, porque es absurdo razonar a Dios. El mero hecho de pretenderlo prueba el orgullo clerical”.

Y otro sabio académico, Álvaro Pombo, en “La Fortuna de Matilda Turpin”, hace decir a Juan: “Todo esto no es ni verdadero ni falso, se llama Teología. Un saber compilado en el siglo XIII para explicitar la revelación cristiana. Es especulación. Nada de todo esto puede probarse o lo contrario. Es teología-ficción. Es ficción. Pero... es consolador”.

Los dioses, creados por los humanos bajo la presión de sus limitaciones y su finitud, nos acompañan, también en nuestros delirios. Desde lo alto del Olimpo nos vigilan, nos protegen y nos castigan. Los profesionales de la Teo-logía, los jerarcas de la Teo-logía, los vividores de la Teo-logía, han pervertido el verdadero sentido de los dioses. Han desdibujado su misión salvífica con lógica perversa, intereses inconfesables, imaginaciones partidistas o narcisistas.

Locura es desalojar a los dioses de su Olimpo para instalarlos en el cielo, lejos de los humanos. Tal lejanía suscita otras muchas locuras teo-lógicas. Dividir en tres personas al dios principal. Hacer que el dios jefe engendre a un hijo sin concurso de una diosa. Que padre e hijo, por sublime unión igualitaria, engendren a un tercero que se llama espíritu. Que, por orden del padre, el dios hijo emigre de su cielo a este diminuto planeta, se meta en el vientre de una adolescente, sea hombre y dios en una sola persona, trabaje de artesano, sea predicador subversivo y muera ajusticiado.

Trinidad
Trinidad Rupnik

Que resucite después de haber bajado al infierno. Que suba a su cielo llevándose su cuerpo terrenal y dejando al espíritu cuidando de algunos elegidos. Que en el cielo esté sentado a la derecha de su padre. Que tenga un humano lugarteniente en la tierra y que sea infalible a veces. Que multiplique diariamente y en todo momento su presencia real en un trozo de pan de trigo, siempre que un clérigo pronuncie la frase “esto es mi cuerpo”. Que todo el que come ese pan esté ingiriendo su cuerpo vivo. Que su madre haya sido llevada al cielo sin pasar por la muerte. Que cualquier fechoría, por muy criminal que fuere, pueda ser perdonada por confesión a uno de esos funcionarios. Que todos nazcamos con un pecado que sólo pueda ser perdonado con abluciones.

Que en ultratumba nos espere alguno de los tres compartimentos: cielo para los buenos, infierno para los malos, purgatorio para los débiles. Que unos libros llamados Biblia sean palabra de Dios, sin importar sus contradicciones, errores, falsedades e inmoralidades. Que discrimine a las mujeres frente a los varones. Que, una vez concluido el costoso trámite de canonización, el cielo certifique a los curiales de Roma, con un milagro sanitario, que algún determinado difunto, en vida famoso o rico, está en ese cielo.

Un incompleto naíf elenco de supuestas locuras. Son enunciados dogmático/teo-lógicos. De ellos se derivan otras muchas “verdades” teo-lógicas. Traen de cabeza a miles de teó-logos en nuestro mundo. Algunos buscan nuevos atrevidos paradigmas tendentes a negarlos o superarlos. Unos y otros, teólogos doctores. Con reputación. Autores de voluminosos, indigestos, libros. La masa, nominalmente católica, 1.300 millones (de 7.700 millones), nos presta atención o nos ignora. Sin rechistar. Algunos nos admiran o nos desprecian. Son pocos los que nos siguen. ¿Consolador?

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