En la era de los enanos

“Unos pigmeos subidos a los hombros de unos gigantes verán más que los propios gigantes”.
Diego de Estella, en 1578, en sus “Observancias” sobre el arte de predicar y hablar a la gente –Modus contionandi-, parafraseaba de este modo un viejo texto, que utilizaba para exhortara a elevarse de uno mismo, a buscar apoyos en personas o realidades de mayor autoridad y valía,y no sólo para superar las propias y naturales limitaciones, sino para –a partir de lo que ya logrado- ir más allá de lo que otros han comenzado y caminado. Subirse a una montaña, como subirse a los hombros de otro, incluso sin que se trate de un gigante, amplía el campo de visión y agranda los horizontes.
Con ello va la entera dinámica del desarrollo y del progreso humanos.

Ayer, Elena –nuestra enfermera-, al ponernos la vacuna de la gripe, encomiaba un artículo de opinión, que acababa de leer en el Metro camino del ambulatorio. Era del diario “20 minutos” (nro. 4055, p. 18); lo firmaba C. J. Palacios y se titulaba “Se nos va la pinza con las seudo-ciencias”. Elena despertó de inmediato mi curiosidad al repetir de memoria una frase del ensayo que su autor asignaba a un tal Bernardo de Chartres: “Somos enanos aupados a hombros de gigantes”. La verdad, me pareció sugerente, rica y enriquecedora, sabia y muy proyectiva la idea que las pocas palabras de la frase mostraban. Sugerente; y no sólo por la elevada estatura humanista que demostraba su autor. Me dije, sobre todo, que la idea de la frase da una clave magistral del progresivo “hacerse” de los hombres en el curso de la Historia. Me pareció un reto a la barrera del “Non Plus Ultra”, grabado por Hércules, según dice la leyenda, en Gibraltar o en Finisterre para indicar el fin de los caminos.

En el actual diseño de la condición humana, si somos realistas, cuando se trata de subir peldaños e ir hacia arriba, nadie va solo a ninguna parte. El “otro”, y lo que el “otro” significa para el “yo” en todos los posibles órdenes o campos de la existencia, es artículo de primera necesidad -ineludible por tanto- para que el hombre “se haga” hombre. El “ser sociable” que es todo hombre por imperativos de esencia bastante más que de conveniencia o capricho no se aviene –ni fácil, ni difícilmente, es decir, de ninguna manera- con una esterilizante soledad. Otra cosa será que la soledad como medio de verse uno mismo por dentro haya de tener un espacio medido si ha de ser posible un para un buen equilibrio entre los reclamos de fuera y las querencias interiores y se busquen como alivio del estrés o de la fatiga de las malas compañías.

El autor del ensayo de “20 Minutos” parte, como digo, de la frase del pensador medieval para entonar un canto sin par a la ciencia y programar una radical y absoluta desconfianza hacia lo que llama la “seudo-ciencia”. Pone gran énfasis en los adelantos científicos. Exalta especialmente los de la medicina, y se contrasta el médico con el curandero, los brebajes de hierbas con las medicinas; y, en general, echa patas arriba esos usos populares –hijos casi siempre de supersticiones y falsas creencias-, que las más de las veces son supercherías al cien por cien, ilusas fantasías desprovistas de todo fundamento, para las cuales determinados hechos, ritos o recurrencias llevan consigo automáticamente consecuencias gratas o ingratas, según los casos.

Encierra –creo yo- mucha verdad y acierto el ensayo. Son evidentes –y además benéficos- los adelantos de las ciencias, y los de la medicina, especialmente, saltan a la vista más aún. Es evidente –sigo creyendo- que un cáncer no se cura con hierbabuena ni una tuberculosis se disipa con cataplasmas. Como es palpable, así mismo, que los adelantos de la medicina y la sapiencia y buena mano de los médicos, de todos ellos, salvo alguna excepción aislada que sólo confirmaría la regla, no son tan sólo un canto al progreso, sino un orgullo legítimo para la condición humana en cuanto diseñada para “hacerse” en cada hombre o mujer concretos y de este modo crecer y, por medio de la ciencia, la técnica, las artes, desarrollarse y así continuar indefinidamente la obra creadora de Dios, instrumentalizando con cabeza y corazón todos tos recursos posibles para ser hombres y cada vez más hombres. Por tanto, salvo lo que pueda tener de leve desmesura, me place la idea del ensayo.

Pienso yo que a nadie se le ocurre censurar o atribuir as nigromancia o superstición tomarse para las agitaciones una infusión de tila o, para una digestión pesada, una taza de manzanilla. Ni que, si te acatarras, sean maléficos unos vahos de eucapiptus o romero… De mis años de Sigüenza recuerdo el rótulo –gracioso y nada extraño- de una farmacia de la ciudad diciendo que “Las mejores vitaminas salen de las cocinas”.
Pueden tener su campo estos remedios rústicos y sus utilidades también estas recetas caseras tradicionales. Dentro de el, y sin pedirles más de lo que son capaces de dar de sí, pueden servir para ser algo más de lo que son los placebos, y hasta-, en ciertos casos, evitar tomarse un omeprazol o un paracetamol. Como vacunarse de la gripe no quita que, al acostarte, tomes un vaso de leche caliente con miel, ni que deje de ser fiable la receta de los mayores según la cual un catarro, si se le cuida, dura ocho días y, si se le trata mal, una semana. Como ya dijera bien Aristóteles”, “In medio stat virtus”. Y desmesurar siempre será una cosa mala.

Volvamos al dicho del filósofo medieval. Bernardo de Chartes –llamado Bernardus Carnotensis en el argot del tiempo- vivió en el s. XII; estuvo al servicio de la catedral de Chartres; nos ha llegado tan sólo una de sus varias obras; y la frase de que se hace eco el ensayo de “20 Minutos” nos fue legado por su discípulo Juan de Salisbury en su obra Metalogicum (a. 1159, III, 4). Esta es la referencia que nos trasmite: “Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más y más lajos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura”-
Como se observa, por el tenor del texto original y su contenido, aunque admita el valor del mensaje del artículo de “20 Minutos, no puedo menos de hallarlo, reduccionista en extremo, y alejado por tanto del sentido radical de la frase medieval.
Ese “cientifismo” a ultranza, de que parece hacer gala el ensayo actual, no me convence demasiado. La ciencia, por supuesto, es mucho en la vida y el progreso modernos, pero no lo es todo. La democracia, por ejemplo, es mucho para el buen gobierno de los pueblos, al igual que la política no deja de ser una actividad benéfica, y hasta necesaria para que una sociedad funcione. Pero si la democracia y la política son elevadas a rango de fines cuando sólo son medios, se pueden convertir en morbos graves para las propias esencias de la democracia y de la política. Porque la desmesura es una suerte de gangrena de todo lo que toca.

Los coetáneos del pensador medieval conocieron la frase y la aplicaron programáticamente a la realidad; lo hicieron con mesura y buen sentido. No se puede con verdad llamar “progreso” a hacer “tabla rasa” de todo lo anterior. A parte de ser una enfermedad, de miopía cuando menos, sería una necedad. Nos debemos convencer –con humildad- de que vivimos de lo que otros hicieron. Yo no creo ni en el “super-hombre” ni en “héroes” de carne y hueso. Creo en la dignidad humana y en las respuestas que cada hombre dé -o sepa dar o quiera dar- a esa dignidad. Creo en la ciencia y en la técnica, pero sin desdeñar otros caminos hacia la verdad o el bienestar. Puede que mañana la ciencia diga cosas muy distintas de lo que dice hoy; como puede ocurrir que la técnica nos esté apuntando ya con las ojivas nucleares del enano gordinflón de Corea del Norte. Y no es que me fíe más de una infusión de manzanilla o poleo que de un antibiótico. Son cosas distintas y compatibles si se distinguen los tiempos y de concuerdan las edades.

No sé bien por qué –al filo de la frase de Bernardo de Chartres y de mis reflexiones- he ido evocando la letra y la música de la copla o canción de Carlos Cano titulada “Metamorfosis”, bellísima, graciosa y a tono exacto con muchos de los devaneos de tanta suficiencia post-moderna. Para cerrar, no me resisto a reproducir sus versos: “¿Dónde va ese muchacho con el triunfo en la cara / subiendo como un gamo la invisible montaña? /¿Qué gloria se reparte? / ¿Qué será lo que dan que le hace perder el culo? Señor, ¡qué barbaridad!. ¿Y ese chico de barba? /De todo se ha olvidado, tiró por la ventana los sueños del pasado. /El mismo que decía:¡compañero a luchar! en la gastronomía encontró su ideal./¿Qué queda de aquel tiempo? ¿Qué fue de la ilusión? ¿Dónde está la esperanza de nuestra generación? Entera a su servicio. / No hay problema zeñó, /para lo que usted guste, /dispuesta, en posición. /Tiempo de los enanos, de los liliputienses, /de títeres, caretas, de horteras y parientes, /de la metamorfosis y la mediocridad /que de birlibirloque te saca una autoridad”. Con la música, esta letra aún sabe mejor

No somos enanos; aunque podemos serlo y a veces parecerlo. Nos aupamos a hombros de gigantes que a su vez se auparon a lomos de otros anteriores. Pero no eran gigantes por sí mismos; sólo “molinos de viento” cuyas aspas fueron paso a paso, a lo largo de los siglos, dando aire para que los hombres de hoy seamos menos enanos y más hombres de verdad. Eran hombres que supieron ser hombres y abonaron la tierra para que ahora, subidos a sus hombros, podamos –al acostarnos- tomar un vaso de leche caliente con miel después de habernos vacunado contra la gripe.
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