El Encuentro de Oración por la Paz en Roma 'Fraternidad y Paz': dos palabras que pueden ser puntos de referencia para todos

XXXIV Encuentro Internacional de la Comunidad de San Egidio en el Espíritu de Asís
XXXIV Encuentro Internacional de la Comunidad de San Egidio en el Espíritu de Asís

"Las guerras deben detenerse mediante procesos de paz", dijeron las religiones. El pasado 20 de octubre de 2020 tuvo lugar en Roma el 34º Encuentro Internacional de la Comunidad de San Egidio en el Espíritu de Asís de oración por la paz titulado "Nadie se salva a sí mismo. Paz y Fraternidad"

El evento interreligiosos contó con la participación del papa Francisco, del patriarca Bartolomé I y de representantes del Judaísmo, del Islam y del Budismo

Tras las oraciones, cada una en sus diferentes templos, el Papa se reunió en la Piazza del Campidoglio con los líderes religiosos

El papa Francisco centró el evento, como el 20 de septiembre de 2016 en la reunión del 30º aniversario de la primera cumbre interreligiosa en Asís

A la segunda parte del Encuentro, en el Campidoglio, acudió también el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella

El mensaje fue que las guerras deben detenerse mediante procesos de paz, repetido deseo también del Papa en su encíclica Fratelli tutti

El pasado 20 de octubre de 2020 tuvo lugar en Roma, debido a la pandemia, el 34º Encuentro Internacional de la Comunidad de San Egidio en el Espíritu de Asís. Encuentro interreligioso de oración por la paz titulado «Nadie se salva a sí mismo. Paz y Fraternidad». Contó con la participación del papa Francisco, del patriarca Bartolomé I y de representantes del Judaísmo, del Islam y del Budismo.

Hubo dos momentos consecutivos y bien diferenciados: primero, el de la oración; y, acto seguido, el de los discursos y mensaje de la cumbre.

A las 16h, en efecto, las diferentes religiones concurrentes elevaron oraciones, cada una en distinto lugar: los judíos lo hicieron en la Sinagoga; y los musulmanes y budistas, a su vez, en salas de los Museos Capitolinos. Todos según sus propias tradiciones, ya que fue en el Espíritu de Asís, el tan conocido por repetido y practicado desde 1986. La oración ecuménica de los cristianos en presencia del Papa y del Patriarca ecuménico a su lado discurrió en la Basílica de Santa María en Aracoeli.

Inmediatamente después, el Papa se reunió en la Piazza del Campidoglio con los líderes religiosos: el de la comunidad judía, Gran Rabino Haïm Korsia de Francia; el del Islam, Mohamed Abdelsalam Abdellatif, secretario general del Comité superior de la fraternidad humana, que recientemente participó en la presentación de la encíclica Fratelli tutti, representando al rector de al-Azhar, de quien ahora, durante el acto de Roma, leyó un hermoso discurso, ya que el gran imán Ahmed el-Tayeb no pudo asistir; por el Budismo, Shoten Minegishi, que ya ha participado en cinco ediciones de las reuniones de oración por la paz; y por la comunidad Sikh, Kamaljit Singh Dhillon. El patriarca Bartolomé I, siempre al lado de Francisco, pero con voz propia. A la ceremonia del Campidoglio, se sumó el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella.

El papa Francisco centró el evento, como el 20 de septiembre de 2016 en la reunión del 30º aniversario de la primera cumbre interreligiosa en Asís. Tomó la palabra dos veces: en Aracoeli, durante la meditación y oración ecuménica por la paz; y en la ceremonia final del Campidoglio, junto a los líderes religiosos antes mencionados, comprendido el patriarca Bartolomé I, y un selecto y raleado público asistente, incluidos los solideos púrpura de los cardenales.

Esta oración -con el lema «Nadie se salva solo, fraternidad y paz»- tenía precisamente por objeto lanzar un gran mensaje de esperanza en estas difíciles horas de pandemia. Los encuentros por la paz que organiza San Egidio suelen durar, es bien sabido, tres días, con paneles y mesas redondas, discusiones, talleres y reuniones. Este año, sin embargo, registró sólo este vistoso y significativo momento de la tarde, al aire libre, con los discursos de los líderes y el Mensaje por la Paz 2020 en la plaza del Campidoglio, precedido todo ello de la oración ecuménica en los sitios antedichos. Singulares horas, ciertamente, históricas sin duda, con universal repercusión: «fraternidad y paz» son palabras que pueden ser puntos de referencia para todos.

A los numerosos conflictos de años atrás -la guerra en Siria, por ejemplo, que lleva ya diez con un triquitraque sin visos de punto final- se debe añadir el reciente en Nagorno-Karabaj. Llegado el momento conclusivo de las intenciones -por cada una se fue colocando en un brasero la correspondiente vela encendida-, Bartolomé I introdujo este capítulo de oración por todos los que sufren a causa de conflictos y violencias y por el mundo entero, al que la pandemia continúa golpeando sin piedad.

El acto ecuménico de los cristianos en Aracoeli

El elenco de países y áreas conflictivas del planeta fue largo: abrió la lista Afganistán. Siguió América Central. Se rezó asimismo por el fin de las tensiones y por el diálogo en Bielorrusia, por la reconciliación en Burundi, por el cese del terrorismo y de la persecución de los cristianos en Burkina Faso, por los acuerdos de paz en Colombia.

Todavía siguió luego por la paz en la región del Kivu en la República Democrática del Congo; para que acaben las tensiones en la península coreana; en Irak; entre India y Pakistán; por la estabilidad y la convivencia pacífica en el Líbano; por la paz en Libia; por el fin del conflicto en Mali; por México y el fin de la violencia causada por el narcotráfico; por el final de la violencia en el norte de Mozambique, en Nigeria, en la República Centroafricana; por la paz en Siria, en el Cáucaso, en Somalia; por los acuerdos de paz en Sud Sudan; por la paz y la reconciliación en Ucrania, en Venezuela, en el Yemen, en Tierra Santa; por la liberación de los raptados en Oriente Medio y en cualquier parte del mundo.

Fueron también recordados luego los refugiados, preciosos a los ojos de Dios. Y se rezó asimismo por los gobernantes -«para que guíen el mundo por caminos de paz y de diálogo»-; por la liberación de la pandemia y para que [PL1] «consigamos edificar un mundo más justo para todos y sobre todo para los pobres». Se rezó, en fin, por los creyentes de todas las confesiones y por todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que colaboren por la paz. La recitación del Padrenuestro, el intercambio de paz y la bendición del papa Francisco cerró un momento de intensa unidad entre los cristianos.

La Covid-19 no debe hacernos olvidar estas guerras; antes al contrario, en un contexto así cabe decir que adquieren mayor gravedad aún. El mensaje fue que las guerras deben detenerse mediante procesos de paz, repetido deseo también del Papa en su encíclica Fratelli tutti.

Las religiones, por eso mismo, tenían mucho que decirle al mundo en esta hora de preocupación y congoja. Los líderes allí presentes quisieron poner de manifiesto a toda la humanidad, mediante sus mensajes y presencia oracional que, con la pandemia que padecemos, tal vez se termine una era. Pero no dejará de llegar otra. Debemos, por tanto, abrirnos a la esperanza, mirar al futuro con optimismo y echarle valor al horizonte que se nos viene encima.

El presidente Mattarella

Lo que hace falta en este tiempo -y pensemos en las numerosas consecuencias económicas y sociales de la pandemia- es precisamente apertura a la esperanza. Esto puede verse de manera todavía más dramática, obviamente, en los países citados durante las peticiones finales de oración.

Siria, repito, sigue viviendo bajo la tenaz angustia de las negras horas de guerra, con siete millones de personas que han abandonado su patria, dejando atrás hogar, propiedades y enseres. Y añádanse a ello las víctimas causadas en los últimos años, sin omitir tampoco los pueblos y familias empobrecidos por la emergencia de la Covid-19.

Las religiones, pues, apelaron al coraje y al valor y a las mancomunadas fuerzas para enfrentar juntos el futuro. Normalmente, en los últimos eventos promovidos por la Comunidad de San Egidio, se reunían cientos de líderes y representantes de las principales religiones del mundo, procedentes de más de 50 países, es cierto. Este año, sin embargo, por sensibilidad a la pandemia de la Covid-19, la Ceremonia de Oración por la Paz tuvo lugar de la manera dicha en el emblemático Campidoglio de Roma.

Fue, de hecho, un evento colorista, folclórico también, si se quiere, y sobremanera religioso seguido en todo el mundo: aunque muchas personas no pudieron hacerlo, por razones de seguridad sanitaria, de modo presencial en la Plaza capitolina, el evento, sin embargo, se transmitió en ocho idiomas en streaming y a todo el mundo. Sus particularidades fueron relatadas al micrófono de Radio Vaticano por Roberto Zuccolini, portavoz de la Comunidad de San Egidio.

Horas antes del Encuentro, el presidente de dicha Comunidad, Marco Impagliazzo, pronunció estas palabras de aliento y consuelo: «La oración nos saca de nuestro victimismo, abre nuestros oídos y corazones a las necesidades de los que sufren y nos empuja a hacer algo, porque la oración está siempre en la raíz de la paz […] Es hora de redescubrir una fraternidad universal, de abrir los ojos a los muchos conflictos aún en curso y de hacer una invocación concertada de todas las tradiciones religiosas a Dios». Se recordó en esta cumbre también que «la guerra es una derrota política de la humanidad».

Hasta aquí, la breve crónica de los hechos. Dejo para próximas entregas resumir para mis lectores el contenido de los discursos, y el Mensaje final del Encuentro de Paz 2020. Son puntos sin duda de gran relevancia cuyas raíces se han de buscar en la declaración Nostra aetate, del concilio Vaticano II, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, y en el decreto Unitatis redintegratio, también del Vaticano II, acerca del ecumenismo. De hecho, se notó la presencia de los cardenales Miguel Ángel Ayuso Guixot y Kurt Koch, presidentes respectivamente de los citados dicasterios, enfocados varias veces por las cámaras de televisión. Asimismo, y por ir todavía más al vivo y recorrer mejor los caminos que llevan al histórico evento de Roma, será preciso meterse entre pecho y espalda el Documento sobre la Fraternidad Humana, firmado en Abu Dabi por el papa Francisco y el gran imán de Al-Azhar, documento que ya se conoce como la Declaración de Abu Dabi, así como las recientes encíclicas del papa actual, Laudato Si’ y Fratelli tutti, más la segunda que la primera. Y todo ello sin dar de lado, como es obvio, a la Comunidad de San Egidio, con su brillantísimo historial religioso y pacificador en todo el mundo. Fue ella la encargada de programar la ceremonia sin dejar un cabo suelto, ceñida en todo momento a un protagonismo de discreta y eficaz elegancia, con su habitual maestría de belleza y precisión.

El Papa dirigiendo el discurso en el Campidoglio

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