Un efusivo exhorto a la unidad cristiana «Nos trataron con una solicitud poco común»

Semana de de Oración por la Unidad de los Cristianos
Semana de de Oración por la Unidad de los Cristianos

La misión de Dios continúa con el Apóstol encadenado y en medio de una travesía pronto peligrosa

No pocas personas se enfrentan hoy también a los mismos miedos y en los mismos mares del migrante: o de quienes emprenden viajes asimismo peligrosos por tierra, mar y aire para escapar de catástrofes naturales, guerras y pobreza

El Octavario se inspira este año en las islas de Malta y de Gozo, cuyos cristianos celebran el 10 de febrero la Fiesta del Naufragio de San Pablo, para agradecer así la llegada de la fe cristiana al archipiélago maltés. La narración empieza con Pablo llevado como prisionero a Roma (Hch 27,1ss). San Lucas describe con elegancia el episodio, del que salen numerosas lecciones estos días para el ecumenismo. La casualidad quiere que dicha semana se celebre siempre a mediados de enero, justo cuando los que, a falta de mejor ocurrencia, se entregan aún al balance del año que se fue. 

Los que no tienen nada que hacer y los que tienen mucho tiempo para hacerlo, ya que el año va todavía, como quien dice, de primeros pasos planetarios y primeras auroras boreales, se dedican a darnos la tabarra del balance. No saben que se equivocan. Aunque no lleven un doble libro de contabilidad ni cometan errores, pues el error es precisamente hacer balance. Del dicho al hecho va un gran trecho, pero hay una distancia más grande de lo pintado a lo vivo, ya sea bogando en mar abierta o por encrespadas aguas del estrecho.

El caso es que la misión de Dios continúa con el Apóstol encadenado y en medio de una travesía pronto peligrosa. En el relato se refleja una humanidad acosada por el poder terrorífico del mar que la arrastra a un terreno desconocido, imprevisto, donde se ve perdida y sin esperanza. Y es que, para borrascas y tormentas, las del mar. Dicen los que del asunto experiencia tienen, que una y no más.

Los 276 ocupantes de la nave están divididos en grupos diferenciados. El centurión y sus soldados tienen poder y autoridad, cierto, pero dependen de la experiencia de los marineros. Cunde el miedo y son vulnerables, sobre todo los prisioneros con cadenas: corren el riesgo de ser víctimas de una ejecución sumaria (22,42). De modo que, según arrecia la tormenta, crece también la división por desconfianza y sospecha entre los grupos.

Sólo Pablo, más fresco que una lechuga, destaca como elemento de paz. Sabe que su vida está en las manos de Dios, a quien pertenece y rinde culto (cfr. 27,23). Gracias a esta fe, confía en comparecer ante el emperador en Roma y, puesto de pie, da gracias a Dios. A ejemplo suyo, todos comparten juntos el pan, unidos en una nueva esperanza y confiados en sus palabras.

Se atisba en ello, pues, la divina providencia. El centurión dispuso zarpar con mal tiempo y durante la tempestad los marineros tomaron decisiones sobre cómo manejar el buque. Pero al final sus planes se frustran y sólo juntos y dejando que la nave se hunda logran salvar sus vidas. El navío y su valiosa carga irán a pique, mas no sus vidas, pues «ni un cabello de la cabeza se perderá» (27,34; cfr. Lc 21,18).

Pablo arroja la víbora al fuego

En nuestra búsqueda de la unidad, abandonarse al Cielo implica soltar lastre de cosas a las que estamos atados. Para Dios lo importante es la salvación de todos. El grupo, tan desunido y diverso, va «a parar a alguna isla» (27,26).

Juntos en la nave, llegan al mismo destino, donde aflora su unidad humana a través de la hospitalidad isleña. Nos trataron -recuerda san Lucas- con una solicitud poco común» (Hch 28,2). ¿Quiénes? Evidentemente, los nativos del archipiélago. Champó, pues, a los malteses.

Alrededor de la hoguera y rodeados de personas que no los conocen ni  entienden, las diferencias se desvanecen: ya no están a merced de fuerzas indiferentes, sino abrazados por la providencia amorosa del Altísimo, presente a través de personas que les dispensan «una solicitud poco común» (28,2). Mojados y con frío, se pueden secar al calor de la hoguera. Hambrientos, se les da comida. Y cobijo hasta que puedan volver a emprender viaje con seguridad.

No pocas personas se enfrentan hoy también a los mismos miedos y en los mismos mares del migrante: o de quienes emprenden viajes asimismo peligrosos por tierra, mar y aire para escapar de catástrofes naturales, guerras y pobreza. Sus vidas están a merced de inmensas fuerzas, no sólo naturales, sino también políticas y económicas. La indiferencia de los humanos asume en este caso las formas de quienes venden plazas a personas desesperadas en barcos inadecuados para la navegación; o de los que deciden no mandar naves de rescate; o de cuantos alejan de sus costas a pateras con migrantes.

Como cristianos que afrontan la crisis migratoria, tenemos a la vista un reto, pues: ¿nos unimos a las frías fuerzas del desdén o mostramos «una solicitud poco común», haciéndonos también nosotros testigos de la providencia amorosa de Dios para todos? Necesitamos la virtud de la hospitalidad en nuestra búsqueda de la unidad cristiana. 

Las personas que tan finamente trataron a Pablo y sus compañeros desconocían aún a Cristo y, pese a ello, fue gracias a ese desacostumbrado trato como un grupo dividido se fue uniendo. Nuestra unidad cristiana se manifestará no sólo con hospitalidad, bien es cierto, sino también a través de cordiales encuentros con quienes no comparten nuestra lengua, cultura o religión.

En estos viajes tempestuosos y encuentros casuales la voluntad divina para su Iglesia y para las personas todas llega a su plenitud. Pablo dirá en Roma que esta salvación de Dios ha sido ofrecida a todos los pueblos (cfr. Hch 28,28).

El Octavario pretende ser, como en pasadas ediciones, un efusivo exhorto a la unidad cristiana. Ocho días en que las Iglesias se proponen cabalgar subidas al capítulo 28 de los Hechos de los Apóstoles. En el cuadro que san Lucas pinta, los 276 pasajeros terminan siendo testigos de la unidad. A cualquiera se le alcanza deducir, por cada una de las sensaciones, que se nos invita a reflexionar sobre nuestra situación de Iglesias divididas y acerca de los remedios que oportunamente se puedan aportar.

El Año Paulino

Por supuesto que testigos, testigos, en cierta manera ya lo somos, pero cae asimismo por su peso que nuestra mejora en el arte, el privilegio, la gracia, debe traducirse, con arreglo a lo que el programa de la Semana indica, en celebrar al que nos ofrece el don de la vida en medio del naufragio que aquí se comenta.

Y de igual modo en compartir con los otros la mirífica historia de nuestra fe; tomar conciencia de que Dios trabaja en nuestras vidas; agradecer la herencia de creer; confesar a Cristo como vencedor de los elementos desatados de la madre Naturaleza; aspirar a ser cada día, sin demora ni componendas, más fieles a la Palabra de Dios, que brinda siempre soluciones incluso donde no parece haberlas; acrecentar -creciendo nosotros al hacerlo- la fe, la esperanza y la caridad; brindar, en suma, hospitalidad sabiendo nosotros acogerla cuando se nos ofrezca.

Ningún apóstol tan ecumenista como san Pablo, el que abrió la Iglesia a los gentiles, el que le sacó brillo a la catolicidad por los cuadrantes de la difusa Ecúmene, el que previno a sus comunidades acerca de cualquier asomo de animosidad y discordia. No extrañe, por tanto, que los observadores de la Iglesia ortodoxa rusa en el Concilio Vaticano II, proto-presbítero Vitali Borovoi y archimandrita Vladimir Koltjarov, en automóvil con monseñor Willebrands hacia el Vaticano el día de su llegada a Roma, cuando éste les mostró la Basílica de San Pablo Extramuros le pidieran parar un momento para llegarse hasta la tumba del Apóstol de las Gentes.

Tampoco sorprenda, en consecuencia, que para las celebraciones jubilares del Año Paulino fuese allí habilitada una capilla interconfesional, y los monjes benedictinos, encargados del culto, invitasen a los hermanos acatólicos que lo desearan a compartir los domingos el rezo de vísperas.

Ojalá que también este Octavario 2020 que hoy empieza, deje al aire del histórico episodio maltés, una lección ecuménica de solicitud y cortesía, donde aniden juntas la reconciliación, la iluminación, la esperanza, la confianza, la fortaleza, la hospitalidad, la conversión y la generosidad: habrá merecido la pena entonces celebrarlo juntos, como san Pablo y sus compañeros en Malta.

Celebrando el Octavario

Sería cosa de no poco momento, por de pronto, lograr que alguna mitra ilustre deje de estar en la inopia y apueste de una vez por el Concilio Vaticano II; que ciertos estudios teológicos y hasta universidad de la Iglesia introduzcan la asignatura del ecumenismo en el cuadro de las materias superiores -dado que es obligatoria-.

Y que más de un profesor y más de dos, radicalmente incapacitados para impartir tal disciplina, omitan sus vaguedades, lean bien el decreto Unitatis redintegratio, o bien le dediquen un tiempo a Ut unum sint, para que se percaten de qué va la fiesta y por dónde sopla el aire. Y si no, que cierren el chiringuito y se dediquen a otra cosa, mariposa. Porque nombres, lo que se dice nombres, haberlos, haylos, el caso es dar con ellos. Uno tiene varios en su agenda.

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