José de Segovia El legado de Francis Schaeffer (1): buscando la autenticidad

En estos tiempos de negacionismo y teorías conspiratorias parece increíble que hubiera una época en que el cristianismo evangélico no fuera sinónimo de oscurantismo e irracionalidad.

Aparece por fin una biografía de Francis Schaeffer, 1912-1984, en castellano

Hace ahora medio siglo que Francis Schaeffer (1912-1984) publicó un libro para despertar la conciencia ecológica del mundo evangélico, Polución y la muerte del hombre (1970) –traducido tres años después por la Casa Bautista de Publicaciones–. En estos tiempos de negacionismo y teorías conspiratorias parece increíble que hubiera una época en que el cristianismo evangélico no fuera sinónimo de oscurantismo e irracionalidad. Merece la pena, por eso, considerar el legado de Schaeffer, fiel a las Escrituras, pero abierto al mundo y sus inquietudes.

Es difícil para mí, resumir en un artículo la biografía y pensamiento de Schaeffer. He leído la mayoría sus libros, pero también muchas de sus cartas, así como bastantes estudios que se han publicado sobre él. Y sobre todo, estos últimos años he tenido acceso a su familia, gracias al aprecio y entusiasmo que tan generosamente me ha mostrado su yerno, Ranald Macaulay. He pensado así, dedicar una serie de artículos a su legado, pero también al desafío que todavía significa para nosotros hoy.

Es una visión personal, ¡claro! Schaeffer significa muchas cosas a muchas personas. La mayoría ya no sabe quién es, pero los que le recuerdan, me temo que le siguen viendo como un intelectual que escribió obras sobre apologética, difíciles de entender. Quien así piensa, creo que no le ha leído apenas. Y sobre todo desconoce su influencia personal, que para mí, ha sido su mayor legado. Él era un gran oyente –sabía más de oídas, que por leer mucho– y excelente conversador. Le importaban más las personas, que los libros. Aunque uno marcó toda su vida y pensamiento, la Biblia. Para él, el cristianismo era bíblico, o no era cristianismo.

Lo que ocurre es que su cristianismo era experimental. Era un hombre de oración, pero sobre todo buscaba una autenticidad que hacía que tuviera una completa aversión a la superespiritualidad que asola el mundo evangélico. Este es uno de los aspectos “proféticos”, que decía José Grau –tal vez su principal introductor en el mundo hispano– tiene la obra de Schaeffer. Y quizás una de las “asignaturas pendientes” –por seguir utilizando la terminología de Grau– todavía hoy del cristianismo evangélico más conservador, tan pietista e inhumano, ahora como entonces.

Los Schaeffer se hicieron conocidos por su ministerio entre niños, organizando escuelas bíblicas de verano, como esta que hicieron en una iglesia de Grove City, en Pensilvania.

Para otros, sin embargo, Schaeffer es demasiado conservador. Muchos le describían en círculos liberales como “el gurú del fundamentalismo”. Lo de gurú venía por su conexión con el ambiente hippy de finales de los años 1960 y principios de 1970, pero también por la extravagancia, no sólo de su atuendo tirolés, sino de su carácter personal en un mundillo tan convencional como el del protestantismo evangélico, donde los predicadores siguen vistiendo de traje y utilizando el mismo lenguaje piadoso durante siglos. Lo sorprendente para el mundo liberal, es que su mensaje siguiera siendo tan “fundamentalista”. Y es lo que fue.

¿Gurú del fundamentalismo?

Para entender los orígenes de Schaeffer, tenemos que comprender lo que supuso el fundamentalismo a finales del siglo XIX y principios del XX. Las principales denominaciones históricas del protestantismo se dividen a causa del alejamiento de sus teólogos de las doctrinales fundamentales del cristianismo. Francis venía de una familia luterana alemana que había emigrado a los Estados Unidos. La crítica de la Biblia en Alemania había establecido un imperio académico, donde lo que predominaba era el escepticismo y el orgullo intelectual, dos cosas a las que el joven Schaffer se enfrenta, no sólo por su origen humilde –hijo de un carpintero sin libros, ni cultura–, sino por su carácter nada orgulloso.

Schaeffer tenía el valor de decir en voz altalo que muchos nos preguntamos en nuestro interior.

Fran –como le llamaba su familia y amigos– tenía problemas disléxicos. Cuando uno escucha sus grabaciones, no sólo percibe lo agudo de su voz, sino también la extraña pronunciación que tenía de algunos nombres. Su hija recuerda como incluso de niña, su padre le preguntaba cómo se escribían palabras muy simples. Una maestra de secundaria le descubre el mundo del arte. Y aunque asiste a una iglesia presbiteriana, lee la Biblia básicamente por su cuenta, ya que la denominación en que estaba entonces, no era conservadora. Luego se une a la iglesia que forma Gresham Machen, al separarse del presbiterianismo liberal que hay en el norte de los Estados Unidos, cuando se funda el Seminario Teológico de Westminster en Fidaldelfía.

Su conversión fue en una misión evangélica, al entrar en una reunión que encontró en una tienda de campaña en 1930, lejos del protestantismo nominal de sus padres. Al año siguiente quiere entrar en la Universidad Hampden-Sidney de Virginia, para estudiar después teología. Su padre veía a los pastores como parásitos, que realmente no trabajan, pero accedió a pagarle el primer semestre de estudios generales de filosofía y lenguas clásicas. Había una asociación de estudiantes cristianos, que llega a presidir, pero mientras en el sur imperaba el racismo, Schaeffer va a una escuela dominical afro-americana.

Edith, la esposa de Schaeffer,se llamaba de apellido Seville, Sevilla en inglés, y era hija de misioneros en China.

Años después, su interés por la música negra hizo que empezará a hablar con el estudioso del arte Hans Rookmaaker, apasionado por el jazz y el cine, cuando le conoce en el Consejo Internacional de Iglesias Cristianas que organiza el fundamentalismo como alternativa al Consejo Mundial de Iglesias en Amsterdam en 1948. Estaban tan entusiasmados en su conversación que dejaron de ir a las reuniones, para recorrer los canales hablando sin parar, sobre la relación entre la fe que habían encontrado tras su conversión y la cultura popular. El holandés había conocido el cristianismo en un campo de concentración nazi, cuando su prometida judía murió en Auschwitz, llegando a ser miembro de una iglesia reformada conservadora. Su novia actual trabajaba de secretaria en el congreso fundamentalista.

Paladín de la ortodoxia

Schaeffer se casó con la hija de unos misioneros evangélicos en China. Sus padres estaban en la Misión para el Interior de China que había fundado Hudson Taylor. Era una “misión de fe” que buscaba la adaptación cultural, incluso en el aspecto de los misioneros. El apellido de Edith era Seville, Sevilla en inglés. Fran la conoció en la iglesia presbiteriana, cuando en una reunión de jóvenes, un conferenciante unitario negaba la deidad de Jesús y la divinidad de la Biblia. Schaeffer contestó al orador y le recomendó a Edith el libro de Machen, Cristianismo y liberalismo (1923). El año de su boda se funda el Seminario de Westminster en 1935, matriculándose Fran en el primer curso, después de graduarse en Hampden-Sidney.

Para entender hasta qué punto Schaeffer fue fundamentalista, hay que darse cuenta el partido que toma en la discusión que hay en Westminster en 1937, sobre la libertad cristiana. Tras formarse la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa con Machen –que funda el seminario–, un grupo encabezado por Oliver Buswell y el fundador del Consejo Internacional de Iglesias Cristianas en Nueva York en 1941, Carl MacIntire, ven la necesidad de una nueva denominación, la Iglesia Presbiteriana Bíblica, coherente con la conducta de “cristianos separados” del mundo y la escatología premilenarista.

Este grupo “neo-fundamentalista” forma el Seminario de Fe, donde se apuntan los Schaeffer, que requiere la abstención del alcohol y el tabaco –en Westminster se bebía y fumaba–, así como evitar espectáculos y bailes. Fran fue el primer ministro ordenado por la denominación. Llegó a ser el pastor de dos iglesias en Pensilvania, una en Grove City desde 1938 y otra en Chester desde 1941, antes de ir a la tercera en San Luis, Misuri, otros cinco años. Los Schaeffer eran conocidos por su ministerio entre niños.

Schaeffer se une a una escisión neo-fundamentalista de la Iglesia Ortodoxa Presbiteriana y el Seminario de Westminster, que había fundado el fundamentalismo histórico de Machen.

Organizaban escuelas bíblicas de verano y fundan una organización misionera llamada Niños para Cristo, que era una escisión fundamentalista de la Alianza Pro-Evangelización del Niño (APEN), que les envía a Europa en 1947.

En aquel viaje visitaron Francia, Suiza, Noruega y Holanda. Estuvieron en el Instituto Bíblico Emmaus, después de ver a unos pastores en Lausana y visitaron una iglesia bautista en Oslo, a la vez que el Consejo Mundial de Iglesias tenía un congreso sobre la juventud. En Lausana establecen su base de actividades. Fran daba conferencias sobre los peligros del liberalismo. Viajó a Escandinavia, Francia, Alemania. De hecho estuvo en Roma cuando se proclamó el dogma de la Asunción de María. Lo que le llevó a escribir sobre los peligros del romanismo.

Crisis de fe

Es evidente que muchos evangélicos están todavía en la fase de los Schaeffer antes de la crisis que tiene en Suiza en los años 1950. Ven los peligros de liberalismo, el romanismo y el movimiento ecuménico. No entienden que un cristiano pueda beber o fumar. Creen que la doctrina bíblica incluye hasta su particular escatología sobre el milenio. Y el mundo es para ellos, aquello de lo que se deben separar. El problema es cuando algunos como Fran, dudan de sí mismos, más que de la Biblia misma. Y su honestidad hace que se pregunten muchas cosas.

Al final de su vida, Schaeffer lamentaba su batalla por la verdad sin el amor que viene del Espíritu de Dios.

Schaeffer había estudiado en Wesminster con un holandés llamado Van Til, que combinaba la apologética presuposicional con uno de los más tempranos ataques a la teología de Karl Barth como un “nuevo modernismo”, al decir que la Biblia contiene, pero no es la Palabra de Dios. Su visión de Aquino es la misma de Van Til, pero difería con él en la radicalidad de que no hubiera ningún punto de contacto entre la fe del creyente y la visión de la realidad del no cristiano. Curiosamente, Van Til nunca quiso discrepar con él en público. Schaeffer le contó a Rookmaaker que, al llegar a ser pastor, confiaba tanto en su capacidad de persuasión, que si la otra persona no aceptaba a Cristo, pensaba que eran sus argumentos los que no le convencían.

Justo antes de la crisis, Schaeffer se dedica a combatir el nuevo modernismo que representa para él Karl Barth, en la foto, a quien conoció personalmente y con quien mantuvo una amarga correspondencia.

Cuando se fueron a Suiza, el matrimonio tenía ya tres hijas. Su salud no era muy buena. Lo que atribuían al clima de la región donde se habían establecido en una pensión en La Rosiaz. Se trasladan a Champéry, donde trabajan con niñas inglesas, ya que ni siquiera hablaban francés. Todo parece un completo despropósito, mientras se dedican a preparar un congreso en Ginebra, donde Fran va a hablar al Consejo Internacional de Iglesias Cristianas sobre los peligros del “nuevo modernismo” de Barth. Tiene entonces contacto personal con el teólogo de Basilea. Su amarga correspondencia está ahora en un blog en español de Internet. Lo que muchos no saben es que fue justo antes de la crisis que tuvo en los años 1950, cuando dejó de ser misionero.

La experiencia la cuenta en el prólogo a su libro La verdadera espiritualidad, que se publica en 1971. De ello hablo en el siguiente artículo de esta serie. Su lectura fue una auténtica liberación para mí. Como muchas personas que se han educado en la iglesia, yo también llegué a un momento en que empecé a dudar. Algunos como Schaeffer, se han convertido incluso a una edad adulta, pero sinceramente se cuestionan la realidad de su experiencia, cuando años después cuestionan su espiritualidad. Lo sorprendente es que él era pastor, misionero y conferenciante, pero tenía el valor de decir en voz alta, lo que muchos nos preguntamos en nuestro interior.

La gran lección del Schaeffer fundamentalista es que uno puede ser un paladín de la ortodoxia, buscar la pureza eclesial y vivir conforme al más estricto legalismo evangélico, pero estar engañándose a uno mismo. Cuando al final de su vida, recordaba aquellos años, enfermo de cáncer, lamentaba su batalla por la verdad sin el amor que viene del Espíritu de Dios en Cristo Jesús. Tenía la ortodoxia, pero no la ortopráxis. Ese era para él, El gran desastre evangélico –como tituló aquel libro incompleto en el hospital, que nunca se ha traducido–. Podemos tener mucho celo por la verdad, pero poco del amor en que conocerán que somos sus discípulos (Juan 13:35)...

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