Descubre la impronta de Dios en ti y no te dominará ningún gobernante
ENTRE DIOS Y EL CÉSAR
El Maestro se refiere a eso cuando, al ver la impronta del César en la moneda, dice: si tiene la huella del César, esa le pertenece al César. Pero quienes descubran la huella de Dios en su vida saben que le pertenecen a Dios; saben que su camino es un camino eterno. Saben que su vida no se entrega, no se abandona a cualquier postor de ninguna manera.
Choachí, Colombia/ Todos necesitamos seguir huellas para tomar un camino que nos conduzca a la plenitud de nuestro ser. Todos necesitamos seguir huellas que otros han trazado, porque nadie hace solo este camino. Nadie crea este camino por primera vez. Miles, millones de personas a lo largo de la historia han caminado dejando no solo huellas, sino que han dejado de tal modo un camino que se ha convertido incluso en un cauce por el que fluyen muchos, siguiendo el camino de la plenitud.
Y se ha hecho de muchas maneras, no ha habido una sola manera; porque cambian las circunstancias, cambian los momentos históricos, cambian las culturas, las formas de comunicarnos. Y entonces ese cauce tiene varias posibilidades o muchas posibilidades, pero todo ha sido fruto de las huellas y de las improntas que otros nos han dejado y que por eso podemos seguir. Y entonces una persona puede elegir este sendero, en ese inmenso camino, o este otro o este otro, de acuerdo a su propia historia y de acuerdo a las circunstancias en que le corresponde vivir.
Nosotros, por ejemplo, estamos viviendo un momento histórico distinto del de Santa Teresa de Jesús, que vivió hace 500 años, o San Juan de la Cruz o San Ignacio de Loyola. Estamos viviendo un momento histórico distinto y además porque la conciencia de los seres humanos se ha ido transformando con el paso del tiempo y entonces seguimos las huellas de acuerdo a nuestras circunstancias, a nuestro momento.
Sin embargo, existe una huella; existe una impronta que es la que nosotros, -cada uno de nosotros, está llamado a vivir, a seguir, a conocer, a profundizar. Sin seguir esa huella, sin descubrir esa impronta, sin descubrir ese sello, el camino se hace confuso, realmente muy difícil. Y cuando no descubrimos esa huella, esa impronta, ese sello, terminamos entregando nuestra vida a cualquier circunstancia, incluso a cualquier persona que asuma el dominio de los demás, solo porque domina. A cualquier gobernante, a cualquier persona que se imponga normalmente por la fuerza.
Entonces, estoy llamado a reconocer esa impronta para no entregarle mi vida a cualquier gobernante o a cualquier persona que intente dominar o conducir mi existencia. Esa es la impronta, la huella de Dios. Yo estoy llamado a descubrir la huella de Dios en mi existencia.
¿De qué manera Dios ha dejado su huella, su impronta, su sello en mi propia historia, en mi vida? Y descubriendo esa huella, voy dando los pasos que debo seguir en mi propia historia personal. Cada uno de nosotros tiene una historia personal, ha hecho un camino con diferentes circunstancias, pero en todos nosotros está la huella de Dios.
Y nos hemos dado cuenta que incluso hemos fallado cuando le entregamos nuestra vida o nos abandonamos ante unas circunstancias o ante una persona o ante una situación que simplemente es la que ha dominado ese momento de nuestra historia. Y si se nos perdió la huella de Dios, se nos perdió la impronta de Dios, se nos perdió el sello y quedamos confundidos, terminamos defraudados, si no es que explotados.
El Maestro se refiere a eso cuando, al ver la impronta del César en la moneda, dice: si tiene la huella del César, esa le pertenece al César. Pero quienes descubran la huella de Dios en su vida saben que le pertenecen a Dios; saben que su camino es un camino eterno. Saben que su vida no se entrega, no se abandona a cualquier postor de ninguna manera.
Por lo tanto, si es cierto que todos necesitamos seguir huellas de personas que han hecho un camino de vida espiritual serio, profundo, dedicado, que ciertamente nos lleva hacia la plenitud de Dios, la primera huella por la que debo preocuparme en descubrir, la primera impronta, el primer sello que debo ubicar en mi vida es la huella divina, para que yo no me confunda. Porque existen posibilidades, propuestas, autoridades que pueden seducirnos y decir, "Qué bueno, por aquí sería, me gusta esto”, pero terminamos perdidos.
Como San Juan de la Cruz, cuando dice que la subida a la cima del Monte Carmelo tiene tres caminos y dice, "Si coge por este camino no llega, si coge por este otro camino, tampoco llega, tiene que seguir por el camino que lo conduce a la cima, que es el camino que él propone, el camino de las nadas. En este caso, es descubrir la huella de Dios en mí.
¿Y cómo es esa huella? Lo primero que tenemos que tener presente es que nuestro origen es el origen divino. Es decir, yo no nací simplemente de un proceso biológico -que agradezco de mis padres; realmente estoy yo aquí porque procedo de la eternidad del no tiempo, de lo infinito de Dios. Y cuando me encarno y asumo la finitud de mi existencia, entro inmediatamente en una gran confusión con diversas realidades. Entonces le entrego mi corazón a una cosa, a otra cosa o a una persona o a un negocio o algo -porque son muy atractivos, y mi finitud tiende a confundirse.
Necesito redescubrir la infinitud de mi existencia, mi origen, lo que me vincula a la presencia divina. Y eso lo hacemos nosotros a través de nuestra práctica contemplativa cuando suspendemos efectivamente todas las demás atracciones finitas, preocupación por este asunto, deseo de este otro asunto, de este plan, de esta situación, de esta persona; de lo que fuera. Las situaciones finitas las abandono en mi sentada contemplativa, abandonando todo, abismándome, es decir, adentrándome en la profundidad del abismo divino, en donde ya no hay nada que me atrae de modo finito, sino un total silencio y vacío que siempre me está llamando a mantenerme unido, vinculado a Él.
Y por eso es que hacemos silencio contemplativo para abandonarlo todo y de esa manera retornar a la huella divina que hay en mí, a la impronta, al sello que hay en mí. Cuando se da esa experiencia, algo sucede en mí que me impide que, cuando retorne a mis actividades, me vuelva a entregar a la locura.
Seguiré, claro, en medio de las situaciones finitas. Hay que ir a trabajar. Necesitamos organizar nuestras tareas. Tengo relaciones con personas. Está mi familia. Debo ayudar al prójimo. Hay mucho por hacer; pero mi corazón permanece anclado en la huella divina que hay en mí, por la huella de eternidad que no termina en mí.
Y entonces, por el contrario, dejo una impronta de Dios en aquello que toco, en aquellos con los que me encuentro, en aquella tarea que se me ha trazado para realizar como ser humano, como miembro de la sociedad, como creyente, como un ser humano que aporta. Dejo la impronta, la huella, el sello divino en cada acto, en cada palabra donde esté.
Y entonces podemos decir que ciertamente al César hay que darle lo que le corresponde. Cada actividad humana tiene la posibilidad de jalonar algo de nosotros para que aportemos allí. Claro que sí. Pero lo que soy, mi existencia, solo le pertenece al infinito, al Misterio, a Dios mismo. Por eso ahora nos sentamos.
Por eso nuestra práctica no consiste solo en leer o en pensar o en aprender. Todo eso está muy bien, y debemos hacerlo; pero sobre todo en anclar todas esas realidades en el Misterio. Vamos a esa práctica. Y en esa práctica, en ese abismo insondable de Dios, nos encontramos todos unidos y salimos de allí cada vez más unidos, cada vez más amorosos, cada vez más cercanos, cada vez más disponibles a dejar la impronta de Dios en todo lugar.
¡Vamos a nuestra práctica!
losmonjesurbanos@gmail.com
Video de la meditación: