"Predicaba con el evangelio en una mano y el periódico en la otra" Misa por Antonio Aradillas en la parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza, donde celebró durante 50 años

Padre Martín en la misa por Aradillas
Padre Martín en la misa por Aradillas

"Una misa íntima y emotiva, que fue oficiada por su gran amigo y compañero el padre agustino José María Martín"

"El padre José María, amigo suyo desde los años setenta del siglo pasado, emocionó a los asistentes con palabra sentida y muy querida, recordando a la gran persona, por encima de sacerdote, periodista y escritor, que nos ha dejado"

"Al final de la misa los compañeros y amigos de Antonio le tributaron un cerrado aplauso, final (o principio) de ese merecido homenaje a una persona que nunca dejó de creer y de soñar"

Padre José María Martín: "No le gustaban muchas cosas de la Iglesia a nuestro querido Antonio. Estaba plenamente identificado con el Concilio y con su espíritu"

La Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, de la Ciudad de los Periodista de Madrid,  rindió ayer un homenaje a nuestro querido compañero Antonio Aradillas, fallecido el pasado día 4, y en cuyo templo, regentado por los PP. Agustinos,  Antonio celebró misa durante más de cincuenta años.

Como no podía ser de otro modo -y él así lo hubiera querido- el homenaje consistió en la celebración de una misa íntima y emotiva, que fue oficiada por su gran amigo y compañero el padre agustino José María Martín.

No faltaron compañeros y amigos que abarrotaron la capilla, donde jamás faltaba a la cita Antonio, celebrando siempre a primera hora de la mañana (misa de ocho, misa de nueve…). 

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Misa por Aradillas
Misa por Aradillas

Esta vez el protagonista era él, y así lo pusieron de manifiesto los asistentes, ellas y ellos, glosando la figura y obra de una persona que, por encima de otras críticas, se le puede considerar un adelantado a su tiempo histórico.

El padre José María, amigo suyo desde los años setenta del siglo pasado, emocionó a los asistentes con palabra sentida y muy querida, recordando a la gran persona, por encima de sacerdote, periodista y escritor, que nos ha dejado

Y como él hubiera deseado, fueron ellas, las mujeres, las que subieron al púlpito a recitar las lecturas. Paloma, en concreto, no pudo reprimir su emoción al rememorar los tiempos en que ella y su marido charlaban con Antonio de todo lo divino y humano, como lo hacía su íntimo amigo el catedrático jubilado Ramón, con la parroquia orensana de Maceda de fondo nostálgico, a la vera del santuario de los Milagros.

Una vez, comentó Paloma, Antonio no cedió en una de sus conclusiones, lo que podía entenderse como un ejercicio de cierta soberbia. Y se quedó asombrada cuando a primera hora del día siguiente ya le estaba pidiendo disculpas al teléfono, porque la inteligencia es humildad.

Al final de la misa los compañeros y amigos de Antonio le tributaron un cerrado aplauso, final (o principio) de ese merecido homenaje a una persona que nunca dejó de creer y de soñar, de escribir con afilada y razonada crítica, pero a la vez de permanecer fiel a su profesión de sacerdote, y esta iglesia en concreto, frente a su Ciudad de los Periodistas, da fe.

Reproducimos por su interés la hermosa homilía que pronunció el padre José María, profundo conocedor de su amigo y compañero.

José María Martín en la misa por Aradillas
José María Martín en la misa por Aradillas

Antonio Aradillas, cura y periodista

Seguro que a Antonio Aradillas le agrada que hayamos proclamado en la eucaristía de su funeral el evangelio de las bienaventuranzas. Acercarse a las Bienaventuranzas produce siempre alguna inquietud porque parece imposible compartir, de obra, la claridad de Jesucristo al pronunciarlas con toda rotundidad. Por eso, resulta esperanzador escuchar que existe una multitud incontable de santos anónimos que, a pesar de ser como nosotros, débiles e inseguros gozan de la felicidad eterna.

Son felices las personas misericordiosas, dispuestas siempre a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, al juicio misericordioso. Así vivió la fe Antonio Aradillas, desde la vivencia de un Dios siempre dispuesto al perdón y a la acogida. Son felices las personas que tienen hambre y sed de justicia y que, por eso, no les gusta su mundo, pero, como es el suyo, no lo odian, sino que lo aman e intentan cambiarlo. Y trabajan voluntariamente por el bien de los demás. 

No le gustaban muchas cosas de la Iglesia a nuestro querido Antonio. Estaba plenamente identificado con el Concilio y con su espíritu. Amaba a la Iglesia y por eso buscaba su bien. Era un cura siempre fiel a sus principios y a su conciencia: “un seguidor de Jesús tiene que ser siempre un rebelde”, decía.  

Esta rebeldía le trajo problemas e incluso la “suspensión a divinis” en 1982. El párroco de entonces, Ángel Baños, rebelde como él, le apoyó en todo momento. Antonio siempre recordó y agradeció el acompañamiento de la parroquia en aquellos momentos. Cuando falleció hace tres años escribió que “era un ángel y se llamaba Ángel”.

Luis Romasanta y Antonio Aradillas
Luis Romasanta y Antonio Aradillas

En la parroquia Santa María de la Esperanza celebró durante más de 50 años la misa de 8 de la mañana a diario y la de 9 los domingos. Siempre lo hizo sin pedir nada a cambio y con regularidad, hasta que los años y la debilidad se lo impidieron. Predicaba con el evangelio en una mano y el periódico en la otra.  Sabía conectar con la actualidad. Sobre todo, reivindicaba la dignidad de la mujer en la Iglesia. Consideraba que su misión de la mujer no era simplemente “servir al sacerdote en el altar”. 

Colaboró también asiduamente con EnBloque, el periódico de la parroquia y con el Foro de la Esperanza, siempre exponiendo opiniones sinceras y valientes.

Le visité en su casa en varias ocasiones y le llevaba la comunión cuando él apenas podía salir de casa. Charlábamos de lo humano y lo divino. Me decía que pedía perdón, humildemente, si alguien se sentía ofendido con sus palabras, pero que su misión era remover las conciencias para volver a la pureza del evangelio de Jesús. 

Era un trabajador incansable. Escribió 95 libros, uno por año de su larga vida. En su casa tenía un ejemplar de cada uno, el resto de sus libros los donó a su pueblo de Segura de León (Badajoz). En todos sus libros puso pasión para exponer lo que él pensaba, su verdad. Soñaba con una Iglesia diferente, que rompiera moldes trasnochados. Algunos de sus títulos: 'Proceso a los tribunales de justicia' (1974); 'Vírgenes de Madrid' (1999) o 'Francisco, Papa en la encrucijada' (2023).  Quería al Papa Francisco y valoraba su esfuerzo por renovar la Iglesia. 

Los domingos, después de la misa de 9, era fiel a la tertulia con varios parroquianos mientras desayunaba en algún bar de la zona. No todos estaban de acuerdo con él en todo, pero seguían siendo sus amigos porque valoraban su inteligencia y clarividencia. 

Al final lo que importa es que nuestra vida haya merecido la pena. Ya desde el cielo Antonio Aradillas seguirá luchando por una Iglesia samaritana, en salida, hospital de campaña, como pide el Papa Francisco. Descansa en la paz del Señor, Antonio.

José María Martín 

Aradillas
Aradillas

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