Agustí Borrell: “El gran reto de la Iglesia es la unidad en la diversidad”
El definidor y vicario general del Carmelo Descalzo reflexiona sobre los desafíos de la vida religiosa
Hace ya casi 11 años que el carmelita y biblista Agustí Borrell (Caldes de Malavella, 1959) salió del Convento de los Carmelitas Descalzos de Badalona para ir a Roma, donde fue llamado como Definidor y Vicario general de la Orden del Carmelo Descalzo. Un cargo que implica viajar por el mundo coordinando las comunidades de esta institución nacida en 1562 con la reforma de Santa Teresa de Ávila y con presencia en 80 países. Su último viaje hasta ahora ha sido al Desierto de las Palmas (Benicàssim), con motivo de la asamblea de la Federación de las carmelitas descalzas de Aragón y Valencia. La ocasión también le ha servido para ir a Caldes, donde tiene a la familia, y al convento de Badalona, que sigue siendo su casa a pesar de la distancia. “Aún tengo muchos libros aquí”, reconoce.
Pregunta. ¿Cómo ha ido la visita a las hermanas carmelitas descalzas?
Respuesta. Las visitas a las monjas suelen ser amistosas y fraternas. Los monasterios son autónomos, pero se agrupan en federaciones y celebran una asamblea cada tres años para ayudarse mutuamente, organizar actividades en común o elegir el consejo que coordina. En estas ocasiones siempre va alguno de nosotros. En las visitas a los frailes, en cambio, entramos en cuestiones concretas sobre cómo viven y ver si hay cosas que deben revisarse.
P. ¿Cómo afecta a la vocación religiosa asumir un cargo de gobierno como el suyo?
R. Cada uno de nosotros vive la vida carmelitana en circunstancias concretas diferentes, ya sea llevando parroquias —con la actividad que eso comporta— o en el ámbito académico, como en mi caso, cuando era profesor de Teología. Pero estar en un servicio de gobierno universal condiciona mucho más esta vida concreta, ya que implica hacer muchos viajes, cambiar de lugar constantemente. Es una tarea exigente que, en la medida de lo posible, intento que no me impida vivir como fraile allí donde estoy y haciendo el servicio que hago.
P. Visitando comunidades, ¿ha podido apreciar aquello que dice el Documento Final del Sínodo sobre “la armonía en la diversidad”?
R. Nosotros vemos mucho la gran riqueza que es esta diversidad. A partir de un mismo estilo de vida o carisma intentamos vivir los mismos valores esenciales, pero cada uno en su cultura. Es lo que llamamos inculturación. El evangelio es el mismo para todos, pero la forma concreta de vivirlo, en Argentina o en Japón, cambia, porque cada uno está marcado por una tradición y una forma distinta de ver el mundo. Aun así, también experimentamos la dificultad de vivir la unidad en la diversidad.
P. ¿Eso genera conflictos?
R. Sí, y exige una reflexión seria sobre cuáles son los elementos comunes para decir que uno es carmelita, o incluso cristiano. Porque con la excusa de la propia cultura, a veces se defienden posturas incompatibles con el evangelio. Por eso debemos saber hilar fino para recordar que queremos vivir evangélicamente como carmelitas. Mantener la unidad en la diversidad es uno de nuestros grandes retos en el momento actual.
P. La Orden de los Carmelitas Descalzos celebra este año el año jubilar de San Juan de la Cruz. ¿Cómo lo viven?
R. Estamos acostumbrados a vivir años jubilares y centenarios, porque hemos tenido muchos personajes relevantes y cierta afición a celebrar centenarios. Habíamos pasado tres años con aniversarios de Santa Teresa del Niño Jesús, y este año 2026 hemos querido conmemorar el año jubilar de San Juan de la Cruz porque coinciden los 300 años de su canonización y los 100 de su declaración como doctor de la Iglesia. Es un buen momento para recordar esta figura, que tiene un gran relieve para los carmelitas y para la Iglesia en general por sus escritos y su pensamiento.
P. Hablando de escritos, usted ha traducido el ‘Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz’ al catalán. ¿Qué dice hoy este santo a una sociedad que parece marcada por la necesidad de búsqueda espiritual?
R. En muchos lugares del mundo notamos esta búsqueda, especialmente en Europa. Aquí la sociedad se ha apartado muy rápidamente de la tradición cristiana clásica, pero ha resurgido la necesidad de buscar sentido, con un interés por la espiritualidad, el silencio, la meditación, la serenidad interior. Juan de la Cruz o Teresa de Jesús, que han tenido una auténtica experiencia espiritual, pueden dar una respuesta válida, clara e infalible a esta búsqueda, frente a la aparición de muchas pseudo-respuestas que no terminan de llenar la inquietud de las personas. El corazón humano busca una realidad sólida, consistente, profunda. Juan de la Cruz, en concreto, ha entendido bien por experiencia qué es la persona, por qué existe, por qué ha sido creada.
P. ¿Y qué respuesta da a eso?
R. Viene a decir que no debemos conformarnos con pequeñas satisfacciones, buscar una felicidad efímera, sino que debemos aspirar a la plenitud. Una de las muchas expresiones felices que tiene dice que el corazón humano no se llena con menos que infinito. Estamos creados para la vida eterna. Por eso, incluso las cosas buenas de este mundo no terminan de llenarnos. Él propone un camino exigente y duro que responde a la lógica de no conformarse con poca cosa y nos invita a ser capaces de liberarnos de cualquier atadura, de todo aquello que nos atrae y nos domina, como el deseo de poseer, de tener experiencias. Incluso los vínculos no suficientemente puros con las personas. Nos anima a purificar el corazón, dejarlo libre para que pueda llenarse de aquello que realmente vale la pena.
P. Afirma el filósofo Byung-Chul Han en el libro ‘Sobre Dios. Pensar con Simone Weil’ que la crisis de la religión en el mundo actual está condicionada, sobre todo, por la incapacidad de generar espacios de silencio. ¿Está de acuerdo?
R. Leyendo este libro me viene a la mente San Juan de la Cruz. Byung-Chul Han habla de la atención silenciosa y nos advierte de la necesidad de paz y silencio en un mundo en el que nos encontramos cada vez más dispersos. Juan de la Cruz habla de la atención amorosa, porque él lo relaciona todo con el amor. Es interesante el caso de este pensador; he seguido su trayectoria: él mismo ha pasado de una época de análisis frío de la sociedad a adoptar poco a poco una visión religiosa, reflexionando sobre la pérdida de los rituales y el abandono del sentido colectivo que daba la tradición cristiana en Occidente. Cada vez ha citado más textos bíblicos, como la Carta de Pablo a los Romanos en el libro de la esperanza, y ahora veo que entra en una dimensión casi mística.
P. Un progreso interesante.
R. Y muy representativo de este anhelo de sentido que percibe la sociedad moderna. Byung-Chul Han parte de Simone Weil, una pensadora que, sin un lenguaje tan explícitamente de unión con Dios como Juan de la Cruz, forma parte de esta tradición mística de búsqueda y de entender que la persona humana tiene una dimensión interior y trascendente sin la cual nos perdemos la mejor parte de la vida.
P. Usted es de Caldes, provincia de Girona. ¿Qué parte de sus orígenes sigue resonando en su mente, ahora que vive en Roma?
R. Sigo teniendo relación con Caldes, mi familia vive allí, pero me fui hace muchos años, cuando entré en el mundo del Carmelo descalzo. Como todos, llevo dentro la primera etapa de la vida que nos marca desde el nacimiento. Tuve la suerte de nacer en un ambiente rural, en el que era muy importante la familia, la relación social vivida con normalidad y serenidad. La gente se conocía, se ayudaba en un pueblo relativamente pequeño. Nosotros éramos campesinos y en nuestro día a día estaba muy presente, de forma natural, la dimensión creyente. Todo eso me marcó de pequeño hasta que evolucionó hacia una vocación religiosa y un estilo de vida concreto como es el de los Carmelitas Descalzos. Se puede decir que ha habido una continuidad de algo que estaba germinalmente presente cuando vivía en la comarca de La Selva.
P. En el último cónclave participaron 33 cardenales religiosos. El episcopado también cuenta cada vez con más miembros de la vida consagrada, incluso los dos últimos papas han sido religiosos. ¿Qué aporta el talante de la vida religiosa al gobierno de la Iglesia?
R. Los religiosos no somos ni mejores ni peores que otros, pero tenemos un determinado estilo de vida que aporta un enriquecimiento al conjunto de la Iglesia. Es importante entender que somos un cuerpo en el que hay miembros diversos y cada uno tiene una función. Debemos saber valorar mutuamente esta aportación. Hemos pasado muchos años de conflictos entre sacerdotes y religiosos, pero ahora estamos en un momento diferente; quizá por necesidad, pero hemos aprendido a colaborar y a entender la diversidad. Unos viven como sacerdotes diocesanos y otros como comunidad religiosa; dos maneras distintas de vivir el mismo evangelio.
P. ¿Qué implica para un carmelita o cualquier miembro de la vida consagrada convertirse en obispo?
R. Para un religioso, ser obispo es aceptar un nuevo servicio a la Iglesia. Normalmente implica un sacrificio, porque debe dejar la vida en comunidad, que es un elemento esencial para nosotros. Esto nuestros obispos carmelitas lo echan muy en falta seriamente. No es solo por las ventajas de vivir con otras personas, por la ayuda mutua, sino porque forma parte de nuestra identidad.
P. ¿Los religiosos y religiosas pueden ser referentes dentro de una Iglesia sinodal?
R. Muchas cosas que ahora se fomentan hablando de sinodalidad, las familias religiosas las hemos vivido y practicado siempre. La vida de comunidad y la organización interna de las órdenes siempre ha sido sinodal: las decisiones se toman colegialmente, los responsables se eligen entre todos. Una diferencia es que los cargos de responsabilidad son siempre temporales. Los órganos colegiales, los consejos, los capítulos… la mayoría de órdenes son conjuntos de comunidades en un territorio. Cada cierto tiempo hay un capítulo provincial en el que se toman las decisiones; es todo un sistema de diálogo. La vida religiosa está más acostumbrada a un estilo sinodal de ser Iglesia.
P. ¿Qué piensa de la visita del papa a Cataluña? ¿Por qué cree que ha decidido venir?
R. El tema de Gaudí ha influido mucho y probablemente es lo que más ha pesado para que venga. Ciertamente, lo de Gaudí es impresionante: la Sagrada Familia es algo único en el mundo, de una belleza tan grande y sorprendente que hay que aprovecharla como un mensaje evangelizador para Europa y para el mundo actual. Es un edificio singular que atrae a mucha gente por el simple motivo arquitectónico, pero que detrás tiene un mensaje extraordinario. Gaudí tiene una fuerte experiencia religiosa y lo que busca no es hacer construcciones espectaculares para ser aplaudido, sino evangelizar, mostrar a Cristo.
P. ¿Cree que podría ser beatificado pronto?
R. Parece muy claro que esa posibilidad existe. La luz de Cristo guía las decisiones de Gaudí. El papa León XIV ha entendido esto y quiere aprovecharlo.
P. Antes ha dicho que el gran reto de la Orden del Carmelo Descalzo es la unidad en la diversidad. ¿Esta afirmación es extrapolable a toda la Iglesia, teniendo en cuenta situaciones como la de los lefebvrianos, que parecen haber desafiado al papa queriendo ordenar obispos sin su mandato?
R. En estos temas tiene que ver lo que dicen los sociólogos y pensadores modernos cuando hablan de esta sociedad egocéntrica en la que domina el individualismo exacerbado y el narcisismo; cada uno se ve a sí mismo como criterio de verdad y puede tener una opinión sobre cualquier cosa, incluso sin entender nada. En la Iglesia pasa un poco lo mismo: cada uno toma lo que le gusta, hasta el punto de ponerse por encima del papa y decir que se ha apartado de la doctrina tradicional. Este individualismo lleva a la dispersión, a la disgregación.