El arzobispo de Toledo en el funeral de Urda: "Que la sociedad no olvide esta tragedia y que no vuelva a repetirse"

"Hoy queremos gritar a Dios desde lo más profundo de nuestro corazón, como estamos haciendo en estos días. Queremos presentarle nuestro sufrimiento, nuestras preguntas y nuestras lágrimas. Son sentimientos profundamente humanos. No podemos responder con palabras fáciles ni con explicaciones superficiales. Hemos de ponerlo delante de Dios"

Cerro en el funeral de Urda
Cerro en el funeral de Urda

“Desde lo hondo a ti grito, Señor”. Con el salmo 129 comenzó el arzobispo de Toledo, monseñor Cerro, la eucaristía de funeral por las víctimas de la tragedia ferroviaria de Irda, celebrada en la parroquia del mimso pueblo, presidida por la preciosa imagen del Cristo de la Mancha. Y añadió: "Es el grito de una tierra herida. Es el grito de tantas familias que han perdido a sus seres queridos. Es el grito de quienes todavía se encuentran en los hospitales, de quienes esperan noticias, de quienes han visto cómo su vida cambiaba en unos instantes. Es el grito de toda una sociedad que se ha sentido profundamente conmovida por la tragedia ferroviaria en Urda".

Funeral en Urda
Funeral en Urda

Monseñor Cerro, en una sentida homilía, comenzó agradeciendo "tantos gestos de entrega y servicio que se han realizado desde estos pueblos, en estos días", para dirigirse, a continuación, a los familiares: "Queremos deciros que vuestro dolor es también nuestro dolor. Que la Iglesia quiere estar a vuestro lado, acompañaros, escucharos y sosteneros. No tenemos palabras que puedan llenar el vacío de una ausencia tan dolorosa. Pero te nemos una certeza: Dios no nos abandona, tampoco en los momentos más oscuros de nuestra existencia".

Por eso, "hoy queremos gritar a Dios desde lo más profundo de nuestro corazón, como estamos haciendo en estos días. Queremos presentarle nuestro sufrimiento, nuestras preguntas y nuestras lágrimas. Son sentimientos profundamente humanos. No podemos responder con palabras fáciles ni con explicaciones superficiales. Hemos de ponerlo delante de Dios".

Un grito de dolor, pero dirigido al Padre, que "nunca permanece indiferente ante el dolor humano. Es el Dios que escucha el clamor de su pueblo. Se acerca al sufrimiento de los hombres". Con esperanza: "En estos momentos de tanto sufrimiento, la Iglesia quiere proclamar con humildad, pero también con firmeza, que nuestra esperanza está puesta en Jesucristo Resucitado. Es la esperanza cristiana".

 Porque los católicos "creemos que nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido en la nada. La vida huma na no termina definitivamente con la muerte". Por eso, "queridos hermanos, confiamos a nuestros seres queridos a las manos de Cristo, el Buen Pastor. Él no abandona a sus ovejas, ni siquiera en la oscuridad de la muerte".

Y el arzobispo de Toledo terminó con una llamada a las familias: "Queridas familias de los damnificados en el accidente ferroviario: no estáis solos. La Iglesia de Toledo os abraza con todo su corazón. Compartimos vuestro sufrimiento y queremos permane cer cerca de vosotros. Seguiremos rezando por vuestros seres queridos y acompañándoos en el camino que ahora comienza".

García Page y demás autoridades en el funeral de Urda
García Page y demás autoridades en el funeral de Urda

HOMILÍA  

de Mons. Francisco Cerro Chaves, arzobispo de Toledo y primado de España, en la santa misa de funeral por las víctimas del accidente ferroviario en Urda  

Iglesia parroquial de Urda, 31 de octubre de 2026  

Excelentísimo Señor Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha, autoridades civiles, militares y eclesiásticas, queridos hermanos y hermanas:  

  Desde lo hondo de nuestro corazón, desde lo más profundo de nuestro dolor, desde las lá grimas de tantas familias, hoy elevamos esta súplica al Señor: “Desde lo hondo a ti grito, Señor” (Salmo 129).  

  Es el grito de una tierra herida, como en la que nos encontramos, a poca distancia del accidente entre los pueblos de Urda y Los Yébenes. Es el grito de tantas familias que han perdido a sus seres queridos. Es el grito de quienes todavía se encuentran en los hospitales, de quienes esperan noticias, de quienes han visto cómo su vida cambiaba en unos instantes. Es el grito de toda una sociedad que se ha sentido profundamente conmovida por la tragedia ferroviaria en Urda.  

  Hoy nos reunimos en esta celebración de la Eucaristía para orar por nuestros hermanos fallecidos, para acompañar a sus familias y para pedir al Señor por todos los heridos. Agradecemos tantos gestos de entrega y servicio que se han realizado desde estos pueblos, en estos días. Nos reunimos también para expresar nuestra cercanía y solidaridad y para proclamar, en medio del su frimiento, nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado.  

  Como Arzobispo de Toledo, y también en nombre del Obispo auxiliar, quiero hacer llegar nuestra cercanía de padres y pastores a todas las familias. Queremos deciros que vuestro dolor es también nuestro dolor. Que la Iglesia quiere estar a vuestro lado, acompañaros, escucharos y sosteneros. No tenemos palabras que puedan llenar el vacío de una ausencia tan dolorosa. Pero te nemos una certeza: Dios no nos abandona, tampoco en los momentos más oscuros de nuestra existencia.  

  El papa León XIV ha querido hacerse presente en esta tragedia a través de un telegrama enviado a nuestra Archidiócesis el 29 de octubre. Ha expresado su dolor, su oración por los fallecidos, su cercanía a los familiares y su reconocimiento a quienes trabajan en las tareas de socorro. Agradecemos de corazón esta solicitud del Santo Padre, que nos hace experimentar la comunión de toda la Iglesia.  

Cerro
Cerro

El salmo 129 es la Palabra de Dios que viene a nuestro encuentro para sostenernos y con fortarnos. En él aparecen tres actitudes profundamente cristianas: la súplica, la esperanza y la mi sericordia.  

Primero. “Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica”.  

Hoy queremos gritar a Dios desde lo más profundo de nuestro corazón, como estamos haciendo en estos días. Queremos presentarle nuestro sufrimiento, nuestras preguntas y nuestras lágrimas. Son sentimientos profundamente humanos. No podemos responder con palabras fáciles ni con explicaciones superficiales. Hemos de ponerlo delante de Dios.  

Dios es Padre y por eso nunca permanece indiferente ante el dolor humano. Es el Dios que escucha el clamor de su pueblo. Se acerca al sufrimiento de los hombres. En Jesucristo, ha querido compartir nuestra condición humana hasta experimentar la muerte en la cruz.  Nuestras lágrimas y las de las familias que han perdido a sus seres queridos o se han visto perjudicadas son también las lágrimas de la Iglesia. El Señor escucha incluso aquellas súplicas que no sabemos convertir en palabras.  

  Benedicto XVI, en su encíclica Spe salvi, nos dice: “Cuando ya nadie me escucha, Dios toda vía me escucha” (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 32). ¡Qué consuelo para todos nosotros en es tos momentos de tanto dolor! Cuando las palabras humanas no alcanzan, cuando el sufrimiento parece desbordarnos y cuando las preguntas quedan sin respuesta, podemos seguir hablando con Dios. Él conoce nuestro sufrimiento y nunca nos abandona.  

  Quiero agradecer, junto con el obispo auxiliar, de manera especial, el trabajo de los servicios sanitarios, los bomberos, la Guardia Civil, los equipos de emergencia, los voluntarios y tantas personas que habéis acudido a ayudar. En medio de la tragedia hemos contemplado también la grandeza de la solidaridad, de la entrega y del servicio. Allí donde hay sufrimiento, muchas perso nas responden con generosidad.  

  Hoy nuestra primera palabra es una súplica: Señor, escucha nuestra voz. Escucha el llanto de las familias. Acoge a nuestros hermanos fallecidos. Consuela a quienes sufren. Fortalece a los heridos. Y no permitas que ninguno de nosotros se sienta solo en estos momentos.  

Segundo. “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora”.  

En estos momentos de tanto sufrimiento, la Iglesia quiere proclamar con humildad, pero también con firmeza, que nuestra esperanza está puesta en Jesucristo Resucitado. Es la esperanza cristiana. Nace de una certeza: Jesucristo ha vencido a la muerte y nos ha abierto las puertas de la vida eter na.  

Funeral en Urda
Funeral en Urda

El papa León XIV, en la conmemoración de los Fieles Difuntos del año pasado, dijo: “La cari dad vence a la muerte” (León XIV, Homilía en la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, 2025). Esta es nuestra esperanza. Nace de vivir y ver cómo los gestos de amor son expresión de vida.  

  El salmista utiliza una imagen bellísima: “El centinela que aguarda la aurora”. Durante la noche, cuando todo está oscuro, el centinela permanece despierto. Sabe que la noche no durará para siempre. Sabe que llegará la luz de un nuevo día. Así queremos vivir nosotros estos momen tos. Ahora estamos atravesando una noche de dolor. Nuestra fe nos invita a levantar la mirada ha cia Cristo Resucitado.  

  Creemos que nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido en la nada. La vida huma na no termina definitivamente con la muerte. Jesucristo, que murió y resucitó por nosotros, nos llama a participar de su misma vida. Proclamamos nuestra esperanza en la resurrección.  Queridas familias, sabemos que ninguna palabra puede devolver la presencia de nuestros seres queridos. No camináis solas. La Iglesia quiere acompañaros en esta noche y ayudaros a man tener encendida la luz de la esperanza.  

  Señor, que nuestra alma espere en ti. Que sepamos aguardarte, incluso en la noche más oscura, con la certeza de que llegará la aurora de la resurrección.  

 Tercero. “Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia”.  

Hoy nos reunimos para encomendar a nuestros hermanos fallecidos al amor misericordioso del Padre. Esta es nuestra confianza. Cada uno de ellos tiene un nombre, una historia, una familia y unos proyectos. Queremos confiar cada una de esas vidas a las manos de Dios. El salmista nos recuerda que “del Señor viene la misericordia”. Es una afirmación que adquiere hoy un significado especial. Nos apoyamos en el amor misericordioso de Dios. Sabemos que el corazón de Dios es más grande que nuestras debilidades.  

  El papa Benedicto XVI, en la encíclica Spe salvi, nos dice: “El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto” (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 6).  

  Por eso, queridos hermanos, confiamos a nuestros seres queridos a las manos de Cristo, el Buen Pastor. Él no abandona a sus ovejas, ni siquiera en la oscuridad de la muerte. Él nos conduce hacia la casa del Padre, donde esperamos encontrarnos un día todos reunidos en su amor.  La misericordia de Dios también nos compromete a nosotros. En estos días hemos sido tes- tigos de numerosos gestos de solidaridad que se han hecho visibles desde los pueblos de Urda y Los Yébenes. Personas que han acudido inmediatamente al lugar del accidente, profesionales que han trabajado sin descanso, sacerdotes entregados, familias que han abierto sus hogares, volunta rios que han ofrecido su tiempo y tantas personas que han querido acompañar a quienes sufren. Señor, confiamos en tu misericordia. Acoge a nuestros hermanos fallecidos, consuela a sus familias y haznos instrumentos de tu amor.  

  Quisiera terminar volviendo a las primeras palabras del salmo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”. Hoy hemos gritado al Señor desde lo profundo de nuestro dolor. Le hemos pedido que es cuche nuestra súplica. Hemos renovado nuestra esperanza en Jesucristo resucitado. Y hemos con fiado a su misericordia la vida de nuestros hermanos fallecidos.  

Cristo de Urda
Cristo de Urda

Queridas familias de los damnificados en el accidente ferroviario: no estáis solos. La Iglesia de Toledo os abraza con todo su corazón. Compartimos vuestro sufrimiento y queremos permane cer cerca de vosotros. Seguiremos rezando por vuestros seres queridos y acompañándoos en el camino que ahora comienza.  

 A toda nuestra sociedad le pedimos que no olvidemos esta tragedia, ni a las personas que han sufrido sus consecuencias. Que aprendamos a cuidar más la vida. Que seamos capaces de construir una sociedad en la que nadie se sienta abandonado en el sufrimiento. Esta es nuestra esperanza: el amor es más fuerte que la muerte. Encomendamos a nuestros hermanos fallecidos a la Santísima Virgen María, venerada en Urda como Nuestra Señora de la In maculada Concepción y, en Los Yébenes, como Nuestra Señora de Finibusterre. Acudimos también con profunda confianza al Santísimo Cristo de la Vera Cruz, de Urda. Él, que entregó su vida en la cruz por nuestra salvación, acoja en su misericordia a nuestros hermanos difuntos, consuele a sus familias y fortalezca nuestra esperanza en la resurrección. 

  Descansen en paz nuestros hermanos fallecidos. 

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