La Capona contempla el eclipse: 12 privilegiados a 70 metros sobre Tarragona
Crónica del eclipse desde lo alto del campanario de la catedral de Tarragona
Doce personas tuvieron este miércoles el privilegio de contemplar el eclipse total desde el lugar más alto de la Catedral de Tarragona: junto a La Capona, la campana que desde hace siglos marca las horas y el toque de oración. A unos setenta metros sobre la ciudad, la experiencia tuvo algo de irrepetible: durante poco más de un minuto, Tarragona quedó bajo la sombra de la Luna mientras quienes estaban allí arriba contemplaban, a la vez, el cielo, el mar y una ciudad entregada al mismo fenómeno.
La iniciativa partió del Cabildo y el grupo subió acompañado por Pablo Varona, el guía que condujo a los doce privilegiados por el interior de la torre. "Sois unos privilegiados", les dijo mientras comenzaban el ascenso. La frase no necesitaba demasiada explicación. La escalera de caracol iba dejando atrás la Catedral y, a medida que ganaba altura, abría una perspectiva cada vez más extraordinaria sobre la Part Alta, el Mediterráneo y el horizonte occidental.
Eran aproximadamente las 19.30 horas cuando comenzó la subida a pie y el eclipse ya había iniciado su fase parcial. Arriba esperaba una escena singular. Una cámara permanecía instalada en la cúpula, tomando fotografías aproximadamente cada diez segundos y registrando desde aquel punto la evolución del fenómeno con La Capona incorporada al encuadre. Mientras el grupo subía, el astrofotógrafo Babak Tafreshi acababa de bajar después de dejar preparado el equipo. El reportaje fotográfico que está realizando desde este y otros puntos de Tarragona tendrá como destino National Geographic.
La cámara seguía trabajando arriba, ajena a quienes subían por la escalera. Cada diez segundos, aproximadamente, quedaba registrada una nueva imagen del Sol y de la ciudad, una secuencia que permitirá reconstruir fotográficamente la transformación de aquella tarde. La presencia de La Capona en el encuadre añade una dimensión extraordinaria a esas fotografías: una campana que mide el tiempo humano frente a un fenómeno celeste que parece estar fuera de cualquier medida.
Entre los doce estaba Nuria Constantí, de 48 años. Vive prácticamente al lado de la Catedral y desde lo alto pudo localizar su propia casa, aunque parcialmente oculta por la monumentalidad del campanario. Nunca había subido. La ocasión del eclipse le permitió descubrir su barrio desde una perspectiva completamente distinta, convertido desde allí arriba en una pequeña porción de una ciudad que se extendía hasta el mar.
Nuria reparó también en el Mediterráneo. Desde aquella altura veía más barcos de los que está acostumbrada a distinguir desde abajo. La observación parecía menor, pero formaba parte de la singularidad de la experiencia: desde el campanario no solo se veía el eclipse. Se veía Tarragona entera preparándose para recibirlo, con las terrazas ocupadas y los balcones convertidos en improvisados observatorios.
También habían llegado desde El Vendrell Antonio y Alicia. Antonio pertenece a la Agrupació d'Astrofotografia de la Pobla de Montornès, una asociación que reúne a más de un centenar de aficionados, y esta era la primera vez que acudía a fotografiar un eclipse. Se había preparado incluso su propio filtro casero para el equipo. La tarde combinaba así dos maneras de acercarse al cielo: la precisión de la astrofotografía y el asombro de quien simplemente quiere estar presente cuando la Luna pase por delante del Sol.
Jaume y Laia, de 70 y 34 años, padre e hija, compartieron también la subida. La madre de Laia, recién operada, no podía acompañarlos y tuvo que quedarse abajo. La ausencia estaba presente en una experiencia que, precisamente por su carácter excepcional, invitaba a compartirla con quienes no podían estar en lo alto. Desde el campanario, la ciudad aparecía llena de personas que habían buscado sus propios lugares para contemplar el mismo cielo.
Y se veían muchas terrazas llenas.
A medida que avanzaba la parcialidad, Tarragona iba adquiriendo el aspecto de una ciudad que había dejado durante un rato sus ocupaciones para mirar hacia arriba. En los balcones y azoteas se distinguían grupos de personas esperando. El eclipse iba oscureciendo progresivamente la tarde y, desde la torre, aquella multitud dispersa parecía formar parte de una única escena: cientos, quizá miles de pequeñas miradas dirigidas hacia el mismo punto.
Entre el grupo estaban también Mercè y Teresa, madre e hija; Nicolás y Elena, pareja y vecinos de Tarragona; y Kate y Tolben, un matrimonio llegado desde Maine, en Estados Unidos. Habían recorrido miles de kilómetros para contemplar el eclipse y terminaron compartiendo el minuto de totalidad con otros espectadores en lo alto de una torre medieval. Distintas procedencias, distintas edades y distintas razones para estar allí, reunidas por una alineación de la Luna, la Tierra y el Sol.
La espera tuvo algo de contemplación colectiva. La luz cambiaba, el paisaje perdía progresivamente el aspecto de una tarde ordinaria y el horizonte adquiría una tonalidad diferente. Abajo, las terrazas seguían llenándose. Arriba, La Capona permanecía inmóvil, convertida en testigo silencioso del fenómeno. La campana que durante siglos ha servido para señalar las horas parecía, por una vez, compartir protagonismo con un reloj mucho más antiguo: el movimiento de los astros.
Cuando llegó la totalidad, Tarragona respondió desde abajo
Aplausos y silbidos subieron desde las terrazas y las calles en el instante en que la Luna terminó de cubrir el Sol. Durante poco más de un minuto, la ciudad quedó sumida en una oscuridad extraordinaria y la emoción se hizo audible. Desde la altura de La Capona se contemplaba una Tarragona que reaccionaba al unísono, como si durante aquellos segundos las distancias entre balcones, calles, plazas y campanarios hubieran desaparecido.
También los pájaros parecieron desconcertados. Algunos comenzaron a dar vueltas de una manera extraña, alterados por una oscuridad que había llegado demasiado pronto y que no correspondía al ciclo habitual de la tarde. Era otra prueba de que el eclipse no era solamente un espectáculo en el cielo: durante aquel minuto había modificado el comportamiento de todo lo que dependía de la luz del día.
En otro punto elevado de la ciudad, en la torre del Arzobispo, aparecieron el arzobispo y varios sacerdotes. Desde allí saludaron al grupo de la Catedral y llegaron incluso a llamar a Pablo Varona, el guía, para saludarlo. La escena tenía algo de simbólico: dos torres enfrentadas, dos puntos privilegiados desde los que contemplar un acontecimiento que durante siglos habría podido interpretarse como un signo, un prodigio o un misterio y que hoy podemos explicar con absoluta precisión científica.
Pero explicarlo no lo hace menos impresionante.
Desde La Capona, la totalidad convirtió durante un minuto a Tarragona en una ciudad suspendida entre la historia y el cielo. Abajo estaban las casas, las terrazas, los barcos y las personas. Alrededor, las piedras de una Catedral construida hace siglos. Y arriba, la Luna ocultando al Sol con una precisión que ninguna obra humana puede igualar.
Después volvió la luz.
La ciudad recuperó progresivamente sus colores y el eclipse comenzó a transformarse en recuerdo. La cámara de la cúpula seguía registrando imágenes; Babak Tafreshi tenía por delante el trabajo de convertir aquella sucesión de instantes en un relato fotográfico para National Geographic. Los doce privilegiados comenzaron también a guardar su propia versión del acontecimiento, esa que ninguna cámara puede sustituir: haber estado allí, junto a La Capona, cuando Tarragona dejó de ser por un instante una ciudad y se convirtió en espectadora de un fenómeno mucho más antiguo que ella.
Durante siglos, La Capona ha medido el tiempo de los tarraconenses.
Esta tarde, por una vez, el tiempo pareció medirse desde el cielo.